lunes, 28 de julio de 2008

Entrevista a ALFREDO GUEVARA

En el programa televisivo PRIVADAMENTE PÚBLICO
trasmitido por el Canal Educativo 2


el martes 22 de julio de 2008 a las 8:30 p.m.


Entrevista a ALFREDO GUEVARA
en el programa televisivo PRIVADAMENTE PÚBLICO
trasmitido por el Canal Educativo 2
el martes 22 de julio de 2008 a las 8:30 p.m.

Presentador (Raúl Garcés): Muy buenas noches. Si habitualmente este programa le dice que pretende pensar la cultura, la política y la sociedad contemporánea en el tiempo de televisión que tenemos para compartir juntos, yo le diría que hoy vamos a intentar cumplir ese propósito con un invitado especial, un testigo excepcional de la Revolución cubana, y digo que testigo no desde una mirada de contemplación, sino desde una mirada de obra, de acción, de vida entregada a lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años en Cuba.
Yo les propongo, como siempre, empezar con algunas imágenes relacionadas con mi invitado, le propongo, además, que mantenga la sintonía, y que vuelva con nosotros enseguida para iniciar este diálogo.
Amigos míos, los veintisiete minutos de esta noche son para Alfredo Guevara. Yo le agradezco mucho que esté con nosotros esta noche, y quería empezar, Alfredo, en noviembre de 2005, Fidel, creo que no por gusto en la Universidad de La Habana, no por gusto en el Aula Magna, no por gusto frente a jóvenes universitarios, lanzó la hipótesis y nos convocó a pensar en la posibilidad de que bajo determinadas circunstancias la Revolución cubana fuera reversible. ¿Qué consecuencias usted cree que ha tenido ese debate entre nosotros?
Alfredo Guevara: no la que tenía que tener.
P: ¿Por qué?
AG: Lo cierto es que no solo estaban los jóvenes, tuvo allí a los que quedamos de la vieja generación, que es vieja, pero que con él se demuestra que es joven, a pesar de la enfermedad. Digo que no tuvo la respuesta que debió de haber tenido en aquel instante, porque creo que siendo Fidel alguien que tiene una capacidad didáctica ilímite, además, fue un momento muy dramático, muy especial, muy revelador de esa visión larga que él tiene, que no se queda nunca en un mismo lugar, yo creo que no entendimos que él estaba hablando también de la corrupción del alma, es decir, de un relativo, pero importante, perceptible, proceso de rutinización del pensamiento revolucionario.
Yo creo que él advirtió de la eventual reversibilidad de una revolución, y en este caso de la nuestra, pero advirtió también que lo más importante era que sus protagonistas no protagonizaran ese proceso. Él llamó contra la rutinización, ya lo había dicho antes y de mil maneras, y en una frase, no en ese discurso, pero estaba implícita, estaba subyacente, había dicho: “lo revolucionario es cambiar cuando hay que cambiar”. Por supuesto que en labios de Fidel jamás el cambio es hacia el capitalismo, ni el cambio es esa boberías que escucho demasiadas veces, de la transición, es hacer en cada momento lo que hay que hacer.
P: ¿Usted cree que el socialismo cubano sabe aprender de sus errores?
AG: Hay un error que no es el socialismo cubano, sino que es de los revolucionarios, en general y en el curso de la historia, que es dejarse ganar a veces por teorías y más teorías, aun si estuviera hablando de Carlos Marx. Yo estoy conociendo en este momento, porque es mi vocación, a jóvenes revolucionarios muy lúcidos, en nuestro país, están pensando en teorías, en qué dijo éste, en qué dijo el otro, en que si Marx habló de la transición, etcétera. Yo, tal vez por la edad que tengo —no me siento antiguo, me siento realmente más avanzado que esas posiciones— y creo que la realidad es que hay que producir alimentos. La realidad más importante de lo que está pasando es una revolución agraria sin ese nombre. Da lo mismo los nombres, yo me acuerdo que Raúl dijo —en un momento dado cuando Fidel empezó a hablar de socialismo abiertamente— dijo: no importa Juana ni su hermana, lo que interesa es lo concreto que estamos haciendo.
Si otras generaciones, otros cuadros —esa palabra horrible— se equivocaron o condujeron a equivocaciones, o todos nos equivocamos y hubo que rectificar, lo que sea, francamente, Garcés, no es el instante en que me interesa hablar de ello, y si tenemos pocos minutos y los estamos consumiendo, prefiero decir que el punto de partida del pensamiento revolucionario es y será siempre la realidad.
P: A mí me entusiasma, creo que de alguna manera está recurrente en su pensamiento, la necesidad de buscar obviamente soluciones concretas a los problemas que se están presentando, pero al mismo tiempo proyectar un diseño, yo creo que a más mediano y largo plazo, donde uno sepa adónde quiere llegar, y donde uno sienta la necesidad de no perder el rumbo. Usted ha sido muy crítico de la cultura de la improvisación, usted ha sido muy crítico de la ignorancia en sus discursos, en sus intervenciones, ¿con qué socialismo sueña Alfredo Guevara?
AG: Discursos, intervenciones y práctica… Ningún discurso, ninguna intervención, ninguna teoría vale un comino si no va acompañado de su conversión en práctica más lograda, menos lograda, de más alcance, de menos alcance. Yo creo que el pensamiento precede a la acción, y que la acción sin pensamiento es una locura, y el pensamiento sin acción es una bobada.
El diseño es la clave de todo. No puedes abordar nada sin prediseñarlo, pero diseñar es estudiar las opciones, es dejar caminos abiertos, es tener parámetros muy amplios, pero mucha lucidez en la corriente principal, lo que me ha mantenido en este estado de optimismo permanente a pesar de los fracasos, y de las dificultades, y de todo lo que se quiera anotar, ha sido, para mí, que nos hemos equivocado en muchas cosas, pero la corriente principal ha tenido siempre un valor ético de primer orden y una capacidad de previsión, y una capacidad, a veces, de reconstrucción.
Yo creo nos detenemos mucho, y con razón, en la gran hazaña revolucionaria de la guerrilla, del triunfo sobre un ejército poderoso, de haber sobrevivido a tantas presiones del imperio, pero tal vez la hazaña más importante de nuestra dirección, y de su lucidez, y de Fidel en particular, ha sido haber sido capaces de diseñar un nuevo programa a toda velocidad, aunque algunas cosas había empezado algo antes, para sostener la Revolución en el momento en que se derrumbó el ya falso entonces campo socialista. Yo creo que esa hazaña extraordinaria no ha sido todavía bien evaluada.
Yo creo que de todas maneras, aunque es en un pasado reciente e importante en nuestras vidas, la vida de todos nuestros pueblos, yo creo que éste no es el instante del pasado, ni aún del pasado reciente, y entonces, lo más importante es lo que está pasando, lo demás ya está incorporado, está incorporada a los más cultos, a los más conscientes, a la vanguardia, eso es la vanguardia. Yo quisiera que la vanguardia fuese mucho más amplia y que la instrucción masiva, no debemos olvidar jamás que tenemos un millón de universitarios y millones de gente preparada es decir instruida, pero no culta, y cuando eso se logre, será más fácil avanzar. Cuando eso se logre y podamos destruir la burocracia, porque tú en algún momento has dicho que siempre insisto en que la ignorancia no es revolucionaria y es enemiga de la Revolución, y mina la Revolución, pero ¡ay Dios mío, la burocracia…! Cuando alguien como Fidel dice hacer en cada momento lo que es necesario hacer, eso es ser revolucionario, la burocracia no se atreve a decir no, pero dice no en lo más profundo de sí misma.
P: Usted dijo en Revolución es lucidez —uno de los libros que compila algunos de los ensayos— “la juventud tiene por delante una gran tarea que salvo en algunos lugares no es la del sacrificio del fusil y la vida, sino de un heroísmo invisible, refundar el socialismo y salvar la izquierda.” ¿Qué claves debía llevar adelante la juventud cubana para alcanzar ese propósito, a su juicio?
AG: Me gustaría no darte respuesta sobre la juventud cubana. Ya veremos. Hay que reconquistar a fondo la esperanza que algunos han perdido, hay que pensar, el socialismo, y a veces ni el socialismo, la Revolución, que el ideal es que sea socialista, pero me basta con que sea revolución, es decir, con que rompa la rutina y vaya a transformar la realidad en la medida en que pueda. Refundar la izquierda está difícil, parecía imposible y sigue siendo difícil, pero parece posible.
P: Estamos conversando con Alfredo Guevara. Esto es Privadamente público, ya sabe que estamos en el verano con usted a las 8:30 de la noche. Yo le propongo que hagamos una pausa ahora, vamos a ver algunas entrevistas que hicimos a personas que han estado relacionadas con la vida de Alfredo, y enseguida regresamos para continuar este diálogo.
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Enrique Álvarez (cineasta): Yo creo que Alfredo es un hombre bien polémico, ¿no? además, que no le huye a la polémica, sino que la busca todo el tiempo. Es una persona que tiene criterios muy definidos y los defiende, y en este sentido las relaciones con él dependen de cuánto en sintonía tú puedes estar con sus ideas o no. No sé, yo creo que si le preguntas a diez cineastas cuál es su relación con Alfredo, todos te podrían contar una historia diferente.

Argel Calcines (editor): Yo creo que Alfredo es un ejemplo del revolucionario intelectual, del revolucionario artista, del intelectual que no cambia de casaca y te dice hoy algo inversamente proporcional a lo que decía hace cinco o diez años.

Enrique Álvarez: Alfredo es una persona que cuando te llama para conversar contigo, siempre te llama para algo preciso, algo que tiene en su cabeza, no le gustan las divagaciones, no le gusta que tú des vueltas, tú tienes que llegar y si él te hace una pregunta lo mejor es que se la contestes de manera rápida, sintética, no le gusta que uno floree mucho alrededor de nada. Y él mismo es así con uno en las relaciones de trabajo, él es muy directo, sabe lo que quiere, y yo creo que una manera de dialogar muy con él es demostrándole que uno sabe lo que quiere también.

Argel Calcines: Yo diría que Alfredo es el ejemplo del intelectual consecuente con sus ideales desde su juventud.

Jorge Luis Cortés (músico): Desde mi trinchera creo que he aportado un granito de arena a la gran montaña, sobre todo de la música popular cubana, y creo que Alfredo ha aportado muchísimo a la montaña del cine cubano y de todo lo que tiene que ver con las filmaciones, con las películas, el ICAIC en general. El ICAIC es un nombre: Alfredo Guevara.

Enrique Álvarez: En los últimos años él ha publicado libros editados por él mismo, en los que ha publicado una serie de cartas y de documentos que a veces tú dices, pero bueno, cómo Alfredo se atreve a publicar esta carta en la que prácticamente está funcionando como un censor, ¿no? la que tú puedes evaluar desde hoy: coño, esto es un acto de censura. Y él lo ha hecho con una honestidad tremenda porque, además, son documentos que cuando tú los ves a fondo están llenos de argumentaciones y de razones totalmente válidas desde su punto de vista.

Argel Calcines: Hay hombres a los que tú te acercas en circunstancias difíciles en determinados momentos, después mantienes conversaciones esporádicas, y en esos instantes tú logras saber, comprender cosas que tardarías años en comprender. Es como si te cerraran círculos en la mente, como si corroboraran tus dudas o certezas, yo creo que una de esas personas es Alfredo Guevara.

Enrique Álvarez: Yo creo que es una personalidad muy polémica, pero que nunca en su vida ha rehuido eso, siempre que ha sido frontal. Yo creo que es un intelectual que a pesar de su edad permanece totalmente vivo intelectualmente.

Argel Calcines: Yo creo, en síntesis, que sin la figura de Alfredo Guevara no puede escribirse, ni por asomo, la historia de las relaciones difíciles, pero harto fecundas, entre la intelectualidad artística y el poder revolucionario en Cuba y Latinoamérica.
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P: Me llama la atención que estábamos escuchando a Argel, estábamos escuchando a Enrique Álvarez, también a José Luis Cortés, que todos reconocen el trabajo que usted ha hecho y la relación que tienen con usted, pero son amigos que provienen, o personas que provienen de muy diversos registros, y de muy diversos espectros, ¿tiene amigos en todas partes, usted cultiva eso?

AG: No, no soy cultivante, simplemente soy natural, o por lo menos eso me creo, y persigo ante todo, como ley de vida, la autenticidad. Creo que este tipo de relaciones resultan de la autenticidad. A unos les inspira la autenticidad confianza y a otros horror, bueno, qué le voy a hacer.

P: Usted ha dicho que no es un hombre de cine. Ciertamente, un hombre que ha consagrado gran parte de su tiempo no solo a pensar la Revolución, sino también a hacerla, sin embargo, preside el Festival de Cine Latinoamericano que este año justamente cumple su treinta aniversario, ¿qué tiene de nuevo el Nuevo Cine Latinoamericano a estas alturas?

AG: En primer término te diré que sí soy un hombre de cine, pero no solo un hombre de cine. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano es parte de ese —la palabra patriota la han tergiversado mucho— pero es de ese patriotismo latinoamericano que impregna a toda mi generación y a las generaciones con que estamos entrelazados. ¿El Nuevo Cine es nuevo? —es la preocupación mayor—, es nuevo, será nuevo mientras no supere a la generación primera. Si nos imitaran, si quisieran ser nosotros, o ser otros…, entonces se acabó el Nuevo Cine. El Nuevo Cine no por nosotros ya, fue Nuevo Cine cuando éramos jovenzuelos, es Nuevo Cine cuando otros son jovenzuelos, y seguirá siendo Nuevo Cine mientras las generaciones se sucedan con su propio mensaje, abordando su propia realidad, sometiéndola a la crítica, incorporándose a ella perdidos en el llano o ganados por la utopía.

P: Usted ha sido muy crítico de los medios de comunicación en un contexto general, pero también ha sido crítico de nuestros mensajes, a veces por banales, a veces por superficiales, a veces por estereotipados. ¿Cambiar eso, Alfredo, depende solo de los medios?

AG: Depende de que la inteligencia logre apoderarse de ellos. Desde dónde la inteligencia los ha desertificado —no lo digo bien—, bueno, los ha convertido en un desierto, no me toca decirlo ahora y aquí, lo he dicho donde lo tengo que decir. No es responsabilidad solo de los dirigentes de los medios, es falta de visión, y de información y de cultura de los medios. Yo creo que tenemos que volver a la información, y desterrar la rapidez, la desesperación por decir muchas cosas en tres minutos. Yo estoy hablando de la información reflexiva que le dé tiempo al espectador de pensar en lo que se le está hablando. Hay una especie de mentalidad de clip, todas las noticias en diez minutos, todas las noticias en imágenes directas.

Al final, el espectador dice: he estado cerca de la realidad, porque es el dominio de la imagen, pero hay que no olvidarse de pensar, de reflexionar, de buscar más información, de tener diversidad de informaciones. Ese es el gran problema. Yo no soy enemigo de los medios masivos dominantes, y creo que el más importante ahora, en Cuba, es la televisión, y más tarde será la televisión en INTERNET y no el cine.

P: ¿Y cómo usted valora la relación entre vanguardias intelectuales y medios de comunicación en Cuba? Es decir, hay quien extraña, por ejemplo, momentos pretéritos en los que muchas figuras intelectuales reconocidas, pienso, por ejemplo, en Alejo Carpentier que escribía hasta guiones para radio, para la radio cubana, había una relación muy fecunda entre ambos ámbitos, ¿Cuál es su juicio en la actualidad?

AG: ¿Y por qué no me lo respondes tú?... Yo quisiera saber porqué. Yo creo que… bueno, yo no quisiera que todo tipo de intelectual, aunque algunos muy valiosos pero mejor que se queden en los libros, y el que quiera leerlos, que los lea, pero yo creo que ciertos intelectuales que reconocen que el político es un intelectual, y que no pueden actuar en los medios para abusar de sí mismos narcisistamente, yo creo que un intelectual que va a los medios va…, sino no vale la pena, va con el bisturí en la mano a hacerle un buen rasgado a la realidad, a expresar convicciones, si las tiene; preguntas, si como en mi caso es lo que más tiene; porque me has visto afirmando a mi modo, pero yo debo decir que yo soy ante todo pregunta. Me pregunto sobre todo, y también cómo resolver los problemas que tú vas planteando.

P: Siempre que se habla de creación en Cuba, muchos mencionan al ICAIC como una institución fundacional, o Casa de las Américas, o algunas instituciones que han tenido un papel muy importante en la promoción de creadores. A su juicio, ¿a qué relación debiera aspirar el socialismo, entre un gestor de cultura, usted que lo fue tanto desde el ICAIC durante tanto tiempo, y un creador?

AG: Bueno, yo me siento un creador. Yo creo que un gestor de cultura, que es una de mis facetas, lo ideal es que sea un creador. El ideal es que no hay nada más fácil que el que un gestor de cultura sea un burócrata, sabiéndolo o no sabiéndolo. No siempre el burócrata tiene conciencia de quién es, si quieres no les llamo burócratas para que no se ofendan, porque como que no se sabe, pero son funcionarios. ¿Y qué cosa es ser funcionario? Bueno, es muy simple, es alguien apto para funcionar, pero entonces viene la siguiente pregunta; para funcionar al servicio ¿de qué diseño? Volvemos a tu pregunta, para funcionar al servicio ¿de qué protagonista? Porque el funcionario no es el protagonista. En el campo en que me he movido el funcionario está para servir a los artistas, para servir a los creadores, para facilitar su trabajo, para facilitar su difusión, para ser capaz de reconocer quién es un farsante y quién no lo es, pero para eso tiene que ser más que culto.

P: Se está terminando esta emisión de Privadamente público y hay cosas que yo…, por lo menos dos preguntas que yo no quisiera dejar de hacer. Usted ha acompañado la Revolución desde sus inicios y ha acompañado la figura de Fidel desde sus inicios también, si me tuviera que decir ahora mismo qué es lo que más admira del revolucionario, del hombre y del amigo suyo Fidel Castro.

AG: Bueno, pues es lo que más admiro de mí mismo, tal vez por eso somos o pudimos ser los amigos que hemos sido: la autenticidad y el coraje para que su autenticidad se mantenga a cualquier precio.

P: Cuando un joven dentro de veinte años lea Revolución es lucidez, o lea Tiempo de fundación, o lea cualquiera de los ensayos que ha escrito a lo largo de su vida y las cartas, y todo, de Alfredo Guevara, ¿qué no le gustaría que se dijera nunca de Alfredo Guevara?

AG: Eso no lo sé, ya se encargarán de evaluarlo esas generaciones, pero lo más probable es que ya no me lean.

P: ¿Usted cree?

AG: Bueno, no me hago ilusiones... Yo quiero operar sobre la realidad actual y más o menos inmediata. Veinte años no es muy largo, tú dijiste veinte años, bueno, tal vez sobre veinte años todavía juegue algún papel, pero no te extiendas mucho, porque la capacidad de olvido es terrible.

P: Pero hoy se le lee mucho en Cuba, usted lo sabe.

AG: No, yo no lo sé, pero me encantaría, me encantaría no por orgullo, sino para que aprovechen las lecciones de una vida real.

P: ¿Está obsesionado con el tiempo usted?

AG: Bueno, es que me falta…, pero no es el tiempo porque me falta, sino por todo lo que creo que todavía creo que debo hacer, y todo lo que falta por hacer, y yo quisiera estar al lado de los que son capaces de hacerlo.
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Fidel Castro: Lo que yo siento por Alfredo lo demuestro en los hechos, en mis relaciones con él siempre. Empezamos en la Universidad juntos hasta el día de hoy en que estuve presente en ese bello instante en que ustedes le dieron el título de Honoris Causa. Yo pienso que Alfredo, en una palabra, es un hombre extraordinario.



jueves, 17 de julio de 2008

Elogio de la locura

por Graziella Pogolotti

El mercado deslumbra, aureolado por la filosofía del éxito. Arrastra al autor por ferias y universidades, lo somete al bombardeo de los periodistas, lo entrega a la crítica tarifada



"Yo sé quien soy", afirmaba Alonso Quijano cuando, en su primera escapatoria frustrada, estaba empezando a convertirse en don Quijote de la Mancha. Nacía en aquel momento el primer sujeto escindido de la historia literaria. Tenía dos nombres, el registrado en la iglesia parroquial, y el otro, de su propia invención, construido a imagen y semejanza de un proyecto de vida. Sus antagonistas, siluetas traslúcidas, sobreviven en la memoria con la etiqueta de la función social que desempeñaron —el cura, el barbero, el bachiller—, representantes del saber y del poder constituidos. Frente a ellos, don Quijote se levanta, vencido y, sin embargo, incólume.

Su aventura lo ha transformado y ha removido profundamente la sólida entraña pragmática de Sancho. En sus lectores y en muchos personajes circunstanciales de la novela, permanece la nostalgia del deber ser en un mundo mejor. Alonso Quijano, con sencilla y honrada devoción, entrega el alma a Dios, pero no reconoce juez más allá de su conciencia. Uno de nuestros contemporáneos tiene dos nombres, Ernesto Guevara según el registro civil, Che para la historia.

Torpe cortesano, Miguel de Cervantes recibió pocos beneficios del mecenazgo y, apresado entre dos tiempos, también fueron escasos los que obtuvo del extraordinario éxito de mercado de su obra mayor. Los días del mecenazgo tardarían más de dos siglos en periclitar del todo.

En el tránsito entre el XVIII y el XIX, pintor de corte, Goya se valió de la socarronería campesina y de la ambigüedad del arte para desgarrar la pleitesía debida con la mordacidad de la sátira. Inmerso en el dolor de su pueblo, amigo de afrancesados y escépticos, el gran sordo tampoco reconoció jueces más allá de la conciencia propia. En sus ya remotos inicios, la aparición del mercado pareció liberar a escritores y artistas de antiguas servidumbres, sometidos a la voluntad del poder político —Virgilio frente a Augusto, según Hermann Broch — y a los designios de las prácticas propagandísticas de la Iglesia.

El destinatario dejaba de tener perfil reconocible. Integraba una masa informe que perseguía folletines y llenaría luego museos y galerías. Solo ante su conciencia, el artista contrae deberes en tanto ciudadano y respecto a la intangibilidad de su obra. En este último caso, de Flaubert a Joyce y Pasolini tendrá que afrontar los tribunales, a veces por razones morales y otras por motivos políticos. Así, en nuestros días, las dictaduras latinoamericanas dejaron una larga estela de mártires.

El problema de la eticidad, de la consecuencia necesaria entre vida y obra arraigaba, entre nosotros, en la tradición de las guerras de independencia. En Martí la eticidad sostiene y otorga sentido a la vida, tanto en el plano de las relaciones humanas como en el de la acción política, donde la inmediatez de la táctica no desmiente los fines de la estrategia, integrado todo ello a la inseparable creación literaria.

Liberados del mecenazgo, el arte y la literatura intentaban andar a contracorriente en el ejercicio de un sacerdocio. Eran los solitarios, los malditos, contrapuestos al mercenarismo de los gacetilleros. En la obediencia a una esencial exigencia de comunicación, el arte traspasaba la frontera de las apariencias y de los convencionalismos para entregarse a la aventura del descubrimiento. Los caminos se bifurcaban entre el compromiso social y la estricta —casi ascética— entrega a los valores absolutos de la creación.

El mercado y una industria cultural en germen parecían abrir espacios ilimitados. Acabaron por convertirse en prisiones. Las galerías limaron el poder corrosivo de las vanguardias, y las editoriales aherrojaron a los escritores, sometidos al rejuego de la publicidad, a la manipulación de los concursos y a la valoración de una crítica integrada a los intereses del negocio. Los intentos de ruptura se redujeron a sucesión de modas. Los autores empezaron a cotizarse al modo de papeles de una especulación bursátil.

En una crisis de superproducción, entre ferias y bienales, las jerarquías se diluyen, la saturación borra la memoria. Obnubilados por la filosofía del éxito, los artistas se instalan en la opulencia y se dejan arrastrar por la seducción del mundo mediático.

El muralismo mexicano y la narrativa de los 60 rompieron el aislamiento de la América Latina. En ambos casos, la asimilación de los códigos forjados por la cultura occidental se conjugaba con el estreno de una mirada diferente. Esa inserción de la contemporaneidad de nuestras expresiones artísticas no se tradujo, sin embargo, en el reconocimiento de una significativa tradición de pensamiento, capaz de desarrollar un diálogo productivo con otras fuentes. Las ideas tienen poca suerte en el gran mercado, sobre todo cuando quebrantan los esquemas establecidos. Más asimilables, las artes y las letras encuentran canales de comunicación con el destinatario anónimo, vacacionista complaciente, acomodado muy pronto a la reiteración de prácticas ayer abrillantadas por la novedad.

La expansión del mercado modificó las prioridades respecto a la función del arte. Los artistas asumieron un anticonformismo militante. El rey Ubu tenía algo de broma, a la vez que fulminaba el teatro digestivo. Los códigos expresivos se modificaban en rápida sucesión. La creación privilegiaba la aventura del conocimiento, afincada en las distintas circunstancias de la condición humana.

Periférica primero e inscrita luego en un proceso revolucionario, Cuba permaneció hasta los finales de la década del 80 del siglo pasado al margen de los rejuegos especulativos. Tan solo algunas zonas de la música popular padecieron la lamentable manipulación por parte de disqueras leoninas. Los cultores de música culta, los escritores y los artistas plásticos subsistieron entregados a una suerte de sacerdocio, hasta que el proyecto socialista favoreció la aparición de un destinatario real.

El tardío nacimiento de un mercado artístico en escala muy modesta respondió a factores extrartísticos. De inspiración conceptualista, la plástica había incorporado, en el viraje de los 80, una voluntad de crítica social que concitó el interés de especialistas, acentuado después del derrumbe de la Europa socialista. La sucesión de acontecimientos espectaculares que siguieron a la desaparición del muro de Berlín, desató una fiebre especulativa en torno a los problemas de la producción simbólica representativa de una etapa que se estaba clausurando. Medallas y condecoraciones se vendieron en ferias de baratijas, mientras obras del realismo socialista entraban a formar parte de colecciones públicas y privadas, como testimonios tangibles de una arqueología contemporánea. Superviviente de la catástrofe, Cuba despertaba la curiosidad universal.

La crisis económica, la gran apertura al turismo y la posterior despenalización de la tenencia de divisas introdujeron ingredientes de alto peso específico en una situación compleja, cargada de interrogantes nunca antes planteadas. Peregrinos de toda laya acudieron a la Isla, desde periodistas deseosos de obtener una cobertura de primera mano del desplome anunciado, hasta depredadores dispuestos a beneficiarse de la miseria de muchos con el contrabando de objetos valiosos.

Se multiplicaron las exposiciones internacionales, así como la adquisición de piezas por parte de museos y colecciones privadas. Los cubanos participaron en renombradas bienales. Los tiempos light suelen ser veleidosos. El boom de las artes plásticas fue pasajero, aunque dejó secuelas. Colocó en las subastas a las promociones de la vanguardia, hasta entonces marginadas de los rejuegos mercantiles. Ofreció a algunos artistas nuevas redes de relaciones.

La curiosidad de los espectadores, tamizada por el trasfondo político y por vestigios colonialistas, no mostró interés en la lucha por la supervivencia. Prefirió detenerse en la imagen del deterioro de las ciudades y en expresiones más o menos auténticas de la religiosidad afrocubana.

El intercambio de los escritores cubanos con sus pariguales adquirió, alentado por el auge de las ideas de izquierda, en los 60 del pasado siglo, una intensidad sin equivalente en etapas anteriores. Las publicaciones circularon más allá de la Isla, se tradujeron libros y antologías, y se produjo el descubrimiento internacional de la obra de Lezama.

En la crisis editorial de los 90, algunos empresarios de poca monta intentaron sacar provecho del silenciamiento forzoso de las imprentas y firmaron contratos abusivos con escritores necesitados de retribución y deseosos de situarse en un espacio público internacional. Unos pocos se vieron favorecidos por editoriales de renombre. Pero muy pronto la manipulación política estableció las reglas del juego, mediante concursos tarifados y una publicidad mediática bien pagada, para fabricar una carrera hacia el éxito sustentada en razones extraliterarias y en un empleo primario de fórmulas con sabor a disidencia.

Más que una exploración en profundidad de las contradicciones latentes en la sociedad, el mercado estimulaba con frecuencia la reiteración de estereotipos. Volver sobre lo gastado por el uso responde a bien aceitadas fórmulas de propaganda montadas sobre el referente implícito de los procesos de desgaste del socialismo europeo. Andar por ese campo trillado implica privilegiar un destinatario acomodado al apacible repaso de postales turísticas. Sustituye el necesario ejercicio crítico concebido, en primera instancia, para el protagonista de estos años difíciles, perturbadores, a veces confusos.

Hay en Bucarest un fascinante museo de la aldea. Evoca un tiempo en que el campesino producía sus alimentos y los enseres indispensables para el trabajo y la vida cotidiana: mesas, sillas y cubiertos de madera, platos de cerámica. Del telar doméstico salían las blusas cuyos hermosos bordados inspirarían un día a Matisse. Los artesanos ocupaban entonces el lugar de los artistas cuando la precariedad de la existencia no dejara margen para el intercambio.

El crecimiento de la sociedad generó mayor disponibilidad de bienes e impuso la especialización. La comunidad empezó a sostener a sus juglares. Las cortes se proveyeron de un séquito de artistas que luego fundarían talleres para cumplir encargos de los señores y de la Iglesia. Con la imprenta y la gran manufactura de Rubens germinaba lo que hoy llamamos mercado del arte. En vírgenes y en mujeres de desbordante sensualidad se reconocía la mano del autor. El asunto era mero pretexto para ir entretejiendo otra historia.

El mercado puede ser un medio de distribución de bienes culturales. En algún momento contribuyó a la democratización del libro y acrecentó el círculo de los coleccionistas de arte más allá del ámbito de la aristocracia. En los días que corren, la especulación financiera privilegia el valor de cambio frente al valor de uso. Algunos objetos se conservan, lejos de manos y ojos, en cajas de caudales. La manipulación política erige monumentos y silencia auténticas expresiones de la creación. Una cortina ruidosa entorpece la comunicación entre el autor y su destinatario, cada vez más vulnerable ante los efectos ilusorios de la fanfarria y al plácido acomodo mental.

La crisis de sobreabundancia amenaza el porvenir del arte entendido como aventura riesgosa del conocimiento. Ante esa avalancha, los gobiernos han intentado medidas proteccionistas para defender la industria nacional y para proteger las zonas experimentales, aunque el liberalismo económico deja poco resquicio para las inversiones en el terreno de la cultura.

Este contexto impone el replanteo de la eticidad del artista, aún más dramático cuando está situado en la periferia del main stream y en un país sujeto a presiones de todo orden. Cursaba yo el último año de la carrera cuando un profesor, a las muy tempranas siete de la mañana, nos preguntó acerca de la deontología, ciencia de los deberes. Nunca he reflexionado sobre el tema en términos abstractos, aunque pienso que toda consideración ética se sustenta en un compromiso profundo con la verdad y es marca distintiva del ser humano en plenitud de conciencia y lucidez.

Esa búsqueda de la verdad, recurrente, fragmentaria, provisional y, sin embargo, capaz de vislumbrar la totalidad en la percepción del instante constituye razón de ser e impulso de los procesos de creación artística. Es el arranque que condujo el esfuerzo de la mano a la práctica de moldear formas más allá de apremio utilitario. Era una acción gratuita dirigida a conjurar el misterio, a comunicarse con otros, a dejar huella en el planeta aun no desbrozado, a entender las cosas del mundo y de la naturaleza.

Porque un fragmento de verdad emergió de las circunstancias y las trascendió, seguimos atentos a las historias de Aquiles y de Odiseo, tanto como a la angustia de un niño en espera del beso de la madre. Aureolado por la filosofía del éxito, el mercado deslumbra. Arrastra al autor por ferias y universidades, lo somete al bombardeo de los periodistas, lo entrega a la crítica tarifada. Pero condicionado por sus propias necesidades, fabrica la desmemoria implacable del ayer. Para satisfacer al consumidor, el espectáculo requiere nuevos rostros, la apariencia de la diversidad en la reiteración de lo mismo.

"Yo sé quien soy", afirmaba Alonso Quijano a la hora de reconocerse Quijote y echar a andar con armas de utilería para desafiar molinos de viento y también a los servidores del Santo Oficio, para solidarizarse con mozárabes condenados al exilio después de haber arraigado por generaciones y fundado familias con el trabajo honrado. Perdedor en las armas, condenó el falso saber en las letras. Salió de la cueva de Montesinos con el estremecimiento de la duda y atravesó la amarga experiencia del bufón de corte en el entorno palaciego de los duques.

Escindido entre la cotidianidad del pobre hidalgo de aldea y la ancha perspectiva abierta a la imaginación, entre el pragmatismo de Sancho y la utopía del Quijote, la sabia locura del personaje cervantino coloca al escritor frente a un espejo crítico. Su patético anacronismo ilumina las contradicciones del presente y proyecta su voz a través de los siglos.

La locura es, entonces, máscara de lucidez, porque los gigantes se esconden tras la apariencia de los molinos, porque la razón profunda está en el poder de la palabra, invención del mundo, sustancia del sentido de la vida, fundamento de toda eticidad, escindida también entre el ser y el deber ser.

Tomado de La Jiribilla,