Por Graziella Pogolotti
Las páginas de este libro me han estremecido. La secuencia cronológica documental revive mis propios recuerdos, los de una existencia atravesada por una época convulsa, de sueños conquistados, de errores, de desgarramientos. Ha sido un tiempo hermoso de combates y construcción. A través de la experiencia de Alfredo, contemplo mi propia vida, inmersa también en el fragor de los acontecimientos, aunque yo navegara lejos del centro, por orillas más apacibles. Volver la mirada hacia atrás no nos convierte en estatuas de sal. Todo lo contrario. La inmediatez de la vivencia se transmuta en motivo de reflexión y aprendizaje. Colocados página sobre página, los documentos de archivo adquieren un vibrante carácter testimonial.
Al igual que Roberto Fernández Retamar, conocí a Alfredo Guevara en los años de aprendizaje en la Universidad de La Habana. Desde la escalinata, creíamos dominar el mundo. Desde allí, bajábamos a la ciudad en revueltas y manifestaciones. Germinaba en nosotros la pequeña esperanza, así llamada por Charles Péguy. Los sueños empezaban a tomar cuerpo en los libros, en las aulas, en las artes, en los empeños por conquistar la verdadera independencia para Cuba y para la América Latina. Yo entraba en la universidad abierta al asombro, llena de ilusiones en mi ingenuidad adolescente. Algo mayor, Alfredo tenía una madurez envidiable y un carisma singular. Secretario de Relaciones Exteriores de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), había logrado articular numerosos comités solidarios. Entre nosotros andaban los independentistas puertorriqueños y los actores de la renovación guatemalteca. A través del diálogo directo, personal, podíamos tocar con las manos el drama de nuestro continente. Una tarde, en el Salón de los Mártires, asistí a una reunión de dirigentes de la FEU. Aparentemente aislado, Alfredo desplegó sus facultades de polemista. Viniendo desde abajo, con una andanada de argumentos, dio vuelta a la situación. En un extremo del local, Fidel Castro caminaba sin cesar, como quien acumula energías. Al cabo, habló. Y la reunión se fue disolviendo lentamente. Algún tiempo después, cerrada la Facultad por una huelga, la masa estudiantil revuelta se aglomeraba en las escaleras. No lograban dominar el griterío. El caos se desencadenaba rápidamente. De repente, llamado por sus compañeros, apareció Guevara, entonces recluido por enfermedad. El silencio se impuso y su voz fue creciendo poco a poco. Las aguas se calmaron. La persuasión venció los últimos reductos de resistencia. El intercambio de ideas desbordaba la Facultad de Filosofía y Letras. Conservo grabados en la memoria aquellos rostros juveniles y, entre los ya fallecidos no quiero dejar de mencionar a Baudilio Castellanos y a Mario García Incháustegui.
El ambiente político nacional, hecho de corrupción y dependencia reflejaba los estertores prolongados de una república mutilada desde su nacimiento. En la Universidad, en cambio, se respiraba un aire diferente. Siempre cargado de libros, Raúl Roa movía ideas y mantenía viva la memoria de los protagonistas de la revolución del treinta. En el Salón de los Mártires nos rodeaban las fotos de las víctimas de Machado y de Batista. En la América Latina, nuestros contemporáneos aspiraban a cambiar arte y vida, a integrar en un mismo cauce vanguardias artísticas y políticas. Aquí, al igual que en Europa se trataba de encontrar sentido para la existencia. En el viejo continente acababan de librarse del espanto del mundo concentracionario.
Nevermore, nunca más decían todos. Ladrones de bicicletas, Roma, cittá aperta transformaban la imagen cinematográfica. El existencialismo reafirmaba una visión trágica del hombre, pero convocaba al comprometimiento, al engagement del intelectual. La guerra había dejado otras fisuras que alentaban la lucha anticolonialista. Por encima de las particularidades de cada territorio, el denominador común se reconocía en el diseño de un proyecto emancipatorio. El presente se abría hacia el futuro. Los pasos de la historia retumbaban por todas partes.
En Cuba, el golpe de estado de Batista precipitó acontecimientos decisivos. La resistencia al régimen se configurará desde perspectivas diversas. Para algunos, se trataba tan solo de desplazar la dictadura. Otros perseguían la idea de alcanzar la verdadera liberación nacional, siempre frustrada por el dominio español primero y por la subordinación neocolonial al imperialismo norteamericano después. El fin de los estudios nos había dispersado. Cada vez que nos encontrábamos, en una esquina de La Habana o en el exilio mexicano de Alfredo, proseguíamos el diálogo interrumpido.
El triunfo de la Revolución cubana volvió a reunirnos. El ámbito reducido de la Universidad, allí donde se forjaron nuestros sueños, se volcaba hacia el espacio ilimitado de la isla. Su resonancia llegaba más allá. Era el momento de saldar cuentas con el pasado, de construir la nación postergada, de destruir las bases de la opresión y la injusticia, de reconocer en el pasado las huellas más fecundas, de favorecer el crecimiento de la plenitud humana, de reconquistar la riqueza multiforme de la vida, de propiciar en cada persona la posibilidad de convertirse en partícipe activo no instrumentalizado. En ese proceso tocaba a la cultura el desempeño de un papel primordial.
Una noche asistí al estreno de un conjunto de documentales. No he vuelto a verlos. No he querido intentar el análisis anatómico de aquellos materiales. Prefiero mantener vivo el recuerdo de una emoción imborrable. A la salida, con amigos mexicanos, anduvimos juntos, respirando el aire cálido de la Rampa. Estremecidos, todos nos reconocíamos en esas imágenes, testimonio de un re-nacimiento.
Pero toda conquista implica un combate que no se libra en un lecho de rosas.
La unidad estratégica se articula sobre una plataforma común. El deber ser se construye sobre las arenas movedizas del ser. Los revolucionarios cubanos tenían procedencias diversas, eran portadores vivientes de numerosas contradicciones, fuentes de vitalidad, porque la homogeneidad es signo de muerte. Siempre compleja, la realidad no se produce en un laboratorio estéril. La sacudida revolucionaria dinamiza fuerzas dormidas, donde el grano se entremezcla con la mala yerba. Las diferencias en los métodos enmascaran a veces una terrenal lucha por el poder. Órgano del Movimiento 26 de Julio, el periódico Revolución escogió la cultura como terreno de ensayo para dar cauce a ambiciones mayores. La confrontación entre el periódico y los fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) marca el inicio de una sucesión de incidentes que fueron matizando las concepciones básicas de la aplicación de la política cultural. En ese tironeo intervinieron tendencias de distinto origen, incluidos los dogmáticos y los sometidos a un pensamiento burocrático. Sobre ese camino pedregoso hecho de carbones ardientes las ideas se iban aclarando. En cada caso, el tiempo fue poniendo las cosas en su lugar. Quedaron cicatrices. Y, sin embargo, unidos por un mismo proyecto emancipador, a pesar de las diferencias entre distintas corrientes, los herederos de Orígenes y de Ciclón, la izquierda intelectual, aglutinada en torno a Nuestro Tiempo han proseguido su obra, entre dificultades y alegrías, en el contexto de la Isla.
La creación del ICAIC iniciaba una etapa fundacional en el campo de la cultura. Surgieron instituciones con perfil diverso, desde la Imprenta Nacional hasta la Casa de las Américas. Se promulgó la reforma universitaria. En trenes repletos, regresaba eufórica la muchachada, cartilla y farol en mano, después de cumplir la tarea en la campaña de alfabetización. El rescate de la identidad nacional comenzaba por la restauración de la identidad individual. Un hermoso cartel impreso por la Biblioteca Nacional, afirmaba en palabras de Fidel «la Revolución no te dice cree; la Revolución te dice lee». Se abrían escuelas de arte. Todavía inconcluso, el proyecto arquitectónico de Cubanacán me ha parecido siempre la representación simbólica de la utopía. Hoy día, se restaura y recupera.
Se estaba construyendo un mundo en medio de una lucha cotidiana entre la vida y la muerte. Campos de caña quemados, ataques sorpresivos, sabotajes se integraban a la cotidianidad. Por las noches, frente a comercios y fábricas, arma en mano, los obreros velaban. Algunos caerían acribillados desde automóviles en marcha. Con un fusil que sobrepasaba mi tamaño, vulnerable y frágil, yo cuidaba las instalaciones universitarias. Las horas me alcanzaban para preparar cursos y conferencias, escribir reseñas y devorar libros portadores de los grandes debates de la contemporaneidad.
Regresaba después de una larga ausencia por motivos de salud cuando descubrí en mi ciudad, siempre la misma, un nuevo rostro. Sacos de arena protegían el aeropuerto. La artillería estaba emplazada junto al Hotel Nacional. Metralleta en mano, una alumna pasaba por mi casa a refrescar durante su guardia en la azotea del edificio. Eran las vísperas de Girón. Más tarde, la Crisis de Octubre me agarraría en Polonia, al cabo de un recorrido por los países socialistas europeos con una exposición de pintura cubana donde los supervivientes de la vanguardia acompañaban a las nuevas generaciones, volcadas hacia el expresionismo y la abstracción. Allí donde imperaba el realismo socialista como doctrina oficial. Aparecíamos como aliados incómodos que navegaban entre la desconfianza de los burócratas y la complicidad de muchos artistas. Pero, esa historia la he contado en otra parte. Lo que me importa destacar es que en el terreno del arte al igual que en algunos lineamientos políticos se perfilaban rasgos originales de la Revolución cubana, a pesar de su alianza con el campo socialista.
No faltaban, sin embargo, fuerzas internas que intentaran reivindicar el modelo del realismo socialista, movidos por una lectura superficial de manuales de marxismo, por un concepto mecanicista de los procesos sociales y por un desconocimiento de la naturaleza de la creación artística. Tiempo atrás, en un encuentro fugaz por una calle habanera, Alfredo y yo habíamos conversado acerca de las derivaciones del discurso de Jruschov en el XX Congreso del Partido Comunista soviético. Se quebrantaban algunas costras del estalinismo, sin que el análisis se llevara a las últimas consecuencias. Todo se detuvo en el derrumbe de algunos monumentos, cuando una reflexión más profunda hubiera resultado provechosa para el conjunto de los movimientos de izquierda. Muchos intelectuales cubanos conocíamos la historia del brillante encuentro entre vanguardia política y artística característico de la etapa inicial de la Revolución de Octubre y la posterior degradación en imágenes empobrecidas del arte y la literatura. En cambio, la Imprenta Nacional difundía Caballería roja de Isaac Babel, los teatristas estaban al tanto de las contribuciones de Meyerhold y los cineastas sabían de las dificultades interpuestas en el trabajo creador de Eisenstein.
Este trauma afloró en las reuniones de los escritores y artistas cubanos con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional, donde se abordaron asuntos de distinta índole, incluido el concepto del realismo, los enfoques para el estudio de la historia de Cuba. Un escritor católico preguntó si le sería permitido publicar estudios sobre pensadores de inspiración espiritualista. Mal citada, manipulada intencionalmente, la respuesta de Fidel conjuraba los peligros que en ese momento se avizoraban. En otros libros, Alfredo Guevara ha publicado algunas polémicas que tuvieron enorme repercusión y contribuyeron a sanear el ambiente. Nos entrega ahora un diario de navegación más secreto.
Visto desde lejos, el mar parece una masa sólida, compacta. Al entrar en sus aguas, se perciben organismos vivientes. De repente, el bañista acomodado a la suave temperatura caribeña recibe el latigazo de una corriente fría. Entre conchas y caracoles, se depositan en las playas extrañas formas de origen vegetal, cuerpos translúcidos atravesados por los colores del arco iris. En esa fuente renovadora subsiste el origen de la vida. Para la Revolución, la mirada distante es también reduccionista. Salvo breves momentos de olas remansadas, durante más de cuarenta años hemos vivido en medio de una tempestad de perpetuo hostigamiento y de repercusiones de los grandes acontecimientos que han sacudido el mundo. Esas circunstancias han modulado el debate interno entre fuerzas e ideas diversas acerca del modo de conducir un proyecto soñado por todos y forjado en una tradición histórica. En cada circunstancia, restaurar el equilibrio ha sido la vía para establecer el consenso.
Para algunos, el arte se consideraba mera ilustración de una ideología concebida en términos abstractos. La relación se expresaba en términos de normatividad. Para otros, propiciaba un hermoso y reconfortante decorado. Esos puntos de vista reduccionistas desconocían la aventura del descubrimiento implícita en todo proceso de creación artística, inmersa en la revelación de la complejidad de la vida. Desde que Heredia cantó la patria todavía inexistente el artista se ha apropiado de gérmenes de futuro y ha construido un imaginario en el que todos acabamos por reconocernos. La acción liberadora de la Revolución era el ámbito adecuado para favorecer el desarrollo del arte en Cuba. Condenados siempre a sobrevivir en estrechos cenáculos, muchos artistas encontraron vías de comunicación más amplias a través de intervenciones urbanas, del cartel, de una poesía íntima y conversacionalista, los teatristas recorrieron el país. El Ballet ofreció funciones desde la cama de un camión y el cine móvil alcanzó los lugares más recónditos. En el siglo XX, el cine se había convertido en el arte de todas las convergencias, las de un público intelectual y las de los grupos mayoritarios, todos fascinados por la pantalla y la penumbra, sitio de comunión y de soledad. Era arte de síntesis, beneficiario de la literatura, el teatro, de la plástica y la música.
La fundación del ICAIC dinamizó la proyección pública de estas vertientes de la creación. Los carteles invadieron el espacio urbano. Los compositores produjeron el lenguaje sonoro de los filmes, mientras el grupo de experimentación contribuía decisivamente a la formación de nuevos músicos. Los escritores se apropiaron de los recursos técnicos del guión. A pie de obra surgieron directores de cine y de fotografía, además del conjunto de especialistas requeridos para la producción. La pantalla dispuso de las mejores películas producidas en todos los continentes. De esa manera fue madurando un espectador crítico, agudo y sensible como pocos en el mundo.
Lejos de cualquier tentación de eclecticismo, tanta diversidad tenía un centro de gravitación, un hilo conductor. Abrirse al mundo era un modo de conciliar el rescate de la identidad con el palpitar de la contemporaneidad. Porque la afirmación de la identidad no se produce mediante la reiteración de imágenes congeladas en el pasado, reducidas al cabo a postales para turistas. Se remodela en los avatares del presente, mediante la apropiación de nuevos códigos. De ese intercambio nace el reconocimiento de lo que somos. En la boca del Golfo, el diálogo con el continente adquiría una intensidad mayor. «Nosotros, los americanos» afirmaba José María Heredia en México con motivo de un aniversario de la independencia de ese país, antes de que José Martí hiciera de esa afirmación una profecía para todos los tiempos. Vendrían después la Revista de Avance, la revelación deslumbrante de América y el Caribe en Guillén y Carpentier y el barroquismo original de Lezama. La articulación del movimiento del nuevo cine latinoamericano no responde a una decisión voluntarista. Es la continuidad orgánica de un proceso de historia y de cultura.
«Ad astra per aspera» reza uno de los apotegmas que Vicentina Antuña, nuestra profesora de latín escribía en la pizarra al inicio de sus clases. No basta con aceptar la complejidad de la vida. Hay que asumirla con todos los riesgos que entraña, y tomar, en cada caso, el toro por los cuernos. Ese camino está plagado de escollos, frutos de la incomprensión y del alineamiento de fuerzas contrapuestas. El surco para la siembra se abre poco a poco, a pesar de la intolerancia de dogmáticos y liberales. Los conflictos se dilucidan mediante el intercambio riguroso de las ideas en un diálogo franco, receptivo, atenido a principios sólidamente sustentados. Esa lucha implica pérdidas, desgarramientos, rupturas temporales y un inmenso sacrificio. Las noches sin sueño, las áridas tareas organizativas indispensables para el desarrollo de una industria tienen su compensación en la obra cumplida. Sueño de ayer, el cine cubano es una realidad. Sus noticieros, documentales, dibujos animados, cortos y largometrajes potenciaron las facultades creativas de muchos artistas y sentaron plaza fuera de Cuba, a la vez que alcanzaban un vasto público en el país. Ese caudal se ha integrado a un imaginario colectivo. La obra nace del talento de los artistas y de aquellos que conducen el proyecto lúcidamente al margen de tentaciones burocráticas, en una confrontación analítica del saber, abierto a un debate intelectual y político capaz de trascender el pragmatismo y la inmediatez, dotado de luz larga y atemperado a los datos concretos de la realidad. Así, desde el presente vertiginoso, se va haciendo historia.
Aludiendo a Heráclito en una larga entrevista concedida a dos visitantes norteamericanos allá por los años 80, Fidel Castro comentaba que el hombre no se baña dos veces en las mismas aguas porque ha cambiado tanto como la corriente del río. La piel guarda rasguños y cicatrices. La textura se modifica en la experiencia de la vida. Los matices modulan juicios categóricos, crispados en el hervor de la polémica. Por eso, los libros de memorias deben a su propia naturaleza una raigal infidelidad. «Yo soy otro», decía Rimbaud. En el fondo de tantas otredades sucesivas subyace un núcleo duro, inquebrantable. En este libro de clara intención testimonial, Alfredo Guevara ha eludido la tentación de apelar a la evocación memoriosa. Privilegió la literalidad por encima de la literariedad. Cedió la palabra a los documentos mondos y lirondos.
En un núcleo duro, en el corazón de la alcachofa late el compromiso esencial con la vida, contraído desde los años juveniles. Implícita, la biografía personal de Alfredo Guevara se entrelaza con la obra fundacional del ICAIC, vinculada estrechamente al gran proyecto de la nación, con sus raíces bicentenarias y su formulación definitiva del pensamiento y la acción de José Martí. La visión del Apóstol no se detuvo en los límites de la Isla. Abarcó a la América Latina toda, sin olvidar a los excluidos del mundo. Fiel a sus convicciones, apostó por ellas, con fidelidad inquebrantable. Para la auténtica emancipación humana, para devolver la palabra a los silenciados, se hace indispensable una cultura verdaderamente democrática, capaz de abrirse a amplios horizontes, de estimular la inteligencia y la sensibilidad, de animar una conciencia crítica y participante, de crear mecanismos de autodefensa frente a la invasión arrasadora de los instrumentos de la banalización. Para muchos, este lenguaje tiene resonancias anticuadas. Las aguas del río no son las de entonces. Pero su composición básica y su verdad esencial siguen siendo las mismas. Nuestros hombros cargan la experiencia de la vida. Porque, en realidad, no estamos hablando de un tiempo pasado. En la globalización neoliberal reconocemos la hipérbole de las contradicciones de ayer. La acrecienta, la imagen manipula y somete a las personas. La guerra ha dejado de ser la continuación de la política por otros medios. Se coloca en el centro de la política. En el intento por ejercer un dominio absoluto y por imponer designios irrevocables, se destruyen otras culturas.
Este relato trasciende una biografía y un proceso de fundación cultural. Descorre las cortinas hacia la ciudad, hacia la Revolución de la que todos hemos sido partícipes y responsables, desde una lucidez hecha de pensamiento y pasión. La autenticidad de su base documental revela, bien distante de las recetas simplistas puestas en circulación por los voceros del imperio, la extrema complejidad de una historia de construcción y de lucha en medio de los vientos huracanados. En cada encontronazo, la autoridad se edifica sobre el consenso. Por más de medio siglo, Alfredo y yo hemos compartido un mismo camino de exaltación y entrega sobre carbones ardientes. No hemos coincidido siempre en las valoraciones y en los puntos de vista. Pero en el fuego está la fragua.
Prólogo al libro de Alfredo Guevara Tiempo de Fundación, presentado en este 25 Festival de Cine de La Habana
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