por Antonio Gutierrez Laborit*
Se habla en nuestra cultura de dos espíritus que se enfrentan, el espíritu de Próspero y el espíritu del Caliban, el primero intenta dominar e imponer, incluso por la fuerza avasallante, sus formas de gobierno y modelos de desarrollo, el segundo, el nativo, el hombre humilde de esta tierra, que los prósperos dibujan como un ser grotesco, lucha a diario por su libertad, por destruir las cadenas que lo atan y subyugan.
Los pueblos saben reconocer a los calibanes, a los hombres que sintetizan el pensamiento de la nación y quieren la libertad plena de los seres humanos, de esa estirpe de Calibanes son los hombres por los que hoy nos reunimos aquí en franco homenaje.
Calibanes son, Maceo y Ché, a los que nunca les tembló la mano para enfrentar a los prósperos de espíritu que intentan cambiar el destino de nuestros pueblos.
El primero, hijo de las segundas uniones de Marcos, venezolano que llegó a Cuba de contrabando, pues las leyes españolas prohibían la entrada a la isla de personas negras, y de Mariana Grajales, hija de dominicanos, fue el inigualable luchador por la independencia patria, el soldado que el mismo día que se alzó en armas alcanzó el grado de sargento y diez años más tarde ya era Mayor General, el que vio caer a su padre en combate, el amantísimo esposo, el hombre sensible que derramó sus lágrimas de bronce por la muerte de sus dos pequeños hijos, María de la Caridad y José Antonio, víctimas de los avatares de la guerra; el hombre digno de Mangos de Baragüá, el de las 25 heridas en su inmortal cuerpo, el que tiene tanta fuerza en la mente como en el brazo.
El segundo, es el tercer miembro de la expedición del Granma, cuando no había ni armas, ni hombres, ni yate, el que de niño intentó escribir su propio diccionario de filosofía, el estudiante de medicina que recorrió toda la América nuestra, el que le tomó tanto cariño al estudio del marxismo que llamó a sus fundadores Carlitos y Federiquito, el lector incansable, el eterno guerrillero, el jefe intransigente, el hombre que declaraba su amor de manera espontánea, el presidente del banco, el ministro, el galeno feliz por firmar el certificado de defunción del latifundio en Cuba, el creador del trabajo voluntario, el Tatú del Congo y el Ramón del Ñancaguazu, el arquetipo de comunista.
Maceo y Ché por coincidencias de la azarosa historia americana nacieron el mismo día, combatieron en las mismas tierras, afrontaron los mismos peligros y lucharon contra enemigos similares.
Sus ideas, son parte del tesoro histórico de esta nación que hoy nos toca construir como generación, las nuevas condiciones en que se desarrolla la Revolución cubana exigen de la creatividad, la disciplina, el control, la reflexión profunda y sin tapujos que hombres de la estirpe de Maceo y el Ché nos legaran.
A nuestra generación le toca mantener en alto las ideas de estos hombres, nos toca admirarlos y seguir el ejemplo que nos legaron sin cometer el pecado de convertirlos en Dioses, las personas nuevas que hoy luchamos por mantener vivas las ideas de Maceo y Ché debemos estar consientes de que esa continuidad solo es posible lograrla peleando contra todas las formas de dominación; no teniendo miedo a examinarnos a fondo y criticar nuestros errores y debilidades; partiendo de lo que existe, pero no para someternos a lo que existe; solo se logra trabajando y creando, con método y entusiasmo, consolidando y arriesgándose a la vez, atreviéndose a vencer.
Esa es nuestra tarea.
Repitamos junto a Maceo
¡Viva Cuba libre!
Y junto al Ché digamos:
¡Hasta la Victoria Siempre!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
*Palabras pronunciadas en el Acto homenaje al natalicio de Maceo y Che en la Universidad de las Ciencias Informatica.
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