lunes, 4 de agosto de 2008

¿La televisión es de todos?

Por Paquita Armas Fonseca

Han pasado algunas semanas desde que por el canal Telerebelde, en una noche de domingo, vi de nuevo Las últimas vacaciones, de Wayne Wang. La historia es sencilla: Georgia Byrd, vendedora en una tienda, dadas las habilidades culinarias que posee, esconde el sueño de ser una gran chef. Un diagnóstico médico erróneo le indica que le queda poco tiempo de vida y decide, mediante un viaje a Europa costeado con los dineros de la pensión, conocer a un experimentado cocinero. En el lujoso balneario se topa con ricos poco felices, algún malvado, y por supuesto, ella deslumbra a todos. La carismática Queen Latifah es Gloria, y el orgánico Gérard Depardieu el cocinero.

El filme, en un tono de comedia donde brilla la protagonista, ha sido excelente para algunos críticos y, para otros, más de lo mismo. Lo cierto es, por supuesto, que la mano de Wang (Smoke, una sonada película de los 90, y Mil años de oración, Concha de Oro en San Sebastián 1997) se hace notar en otro filme hecho para el entretenimiento. Pero, ¿sólo para eso?
¿Qué nos dice al final esa película? Los buenos trabajadores triunfan y pueden alcanzar fama, dinero, además de amor y felicidad, mientras los malos son castigados. Es más: le concedo que trasmite sentimientos de solidaridad, pero ¿un modesto obrero del mundo puede vacacionar por todo lo alto aunque gaste todo su posible retiro? ¿Es común dar un salto de simple vendedor un día a codearse mañana con senadores y magnates? La situación hace valedero el viejo y famoso slogan: Usted también puede tener un Buick.
Como esta, son un por ciento alto de las cintas trasmitidas por la TV. Y no importa que sean de Woody Allen o Coppola porque, aunque representen un cine excelente, estarán montadas encima de una manera dudosa de entender la realidad.
En el caso de las series, recurro a dos ejemplos: House y Anatomía de Grey, ambas de una factura relevante, con unos guiones en los que cada frase tiene su sentido. Pero, ¿por qué no hay muertos por gastroenteritis, malaria o sarampión en esas propuestas de desarrollada medicina alopática? ¿Por qué la mayoría de los enfermos fallecen del corazón, cáncer, derrames cerebrales o SIDA? Porque esas son las grandes causas de muerte del Primer Mundo, donde los niños no perecen de diarreas o de hambre, como en África. ¿Desdeñamos también las series porque muestran unas formas de vivir y morir ajenas a la realidad tercermundista? Si bien valdría la pena hacer una salvedad en estos dos casos: gracias al sistema de salud nuestro, las enfermedades y fallecimientos en Cuba se emparientan con la parte desarrollada del planeta.
Vuelvo a la pequeña pantalla: Algunas voces en el VII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), clamaron porque nuestra televisión no trasmita programas enlatados que favorezcan el modo de vida burgués. Pienso con toda honestidad que hoy es imposible, a no ser que siguiendo esa ruta se cierren tres de los cuatro canales televisivos nacionales porque no hay producción del patio para cubrir las horas de transmisión; ni de otros lugares existen suficientes programas totalmente ajenos a plasmar el modo de producción capitalista de forma acrítica.
Lo que se impone, a mi juicio, es que exista más análisis desde la misma televisión a estas propuestas, que miradas en el concierto de lo que se produce y trasmite hoy en el mundo, son lo mejorcito. No olvidar que una buena parte de las televisoras actuales tienen a los realities shows como las grandes atracciones de su pantalla, porque para exacerbar el morbo ya no basta la ficción, ahora lo que se hace es sacarlo de la realidad con toda la humillación posible del ser humano. Hay que ver los programas de participación donde aparecen mujeres golpeadas, discusiones entre madres e hijas por un hombre, niños abandonados y numerosas escenas más, que montadas en un gran espectáculo, denigran por lo general a personas carentes de recursos económicos.
Creo que existe razón sobrada para criticar espacios miméticos de factura nacional, y que son exponentes de una manera de decir y hacer en nada relacionada con los presupuestos que debemos sembrar en los televidentes, especialmente en jóvenes, adolescentes, niños y niñas, tal y como se sostuvo con énfasis en el congreso de la UNEAC. Esa es una responsabilidad de realizadores, escritores y directivos de la TV. A veces, por el camino de hacer con amenidad una conducción o, incluso, un comentario político, se llega a la banalidad más burda, en otras oportunidades por huir de lo superfluo se termina en el panfleto: tan dañina cosa como la otra, a los efectos de la comunicación.
No todos los espacios, por suerte, tienen esa característica, y a fuer de honesta, hay que reconocer ganancias en cuanto a diversidad. Lo que sucede es que la mayor parte de las buenas ofertas están en los Canales Educativos 1 y 2, no en Cubavisión, donde todo el mundo, incluidos los directores, quieren ver su programa, sin tener en cuenta que la rivalidad es permisible y por algo existen hoy cuatro opciones de transmisión nacional. Pantalla documental, por ejemplo, un espacio creado por el recientemente fallecido Octavio Cortazar y, dirigido a presentar documentales, muestra una honrosa lista de buenos títulos de tal género en el Educativo 2. En ese mismo canal hay otros espacios interesantes, como el variado Iguales y diferentes, que permite al telespectador asomarse a la rica pluralidad del mundo en que vivimos. De lo real y maravilloso es otra joya; la historia aquí aparece como lo que es: deslumbrante. A capella, Signos, Música del mundo, Vivir 120 y A todo jazz, son otras entregas con buena factura; al igual que La ciencia contra el crimen, que brinda la posibilidad de adentrarse en técnicas policíacas novedosas, con tecnología de punta. Este último, con un buen análisis especializado, se emparienta con Pasaje a lo desconocido, de Telerebelde. Ambos toman como base a documentales que son puestos bajo una lupa por personas autorizadas. Son sólo algunos ejemplos, hay otros también convenientes, mas el espacio no alcanza para un acercamiento más amplio.
En cuanto a la programación cinematográfica, se encuentran buenas ofertas con valoraciones: el lunes se puede ver por Cubavisión Historia del cine o Sala siglo XX, el miércoles De nuestra América, el viernes La séptima puerta, y el domingo Arte siete; por el Canal Educativo 2, el martes, Letra fílmica y el jueves Acento Común; y el sábado por el Educativo 1, Espectador critico. Son siete espacios en los que se proyectan cintas con una calidad de media hacia arriba y se realizan comentarios (unos mejores que otros, es cierto) que al menos le ofrecen información al teleespectador. Esto es sin contar las propuestas —algunas muy buenas— del Canal Habana, que por no ser totalmente nacional —aunque llega a muchas otras provincias— no lo menciono entre los ejemplos. Injustamente, sin embargo, la oferta cinematográfica se mide por muchos a través de lo que brinde Cubavisión en La película del sábado. Es la propia televisión la que puede y debe cambiar ese cliché, con una promoción inteligente de sus mejores espacios y elevando paulatinamente el valor estético de la proyección sabatina.
Hay hechos en la programación general, además, que parecen absurdos. No entiendo por qué Escriba y lea fue devuelto a Cubavisión. Es por naturaleza un programa didáctico, que si bajó en seguidores con el cambio al Canal Educativo obliga a pensar que si los telespectadores lo ven, será en un alto por ciento por inercia y no porque les resulte atractivo. Faltó inicialmente una promoción consecuente con el cambio de canal, pero retornarlo ¿resuelve una teleaudiencia consciente? Estoy casi segura que no es así. Tampoco me queda claro cuáles criterios se siguen a la hora de decidir qué programas se retransmiten o no por Telerebelde. ¿Por qué, por ejemplo, Sitio del arte, con una factura de estos tiempos y una buena información cultural, no está entre los que se pueden ver por la mañana? Para mí, la retrasmisión debe estar amparada ante todo por la calidad y lo útil de que más personas vean el mensaje en cuestión.
No soy yo sola la que tengo dudas. Como se evidenció en la cobertura informativa del Congreso de la UNEAC, no pocas intervenciones se generaron acerca de la pequeña pantalla. El dictamen de la Comisión Política Cultural y Medios Masivos, aunque dirigido a todo el espectro comunicacional, centra buena parte de sus sugerencias en la TV. En una de sus recomendaciones, con justeza y optimismo dice: “Se aspira al salto hacia una nueva industria audiovisual cubana capaz de responder tanto a las necesidades de la población cubana como a las potencialidades acumuladas. La red de emisoras radiales nacionales, provinciales y municipales, así como los canales televisivos del mismo rango, mas otras infraestructuras como las del cine resultan, por supuesto, la base con la cual acometer ese salto cuyo contenido deberá procurar, al tiempo que un enfrentamiento a toda forma de reproducción colonial, también una batalla ideológica por la creación de modelos y referentes propios, sobre todo para nuestra juventud, capaces de anudar entretenimiento y cultura”.
Ahora bien, ese salto es imposible sin los mínimos recursos para producir. Por ejemplo, a treinta y cuatro millones de dólares asciende el monto total que necesita el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), para contar con los equipos que posibiliten la producción y retrasmisión de espacios dramáticos, para niñas y niños, históricos, noticiosos, en fin programas hechos en Cuba y que reflejen nuestra esencialidad. De esos dineros, este año se deben asignar seis millones pero, hasta el momento, la inversión solo se ha destinado a habilitar algunos estudios o mejorar locales. ¿Cuál es la situación productiva actual, digamos, en los dramatizados? Por falta de transporte, fundamentalmente, desde octubre a mayo se han filmado sólo tres unitarios y la aspiración es que salgan cincuenta y dos al año, a uno por semana. Recuérdese, hace un trienio, cuando se trasmitieron en el verano varios teleplays, que crítica y público les aplaudieron por la calidad evidente en cada entrega. Piezas de Tomas Piard, Rolando Chiong, Charlie Medina, Ernesto Daranas, Rudy Mora, Magda González, Mirtha González, Elena Palacios y otros creadores, demostraron que sí se pueden presentar ofertas donde entretenimiento y valores estéticos vayan de la mano.
Hoy lo poquísimo que se filma hay que hacerlo con luces alquiladas a particulares; y en muchas oportunidades también se recurre a esta vía para contar con el sonido adecuado.
De tal manera se ha realizado Diana, una serie dirigida por Rudy Mora, ya casi en edición, y que debido a las inestabilidades por carencia de recursos no estará lista para seguir a la serie de cincuenta capítulos Polvo en el viento, de Xiomara Blanco, que comenzó a trasmitirse en mayo y su hechura también navegó en un mar de problemas.
Los tres Villalobos es una aventura que se realiza en estos momentos; pero como no hay otras en producción, luego de que se trasmita volverán las reposiciones. El público adolescente e infantil hace meses que no disfruta de un estreno en aventuras. En el caso de los policíacos, género que tiene tantos adeptos, se filmará Patrulla 444, serie de diez capítulos,dirigida por Roly Peña y que tal vez pueda estar en el aire en diciembre de este año, hecho que sólo ha sido posible con el apoyo de recursos del Ministerio del Interior (MININT).
¿La televisión es de todos?Para que siempre haya una novela cubana en el aire tienen que estar otras dos en producción, igual sucede con las aventuras o los policíacos, pero sin transporte, cámaras, luces, sonido… no es posible que esto ocurra.
También es imprescindible una estructura que facilite el trabajo y no que lo entorpezca. La actual no ayuda, e incluso muchas veces se erige en traba para el buen desempeño en una grabación. Un solo ejemplo: si se precisa filmar una mesa con una comida determinada, los alimentos visualmente necesarios no se pueden comprar ni por cheques ni en pocas cantidades. En ocasiones los directores pagan de su bolsillo la puesta en escena. ¿Es lógico que algo así suceda? Y este es solo un detalle de todo lo que funciona mal.
Claro, ¿qué sucedería si de golpe se asignaran todos los recursos? ¿Está la televisión totalmente lista para asumir ese volumen productivo con la calidad necesaria? Con toda honestidad pienso que no.
Solo las deficiencias actuantes en la televisión pueden explicar —es un caso— la telenovela Historias de fuego, recientemente transmitida. Es un crimen que con la cantidad recursos empleados en carros de bomberos, simulacros de fuego, despliegue de grandes equipos, las tramas se pierdan en malas actuaciones, nacidas en primer término de un deficiente casting. La edición nada ayuda y, por momentos, entorpece el desarrollo de las historias.
A mi juicio, otro aspecto importante es que la programación amerita un análisis multidisciplinario y sobre bases científicas, para que intente satisfacer a la mayor cantidad de públicos posibles. No creo que se aprovechen en toda su dimensión los estudios del Centro de Investigaciones Sociales del ICRT y de otras instituciones, que brindan válidos y necesarios datos para que los hacedores de la comunicación conozcan cómo realizar su trabajo con efectividad. Sin aplicar los análisis científicos en esta área, nunca se obtendrán los avances que se esperan.
Es necesario que florezca un espíritu de debate entre los trabajadores del ICRT; pero para que esto suceda, se debe propiciar el análisis de las políticas generales con todo aquel que tenga que ver con el producto comunicativo y que pueda aportar ideas. Se que últimamente se han dado pasos en ese sentido, mediante encuentros con directores, guionistas y asesores; mas eso debe ser lo común, no lo excepcional.
Tampoco soy ilusa: no creo que los problemas se resuelven solo con y en la televisión. Para que la cultura se apropie de cada hogar cubano a través de la pequeña pantalla, es imprescindible contar con todo el talento artístico del país en las diversas manifestaciones. Esto sucedería si artistas y directivos sostuvieran relaciones sistemáticas a partir del diálogo. Y no hablo solo de los funcionarios del ICRT, sino de todos los que tienen que ver con la producción de ideas.
Pero también, hasta que le asignen el transporte necesario, ¿por qué, como ha hecho el MININT, los organismos de la administración central del Estado no pueden prestar —por ejemplo— un ómnibus durante un mes, de forma rotativa, para filmar cuentos, teleplays y teatros? Cuando de criticar se trata, la televisión es de todos. ¿Y cuándo se necesita ayuda, entonces también no es de todos?
Habría que trabajar, encima, en proyectar una imagen que incluya todos los colores de piel, opciones sexuales diversas, grupos por edades, por género, e incluso que se ataje la tendencia al menosprecio hacia personas nacidas en el “interior”.
Ah, antes de terminar… En el mundo actual, transmitir Las últimas vacaciones o productos similares es beatífico. Nuestra televisión es casi santa en ese sentido, y hasta mojigata, para trasmitir bellas y justificadas escenas eróticas que, después de las diez de la noche, los niños no tienen por qué ver. Mientras tanto, los DVD —y aplaudo porque todo el mundo los tenga— se encargan de que las películas y series más violentas, con más sexo o más tontas, puedan ser vistas lo mismo en hogares del Vedado que en Baracoa, por ancianos o por niños. Así que no es nada fácil la misión televisiva: Ofertar piezas competitivas, con adecuados valores estéticos y a la vez entretenidos, para televidentes tan diversos como complejos. Tanto que cada cual la juzga a su manera.

Tomado de El Caimán Barbudo

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