sábado, 15 de diciembre de 2007

¿CULTURA SIN DEBATE?

Por Jesús Adonis Martínez Peña
y Ariel Montenegro Valhuerdi

A juicio de muchos, la crítica sincera es la vía para visualizar los problemas y poder solucionarlos. Al parecer esta es una aspiración insatisfecha entre los universitarios de hoy.

Esta es una imagen común, casi recurrente. Un grupo de jóvenes universitarios, al salir de su facultad, discuten con pasión en una esquina cualquiera. Los temas se mueven desde el evento deportivo de ocasión y las ambiciones personales hasta la realidad cubana actual y el futuro de la Revolución. Las opiniones son múltiples, como la sociedad misma. Quizás no lleguen a un acuerdo. El propio acto de polemizar ya los define como actores sociales críticos.

Las universidades en el mundo entero se han caracterizado por constituir centros formadores de opinión y parte de la conciencia crítica social. En Cuba, particularmente la Universidad de La Habana (UH) —sobre todo a partir de los años 20 del pasado siglo—, posee una rica historia donde resaltan el enfrentamiento a los males de la República Neocolonial y una gran autonomía de pensamiento. A lo largo de estos años, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) ha desempeñado un papel relevante.

Después del triunfo revolucionario de 1959, en la Isla comenzó una democratización educacional y cultural que amplió la afluencia a las aulas universitarias. Surgieron nuevas casas de altos estudios y la composición de esta enseñanza se hizo más diversa.

Algo para debatir

En la escena universitaria, por supuesto, coexisten intereses generadores de opiniones e ideas acerca de asuntos medulares para la Cuba contemporánea, que normalmente deberían ser canalizados a través de la polémica.

Para Luis Gómez Suárez, máster en Ciencias Históricas e investigador de Políticas yMovimientos Juveniles, del Centro de Estudios sobre la Juventud (CEJ), «entre los universitarios hay una gran inquietud y se debate sobre los temas económicos, políticos y sociales de la actualidad. Por lógica es así, el estudiante de este nivel es un hombre o mujer que está accediendo a lo último del pensamiento mundial y que, como parte de ello, choca con los problemas que enfrentan la humanidad y el país. Eso lo lleva a debatir.

«La juventud universitaria tiene un alto nivel de cuestionamiento con disímiles matices. Este puede ser positivo o negativo, constructivo o destructivo; puede ser francotirador; originarse desde dentro de la Revolución, fuera de ella o sencillamente al margen», afirma el especialista.

En opinión del investigador, si bien en universidades tradicionales como la UH existe un mejor clima de debate que en las demás sedes, gracias a una cultura universitaria más arraigada y un mayor número de influencias, este es todavía insuficiente.

El debate mayormente prolifera en ámbitos informales, como grupos de amigos o compañeros de clases. Sin actas, presiones o compromisos institucionales fluye la discusión, pero muchas veces allí se queda, pues tampoco existen mecanismos para canalizar las inquietudes. Estos encuentros «no se rigen por ninguna regla, solo por las de la lógica y de las relaciones interpersonales», dice el máster en Ciencias Históricas.

Discusión en la brigada

Los universitarios cuentan con una organización que debe representarlos: la FEU. Sin embargo, en relación con esto todavía asoman inoperancias. «(...) cuando ante el VII Congreso (de la FEU) revisamos nuestro trabajo, concluimos, con espíritu crítico, que hemos dejado a un lado, por varias razones, los mecanismos que nos ayudan a conocer cómo piensa la gente, aunque en el fondo lo intuyamos», aseguró el presidente nacional de la Federación, Carlos Lage Codorníu, en una entrevista anterior para Alma Mater.*

En este sentido pesa la no existencia de una cultura del debate de apreciable magnitud en algunas brigadas, opina el especialista Gómez Suárez; y enfatiza que: «por el contrario, las organizaciones deben ser para potenciar la pluralidad de opiniones.

«Históricamente hablamos de la concepción del Che de crear un hombre nuevo. Pero no como con un cuño. Ese hombre debe caracterizarse, entre otras cosas, por su participación decisoria y por una capacidad crítica muy acentuada; porque para legitimar cualquier poder es necesario el consenso, al cual se llega mediante el debate», recalca el investigador.

«En mi facultad, aunque siempre estamos presionados por el estudio, sí se discute. Incluso acerca de temas que incumben a toda la sociedad. Se discute dentro de las organizaciones, pero mucho más a nivel de pasillo», opina Efrén González, estudiante de Biología de la UH.

Rubiel García, responsable de Cultura de la FEU Nacional, admite que no existe un hábito de debate extendido dentro de la organización estudiantil y que la polémica sobre temas estructurales y la realidad del país es muy limitada dentro de la misma. El intercambio predomina de un modo informal.

El dirigente juvenil señala que este fenómeno en la universidad es muy heterogéneo, puesto que «existe desigualdad en cuanto al aprovechamiento de las asambleas para ejercer la crítica».

No obstante, algunos centros han sabido implementar espacios de confrontación de ideas como La Cafetera, de la Facultad de Comunicación de la UH, o Viernes al Cine, del Instituto Superior de Diseño.

«El VII Congreso de la FEU fue diferente —asegura García—. A partir de lo discutido allí, nos propusimos fomentar el debate en todas las instancias desde una óptica de tolerancia y pluralidad, más en aquellas que, como las Sedes Universitarias Municipales, todavía no cuentan con estructuras sólidas. Debemos estar siempre en Congreso».

Por su parte, Sergio Gómez, estudiante de Periodismo de la UH, piensa que «no existe técnicamente una censura, más bien se da un fenómeno de autocensura, especialmente en los supuestos espacios de debate formal. Al menos en mi brigada funcionó la asamblea del Congreso para confrontar puntos de vista, pero estas ocasiones son esporádicas y me quedan dudas sobre la viabilización de los planteamientos.

«Por momentos los estudiantes se limitan al expresar criterios porque existe la nociva percepción —a veces certera— de que las ideas expuestas dentro de la Federación no son tomadas en cuenta o no llegan hasta los niveles donde se decide», considera Yenysleydy López Fernández, de 2doaño de Ingeniería Industrial en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría.

Estos factores —consideran varios entrevistados— no permiten la legitimación de la FEU comopromotora de la crítica constructiva. Por el contrario, provocan un sentimiento de falta de compromiso y distanciamiento de la organización.

¿Se es vanguardia en la vanguardia?

«Siempre encontramos militantes que no discuten, apáticos, pero no los considero apolíticos porque sí lo hacen de manera informal. Muchos dicen lo que piensan en las asambleas, lo que pasa es que si no encuentran receptividad por parte de los dirigentes, el comité puede tornarse disfuncional», opina Uris Ros Quincoces, secretaria ideológica del Comité Primario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) de la UH y profesora de la Facultad de Biología.

«En términos generales, la universidad es heterogénea en cuanto a la implementación del debate: en algunas estructuras de base se discute activamente y en otras el panorama es bien distinto», comenta.

La situación resulta similar en la Facultad de Ciencias Médicas radicada en el hospital Calixto García. Daritza Díaz, de 5toaño de Medicina y jefa de Actividades de la UJC, expresa que «algunos atrevidos sí hablan» en las reuniones, sobre todo si se discute de problemas internos, pero predomina la polémica de pasillos, posiblemente por cierto escepticismo alrededor de las soluciones.

«La cuestión principal radica en cómo, incluso socialmente, somos muy dados a activar mecanismos de defensa y también en que los dirigentes, muchas veces, nos cegamos ante los problemas: una especie de autocensura», asevera Ros Quincoces.

El tratamiento de temas libres y la iniciativa de que la instrucción política pase a ser el centro de cada reunión mensual, constituyen, a juicio de esta profesora, resortes para dirigir el debate desde lo informal hacia el interior de la organización. Asimismo, se busca la reactivación de las escuelas políticas desde las instancias de base.

Sobre la falta de debate en el interior de organizaciones juveniles, el investigador Luis Gómez considera que «estas se han formalizado en exceso y los jóvenes no se sienten motivados para debatir en ellas. Se han convertido en medios para dar cumplimiento a determinadas tareas y orientaciones que emanan de niveles superiores y no brotan directamente de la participación colectiva».

Polémica para todos

De particular relevancia para fomentar el debate entre los universitarios son los medios de comunicación masiva dirigidos esencialmente a la juventud.

Para Yailín Orta Rivera, periodista de Juventud Rebelde, un medio periodístico para jóvenes debe ser «un facilitador, un mediador tan dinámico como su público». Allí la polémica ha de asumirse desde «la responsabilidad, la iniciativa, el diálogo y la voluntad creadora», puntualiza.

Sin embargo, «existe un distanciamiento entre el debate generado por el joven común y su reflejo en la prensa», opina Amaury del Valle, periodista del mismo diario yprofesor de la Facultad de Comunicación de la UH. «El solo hecho de tocar temas que puedan suscitar polémica no es suficiente: hay que darle continuidad a la discusión. Es necesario confiar más en el público para cambiar la unidireccionalidad de los mensajes», considera del Valle.

Los universitarios constituyen un sector especialmente apto para asumir el reto de polemizar y dialogar a través de los medios, gracias a la preparación cultural que aportan los estudios superiores. Así piensa el periodista de Prensa Latina, Carlos Morales Valido.

«De todas formas no hay por qué tomar la página como una tribuna. Se necesitan elementos sólidos, sutileza y equilibrio», concluye.

La situación de los medios vinculados con los universitarios no escapa a ciertas tendencias que tocan al Periodismo nacional y a toda la sociedad. Al respecto, el máster, Luis Gómez Suárez, manifiesta que «la cultura de la unanimidad nos ha dañado y nos sigue afectando bajo un falso concepto de unidad revolucionaria. Estamos a favor de esta, pero así no se logra realmente. Nuestros medios no polemizan, no discuten. Es muypoco el análisis crítico».

¿Y…?

«Este es un problema que trasciende a la Universidad. La sociedad en general (la familia, colectivos de trabajo, parejas) funciona de manera poco participativa y tolerante, o sea, las cosas van bien mientras hay igualdad de criterios, pero el debate de real calidad —que solo se da cuando los puntos de vista no son tan similares y cada parte asume que puede haber de valor en la otra— abunda poco», señala Idianelys Santillano, psicóloga e investigadora del CEJ.

Por su parte, Gómez Suárez aprecia que en nuestro caso «elfenómeno viene dado también por la situación del bloqueo norteamericano y la cultura de “plaza sitiada”, la lucha interna contra los enemigos de la Revolución y errores en la búsqueda de la necesaria unidad».

«…Nuestras críticas —advertía el Comandante en Jefe Fidel Castro, el 17 de noviembre de 2005— suelen ser casi de un grupito, nunca acudimos a la crítica más amplia, nunca acudimos a la crítica en un teatro… si vamos a dar la batalla hay que usar proyectiles de más calibre, hay que ir a la crítica y autocrítica en el aula, en el núcleo y después fuera del núcleo, (…), en el municipio y después en el país».

«Debate perentorio», podría titularse hipotéticamente aquel discurso. Su escenario fue el Aula Magna de una universidad.



*Alma Mater, No. 426, julio de 2005.


Tomado de Alma Mater

LA VERDAD ENTRE TODOS

Por José Alejandro Rodríguez

La frase que preside esta celebración no es fortuita. Si algo ha oxigenado a la columna Acuse de Recibo en estos 10 años de existencia, ha sido buscar la verdad de la vida y las cosas sin distinciones ni parcialidades. Esta ventana desde la cual uno se asoma a la palpitante realidad del país, con sus luces y sombras, tiene un anchuroso espacio donde caben todos: los quejosos y molestos, esos que casi siempre invocan la propia virtud de la Revolución para reclamar sus derechos; los inquietos y pensantes; y también quienes son emplazados y deben responder reclamos, alertas y juicios de los demandantes.

A fin de cuentas, los funcionarios son también criaturas vivientes y sufrientes, más allá de su mayor o menor consecuencia con ese ideario humanista de la Revolución. Sí, una revolución que siempre conjugándolo todo en plural, tiene el desafío guevariano de descubrir todos los días, en los dramas individuales, qué falla y se entorpece en la urdimbre cotidiana; y sopesar cuándo las realidades gritan a viva voz que algo es inoperante y se vuelve como un boomerang contra los nobles propósitos.

No voy a decir ahora que nunca imaginé –ese lugar común en que se ha parafraseado hasta la saciedad el inicio de Cien Años de Soledad-, cuando Polanco aquella tarde gris, de ventiscas, me encomendó el timón de este proyecto. Claro que sí imaginaba todos los tropiezos que aparecerían en el camino; claro que íbamos a desafiar, con inteligencia, ética, decencia y valor, ajenos al francotirador desideologizado y descontextualizado, las resistencias de quienes en la esfera institucional, administrativa y empresarial, dirigen con excesivo sesgo verticalista y voluntarista; esos ciegos y sordos a los estados de opinión de la ciudadanía.

En estos 10 años, el colectivo que sostiene la columna Acuse de Recibo –más allá de la firma de este titular- ha tenido que blindarse de mucha tenacidad y de anticuerpos contra el desánimo y las resistencias. No han faltado huracanes, borrascas y vientos plataneros de aprensiones, prejuicios y acusaciones en esferas administrativas; como tampoco han escaseado los elogios y estímulos de personalidades, instituciones y de nuestros lectores, que son los verdaderos dueños y artífices de este espacio.

Si algo hemos alcanzado, es demostrar que una columna de este tipo puede sobrevivir y profundizar sus alcances ya irreversibles, en su contribución a un periodismo que demuestre su filiación revolucionaria en el tratamiento responsable y ético de tantos episodios de la vida cotidiana, donde se entrecruzan crudezas, sinsabores, emociones y sentimientos encontrados, errores, burocracia, torpezas y agudezas.

Acuse de Recibo ha sido también nuestro pequeño tributo a la democracia socialista, vista no como una exhortación retórica y consignista sin asideros en la praxis, si no vertebrada en el propio debate social, en la compleja urdimbre cotidiana. Sí, es la certeza de que no debemos dejarnos escamotear los espacios del juicio y de la crítica, los reflejos problémicos de la realidad, por intereses y manipulaciones ajenos a nuestras propias realidades. Es ese, a nuestro entender, el principal quilate ideológico de esta aventura diaria por los pasadizos de las contradicciones.

La columna es un puente, y solo ha perseguido la comunicación entre ciudadanos e instituciones, la enmienda justiciera y purificadora de las zonas tumefactas de la sociedad, y la rectificación de métodos erráticos, ineficacias, ineficiencias y mediocridades. La columna es una devota de la luz moral con que debe verse el rostro el país todos los días. Y en el sentido martiano es ecuménica y educativa. Pretende el mejoramiento humano de todos: los que preguntan y reclaman y los que responden y no siempre argumentan ni convencen.

Si ya vamos logrando que la respuesta mayoree por sobre los silencios institucionales, aún por delante nos queda el desafío de la calidad de esas respuestas: desterrar la formalidad, la simulación y la mentira en esa rendición de cuentas con el criterio ciudadano. El mandato de nuestros lectores nos impele a rechazar esos ardides y vicios con toda la elegancia posible, pero con toda la fuerza del argumento.

En esta expedición por ensanchar la democracia socialista –ora sosegada por las reflexivas calmas, ora tropelosa por las tormentas cotidianas, Acuse de Recibo no abandonará la nave ni la anclará. Y buscará la mejor brújula, la de la necesaria sabiduría y serenidad para nunca naufragar ni andar al pairo. Ese es nuestro compromiso con el país y con nuestros lectores.

Tomado de JR

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Sigamos siendo rebeldes

Palabras de Roberto Fabelo en en el ISA, con motivo de la entrega de la condición de Profesor Consultante y el diploma al Mérito Artístico a un grupo de artistas de la plástica


Hace muy poco pude ver las obras de un joven creador en las que el sujeto protagónico era la imagen de los legendarios barbudos rebeldes.
Aquella imagen más que evocación la percibí como la invocación a una rebeldía a veces perdida en la vorágine de todos los días, donde a menudo es incómodo y difícil ser rebelde y proceder en consecuencia con su carga de riesgos. Es obvio que es más cómoda la sumisión pero peligrosamente aniquiladora.

Fue la rebeldía la que convirtió este recinto de asueto de privilegiados en escenario de formación, desarrollo y creación artística y fue la rebeldía la que en su enfrentamiento a la autocomplacencia, propia y ajena, a la incompetencia, a las carencias y dogmas anestesiantes hizo más libre nuestro pensamiento en esa revolución que tempranamente conocimos dentro y fuera de nosotros mismos.

Hemos visto la vida como un proceso infinito de liberación en la búsqueda de una libertad que soñamos para todos como algo parecido a casi lo imposible en una lucha que a veces se nos presenta muy clara y nítida y otras confusa y abrumadora en toda su complejidad. Así se ha forjado también nuestra rebeldía.

En ese tránsito, en esa consecuencia de la verdad de todos y cada uno de nosotros hay aquí un grupo de creadores cuya obra y pensamiento no han perdido la rebeldía ni la imprescindible curiosidad por el nuevo conocimiento y por el riesgo necesario y han permanecido de una u otra forma, dentro o fuera de las aulas entregando sus mejores energías, vinculados al ISA en esa labor permanente de formación de nuevos talentos dando continuidad al desarrollo del arte y la cultura en nuestro país.Gracias a este centro que hoy reconoce a estos creadores al otorgarle la condición de Profesor Consultante y el diploma al mérito artístico que no solo les honra, sino que les advierte y les da crédito para seguir la contienda, para que en este mundo aún imperfecto, con causa y con cauce sigamos siendo rebeldes

Palabras de Inaguración del 29 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Palabras de Alfredo Guevara, Presidente del 29 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, pronunciadas el 4 de diciembre, 2007, en el acto inaugural, teatro Carlos Marx


Hermanas, hermanos de América Latina
Cinéfilos todos

Envuelto en símbolos nos llega este, nuestro 29 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Es el 40 Aniversario de aquellos días en que en Viña del Mar, en Chile, sin saberlo, virtualmente, nos descubrimos Nuevo Cine, expresión de insurgencia, redefinición, búsqueda, renovación lingüística, parte, protagonistas de la historia; y 40 años hace de la caída de Che en Bolivia, y Che es la idea convertida en acto, la coherencia máxima. Se acerca el Aniversario 200 de la primera Independencia latinoamericana. Envueltos en símbolos estamos, y Cuba, que hoy les recibe, de ese entramado es parte. A un paso del 50 Aniversario de la Revolución cubana que en 1959 permitió declararnos territorio libre de América, isla de la segunda independencia y poco después, también, inapreciable símbolo como primer territorio libre de analfabetismo. Símbolos tantos que imperiosamente obligan.

Hace ahora dos años Fidel nos dijo, y era un 17 de Noviembre, que la Revolución pudiera no ser irreversible y lo hizo en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, ámbito e inspiración iniciática del pensamiento y la acción revolucionaria cubana, allí, ante la tumba del Padre Félix Varela que pensó y diseñó la patria antes de que existiese; ese milagro moral no reconocido y que vibra en el corazón de los cubanos. Recapacitemos, estamos inaugurando el 29 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y os hablo de Cuba. Es, hermanos, amigos, cineastas de un cine obligado a siempre renovarse, día a día y de generación en generación, que no tendríamos derecho a convocarles año y año desde este territorio libre de América, este, aquel en que la segunda independencia tuvo su inicio, si no fuésemos capaces de vibrar hacia la vida conmovidos desde sus cimientos. Permitidme entonces ya que tanta licencia he recorrido, decir desde esta tribuna, que aquel Mensaje que a tanto obligaba ha tenido respuesta y que todo nuestro pueblo, pronto liberado de muy absurdas trabas y las instituciones que soñamos aligeradas y desburocratizadas, hará primero el pueblo y harán tal vez las instituciones, si es que de veras se desburocratizan, harán, repito, digno el título sin el cual derecho a convocarles no tendríamos, el de revolucionarios, el de ciudadanos comprometidos en territorio de libertad e independencia. Fue aquel un Llamado a comprender alertas. Nos decía que el inmovilismo, la cristalización, el aceptacionismo, la indiferencia, el silencio voluntario o condicionado, ese acomodamiento a la rutina y la aceptación, conducen irremediablemente a la corrupción, la corrupción del alma, la más grave. Ser revolucionario será siempre afrontar la realidad como un reto y si necesario transformarla y si necesario transformarse.

No puedo dejar por eso de decirles, hermanos de América Latina, ¡hermanos!, que en Cuba, la que hoy les recibe, estamos replanteando, precisando, serena y agresivamente, a partir de los pronunciamientos de Raúl Castro el pasado 26 de Julio, ese proceso revolucionador de la Revolución cubana a que se nos llamara el 17 de Noviembre del 2005.

En este país os recibo otra vez en medio de esa conmoción casi volcánica que son las revoluciones cuando deciden serlo siempre, sacudir adherencias indeseables y hacerlo hasta la raíz. País en el que el saber tendrá que ser divisa; en el que ya es reservorio de potencialidades que quisieran ser garantía y posibilidad del ejercicio responsable y comprometido, y ejemplos de libertad y libertades.

Este proceso revolucionador revolucionario y potenciador al que Fidel llamara, nos resitúa en la época, nos salva, estoy seguro, de ese lento morir que puede y suele ser hermosa ceremonia y acción nula.

América Latina toda, aun donde no pase nada en apariencia, siembra alboradas. No sé si así lo aprecian las nuevas generaciones de cineastas que hoy con su presencia nos invaden. Ellos traen sus mensajes, nuevos y alentadores, o quién sabe, el Festival se inicia, al final veremos. Pero algo sé de entrada, no habrá indiferencia, de eso estoy seguro.

Años vienen que serán acaso de muy duros combates. La esperanza y los sueños y los logros no llegan nunca sin complejidades, sin el despliegue necesario y a veces hasta heroico de la sensibilidad y de la inteligencia, no llegan jamás sin enemigos, sin resistencia orquestada por el imperio, por las oligarquías. Será un reto y como tal exige refinar el pensamiento, profundizarlo, dotarlo de la expresión adecuada, descubrir los resortes no tan secretos de la historia en este instante, agotando los recursos en lucha sin cuartel frente al pensamiento único, tan bien infiltrado, sabia, sutilmente en las conciencias recolonizadas.

Se trata no de responder cerrando puertas, sino de dar paso al aire fresco que no es de las rendijas cuando llega. Se trata de responder con obra y obra, creadoramente para los artistas y para las instituciones con verdaderos diseños que puedan llamarse culturales. Es desde esta dimensión del alma, desde la cultura, que toca a los cineastas expresarse.

Estos tiempos tendrán en el nuevo cine de América Latina profetas, protagonistas, cantores, pioneros, descubridores, innovadores, personajes esos que sabrán siempre develar la esencia y convertirla en arte, en poesía. Es decir, y eso creo, en protagonistas de la eficacia.

Tantos, tantos, tantos símbolos obligan, y los que ya vamos pasando lo sabemos, creo, creemos, que hay sin vacilación, firmemente, que confiar en la joven generación latinoamericana, en ese pueblo joven, en sus intelectuales, en sus cineastas, ellos sabrán construir, ejercer, honrar la vanguardia de que parte serán en nueva época.

¡Bienvenidos a Cuba!, ¡Bienvenidos!

Declaro inauguradas las jornadas del 29 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

SOCIALISMO Y CULTURA

Antonio Gramsi

[29-I-1916; I.G.P.; S.G. 22-26]


Nos cayó a la vista hace algún tiempo un artículo en el cual Enrico Leone, de esa forma complicada y nebulosa que le es tan a menudo propia, repetía algunos lugares comunes acerca de la cultura y el intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, con los cuales la clase se está preparando el porvenir con sus propias manos. No nos parece inútil volver sobre ese tema, ya otras veces tratado en el Grido y que ya se benefició de un estudio más rigurosamente doctrinal, especialmente en la Avanguardia de los jóvenes, en ocasión de la polémica entre Bordiga, de Nápoles, y nuestro Tasca.

Vamos a recordar dos textos: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió de 1772 a 1801), el cual dice: "El problema supremo de la cultura consiste en hacerse dueño del propio yo trascendental, en ser al mismo tiempo el yo del yo propio. Por eso sorprende poco la falta de percepción e intelección completa de los demás. Sin un perfecto conocimiento de nosotros mismos, no podremos conocer verdaderamente a los demás".

El otro, que resumiremos, es de G. B. Vico. Vico (en el Primer corolario acerca del habla por caracteres poéticos de las primeras naciones, en la Ciencia Nueva) ofrece una interpretación política del famoso dicho de Solón que luego adoptó Sócrates en cuanto a la filosofía, "Conócete a ti mismo", y sostiene que Solón quiso con ello exhortar a los plebeyos --que se creían de origen animal y pensaban que los nobles eran de origen divino-- a que reflexionaran sobre sí mismos para reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, para que pretendieran ser igualados con ellos en civil derecho. Y en esa conciencia de la igualdad humana de nobles y plebeyos pone luego la base y la razón histórica del origen de las repúblicas democráticas de la Antigüedad.

No hemos reunido esos dos textos por capricho. Nos parece que en ellos se indican, aunque no se expresen ni definan por lo largo, los límites y los principios en los cuales debe fundarse una justa comprensión del concepto de cultura, también respecto del socialismo.

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los estímulos varios del mundo externo. Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente para el proletariado. Sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás. Sólo sirve para producir ese intelectualismo cansino e incoloro tan justa y cruelmente fustigado por Romain Rolland y que ha dado a luz una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado, el cual cumple en la vida una tarea bien precisa e indispensable y vale en su actividad cien veces más que esos otros en las suyas. Pero eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.

La cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes, Pero todo eso no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual, como ocurre en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo se selecciona y específica sus propios órganos inconscientemente, por la ley fatal de las cosas. El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. La razón es que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad conciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes históricamente. Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el más próximo a nosotros y, por eso mismo, el menos diverso del nuestro, es el de la Revolución francesa. El anterior período cultural, llamado de la Ilustración y tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue --o no fue, al menos, completamente-- ese revoloteo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con uniforme imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo una vez leída la Gran enciclopedia de D'Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedante y árido, como el que hoy tenemos delante y encuentra su mayor despliegue en las Universidades populares de ínfima categoría. Fue una revolución magnífica por la cual, como agudamente observa De Sanctis en la Storia della letteratura italiana, se formó por toda Europa como una conciencia unitaria, una internacional espiritual burguesa sensible en cada una de sus partes a los dolores y a las desgracias comunes, y que era la mejor preparación de la rebelión sangrienta luego ocurrida en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada pamphlet nuevo, era como la chispa que pasaba por los hilos, ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y se hallaban los mismos consensos y las mismas oposiciones en todas partes y simultáneamente. Las bayonetas del ejército de Napoleón encontraron el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII y que habían preparado a los hombres y las instituciones para la necesaria renovación. Más tarde, una vez que los hechos de Francia consolidaron de nuevo la conciencia, bastaba un movimiento popular en París para provocar otros análogos en Milán, en Viena, y en los centros más pequeños. Todo eso parece natural, espontáneo, a los facilones, pero en realidad sería incomprensible si no se conocieran los factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo dispuestos a estallar por una causa que se consideraba común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. La conciencia unitaria del proletariado se ha formado o se está formando a través de la crítica de la civilización capitalista, y crítica quiere decir cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir precisamente esa conciencia del yo que Novalis ponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se diferencia y, tras crearse una meta, juzga los hechos y los acontecimientos, además de en sí y por sí mismos, como valores de propulsión o de repulsión. Conocerse a si mismos quiere decir ser lo que se es, quiere decir ser dueños de sí mismo, distinguirse, salir fuera del caso, ser elemento de orden, pero del orden propio y de la propia disciplina a un ideal. Y eso no se puede obtener si no se conoce también a los demás, su historia, el decurso de los esfuerzos que han hecho los demás para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que queremos sustituir por la nuestra. Quiere decir tener noción de qué es la naturaleza, y de sus leyes, para conocer las leyes que rigen el espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista la finalidad última, que es conocerse mejor a sí mismos a través de los demás, y a los demás a través de sí mismos.

Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que ha hecho el hombre por liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se comprende por qué el proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no ha de saber cómo, y por qué y por quién ha sido precedido, y qué provecho puede conseguir de ese saber.


lunes, 26 de noviembre de 2007

De Marx a Foucault: poder y revolución

por Jorge Luis Acanda


Michel Foucault falleció el 25 de junio de 1984, de SIDA. Atrás quedaba una vida marcada por la turbulencia y el comprometimiento. Por delante se alzaba la tarea de interpretar una herencia teórica rica y compleja, cuyo carácter internamente contradictorio ha dado pie, desde entonces, a la construcción de imagenes encontradas, tanto de esta obra como de su autor. Tras la aparición en 1966 de su libro El orden de las cosas, Jean Paul Sartre lo acusó de querer “... construir una ideología nueva, la última barrera que la burguesía puede aún alzar contra Marx” (citado en Descombes: 147). Años despues, Jürgen Habermas incluía a Foucault en el grupo de los por él denominados “jóvenes neoconservadores”. Pese a ello, la policía francesa, al parecer sin mucho tiempo para leer a Sartre o a Habermas, lo encarceló en más de una ocasión por extremismo izquierdista, sin haberle podido ganar la delantera a la tunecina, que ya en el otoño de 1968 lo había golpeado en un cruce de carreteras para hacerle entender su deseo de que abandonara el país. Apoyò a la revolución iraní, fue detenido en la España franquista y expulsado por protestar allí contra los crímenes políticos de esa dictadura, y se manifestó múltiples veces en las calles parisinas contra el racismo y la xenofobia, contra la brutalidad policial y contra el sistema carcelario. E hizo todo eso con la misma pasión e intensidad con la que protestó contra la represión del movimiento obrero polaco y denunció las arbitrariedades burocráticas del estado soviético. Fue un crítico mordaz del Partido Comunista francés por sus desviaciones de derecha, a la vez que denunció la explotación del proletariado francés y el carácter enejenante de la sociedad capitalista. Terrorista e iconoclasta, proclamó la muerte de las ciencias humanas, la muerte del sujeto, la muerte del autor. Tal vez esa orgía de muertes, anunciadas con una artillería verbal tronitronante que inflamó hasta el paroxismo, no tuviera otra intención que la de hacerse oír en un mundo en el que todo conspira para que el único deceso real sea el de la revolución; en un mundo donde desde hace diez mil años se intierra sin cesar a la libertad. O quizá todo ello no fuera sino la expresión inversa y sublimada de su pasión pro provocar la muerte de la dominación.

Debemos recordar las críticas que se le han hecho. Perry Anderson, Anthony Giddens, Alain Touraine, Jürgen Habermas, Axel Honneth, Nicos Poulantzas, y otros, han destacado, con mayor o menor acierto, distintos lados débiles de sus concepciones. Casi todos coinciden en una crítica básica: su excesiva ontologización del poder, que lleva a hacer impensable las vías para escapar a su carácter englobador. Pero no sólo hay que rescatarlo de estas y otras limitaciones, sino también de los excesos de su prosa. Francisco Álvarez-Uría y Julia Varela le señalan una cierta romantización de lo popular, el dejarse llevar por la impaciencia de la libertad en detrimento de la verdad, así como un cierto dandismo y malditismo esteticista (Álvarez-Uría y Varela : 22). Rescatar a Foucault de sí mismo es momento indispensable en la criba crítica para rescatar lo esencial: una línea de indagación que este pensador fue enhebrando a lo largo de su vida, y que constituye su mayor aportación.

Las claves hermeneúticas para una tan difícil recepción son varias. La primera ya la apunté: el conocimiento de su vida revolucionaria, de su compromiso anticapitalista raigal. La segunda es tan elemental que no necesito explicarla: conocer su época, el contexto en el que escribió, las corrientes de pensamiento con las que interactuó y que constituyeron el marco de coordenadas dentro del que cobró para él significación lo que hizo. Una tercera clave nos la brinda Thomas McCarthy, quien afirma la necesidad de establecer las importantes afinidades entre la genealogía del saber/poder de Foucault y el programa de la teoría crítica. “Siguiendo el ejemplo del propio Foucault, sus comentaristas han prestado generalmente más atención a su ruptura con formas anteriores de la teoría social crítica que a sus continuidades con las mismas. No es sorprendente que un pensador de su originalidad, que alcanzó su madurez intelectual en la Francia de posguerra, afirme en ocasiones su identidad intelectual por oposición a los distintos marxismos allí imperantes. Pero ... ocuparse únicamente de las discontinuidades puede llegar a ser contraproducente” (McCarthy : 51). No se puede tomar la autopercepción de Foucault como plenamente válida, y para entenderlo adecuadamente necesitamos ubicarlo en su relación en una línea de pensamiento crítico que arranca en Kant, continúa con Marx, y sigue con Nietzsche y Weber. Esta es una premisa importante, cuyo olvido ha llevado a interpretaciones inadecuadas. Porque no se puede tomar la obra de Foucault como un sistema cerrado, sino más bien como una serie de impulsos difusos y fructíferos. Debemos evitar considerarlo creador de una teoría, y verlo más bien como un pensador que aportó ideas profundas, pero criticables y revisables. Debemos conducirnos como co-autores y no como discípulos sumisos (Robert Holub : 77). El propio Foucault nos instruyó sobre ello: “lo que yo digo debe tomarse como ‘propuestas', inicios de juegos a los que se invita a participar a quienes están interesados en ellos; no retenden ser afirmaciones dogmáticas que hayan de ser tomadas o dejadas en bloque” (citado en Kenway : 174). Las propuestas foucaltianas cobran toda su fuerza cognoscitiva cuando se articulan en el tronco de la teoría crítica.

¿Pero cómo ha de hacerse esta articulación? Pese a su tronco común, el legado de la teoría crítica es tan rico como diverso y contrastante. Al respecto hay una cuarta clave hermeneútica, que he dejado para el final, no porque sea menos importante, sino porque es la más provocadora. La enunció Nicos Poulantzas en 1978, en su libro Estado, Poder y Socialismo, y no se le ha prestado la atención debida. Hago aquí un aparte para rendir un breve homenaje a Poulantzas, una de las figuras que mas aportó a la reflexión sobre el Estado y el poder, y que se malogró a los 43 años de edad, el 3 de octubre de 1979, y a quien tal vez la Cátedra Gramsci pudiera dedicar también un espacio de debate ahora que se cumplirán veinte años de su deceso. Quiero destacar que en la obra antes mencionada, Poulantzas hace un análisis de las tesis foucaltianas que considero cuando menos muy interesante, por el balance que intenta establecer entre sus aportes y limitaciones. Es significativo que a diferencia de los análisis exclusivamente negativos de la mayoría de los críticos de Foucault - paradigmaticamente representados por Habermas y Honneth - sea Poulantzas, precisamente por ser un marxista, uno de los pocos que intenta hacer un equilibrado balance del aporte de este. Y digo que precisamente por ser marxista, porque Poulantzas apunta una idea que me parece fundamental, y que constituye esa cuarta clave que aquí propongo: las tesis de Foucault no sólo son compatibles con el marxismo, sino que solamente pueden ser comprendidas a partir de él (Poulantzas : 76 ).

No es mi intención, como no lo fue de Poulantzas, hacer pasar a Foucault por un cripto-marxista. Ni el se entendió como tal, ni creo que sea legítimo - ni necesario, por demás - etiquetearlo así. Pero si puede afirmarse que comprendió que su propósito sólo era realizable a partir de Marx y de sus descubrimientos fundamentales. Lo que aquí se propone es no sólo la factibilidad, sino la imprescindibilidad de una apropiación del legado foucaltiano desde las posiciones del marxismo revolucionario. Toda lectura verdadera implica reestructuración y reconstrucción. El propio Foucault afirmó la legitimidad de este proceder hermeneútico. Refiriéndose en cierta ocasión a su relación con el autor de Así habló Zaratrusta, afirmó que “... la única contribución válida en pensar como lo hizo Nietzsche reside precisamente en utilizarlo, en deformarlo, en hacerlo gemir y protestar” (Foucault 1980 : 53-54). Podremos entender mejor a Foucault si lo leemos desde Marx, a la vez que entenderemos mejor a Marx desde los aportes que realizara Foucault. Como afirmó Poulantzas, los análisis de Foucault “... no sólo coinciden, a veces, con los análisis marxistas (..) sino que pueden enriquecerlos en muchos puntos” (Poulantzas : 75).

La obra de Foucault se ha prestado a lecturas divergentes. Una nos lo presenta como apóstol del estructuralismo y proto-postmodernista, alguien que habría avanzado mucho de los elementos básicos de la ideología de la postmodernidad. Es cierto que encontramos en sus escritos elementos que dan pie a esta interpretación. Pero no es menos cierto que podemos encontrar otros muchos elementos - y esta vez no sólo en su obra, sino también en su vida - que avalan otra imagen: la de un Foucault revolucionario y situado en la línea de la teoría crítica. Aunque sus propuestas conceptuales se afincan en una reflexión provocadora en torno a los ocultos y complejos mecanismos de difusión capilar del poder, desde la derecha se ha producido una lectura de su herencia que intenta monopolizarlo en favor de un mensaje paralizante y desmovilizador. Tenemos que establecer una relación dialéctica con su obra, asumiéndola en una recepción que ha de ser crítica por constructiva. Hemos de demostrar el sentido subversivo de sus búsquedas, la filiación revolucionaria de su proyecto investigativo, la coincidencia de sus intenciones con las nuestras. Como ocurre con todo gran pensador, seguirlo al pie de la letra sólo nos llevará a la distorsión. Es mejor encontrar la clave que nos permita seguirlo al pie de sus intenciones. La única apropiación legítima de sus ideas es aquella que sea selectiva y crítica, que nos permita salvarlo de la propia interpretación de sí mismo que padeció, siempre víctima de la propia subjetividad y el efecto refractador del marco epocal y la idiosincrasia del personaje. En un breve pero muy orientador artículo, Carlos Antonio Aguirre Rojas nos advierte la necesidad de enfocar el pensamiento foucaultiano en su relación con el contexto temporal, y por lo tanto en su movimiento y evolución, lo cual nos obliga a entender su obra no como un edificio terminado, sino como un complejo y variado universo de hipótesis, teoremas, análisis, exploraciones y propuestas, universo al cual se puede acceder desde mùltiples entradas. Pero las claves adecuadas para que estas aproximaciones sean fructíferas han de extrarse de su vida, del modo en que su pensamiento se vinculó a la compleja realidad política y cultural en la que este hombre vivió, y del modo en que intentó interactuar con ella. Algo muy importante para un autor que demostró ser “particularmente sensible a las diferentes experiencias, coyunturas y atmósferas culturales en las cuales se ha visto envuelto y al ritmo de las cuales evoluciona y madura también el conjunto de sus diversos resultados” (Aguirre Rojas : 219).

¿En que consistió ese entorno político y cultural? Foucault no había cumplido aún 19 años cuando en 1945 concluyó la II Guerra Mundial. Vivió el esplendor y agotamiento de la segunda oleada revolucionaria mundial. El inmenso prestigio que tuvo en Europa el marxismo como corriente cultural, y los partidos comunistas como referente político, cedió paso a la creciente derechización no sólo de la sociedad francesa (marcada por el avance del gaullismo) sino también del Partido Comunista Francés, y al despliegue de los elementos burocráticos y represivos en la URSS y las nacientes “democracias populares” al este del Elba, con el consiguiente embalsamamiento del marxismo, que devino en simple doctrina legitimadora de la más ramplona razón política. Por ello rechazó a esa izquierda esclerosada, reformista y burocratizada, que había reducido el complejo discurso crítico marxista a un conjunto de fórmulas y consignas vacías de contenido explicativo. Porque vivió, mas que sintió, la necesidad de desarrollar una teoría que permitiera profundizar en la crítica de todo el nuevo conjunto de importantes contradicciones sociales que surgían, y ante las cuales aquel marxismo emasculado se mostraba impotente. De ahí su rechazo agudo al “marxismo de los partidos”, “definido por los partidos comunistas, que son los que deciden cómo usted ha de usar a Marx para lograr que ellos lo declaren marxista” (Foucault 1980 : 53), su impugnación del “stalinismo post-stalinista, que al excluir del discurso marxista todo aquello que no sea una repetición temerosa de lo ya previamente dicho, no permite develar dominios inexplorados ... El precio que los marxistas pagaron por su fidelidad al viejo positivismo fué el de una sordera radical a toda una serie de cuestiones planteadas por la ciencia” (idem : 110). No fue pese, sino más bien gracias a su rechazo a ese marxismo y a ese comunismo, que pudo afirmar su radicalismo subversivo. Contemporáneo del auge revolucionario de los años sesenta, y de la crítica que el estructuralismo le planteaba al subjetivismo presente en la fenomenología y el marxismo, no dudó en utilizar el utillaje teórico planteado por aquel. La posición de Foucault hacia el estructuralismo me parece ilustrativa de la tesis que aquí sostengo sobre la contradictoriedad interna de su obra y el requisito de encontrar en su permanente posición revolucionaria las claves para entenderla. Al principio pareció haberse reconocido como estructuralista, y en una entrevista publicada en 1968 proporcionó la clave de su atracción hacia esta corriente: rechaza la acusación de “derechista” que se le hace al estructuralismo, y lo defiende como indispensable para la subersión: “Comprenderá en que consiste la maniobra, ... cuando pretenden que el estructuralismo es una ideología típicamente de derecha. Eso les permite tachar de cómplices de la derecha a gente que en realidad se encuentra a la izquierda”. Y más adelante agregó: “Creo que un análisis teórico riguroso del modo de funcionamiento de las estructuras económicas, políticas e ideológicas es una de las condiciones necesarias de la acción política, en la medida en que la acción política constituye una manera de manipular y eventualmente de cambiar, de transtornar y de transformar unas estructuras (...). No considero que el estructuralismo sea una actividad exclusivamente teórica para intelectuales de salón, creo que puede y debe articularse en unos modos de hacer (...) Creo que el estructuralismo tiene que poder otorgar a toda acción política un instrumento analítico que es indispensable. La política no tiene por qué estar obligatoriamente condenada a la ignorancia” (citado en Eribon : 224-225). No obstante, poco después Foucault rechazó expresa y repetidamente ser entendido como estructuralista, e incluso escribió todo un libro, la Arqueología del Saber, en 1969, para desmarcarse de esa corriente.

Los sucesos de mayo del 68 activaron su compromiso político, y este marcó decisivamente la evolución de su pensamiento. Lo que hizo y escribió en los últimos quince años de su vida no puede verse separado de las características de aquel período. Fue una etapa marcada, por un lado, por el surgimiento de líneas inéditas de investigación y crítica en la escena intelectual, que existían en una relación de mutua estimulación con modos novedosos de luchas políticas conducidas en una multiplicidad de nuevas locaciones dentro de la sociedad. Pero también por la demostración manifiesta del poder del capitalismo monopólico y tecnologizado de metabolizar a los agentes de la subversión. Touraine nos advierte: “El pensamiento de Foucault corresponde a un período de desaparición de los actores sociales de oposición, período en que los antiguos actores sociales, sobre todo el movimiento obrero, han sido transformados en aparatos de poder ...” (Touraine : 223). Esta carencia de puntos institucionalizados de apoyo (ni un partido, ni una escuela, ni una teoría) explica su tendencia a afirmar su identidad intelectual exagerando la significación del momento de ruptura que su obra representaba.

Foucault se cuidó siempre de diferenciar su rechazo al marxismo vulgar de su posición ante Marx (Álvarez Yágüez : 33 y 37-38). Julian Sauquillo afirma: “La común repercusión de los acontecimientos políticos del siglo XX en la vida cultural francesa traza similitudes en la trayectoria intelectual de la generación posterior a la II Guerra Mundial que no deben hacer obviar diferencias importantes. Foucault no guarda estrecha relación con el antimarxismo de la “nueva filosofía” francesa, ... la denuncia de los encierros socialistas a Foucault no lo condujo al antimarxismo, al neopopulismo o al liberalismo” (Sauquillo : 262). En una conversación sostenida con J.-J. Brochier, publicada en el Magazine Littèraire en junio de 1975, y ante la afirmación de su interlocutor de que siempre se había cuidado de guardar distancia respecto a Marx y al marxismo, Foucault responde: “Sin dudas. Pero aquí también yo hago una especie de juego. A menudo cito conceptos, textos y frases de Marx, pero sin sentirme obligado a añadir la etiqueta identificadora de una nota al pie de página con una frase laudatoria para acompañar esa cita. Si uno hace eso, es considerado como alguien que conoce y reverencia a Marx, y es honrado en las así llamadas revistas marxistas. Pero yo cito a Marx sin decirlo, sin poner comillas, y como que la gente es incapaz de reconocer los textos de Marx, a mí se me considera como alguien que no cita a Marx. Cuando un físico escribe un texto de física, ¿acaso siente la necesidad de citar a Newton o a Einstein?”. Después agrega una extraordinaria profesión de fe: “Es imposible, en el presente, escribir historia sin utilizar un conjunto de conceptos vinculados directa o indirectamente con el pensamiento de Marx y sin situarse uno mismo dentro de un horizonte de pensamiento que ha sido definido y descrito por Marx. Se debe incluso preguntar qué diferencia puede haber, en última instancia, entre ser un historiador y ser un marxista” (Foucault 1980: 52-53). En el artículo “Foucault responde a Sartre” (Foucault 1991), definió su trabajo como un momento nuevo dentro de la vieja tradición de la historia crítica, hecha a contracorriente del discurso dominante, tradición que explícitamente hace remontar al propio Marx (una idea semejante puede encontrarse en la “Introducción” a La Arquelogía del Saber). Creo que aquí reside el meollo de la cuestión.

La reflexión forjada por Foucault sobre el papel jugado por el poder en la conformación y despliegue de lo social muestra claramente su deuda con un conjunto de tesis fundamentales contenidas implícitamente en Marx, y desarrolladas por algunos de sus mejores continuadores, a saber:

La asunción de un enfoque relacional de la sociedad. Siguiendo la pauta indicada por Hegel, Marx asumió a la sociedad no como un conjunto de cosas, sino como un conjunto de relaciones sociales. Cualquier fenómeno social (sea una mercancía, un instrumento de producción o el mismo hombre) no es más que la cristalización de un sistema de relaciones sociales. En consecuencia, el poder también ha de entenderse desde esta perspectiva relacional (tal como, por otra parte, había hecho ya Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel).

La interpretación del concepto de producción en su sentido amplio para entender los fenómenos sociales (no sólo la actividad económica, sino también las ideas, las prácticas sexuales, las técnicas carcelarias, etc.) como resultados, creaciones, y no como algo dado, fijado de una vez para siempre. Sólo el el “paradigma de la producción”, tomado en esta acepción integral marxiana, podía permitirle a Foucault realizar su objetivo de estudiar las relaciones entre las formas de objetivación y las formas de subjetivación humanas, y entender a estas últimas como resultados, como producciones, y no como esencias ahistóricas, dadas desde siempre.

La comprensión de la revolución anti-capitalista no como simple sustitución de los agentes detentadores del poder, sino como una profunda y total subversión cultural. Las reflexiones de Foucault enriquecen la tesis marxiana sobre la necesidad de la transformación del modo de apropiación capitalista.

Rescatar el carácter revolucionario de su obra y su vida, por lo tanto, no sólo no es ocioso,sino necesario. Foucault estuvo siempre muy conciente del carácter de su lucha, y contra quien iba dirigida. Nunca tuvo reparos en señalar su identificación política con determinadas clases y grupos sociales, y en utilizar aquellas categorías acuñadas desde siempre por esos sectores para denunciar su opresión. A partir de 1969 Foucault entrará en “la epopeya izquierdista” (Eribon : 247). Al aparecer en mayo de 1971 la primera publicación del “Grupo de Información sobre la Prisión”, del cual era cofundador, escribió lo siguiente: “Los tribunales, las prisiones, los hospitales, los hospitales psiquiátricos, la medicina laboral, las universidades, los organismos de prensa y de información; a través de todas estas instituciones y con distintos disfraces, se expresa una opresión que es en su orígen una opresión política. Esta opresión, la clase trabajadora siempre ha sabido reconocerla, nunca ha dejado de oponerse a ella; pero aún así ha estado obligada a padecerla. Pues bien, ahora se está volviendo intolerable para nuevas capas de la sociedad - intelectuales, técnicos, hombres de leyes, médicos, periodistas, etc. (...) Esta intolerancia reciente se suma a los combates y luchas que el proletariado viene llevando a cabo desde hace tiempo. Y estas dos intolerancias juntas redescubren los instrumentos que había formado el proletariado en el transcurso del siglo XIX.” La realización de una labor de indagación sobre este tema no es una simple empresa cognoscitiva; “Estas investigaciones no están previstas para mejorar, suavizar, volver más soportable un sistema opresivo. Están previstas para atacarle allí donde se expresa bajo otro nombre - el de justicia, de la técnica, del saber, de la objetividad. Por lo tanto, cada investigación debe constituir un acto político. Cada investigación debe, en cada punto estratégico importante, constituir un frente y un frente ofensivo” (citado en Eribon : 280-281). El diálogo entre Foucault y Gilles Deleuze, publicado en 1972 bajo el título “Los intelectuales y el poder”, expresa bien claro el alineamiento de este pensador con la clase obrera y otros grupos explotados y contra la burguesía. Allí, tras afirmar que las masas conocen muy bien el sistema que los explota y oprime, agrega: “Pero existe un sistema de poder que bloquea, prohibe e invalida este discurso y su conocimiento (...) un poder (...) que penetra profunda y sutilmente todo el tejido social, (...) el papel del intelectual ya no es más el de colocarse ‘delante y a un lado' para expresar la verdad suprimida de la colectividad; más bien, es el de luchar contra las formas de poder que lo convierten a él mismo en su objeto e instrumento. (...) Esta es una lucha contra el poder, una lucha que apunta a revelar y minar al poder allí donde es más invisible e insidioso” (Foucault 1977 : 207-208). En otra parte de la conversación dice: “¿Quién ejerce el poder?¿Y en qué esfera? Ahora sabemos con una certeza razonable quien explota a los otros, quien recibe los beneficios, quienes están implicados en esto, y sabemos cómo se reinvierten estos fondos. Pero en lo que respecta al poder (...) Sabemos que este no está en las manos de los que aparecen en el gobierno. Pero, por supuesto, la idea sobre la “clase dominante” nunca ha recibido una formulación adecuada ...” (idem : 213). Y agrega: “En tanto luchamos contra la explotación, el proletariado no sólo dirige la lucha, sino que también define sus objetivos, sus métodos, y los lugares e instrumentos de confrontación, y aliarse uno mismo con el proletariado significa aceptar sus posiciones, su ideología y sus motivos de combate. Esto significa total identificación. Pero si la lucha se dirige contra el poder, entonces todos aquellos en cuyo detrimento se ejerce el poder, todos aquellos que lo encuentran intolerable, pueden empezar a luchar en su propio terreno y sobre la base de su propia actividad (o pasividad). Al enrolarse en una lucha que concierne a sus propios intereses, (...) entran en un proceso revolucionario. Por supuesto, entran como aliados del proletariado, porque el poder se ejerce en la forma en que es ejercido para mantener la explotación capitalista. Sirven genuinamente a la causa del proletariado combatiendo en aquellos lugares donde ellos mismos son oprimidos. Las mujeres, los prisioneros, los soldados conscriptos, los pacientes de los hospitales y los homosexuales han comenzado ahora una lucha específica contra el poder particularizado, contra las restricciones y controles que ejercen sobre ellos. Tales luchas están de hecho envueltas en el movimiento revolucionario en tanto son radicales, sin componendas ni reformismos, y rechazan todo intento de arribar a una nueva disposición del mismo poder con, como máximo, un cambio de titular. Y estos movimientos están relacionados con el movimiento revolucionario del propio proletariado en la medida en que éste tiene que combatir contra todos los controles y coacciones que reconducen por doquier al mismo poder” (idem : 216).

Hay cuatro aspectos que quiero destacar en esta intervención. El primero al que me quiero referir es la crítica realizada por Foucault a la sociedad capitalista desde su concepción del saber/poder.. El interés de Foucault no se limitó a la reflexión sobre el poder en abstracto, sino al poder en la sociedad capitalista contemporánea, sus características y efectos. Su obra es destacable porque representó una importante contribución a la crítica al capitalismo como sistema de relaciones sociales, y a la utopía liberal. Su propósito fue el de develar los elementos que conforman la esencia de la racionalidad política de la sociedad capitalista moderna, y el de destacar sus efectos sobre los procesos de conformación de la subjetividad de las personas, como primer paso hacia la construcción de un saber estratégico (Foucault 1978 : 145). No haber comprendido lo específico de los pilares sobre los que se fundamenta esa racionalidad política había permitido que las nuevas formas, espacios y agentes de la revolución terminaran siendo asimilados y neutralizados por el mismo poder que intentaban combatir. Se utilizaron esquemas conceptuales estructurados por una lógica profundamente inadecuada para el análisis del despliegue de estas luchas y de sus resultados. La urgencia de la tarea de desarrollar una teoría que se concibiera como un instrumento que desentrañara la especificidad de las relaciones de poder y el carácter que necesariamente han de tomar las luchas contra estas, constituyó el motivo que dirigió las búsquedas de Foucault, y es precisamente lo que impone con carácter de necesidad la apropiación de estas por el pensamiento revolucionario. Resaltó que el capitalismo se perpetúa gracias al desempeño de poderes que se ejercen por todo el cuerpo social, y expuso en su integridad el nexo entre formas de saber, técnicas disciplinarias y relaciones económicas, lo que nos permite comprender con mayor precisión la amplitud de lo que Marx denominó como relaciones de producción, y a la vez la profundidad conceptual expresada en el concepto gramsciano de bloque histórico. Como dijo en una entrevista concedida en 1977, el “régimen de verdad” del capitalismo no es algo “... meramente ideológico o superestructural; fue una condición de la formación y desarrollo del capitalismo” (Foucault 1980 : 133).

Esta contribución a la explicitación de la esencia de la dominación capitalista implicó a su vez un sólido aporte para la necesaria crítica que desde la izquierda revolucionaria tenemos que hacer a las concepciones del marxismo dogmático y economicista sobre el socialismo, y a las prácticas políticas que se encarnaron en los países del socialismo estatalista.

Lo característico del marxismo dogmático y economicista fue una visión instrumental del Estado. Si contra la tesis tradicional del “Estado guardián de noche”, Marx afirmó el carácter clasista del Estado, y apuntó a la necesidad de destruir el viejo aparato estatal y crear uno nuevo como primer paso esencial de la revolución desenajenante, la interpretación positivista e instrumentalizadora del marxismo entendió esto como un simple llamado a cambiar los hombres que actuarían en esas estructuras estatales (sacar a los servidores de la burguesía y colocar a los proletarios), pero manteneniendo la lógica de funcionamiento de esas estructuras (verticalidad, represividad, dirigismo, etc.). El Estado, al igual que un martillo, no sería más que un instrumento, y lo único realmente importante sería en manos de quien está.

Ciertamente ya Gramsci había criticado esa visión sustancialista e instrumental del Estado = poder, y había proclamado su incompatibilidad con respecto a una teoría marxista de la política y la revolución. Al entender el poder como hegemonía, como capacidad de dirección cultural de una clase, el autor de los Cuadernos de la Cárcel inauguraba una perspectiva nueva en la reflexión sobre el poder, y planteaba de paso una tarea a los intelectuales de la revolución: responder a la pregunta sobre cómo se ejerce la hegemonía.

Por muy diversas razones, ese desafío teórico no fue encarado por los aparatos teóricos del movimiento comunista institucionalizado. Es aquí donde el aporte de Foucault hace época, donde su obra se vuelve referencia inevitable. No para ser tomada como un conjunto de respuestas a ser asumidas sin más, sino para ser apropiada como un conjunto de indicaciones y problematizaciones fructíferas para la reflexión. Es cierto que su tratamiento del tema del poder tuvo limitaciones e insuficiencias. Pero salvemos algo importante en Foucault: su modo de abordar la cuestión del poder, que es extraordinariamente rico en incitaciones. Y eso es lo que, en última instancia, convierte en imprescindible el legado de un pensador.

Foucault criticó los errores del marxismo de los partidos en el análisis del poder, al reducirlo a “epifenómeno”, a un mero entramado superestructual surgido después que aparece la base económica, las relaciones de propiedad, y en relación unilineal de dependencia con respecto a estas. Pero como señaló oportunamente Poulantanzas, la comprensión del carácter relacional del poder, la concepción ampliada sobre el Estado y la idea de la interacción entre lo económico y lo político, estaban ya presentes en el otro marxismo, el marxismo crítico, y no representaban innovaciones introducidas por Foucault. Poulantzas prefiere hablar de tres “carencias “ del marxismo creador respecto al tema del poder: a)la carencia con respecto a una teoría general del Estado capitalista; b) la ausencia de un análisis suficientemente desarrollado de los regímenes y los Estados del así llamado “socialismo real”; c)la carencia de “nociones teórico-estratégicas en estado práctico” sobre la transición del Estado capitalista al Estado socialista (Poulantzas : 18).

Estas carencias, de las que sigue adoleciendo en buena medida todavía hoy el marxismo, pueden ser suplidas si se toman muchas de las ideas de Foucault como puntos de partida para la reflexión. Recordemos uno de los reproches que dirigiera este autor a los marxistas de su época: su falta de crítica a los efectos, características y esencia de los mecanismos de poder. “... entre el análisis del poder en el estado burgués y la tesis de su desaparición futura, se resienten de una carencia: el análisis, la crítica, la demolición, la inversión de los mecanismos de poder. El socialismo, los socialismos, no tienen necesidad de otra carta de las libertades o de una nueva declaración de los derechos fácil, pero inútil. Si quieren merecer ser queridos y no decepcionar más, si quieren ser deseados, tienen que responder a la cuestión del poder y de su ejercicio. Tienen que inventar un ejercicio del poder que no de miedo” (citado en Sauquillo : 277). La tesis foucaltiana sobre el carácter esencial de los “micropoderes” constituye una base teórica ineludible para el desarrollo de la teoría política marxista. Algo que, por cierto, no entendió Poulantzas, quien injustamente dijo de ella que “diluye y dispersa el poder” (Poulantzas : 47), sin comprender como es posible, a partir de esta idea, fundamentar aún más solidamente sus importantes consideraciones sobre el necesario carácter democrático del socialismo, expresadas al final de su obra mencionada.

Piedra fundamental de la teoría foucaltiana es la tesis de que no existe una instancia puntual del poder. “El poder no es una institución ni una estructura, o cierta fuerza con la que están investidas determinadas personas; es el nombre dado a una compleja relación estratégica en una sociedad dada” (Foucault 1978 : 93). En otro texto había sido más directo: “El poder en el sentido substantivo no existe ... La idea de que hay algo situado en - o emanado de - un punto dado, y que ese algo es un ‘poder', me parece que se basa en un análisis equivocado ... En realidad el poder significa relaciones, una red más o menos organizada, jerarquizada, coordinada.” (Foucault 1980 : 198). El estatuto ontológico del poder no es el de un “ente objeto”, sino el de un complejo sistema de relaciones. El poder es relación de fuerzas. Por lo tanto, no surge después que se ha estructurado el todo social, sino que es elemento de su conformación. Desde el poder se construye a la sociedad. No es una camisa de fuerza que se le impone a la sociedad para regular lo que esta produce, sino que desde el principio sociedad y poder interactúan, produciéndose uno al otro. Por lo tanto, todo fenómeno social, toda relación social, es vehículo y expresión del poder. Este no radica en exclusiva en un sector (en este caso, el de los aparatos institucionales públicos, o Estado), sino que existe una multiplicidad de centros, de vectores de fuerza; los aparatos son sólo puntos de especial densidad, pero en modo alguno espacios en los que se confine el poder.

Desde los tiempos de Kant, la epistemología se ha liberado de la concepción ingenua de la verdad como reproducción idéntica del objeto en el pensamiento. Para entenderla como un producto social, condicionada por las características, posición e intereses del sujeto social que la produce. “La ‘verdad' ha de ser entendida como un sistema ordenado de procedimientos para la producción, regulación, distribución, circulación y operación de juicios. La ‘verdad' está vinculada en una relación circular con sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos del poder que ella induce y que la extienden. Un ‘régimen' de verdad” (idem : 133).

El poder se ejerce no tanto por el engaño, el ocultamiento, el secreto, como por la producción del saber, de la verdad, y la organización de los discursos, en tanto instancias que articulan la sociedad. “Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir” (Foucault 1981 : 137). El ejercicio del poder consiste en “conducir conductas”, en disponer el campo de alternativas probables de acción presentadas al individuo; es algo más que prohibir: es “gobernar”; es decir, estar en capacidad de estructurar el campo de acción eventual de los otros. El verdadero poder se caracteriza por su capacidad de “inducir”, de encauzar las conductas en una dirección que, lejos de vulnerar su reproducción, se convierta en condición de esta. Lo esencial es este condicionamiento de un marco determinado de posibilidades de acción. Fue en este sentido que Foucault habló de un poder “pastoral”, que logra ejercer una labor de conducción espiritual de los individuos, porque establece y fija las estructuras y canales sociales de producción de la subjetividad humana. O sea, un “régimen de verdad”. La construcción de la subjetividad no es un proceso libre, espontáneo. Mediante la intervención de estructuras de socialización creadas desde el poder, se logra que el despliegue conductual del individuo se convierta en prolongación de esquemas impositivos.

Cada formación social existente ha requerido como condición estructural de su surgimiento y reproducción la existencia de un “régimen de verdad” afín. La aparición del capitalismo significó el perfeccionamiento de este mecanismo productor de subjetividad. El objetivo, para Foucault, es el de develar la esencia de la “política de verdad” del sistema capitalista, como fundamento de la pervivencia de su dominación. El corolario es claro: la eliminación de la dominación capitalista tiene que implicar la radical subversión de su “política de verdad”, la creación de otra esencialmente diferente. Así de simple, y así de complicado.

Foucault nos permite comprender en todo su dramatismo la extensión de esa tarea. Ella implica destruir los aparatos institucionales represivos, pero también todas las estructuras al uso de producción de la subjetividad humana, las cuales conforman el modo socialmente establecido de apropiación de la realidad. Las estructuras que condicionan el “régimen de verdad” existente en el capitalismo. Sus afirmaciones en una entrevista concedida en 1977 adquieren hoy nuevos ecos: “Este régimen no es meramente ideológico o superestructural; fue una condición de la formación y desarrollo del capitalismo. Y es el mismo régimen que, sujeto a ciertas modificaciones, opera en los países socialistas. El problema político esencial del intelectual (...) es el de investigar la posibilidad de constituir una nueva política de la verdad. El problema es el de cambiar no la conciencia de la gente - o lo que ellos tienen en sus cabezas - sino el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad. No es una cuestión de emancipar a la verdad de cualquier sistema de poder (lo que sería una quimera, pues la verdad es ya poder) sino de separar el poder de la verdad de las formas de hegemonía social, económica y cultural dentro de las cuales opera en el presente” (Foucault 1980 : 133).

La sociedad liberadora ha de implicar un cambio total de las estructuras que funcionan como condición de posibilidad de las prácticas objetivadoras de los seres humanos. Si no se crean no ya otras estructuras, sino estructuras animadas de una lógica de funcionamiento radicalmente diferente, el objetivo emancipador no se alcanzará. Las estructuras de poder son constituyentes del todo social, y marcan desde el inicio la matriz en la que se han de asentar y adquirir su especificidad funcional las redes de relaciones que condicionan las formas de socialización y reproducción de los individuos.

Al igual que Gramsci treinta años antes, Foucault alertó sobre el carácter difuso de las redes de relaciones que afianzan a la dominación, e insistió en que el poder de la burguesía no se apoya tan sólo, ni esencialmente, en el control de las estructuras públicas institucionalizadas de coerción y violencia (a las que se identifica tradicionalmente con el Estado), sino en su capacidad de regular los procesos de producción cultural. Un fragmento de una entrevista concedida en 1975 adquiere hoy, a la luz de los acontecimientos posteriores, un carácter profético: “Para evitar la experiencia soviética y prevenir al proceso revolucionario de ser derrocado, una de las primeras cosas que hay que entender es que el poder no está localizado en el aparato de Estado, y que nada en la sociedad cambiará si no son transformados también los mecanismos del poder que funcionan fuera, por debajo y a lo largo de los aparatos de Estado, al nivel de la vida cotidiana, de cada minuto” (Foucault 1980 : 60). A diferencia de la revolución burguesa, que simplemente readecúa los mecanismos de dominación, la revolución desenajenante no puede menos que implicar una subversión de la lógica de funcionamiento de las estructuras de poder. “... el Estado consiste en la codificación de un número de relaciones de poder que hacen posible su funcionamiento (...) la revolución es un tipo diferente de recodificación de las mismas relaciones. Esto implica que hay muchas diferentes clases de revolución. Hablando crudamente, hay tantas clases como posibles recodificaciones de las relaciones de poder, y más aún, uno puede concebir perfectamente bien revoluciones que dejan esencialmente intocadas las relaciones de poder que forman la base del funcionamiento del Estado” (Foucault 1980 : 122-123).

La revolución comunista, en tanto proceso que tiene como objetivo la desenajenación progresiva del individuo, ha de implicar la asunción de una lógica radicalmente diferente del funcionamiento social, que se exprese en la existencia de constelaciones humanizadoras de signo inverso.

Ahora bien, no es menos cierto que el tratamiento foucaltiano de la cuestión del poder tuvo limitaciones e insuficiencias. La principal de ellas ha sido señalada por varios autores: absolutizar la capacidad englobadora y el efecto homogeneizador de las estructuras de poder, lo que - por ende - le impidió explicar cómo surge la resistencia y la oposición.

Foucault contribuyó al análisis de la racionalidad política del sistema capitalista. Pero esa racionalidad política sólo puede ser plenamente comprendida si se la vincula orgánicamente con las causas del surgimiento y las regularidades del funcionamiento de ese sistema. En suma, si le entiende como expresión particular de la más amplia racionalidad sistémica de la sociedad capitalista. De lo contrario, sólo se llegará a una visión incompleta de la complejidad y del carácter contradictorio del funcionamiento del poder en ella. Es precisamente hacia este aspecto adonde se han dirigido las principales críticas a Foucault. La dominación en el capitalismo se expresa en un modo específico, nunca antes existente como tal, de articulación entre individualización y totalización, en un cambio en la forma del control social, un esfuerzo engranado de una forma diferente por conducir los procesos de individuación. Tras esta constatación, es necesario plantearse un conjunto de interrogantes: ¿por qué se produce ese cambio en la dominación?; ¿por qué comienza a ser necesaria ahora esa nueva dinámica de las formas de poder?; ¿por qué las viejas formas del poder propias de la sociedad premoderna no sólo pueden, sino que tienen que ser sustituídas en la modernidad por un nuevo poder discreto, silencioso, racionalizado? La respuesta sólo puede hallarse en el análisis del modo de producción capitalista como un todo. De ahí que Poulantzas afirme que la teoría del Estado capitalista no puede ser aislada de una historia de su constitución y de su reproducción (Poulantzas : 23). Vale decir, de un enfoque integrador, que establezca la articulación entre las distintas formas de racionalidad existentes en el capitalismo (la económica, la política, la cognoscitiva, la artística, la moral, etc.) y de ellas con la lógica general de funcionamiento del sistema. Sòlo así puede encontrarse una respuesta satisfactoria a las preguntas antes planteadas, que en esencia refieren a la cuestión del fundamento del poder. Y es aquí donde se hace evidente uno de los lados flacos de las concepciones foucaltianas. Esta claro que el fundamento del poder está en la explotación. En la necesidad por parte de un grupo social de obtener, mantener y legitimar su expropiación del plusproducto creado por otros grupos sociales. Pero de la lectura de muchos de los trabajos de Foucault, se desprende que, para este autor, las relaciones de poder no tienen otro fundamento que ellas mismas. Creo que podemos compartir el juicio de Coussins y Hussain, en el sentido de que Foucault logró con creces su objetivo principal de mostrar cómo es ejercido el poder en el capitalismo, pero que no pudo proveernos de un análisis de las fuentes del poder. Al insistir excesivamente en la lógica inherente a las estructuras de poder, sus reflexiones carecieron de una visión más detallada sobre la relación entre la economía y la política. Y ello pese a que explícitamente reconoció, en Vigilar y Castigar, que inicialmente el despegue económico del Occidente capitalista requería estas nuevas formas de control y regulación, lo que por ende lleva a establecer que las condiciones de existencia de las técnicas disciplinarias están íntimamente vinculadas con lo económico. Pero esta dimensión apenas asoma en algunos textos de Foucault.

Podemos por lo tanto admitir la tendencia a una cierta ontologización del poder en Foucault. Pero inmediatamente tenemos que acotar esta afirmación, trayendo a colación una advertencia que nos hace Älvarez Yágüez: esa tendencia, esa “amplitud e indistinción de su noción de poder” , está presente en sus formulaciones generales, no así en sus investigaciones históricas concretas (Álvarez Yágüez : 27). No siempre se ha tenido en cuenta esta salvedad, así como la evolución, operada en los últimos años de su vida, de su concepción del poder. A este respecto, como ya señalara anteriormente, hay que salvar a Foucault de si mismo. Debemos recordar aquellos fragmentos de entrevistas y artículos donde hacía referencia a la relación entre poder y explotación económica.Ya vimos un ejemplo de ello más arriba, al referirnos a su conversación sostenida con G. Deleuze, y publicada con el título “Los intelectuales y el poder”. Pero esa compleja interacción no fue desarrollada en su obra, con las consecuencias que ello tuvo.

Está claro que esa amplitud de su noción de poder tiene una causa: su deseo de romper con las anteriores interpretaciones, que lo reducían a una dimensión exclusivamente represiva y jurídica. Gracias a esa amplitud pudo superar los límites inherentes a la concepción tradicional. Pero pagó un precio por ello, que se tradujo en una cierta exageración de su carácter omniabarcador.

Una de las principales críticas que se la han dirigido ha sido la de absolutizar la capacidad englobadora y el efecto homogeneizador de las estructuras de poder, lo que - por ende- le impidió explicar cómo surge la resistencia y la oposición. La concepción desplegada especialmente en Vigilar y Castigar adolece de este defecto. La analítica del poder ofrecida en esa obra presenta el problema de la inexplicación de las resistencias (Álvarez Yágüez : 182). No se puede entender como un individuo tan maquinicamente construído podría ser capaz de oponerse a la dominación. Es cierto que Foucault insistió siempre en que el propio carácter relacional del poder implicaba admitir la existencia de una constante tensión entre el poder y la oposición a este, y que donde hay poder hay siempre resistencia. Pero esas afirmaciones, por su indistinción y generalidad, no pueden servir para resolver el problema señalado. De ahí que se afirme que la “aporía fundamental” en los análisis de Foucault radica en la ausencia de fundamento de las resistencias (Poulantzas : 91). Si el poder, y sólo el poder construye tan completamente al individuo, ¿de dónde vendría esa resistencia?, ¿cómo ella sería posible? Si no se puede fundamentar el poder fuera del poder mismo, si no se devela la constelación compleja entre dominación y explotación, entre lo político y lo económico, el poder acaba por ser esencializado y absolutizado, se convierte en una “esencia fagocítica” (idem : 182) que todo lo devora, y no sólo la resistencia queda sin posibilidades de ser explicada, sino que queda también sin explicación la propia existencia de un sujeto capaz de entender la existencia de la dominación, de desmontarlo racionalmente y de exponerlo teóricamente.

Pero no sería tampoco justo quedarnos en la constatación de las insuficiencias de la analítica del poder que Foucault desarrolló hasta la aparición de Vigilar y Castigar, tal y como han hecho algunos críticos demasiado absolutos, como Habermas y Honneth. Hasta la aparición de ese libro, este autor identificó subjetivación con sujeción. Pero a partir de la publicación de los tomos dos y tres de su historia sobre la sexualidad podemos encontrar un giro en su postura. Foucault quiso romper con el “paradigma antropológico” en filosofía, con la idea de un ser humano fundante e incondicionado. Con sus reflexiones sobre el carácter fundante del poder, quiso destacar al individuo como resultado y como producto, afirmar su historicidad. Sólo que en muchas partes de su obra esta formulación peca de exceso. Como afirma McCarthy, muchas veces encontramos una “reacción desproporcionada” - comprensible por otra parte por los elementos señalados más arriba y que contextualizan su obra. Si sólo se destaca que el sujeto individual está constituído por la historia y la sociedad, ¿cómo entender entonces a la historia y la sociedad? ¿Quién, a su vez, las constituye a ellas? Refiriéndose a algunos pronunciamientos demasiado extremos vertidos por Foucault en su conferencia impartida el 14 de enero de 1976 en el College de France, McCarthy aduce que “se propone reemplazar de este modo un individualismo abstracto por un holismo igualmente abstracto. Para argumentar que ‘no se trata de concebir al individuo como una especie de átomo elemental' no es necesario mantener que el individuo es simplemente ‘uno de los primeros fectos del poder'” (McCarthy : 63-64). Desde este ángulo exclusivo de comprensión, los individuos sólo pueden ser entendidos como “idiotas culturales”, lo que llevó a Foucault a caer en contradicción consigo mismo; pese a la existencia en numerosas entrevistas y artículos en otro sentido, en alguna obra se sintió obligado - para ser consecuente con su absolutización del poder - a buscar los agentes de la subversión del capitalismo en actores situados fuera de la modernidad; en específico, en la “plebe”, en los sectores marginales, lo cual por otra parte constituyó una ironía, por cuanto a esa misma conclusión había arribado Marcuse, cuya interpretación reduccionista del poder como simple represión tanto había criticado Foucault.

Pero hemos de proceder en nuestra crítica a Foucault tomando en cuenta dos salvedades. La primera es que no debemos responder a las absolutizaciones de Foucault sobre el poder con otras absolutizaciones sobre Foucault. Se nos ha advertido contra una crítica unilateral, que procede de tal modo que si Foucault insiste en un aspecto, dejando otros en un plano secundario, afirma entonces que para él estos últimos sencillamente no existen. Debemos captar el sentido de ruptura de muchos de sus planteamientos. Lo que si se le puede criticar es que si bien en repetidas ocasiones se refirió a estos “aspectos olvidados” en sus formulaciones más generalizadoras, ello no lo llevó a explicitar ni a desplegar la importancia de los mismos.

Una segunda salvedad sería la de tener en cuenta la evolución de su concepción sobre el poder, algo algo a lo que ya me he referido con insistencia. Foucault reaccionó, necesariamente, a las numerosas críticas que recibió. En sus últimos años se operó un giro en sus posiciones referentes a la subjetividad. A contrapelo de su excesivo rechazo anterior al ideal clásico del sujeto dueño de si, en esta última etapa puede apreciarse una cierta recuperación de ese ideal, que se apoya en la suposición de una mayor autonomía de los individuos inscritos en las “redes de poder”. De ahí que se hable de un cierto “retorno al sujeto” en el último Foucault, quien intentó pasar de un concepto sobre el poder como instancia que construye totalmente al individuo, a otro que lo entiende como la acción que se dirige a sujetos, que gobierna conductas. Son años los de 1977 a 1983 en los que se puede encontrar algunos textos en los que se plantea una subjetividad que si bien está vinculada a un régimen de poder, dispone de un espacio autónomo que permite al individuo una capacidad de respuesta.

No obstante estos intentos por parte del último Foucault de contrarrestar los anteriores extremismos, su obra no nos sirve como fundamento teórico para entender la fuente y la esencia de esa capacidad de autonomía del individuo. “Esta dificultad para establecer con claridad el perfil de la autonomía de los sujetos nos remite a un problema de fondo: la falta de una teoría del sujeto, de un análisis más detallado capaz de dar cuenta de los procesos de socialización de forma que podamos entender la articulación compleja de lo subjetivo y lo social, la autonomía de los individuos y su engranaje en maquinarias de poder. En vez de ello, nos encontramos con una actitud teórica que sobre la base de una investigación restringida a un área concreta (disciplina, sexualidad, técnicas de sí) tiende a realizar generalizaciones excesivas abocadas a formulaciones unidimensionales, o a incurrir, como vimos respecto a la cuestión del poder, en planteamientos aporéticos” (Álvarez Yágüez : 183).

Las carencias de las concepciones foucaltianas sobre el sujeto y la subjetividad encuentran su causa, en buena medida, en las limitaciones de su interpretación sobre la modernidad. Foucault entendió a la modernidad exclusivamente como racionalización, como predominio creciente de las técnicas de control y poder. Es una visión que, por su parcialidad y unidimensionalidad, no permite captar “la selectividad de la modernización capitalista” (McCarthy :59).

Para oponerse a la teoría marxiana sobre la sociedad capitalista y a su corolario sobre la necesidad e inevitabilidad de su desaparición, Max Weber desarrolló a fines del siglo XIX y principios del XX una concepción sobre la modernidad que la identificaba en exclusiva con el desarrollo de una racionalización sin alternativas, que encerraba al hombre irremisiblemente en una “caja de hierro”. En los años 40 de este siglo, Horkheimer y Adorno, decepcionados ante el caracter enajenante del socialismo de estado e impresionados por la fuerza de atracción del fascismo y de la sociedad de consumo sobre las masas populares, creyeron encontrar el antídoto al insostenible optimismo histórico de corte teleológico del marxismo dogmático en el abandono de Marx por Weber en la cuestión de las posibilidades liberadoras inherentes al desarrollo de la modernidad. Para ellos, era la generalización.


sábado, 17 de noviembre de 2007

La invasión de las universidades por el neoliberalismo

Por Rubén Zardoya Loureda

La invasión de las universidades por el neoliberalismo es parte de una guerra mayor contra los programas sociales, los sistemas de seguridad social y lo que ellos llaman “legislaciones laborales paternalitas”. Es parte de un ataque frontal contra el sector estatal de la economía. Está asociada, sobre todo, al proceso creciente de desnacionalización de las riquezas naturales y hasta de la cultura de nuestros pueblos. Sólo si lo integramos a todo esto, podremos entender el impacto que ha producido sobre las universidades, el cual ha sido demoledor.


Se ha procurados – no sin éxito en muchos casos – convertir a las universidades en empresas capitalistas, regidas por los postulados de eficiencia económica, libre competencia, iniciativa privada y lucro. El Estado se retira y comienza a hablar de la necesidad de que las universidades se autofinancien, lo cual raya en el absurdo; y se identifican los aranceles de las matrículas como la principal fuente de este autofinanciamiento, por lo cual estos tienden a aumentar.

Todo esto trae nefastas consecuencias para la vida universitaria. Comienzan a privilegiarse las actividades y áreas profesionales que puedan producir una mayor ganancia con el menor costo posible, y no aquellas que se orientan hacia el logro de una formación de profesionales más eficaz y hacia el incremento del conocimiento.

Esto impacta negativamente las ciencias básicas como la Física, la Química, las Matemáticas, la Biología. También golpea a las humanidades y ciencias sociales en general: la Historia, la Literatura, la Filosofía, la Antropología. Estás ramas del conocimiento quedan virtualmente en las llamadas universidades tradicionales.

La gran mayoría de las nuevas universidades, que son privadas, no cuentan con esas carreras. El mercado y las empresas no necesitan hombres y mujeres cultos, sino especialistas estrechos, aquellos que Marx llamaba “cretinos profesionales”.

La mercantilización de la educación tienda así a formar hombres y mujeres unilaterales, yo diría que monstruosamente unilaterales. Impera un pragmatismo feroz. Se deja de estimular la investigación. Una parte importante de los presupuestos en los meses previos a la matrícula se va en campañas publicitarias, destinadas a venderles la universidad a los alumnos. ¿Qué se les vende? Títulos fáciles de obtener, aseguramientos materiales vistosos y promesas de intercambios académicos internacionales. Lo importante es la imagen, la envoltura.

La educación superior se abre al mercado y se cierra la pueblo. Accede a las universidades quien puede pagarlas. El pago no se refiere solo a los costos de la matrícula, sino también a la compra de la bibliografía, equipos de computación, alojamiento y trasporte. Se acentúa el carácter elitista.

Los profesores a tiempo completo y dedicación exclusiva, que son costosos, van convirtiéndose en una rareza; se tiende a contratar profesores a tiempo parcial. La vida de estos se caracteriza por la precariedad laboral. No disponen de tiempo para educar, ni para empeñarse en la formación de valores, con lo cual las universidades van transformándose en meros espacios de instrucción y capacitación para el mercado laboral. Tampoco hay tiempo ni estímulo para la investigación. Va desapareciéndole ideal del educador, que al decir del sabio cubano Don José de la Luz y Caballero debía ser un evangelio vivo, que acompaña a los estudiantes, los asiste en sus angustias, los conoce, les brinda una atención diferenciada y ve en cada uno de ellos un reto pedagógico.

La situación creada conduce a una creciente pérdida de autonomía de las universidades. Pese al discurso oficial, éstas se hacen más dependientes de las empresas, del mercado y, por tanto, pueden decidir menos a partir de sí mismas, de sus propios valores, de sus necesidades inmanentes de desarrollo. Con ello tiende a desvanecerse el sentido universalista de la educación. La formación de la juventud va dejando de ser un fin, para convertirse en un medio: conquistar clientes que compren y paguen; producir individuos parciales, unilaterales, incultos en esencia, pero capaces, en virtud de su especialización, de satisfacer las demandas de las empresas capitalistas. Nosotros defendemos la autonomía universitaria: la autonomía frente a los poderes despóticos, sean estos políticos o económicos; la autonomía frente a un Estado que se desentiende de la educación, no la financia, no la apoya y, sin embargo, pretende ejercer un poder policiaco sobre las universidades; y la autonomía frente a la dictadura de las empresas capitalistas, movidas solo por el afán de lucro.

Más que una conquista ya consagrada, la autonomía es algo que las universidades debieran conquistar y reconquistar cada día. Una genuina autonomía universitaria supone que el Estado y los poderes públicos se pongan en función de ella, financien y viabilicen las políticas educativas, garanticen las condiciones necesarias para el adecuado desarrollo de las funciones sustantivas de la universidad – la docencia, la investigación, la extensión -, la protejan de la tiranía del mercado, contribuyan a dignificar la profesión del educador y a incrementar la calidad de la educación. Si esto no se logra, la consigna de la autonomía se transforma en una finta propagandística, en una treta para encubrir una actitud servil frente a los poderes establecidos.

Nosotros creemos en la integración y en la internacionalización de la educación superior. Aspiramos a una integración entre iguales y a una internacionalización con soberanía. La universidad, o se internacionaliza, o parece. Por su propia naturaleza, la educación, como la ciencia en sentido general, trasciende las fronteras nacionales. Podemos darnos cualquier lujo menos el de dejar de conocer y estudiar la forma en que instruyen, investigan y desarrollan nuevos modelos formativos. Somos firmes partidarios, pues, de la integración entre las universidades latinoamericanas y entre las universidades del mundo, sin imposiciones de conceptos, patrones, normas, o esquemas de validez supuestamente universal; una integración solidaria, distante de toda suerte avasallamiento cultural. Por esta razón, no podemos apoyar los programas de integración de la educación superior que se promueven desde proyectos de dominación como el ALCA, de inspiración netamente neoliberal.

Para el capital transnacional, la Educación Superior se ha revelado como un negocio tan rentable como los de la droga, el sexo y la guerra. Apreciamos la existencia de formas primaria de lo que podríamos llamar un proceso de transnacionalización desnacionalizadora de las universidades, bien marcada por el neoliberalismo. Una de sus modalidades consiste en instalar campus de universidades extranjeras en el territorio de una u otra nación latinoamericana, prestas a insertarse ventajosamente en el mercado, esquivas a toda forma de control y regulación por parte de autoridades nacionales.

Otra forma de transnacionalización consiste en el establecimiento de alianzas entre universidades para una formación de alternancia, y suele ocurrir que nuestros jóvenes viajan a los países desarrollados, donde reciben una formación que los distancia de la realidad concreta a la cual deben en principio reintegrarse.

Más significativa parece la tendencia creciente a la compra de universidades latinoamericanas por empresas transnacionales. Universidades con decenas de miles de estudiantes.

Por último – y aquí entramos en el reino de la desregulación total – en los últimos tiempos se ha disparado la oferta de licenciaturas y postgrados transnacionales a distancia, mediante la utilización de las nuevas tecnologías de la información.

Ahora bien, el efecto más grave de este proceso de transnacionalización sigue siendo el robo de cerebros. Se ha convertido en una norma la emigración de los mejores talentos de América Latina hacia los países capitalistas desarrollados, motivada por muy diversos factores, entre ellos, la precariedad de las instituciones universitarias de nuestros países, la oferta insuficiente de maestrías y doctorados de calidad, la carencia de infraestructura institucional para la investigación, de la falta de reconocimiento social del trabajo científico, los bajos salarios y la inestabilidad del empleo de los profesores e investigadores.

Así, pues, todo parece indicar que, como en el resto de los dominios del mercado, nuestros pueblos están perdiendo más de lo que ganan con el desarrollo de la transnacionalización de la educación superior. Nada es más valioso que el talento de nuestros jóvenes. No quiere decir que renunciemos a la internacionalización. Pero pensar muy bien, conocer con precisión nuestras fortalezas relativas y nuestras debilidades, buscar formas de garantizar el retorno de los estudiantes; ser inteligentes y repensar todo lo que hacemos.


Una experiencia interesante es la que ofrece a la educación superior la Alternativa Bolivariana para las Américas, en la que Cuba está participando ampliamente. Vale la pena resaltar el compromiso que hemos asumido de formar hasta 100 mil médicos en diez años, en lo fundamental latinoamericanos. Soñamos con un ejército de batas blancas descendiendo desde el Río Bravo hasta la Patagonia, llevando salud, higiene, saber, cultura. En este caso, los países participantes lo hacemos en calidad de iguales. Es la igualdad de quienes tenemos una historia común, una cultura común, una lengua común, intereses comunes. Es una internacionalización de la educación superior donde no rige la ley del mercado, la ley del más fuerte, la ley de la selva; donde las universidades no se convierten en un espacio de lucha de todos contra todos. Creemos en una internacionalización justa, solidaria, que tengo muy poco que ver con los mandatos del mercado.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Entrevista con Aurelio Alonso

Por Antonio Cuesta
"Lo que comenzamos en 1959 fue un proceso de transición hacia el socialismo"

En Cuba, por ejemplo, tenemos momentos en que se observa, y se expresa, la existencia de una democracia latente de nuevo tipo, pero contamos con una institucionalidad que aún no es capaz de sistematizarla.


Aurelio Alonso es sociólogo y uno de los intelectuales más reputados de Cuba. Fue fundador del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (UH) en 1963 y director de la Biblioteca Nacional entre 1966 y 1967. Actualmente es subdirector de la revista Casa de las Américas, y durante esta semana pasó por Turquía para impartir dos conferencias en el marco de la Feria Internacional del Libro de Estambul.

Como miembro del Comité de Redacción de la revista Alternatives Sud, y del Forum Mundial de las Alternativas, destina parte de su tiempo para reflexionar sobre un socialismo para el nuevo siglo, y el sentido y alcance de las alternativas políticas que están surgiendo en América Latina.

Aseguraba Fernando Ortiz que “la cultura no es neutral, es guerra contra los que se oponen al progreso humano”. ¿Quién son actualmente los enemigos de este progreso?

Los enemigos están más desnudos que nunca. Parece que la historia del progreso humano es también la del cambio ético-social del mercado, una fuerza prioritariamente generadora de crecimiento económico y social que se ha convertido en bloqueadora de todos los avances del progreso humano, precisamente por los efectos de acumulación y de dominación que ha tenido. Los enemigos están alrededor de eso.

Si hablamos de los Estados Unidos es por ponerle nombre y apellidos, pero el problema es el nivel de acumulación capitalista y el nuevo pacto de poder que se ha producido entre las trasnacionales y los estados capitalistas principales, y cómo eso se ha estructurado piramidalmente con los EE.UU. a la cabeza. Podía haber sido, por ejemplo, Japón pero lo cierto es que quienes están en la cima de esa pirámide son los EE.UU., y son lo que están dictando las reglas de la dominación, los que gobiernan impunemente a todo el sistema mundial, los que se sienten libres para iniciar una guerra sin consultar siquiera al Consejo de Seguridad de la ONU. Entonces el perfil del enemigo está muy claro. Con estos niveles de acumulación de capital si no fuera EE.UU. sería otro.

Es como cuando me dicen, qué falta hace que se termine el periodo de Bush, y yo digo, es que no va a haber periodo bueno, no hay ninguna esperanza ni con otros republicanos ni con demócratas. Tendría que generarse un cambio muy fuerte que sólo podría ocurrir a partir de un choque de la opinión pública norteamericana con el poder y con el mundo empresarial de EE.UU. Creo que, por lo tanto, Fernando Ortiz tenía razón.

En un reciente artículo habló de la necesidad de una alianza entre los países periféricos para llevar a cabo acciones coherentes contra el desamparo social, y orientadas hacia una superación estructural de la pobreza. ¿A qué tipo de políticas se refiere?

Existe la necesidad y a la vez la posibilidad de una alianza que no se vislumbraba y que ahora empieza a ser real en América Latina, y también en el resto del mundo. A nivel continental los mecanismos de subsistencia de los esquemas que tratan de luchar por un sistema de justicia social y de equidad comienzan, precisamente, de abajo a arriba. Es decir, nadie va a generar una alternativa global si ésta no viene desde abajo. Creo que la alternativa a la globalización, al neoliberalismo y a los pactos del capital debe ser global, pero eso no quiere decir que venga de arriba a abajo. En este sentido Cuba es un modelo de resistencia indiscutible, no de otra cosa, que ha sido capaz de soportar las presiones imperialistas en las condiciones más adversas. Y eso ha servido mucho a América Latina en el sentido de asimilar esa capacidad de resistencia y también de tomar a Cuba como un referente. No es que haya que repetir lo que se hizo en Cuba, pero sí el ejemplo de que resistir es posible, aun en las condiciones de esos pueblos.

Lo que está sucediendo en América Latina es muy importante porque esta situación de tensión, de pérdida de gobernabilidad general -una pérdida grave, estructural, generada por el esquema neoliberal- significa el debilitamiento del Estado-nación, el debilitamiento de las capacidades políticas del país para defender la soberanía funcional -más allá de la puramente nominal- y la pérdida de su intervención en la economía, de sus capacidades. Es decir, la venta propiamente del país a la potencia extranjera para ser subastado. Lo interesante es que ante estas situaciones se empiezan a utilizar dispositivos electorales que están llevando a los gobiernos de esos países a figuras representativas de los intereses populares. Gobernantes que son inmediatamente acusados de 'populistas' por la derecha. Curiosamente cuando yo era joven la crítica al populismo venía desde la izquierda, pero ni teníamos razón los marxistas entonces ni tiene razón la derecha ahora, pues el populismo tiene una serie de virtudes, y está entroncado en una corriente del pensamiento revolucionario, que le permiten avanzar por el camino de los cambios reales. En Latinoamérica hay populismo porque hay una respuesta inmediata a intereses populares. Y estos intereses se están manifestando electoralmente como en el caso de Ecuador, por poner un ejemplo. En Ecuador el multimillonario Gustavo Novoa estaba tratando de alcanzar la presidencia desde hace 4 ó 5 elecciones, y ahora que ya creía tenerla en la mano apareció inesperadamente Rafael Correa, que tenía una historia política muy corta pero que es un hombre sumamente lúcido, bien formado, y que ha mostrado rápidamente tener una talla de estadista excepcional. Correa consiguió polarizar de manera rotunda la proyección popular.

Algunos de estos cambios son más radicales, como ha sucedido en Bolivia, en Venezuela, en Nicaragua y ahora Ecuador; otros tienen signos más moderados, como es el caso de Brasil, o en Argentina con Néstor Kirchner que no ha introducido muchos cambios pero que han sido más de los que se esperaban; y están también los que se preveen para el futuro en Paraguay, donde se espera la victoria de un obispo de izquierdas con un programa postcapitalista de justicia social; y en Perú, con un movimiento indigenista fuerte y donde Ollanta Humala parece que vuelve a reaparecer después de haber dado signos de maduración.

Por decirlo de alguna forma, hay un cuadro que hace que el continente se vea dividido entre una América del ALCA y una América del ALBA. Países dispuestos a someterse y otros decididos a resistir. Y no estoy haciendo referencia al ALCA por razones secundarias, creo que el logro de la reunión de Mar del Plata, al bloquear la aprobación del ALCA a EEUU, tuvo una trascendencia enorme, porque avanzar en proyectos de resistencia social y de soberanía con el ALCA aprobado en toda América Latina hubiera sido tremendamente más difícil de lo que es actualmente. Y no digo que las cosas sean fáciles para ninguno de estos proyectos alternativos, pero con un sistema de libre comercio dependiente, neoliberal, como el que quería imponer integralmente para el continente EEUU, hubiera sido de una dificultad inimaginable. Por eso es muy importante la integración para que el panorama siga cambiando. Tratar de cerrar filas, en la manera que sea posible, entorno a intereses comunes es en estos momentos decisivo y crucial para América Latina, y lo es también para el tercer mundo.

Usted hace una diferenciación entre la pobreza y el desamparo ¿qué significan cada una de ellas?

En los últimos 3 ó 4 años he insistido mucho en esta distinción, pues considero que esta diferenciación es importante no sólo para el estudio de la pobreza en el momento actual sino para las proyecciones de las políticas de superación de la pobreza. Como sociólogo he analizado este tema en el Caribe hispano -Cuba, Puerto Rico y República Dominicana- y el trabajo en el terreno, la recopilación de informaciones, me llevó a establecer el criterio de que el término desamparo no podía ser usado como sinónimo de pobreza -lo que se hace habitualmente-, de que se hacía necesaria una distinción mayor y más rigurosa entre ambos conceptos en tanto que la pobreza describe un estado de carencia y el desamparo es la relación social que impide el que ese estado de carencia se supere.

En los últimos 15 ó 20 años la pobreza se ha convertido en un tema de estudio muy sofisticado, han aparecido índices técnicos para perfeccionar una mirada de aproximación, pues se llegó a la conclusión que no bastaba con el nivel de ingresos, aunque este dato lógicamente sigue usándose porque es el único que permite establecer comparaciones. El problema es que todos esos indicadores tratan de definir una carencia, una insuficiencia, en el acceso a los medios de subsistencia pero no aclaran el elemento causal que tiene que ver con la desigualdad. Entre las maneras que hay de analizar estructuralmente la organización social y sus relaciones se encuentra el llamado Triangulo de Claus Offe, en cuyos lados estarían las instituciones, el Mercado y la Sociedad Civil. El Mercado es el dominio del capital, del poder económico, y por tanto no le interesa ninguna política que no esté vinculada a la acumulación. No se puede contar con el Mercado para llevar a cabo acciones que mitiguen la pobreza, pues éstas políticas suponen un coste para la acumulación. Pero sí deben hacerlo la institucionalidad social y la política que son, en palabras de Gramsci, los que constituyen el Estado. Las estructuras sociales se superponen, se entrecruzan pero no son antagónicas. Sociedad Civil e institucionalidad política son las responsables de programas contra el desamparo. Quien nunca se va a comprometer es el Mercado. Éste no va a ayudar a mitigar la pobreza como no sea mediante acciones que posteriormente le renten publicidad, o un mayor consumo, etc. El Mercado puede darle leche en polvo durante un año a los niños de una escuela siempre que eso le revierta beneficios mediante anuncios. Y no estoy haciendo una crítica ética, pues esa es la razón de ser del Mercado cuyo objetivo es la acumulación de capital. Tampoco soy un fanático que trata de bombardearlo, pero lo que no se puede permitir es que la institucionalidad política se someta al Mercado.

¿Qué ocurre entonces con la actual supeditación de la política a la economía?

El mundo capitalista ha llegado a una total dictadura, que podríamos definir como el totalitarismo del Mercado, en el cual los sistemas políticos se han convertido mayoritariamente en los siervos de los mecanismos de acumulación y de dominación, que son muy sofisticados y muy complejos, y que empiezan a sustituir a los del imperialismo en su fase más tradicional.

Actualmente los principales flujos Norte-Sur no son los de inversiones, y los del Sur al Norte no son los de las ganancias. Lo que más dinero mueve en la dirección Sur-Norte es la deuda, el Norte se permite desangrar económicamente a los países pobres sin producir un alfiler, nada más por el hecho de que yo te presté y tu no me has acabado de pagar, y tienes intereses que yo sé que no me vas a poder pagar, y que van a seguir creciendo, y por eso me vas a tener que seguir pagando al año que viene, y al otro. Más que las conocidas categorías de países desarrollados-subdesarrollados, o pobres-ricos hay otra diferenciación que define mejor la situación actual y es la de países acreedores-deudores. El tercer mundo está más atrapado por la deuda que por el subdesarrollo mismo. No es que estos países produzcan, de acuerdo a una ley del valor, en términos menos rentables o que haya un intercambio desfavorable con los países ricos. No, es que por efecto de la deuda esto es subjetivo totalmente. Y al revés, de Norte a Sur los flujos más importantes de capital no son los de la compra de materias primas o los derivados del comercio, son los de las remesas familiares de la población emigrante. Ya en México, que es un gran productor y exportador de petróleo y un importante suministrador para los EEUU, el valor de las remesas familiares está próximo al volumen de ingresos que recibe el país por la venta del petróleo. Aún más, todos los países de América central viven de remesas familiares, todos los países del Caribe salvo Cuba viven de remesas familiares. Y si en el caso cubano estos ingresos son porcentualmente menores se debe únicamente a las restricciones impuestas por el bloqueo de EEUU, que para impedir la entrada de dólares en la isla prohíbe las transferencias monetarias incluso entre miembros de una misma familia.

Lo que quiere decir que, en cualquier caso, éstas dinámicas que ha establecido el sistema de dominación económica en los últimos años son complicadísimas. Mi tesis es que no se puede luchar contra la pobreza sin luchar contra el desamparo. Y ello no es posible si no se modifican las políticas estatales que den a la sociedad un nivel de protección, a través de políticas equitativas o del control de los precios en productos de primera necesidad, sin que eso signifique tener que rendir cuentas ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), por ejemplo. En este sentido, quiero decir que la OMC es un organismo terrible, es la única institución internacional que tiene poder ante los tribunales internacionales para demandar a un Estado si toma alguna medida que lesione los intereses de las empresas trasnacionales, y hacerle pagar la multa correspondiente, lo cual afecta al legítimo derecho de los gobiernos de actuar por su pueblo y a la soberanía de las naciones. La OMC es un organismo truculento que no favorece un comercio justo.

Por todo ello, el nivel de opresión en las situaciones nacionales, no sólo desde el plano económico, está ocasionando el aumento de la pobreza y el incremento de las desigualdades. Ese mismo fenómeno, está provocando que en América Latina sean 225 millones de personas las que pasan hambre. Y ello va aparejado a todos los mitos y ejemplos de reducción de la pobreza que se convierten también en una coartada para hacerle ver al mundo que el problema se puede resolver desde el sistema establecido, lo cual es totalmente falso. Es un mito que tiene que ver con el asistencialismo, con soluciones momentáneas. Se mejora un poco la situación social y después empeora otra vez, salvo en el caso de los países que cuentan con un interés preferencial desde los centros imperialistas, y ahí sí que el país puede tener una cierta mejoría relativa con relación a las naciones vecinas. Pero hay un fenómeno que es inevitable, y que tiene que ver con la lógica del capital, y es que si EEUU por ejemplo destina un préstamo y se estudia a dónde va ese financiamiento, lo normal es que se dirija a nutrir las dinámicas del capital, las dinámicas de dominación, y no que vayan a mejorar las necesidades reales de la población.

Y en esta situación ¿qué papel juegan las instituciones internacionales?

Creo que las Naciones Unidas cometieron un error al plantear los Objetivos del Milenio. Si en lugar de centrarse en la pobreza hubieran intentado resolver la cuestión del desamparo, facilitando descriptores y ofreciendo análisis, se habría dado un paso aún más importante. Porque no es posible resolver los problemas de las necesidades de la población sin actuar sobre la estructura social. Las dinámicas de pauperización avanzan en todo el mundo y la única posibilidad es que los gobiernos sean capaces de responder ante esas necesidades con un cambio en sus políticas. Por supuesto que los organismos internacionales tedrían que haber servido mejor a esos propósitos. Y aún pueden hacerlo, a pesar del deterioro al que les ha sometido EEUU. Creo que todavía son escenarios donde los temas sociales pueden lograr avances. Pero, insisto, no hay solución a la pobreza si no la hay al desamparo.

¿Cuáles son los mayores peligros del mundo actual?

Los grandes problemas de nuestro tiempo son fruto del dilema de haber llegado a un nivel de desarrollo de las fuerzas productivas capaces de acabar con la pobreza y con el hambre y, sin embargo, estar sometidas a una dinámica económica estructural que se lo impide. Además, el avance tecnológico ha llevado al mundo a un nivel de agresión y de erosión del medio ambiente que ponen en peligro la existencia de la humanidad y de sus recursos vitales. Pues esta erosión actúa en un doble sentido: amenazando la naturaleza (calentamiento global, agujero de la capa de ozono, contaminación de las aguas...) y agotando los recursos naturales.

En este sentido creo que hemos vivido durante décadas en lo que denomino una inocencia medioambiental, creyendo que los recursos eran inagotables y sin pensar en que se podía llegar a una situación peligrosa para el equilibrio ecológico. Pienso que, de cara a los próximos años, va a ser más problemática la carencia de agua potable que el agotamiento del petróleo.

Creo, sin lugar a dudas, que esta amenaza contra la naturaleza y el ser humano es el mayor desafío al que nos enfrentamos.

¿En qué punto se encuentran las alternativas al sistema neoliberal?

Las alternativas están muy mal. Se encuentran en un punto de avance insuficiente si tenemos en cuenta la gravedad en la que se encuentra el mundo actualmente, a la que hacía referencia anteriormente. Es cierto que en la última década ha crecido y se ha extendido una conciencia medioambiental entre la opinión pública mundial, ha habido un cambio fundamental. Sin embargo, la destrucción del planeta ha seguido provocada por la mano del hombre. Con la negativa de los Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto y a poner en práctica cualquier directiva que limite la reproducción del capital se ha llegado a un punto gravísimo. Y si no se aplican restricciones a las empresas para que sigan contaminando y sigan esquilmando los recursos naturales no habrá solución a los males actuales. Es decir, no se puede anteponer la lógica del capital a las necesidades humanas, y mientras esto no cambie no habrá alternativa viable a este sistema.

El ritmo de cambios es demasiado rápido para que los incipientes modelos que están surgiendo en América Latina puedan aliviar los deterioros de la erosión contra el medio ambiente. Y pese a la modestia y a lo limitado de estas alternativas ni siquiera es seguro que EEUU vaya a permitirlas. Es evidente que la política del Imperio está intentando acabar con ellas aunque, probablemente, su situación en Oriente Medio ha hecho que hasta el momento no se aplique con contundencia, incluso militar, sobre Latinoamérica. Pero lleva a cabo grandes campañas de propaganda, alienta el enfrentamiento social, alimenta golpes de estado e intentos de magnicidio... y todo bajo la coartada de querer llevar la “democracia” al continente. En este sentido el caso venezolano es paradigmático, pues ¿qué es la democracia? ¿no son democráticos todos los cambios llevados a cabo en Venezuela? Aseguran que el cambio constitucional pretende eliminar la alternancia política, ¿acaso no es democrático poder reelegir a un mandatario? Y qué decir de los mecanismo de participación popular e, incluso, de revocar los mandatos presidenciales. ¿La alternancia política debe ser una posibilidad o una obligación? Lo cierto es que EEUU y la burguesía venezolana buscan el poder únicamente para llevar a cabo políticas que beneficien al capital e impedir que la economía esté supeditada a las decisiones del pueblo.

La aspiración mundial a un cambio social sigue siendo un desafío, y creo que una alternativa en este sentido es más necesaria que nunca porque lo otro es la barbarie. Un número pequeño de transnacionales imponen sus criterios en el mundo, un 10% de la población mundial atesoran el 95% de la riqueza que se genera, y mientras tanto 6.000 millones de personas no pintan absolutamente nada en el comercio mundial, ni producen ni consumen. Todo esto significa que nos encontramos ante un verdadero programa de exclusión globalizada.

Cuando habla de la reinvención del socialismo, ¿cuáles deben de ser los valores imprescindibles para el socialismo del siglo XXI? ¿Es apropiada esta denominación?

Estoy de acuerdo con el término de socialismo del siglo XXI, pero no me gustan los intentos que se hacen por definirlo. Y no me atrevo a decir cuales deben de ser los principios de esta nueva teoría. Hay mucho debate sobre este tema y muchos socialistólogos que tratan de hacerlo, y en mi opinión, sin acierto. La experiencia del socialismo en el siglo XX tuvo unos niveles muy altos de fracasos, aunque también aspectos positivos destacables. Sin embargo creo que el socialismo para el nuevo siglo no puede basarse en rescatar, e intentar mejorar, la experiencia pasada. Para mí la idea del Socialismo del siglo XXI debe partir de la reinvención y la recreación de un nuevo modelo antes de acudir a planteamientos y propuestas concretas, como ya hacen muchos. Aún tenemos que aclarar y redefinir muchos términos tales como democracia, participación popular, toma de decisiones...

En Cuba, por ejemplo, tenemos momentos en que se observa, y se expresa, la existencia de una democracia latente de nuevo tipo, pero contamos con una institucionalidad que aún no es capaz de sistematizarla.

¿Existe transición en Cuba?

Es un concepto muy manipulado. Nosotros hablamos de transición en un sentido de avanzar por un camino alternativo al capitalismo, de soberanía y de justicia social. Es un concepto usado tanto por Marx como por Lenin, quien habló de la transición de una sociedad atrasada y campesina como la rusa hacia el socialismo. Y éste como una transición hacia el comunismo.

En Cuba hablamos de la Revolución socialista, pero lo que comenzamos en 1959 fue un proceso de transición hacia el socialismo. Un proceso que ha tenido unos tiempos que no son realmente etapas pues éstas indican una continuidad, un avance en un mismo camino, pero en el caso cubano se han dado cambios de orientación. Comenzamos tratando de implantar una experiencia independiente, de insertarnos en el mundo de manera autónoma. Pero el bloqueo y otras circunstancias hizo que a fines de los 60 entráramos en el CAME y adaptáramos una institucionalidad política y económica de cuño soviético. Se produjo entonces una transición, dentro de la transición, hacia el modelo y el universo soviético. La caída del socialismo nos llevó a la segunda transición, dentro de la transición, en el que nos lanzamos a la búsqueda de un camino distinto, un modelo socialista viable, que nos hizo avanzar en una especie de zig zag. En Cuba hay una necesidad de debatir, en ocasiones de manera polémica, sobre los temas importantes de la sociedad, la política y la economía. Un debate que afortunadamente es cada vez más abierto pero con el que aún no se logró unos puntos de coherencia. Lo único en que hay unanimidad es en resistir y en ser independientes, pero lo demás está en el aire.

¿Cuáles son las amenazas de la revolución cubana en su camino hacia la transición del nuevo socialismo?

La principal es la amenaza norteamericana, con un bloqueo que se mantiene y se refuerza. Somos un objetivo para el Imperio, estamos amenazados y lo sabemos. Como dije anteriormente, la intervención de EEUU en América Latina se ha visto paralizada por el problema de Oriente Medio. Pero en figura en su agenda acabar con algunos procesos que están teniendo lugar en el continente. Es un riesgo que no sólo pende sobre Cuba, ahora se extendió a otros países, pero que se cierne sobre aquellos que quieran llevar a cabo una transformación socialista o de amplio contenido social. Por ello creo que ese es el mayor peligro contra el nuevo socialismo, todos los demás derivan de esta amenaza imperialista.

Se ha referido en múltiples ocasiones a la necesaria descentralización del Estado, hacia los poderes locales, para incrementar la “sustentabilidad desde abajo”. La experiencia de Eusebio Leal en La Habana vieja es, en ese sentido, extrapolable y positiva para el resto de los municipios ¿se ajusta al modelo teórico que usted defiende?

El trabajo de Eusebio Leal es muy meritorio. Es extrapolable pero no generalizable, pues no todos los municipios en Cuba cuentan con ese patrimonio arquitectónico y cultural, y la posibilidad de desarrollarse gracias al turismo. Lo bueno de esa experiencia es que se han llevado a cabo transformaciones teniendo siempre presente la prioridad social en tales cambios. En el caso de La Habana vieja la gente ha seguido viviendo en su casas renovadas y se les ha hecho partícipes en el proyecto, que además ha tenido una dimensión cultural importantísima.

Ahora bien, manteniendo ese principio de interés social creo que cada municipio debe de contar con una mayor responsabilidad y autonomía política y económica. Como en el caso de La Habana vieja llegar incluso a cierta independencia impositiva y financiera que permitan a las autoridades locales tomar sus decisiones y llevar a cabo sus programas de actuación. Creo que en el camino de la descentralización, avanzar en el plano económico dentro del ámbito municipal es algo necesario. La tendencia va en ese sentido, es algo que está presente entre las autoridades, y espero que no se tarde mucho en llevar a la práctica.

Usted ha asegurado que durante un periodo en Cuba se supuso, erróneamente que el progreso debía eliminar la religiosidad, ¿qué opina del uso de símbolos religiosos en el espacio público? ¿y sobre el uso del velo en las universidades de un país como Turquía?

En Cuba creo que quedó claro que no tenía sentido prohibir ni negar la religiosidad de la gente. Cuando a finales de los 80 se hizo un estudio entre la población, el 80% de las personas se declararon creyentes de un modo u otro, de percibir una noción de duda ante lo sobrenatural, lo cual responde a una lógica humana. En la actualidad en Cuba están muy presentes los símbolos yorubas y católicos sin que eso genere ningún tipo de problema.

En general creo que el uso de símbolos religiosos es un derecho de los creyentes y una parte de la libertad religiosa que debe de existir, en tanto que esos símbolos no sean agresivos contra la libertad de los otros. Ahora bien, en qué medida afecta esto al uso del velo, por ejemplo. Recuerdo un debate en que me vi metido, hace ya unos años, en Francia sobre esta cuestión. Se acababa de prohibir el uso del velo en las escuelas y una musulmana, muy liberal, me dijo que el uso de esa prenda no sólo establecía una diferencia religiosa sino también una social. No conozco muy bien el islam como para tener una opinión muy formada al respecto. He visto a mujeres veladas haciendo discursos con alto contenido social y realmente de izquierdas, defendiendo la justicia y los derechos humanos. Creo que mientras el uso del velo no sea un símbolo de sumisión debe de ser respetado, pero me temo que este es un debate que debe ser solucionado dentro del ámbito musulmán.

¿Qué papel juega la religión en la estructuración del mundo actual?

Las religiones tienen un papel significativo y lo van a seguir teniendo. Un papel con luces y sombras analizado desde un aspecto social. Todas las fuerzas políticas son conscientes de que la religiosidad es una parte de la cultura humana y que no se la puede combatir ni políticamente ni de otro modo, que la cuestión pasa por integrarla socialmente. La lucha por el cambio social no puede convertirse en la lucha contra la religión, pero tampoco a la inversa. La religión no puede intentar frenar el avance social pues debe vincularse a este proceso. Son evidentes las diferencias que hay entre el Vaticano y la Teología de la Liberación, o lo que significan las corrientes ultraconservadoras protestantes que EEUU está introduciendo en América Latina para frenar los cambios que demanda la sociedad. La religión, por tanto, puede jugar un papel u otro.

Marx no desarrolló una teoría ateísta, pero la religión puede continuar siendo el opio del pueblo o desempeñar un papel positivo en la liberación.

¿Cree que se logró en Cuba el ideal de Fernando Ortiz de crear una sociedad moderna, solidaria y organizada, en la que la ciencia, la tecnología y la cultura estuvieran a la vanguardia?

Creo que sí. Con austeridad y falta de recursos, con contratiempos internos y externos, con aciertos y desaciertos, considero que se logró el ideal de Ortiz.

* Antonio Cuesta es corresponsal de Prensa Latina en Turquía.

Tomado de Jiribilla