sábado, 17 de noviembre de 2007

La invasión de las universidades por el neoliberalismo

Por Rubén Zardoya Loureda

La invasión de las universidades por el neoliberalismo es parte de una guerra mayor contra los programas sociales, los sistemas de seguridad social y lo que ellos llaman “legislaciones laborales paternalitas”. Es parte de un ataque frontal contra el sector estatal de la economía. Está asociada, sobre todo, al proceso creciente de desnacionalización de las riquezas naturales y hasta de la cultura de nuestros pueblos. Sólo si lo integramos a todo esto, podremos entender el impacto que ha producido sobre las universidades, el cual ha sido demoledor.


Se ha procurados – no sin éxito en muchos casos – convertir a las universidades en empresas capitalistas, regidas por los postulados de eficiencia económica, libre competencia, iniciativa privada y lucro. El Estado se retira y comienza a hablar de la necesidad de que las universidades se autofinancien, lo cual raya en el absurdo; y se identifican los aranceles de las matrículas como la principal fuente de este autofinanciamiento, por lo cual estos tienden a aumentar.

Todo esto trae nefastas consecuencias para la vida universitaria. Comienzan a privilegiarse las actividades y áreas profesionales que puedan producir una mayor ganancia con el menor costo posible, y no aquellas que se orientan hacia el logro de una formación de profesionales más eficaz y hacia el incremento del conocimiento.

Esto impacta negativamente las ciencias básicas como la Física, la Química, las Matemáticas, la Biología. También golpea a las humanidades y ciencias sociales en general: la Historia, la Literatura, la Filosofía, la Antropología. Estás ramas del conocimiento quedan virtualmente en las llamadas universidades tradicionales.

La gran mayoría de las nuevas universidades, que son privadas, no cuentan con esas carreras. El mercado y las empresas no necesitan hombres y mujeres cultos, sino especialistas estrechos, aquellos que Marx llamaba “cretinos profesionales”.

La mercantilización de la educación tienda así a formar hombres y mujeres unilaterales, yo diría que monstruosamente unilaterales. Impera un pragmatismo feroz. Se deja de estimular la investigación. Una parte importante de los presupuestos en los meses previos a la matrícula se va en campañas publicitarias, destinadas a venderles la universidad a los alumnos. ¿Qué se les vende? Títulos fáciles de obtener, aseguramientos materiales vistosos y promesas de intercambios académicos internacionales. Lo importante es la imagen, la envoltura.

La educación superior se abre al mercado y se cierra la pueblo. Accede a las universidades quien puede pagarlas. El pago no se refiere solo a los costos de la matrícula, sino también a la compra de la bibliografía, equipos de computación, alojamiento y trasporte. Se acentúa el carácter elitista.

Los profesores a tiempo completo y dedicación exclusiva, que son costosos, van convirtiéndose en una rareza; se tiende a contratar profesores a tiempo parcial. La vida de estos se caracteriza por la precariedad laboral. No disponen de tiempo para educar, ni para empeñarse en la formación de valores, con lo cual las universidades van transformándose en meros espacios de instrucción y capacitación para el mercado laboral. Tampoco hay tiempo ni estímulo para la investigación. Va desapareciéndole ideal del educador, que al decir del sabio cubano Don José de la Luz y Caballero debía ser un evangelio vivo, que acompaña a los estudiantes, los asiste en sus angustias, los conoce, les brinda una atención diferenciada y ve en cada uno de ellos un reto pedagógico.

La situación creada conduce a una creciente pérdida de autonomía de las universidades. Pese al discurso oficial, éstas se hacen más dependientes de las empresas, del mercado y, por tanto, pueden decidir menos a partir de sí mismas, de sus propios valores, de sus necesidades inmanentes de desarrollo. Con ello tiende a desvanecerse el sentido universalista de la educación. La formación de la juventud va dejando de ser un fin, para convertirse en un medio: conquistar clientes que compren y paguen; producir individuos parciales, unilaterales, incultos en esencia, pero capaces, en virtud de su especialización, de satisfacer las demandas de las empresas capitalistas. Nosotros defendemos la autonomía universitaria: la autonomía frente a los poderes despóticos, sean estos políticos o económicos; la autonomía frente a un Estado que se desentiende de la educación, no la financia, no la apoya y, sin embargo, pretende ejercer un poder policiaco sobre las universidades; y la autonomía frente a la dictadura de las empresas capitalistas, movidas solo por el afán de lucro.

Más que una conquista ya consagrada, la autonomía es algo que las universidades debieran conquistar y reconquistar cada día. Una genuina autonomía universitaria supone que el Estado y los poderes públicos se pongan en función de ella, financien y viabilicen las políticas educativas, garanticen las condiciones necesarias para el adecuado desarrollo de las funciones sustantivas de la universidad – la docencia, la investigación, la extensión -, la protejan de la tiranía del mercado, contribuyan a dignificar la profesión del educador y a incrementar la calidad de la educación. Si esto no se logra, la consigna de la autonomía se transforma en una finta propagandística, en una treta para encubrir una actitud servil frente a los poderes establecidos.

Nosotros creemos en la integración y en la internacionalización de la educación superior. Aspiramos a una integración entre iguales y a una internacionalización con soberanía. La universidad, o se internacionaliza, o parece. Por su propia naturaleza, la educación, como la ciencia en sentido general, trasciende las fronteras nacionales. Podemos darnos cualquier lujo menos el de dejar de conocer y estudiar la forma en que instruyen, investigan y desarrollan nuevos modelos formativos. Somos firmes partidarios, pues, de la integración entre las universidades latinoamericanas y entre las universidades del mundo, sin imposiciones de conceptos, patrones, normas, o esquemas de validez supuestamente universal; una integración solidaria, distante de toda suerte avasallamiento cultural. Por esta razón, no podemos apoyar los programas de integración de la educación superior que se promueven desde proyectos de dominación como el ALCA, de inspiración netamente neoliberal.

Para el capital transnacional, la Educación Superior se ha revelado como un negocio tan rentable como los de la droga, el sexo y la guerra. Apreciamos la existencia de formas primaria de lo que podríamos llamar un proceso de transnacionalización desnacionalizadora de las universidades, bien marcada por el neoliberalismo. Una de sus modalidades consiste en instalar campus de universidades extranjeras en el territorio de una u otra nación latinoamericana, prestas a insertarse ventajosamente en el mercado, esquivas a toda forma de control y regulación por parte de autoridades nacionales.

Otra forma de transnacionalización consiste en el establecimiento de alianzas entre universidades para una formación de alternancia, y suele ocurrir que nuestros jóvenes viajan a los países desarrollados, donde reciben una formación que los distancia de la realidad concreta a la cual deben en principio reintegrarse.

Más significativa parece la tendencia creciente a la compra de universidades latinoamericanas por empresas transnacionales. Universidades con decenas de miles de estudiantes.

Por último – y aquí entramos en el reino de la desregulación total – en los últimos tiempos se ha disparado la oferta de licenciaturas y postgrados transnacionales a distancia, mediante la utilización de las nuevas tecnologías de la información.

Ahora bien, el efecto más grave de este proceso de transnacionalización sigue siendo el robo de cerebros. Se ha convertido en una norma la emigración de los mejores talentos de América Latina hacia los países capitalistas desarrollados, motivada por muy diversos factores, entre ellos, la precariedad de las instituciones universitarias de nuestros países, la oferta insuficiente de maestrías y doctorados de calidad, la carencia de infraestructura institucional para la investigación, de la falta de reconocimiento social del trabajo científico, los bajos salarios y la inestabilidad del empleo de los profesores e investigadores.

Así, pues, todo parece indicar que, como en el resto de los dominios del mercado, nuestros pueblos están perdiendo más de lo que ganan con el desarrollo de la transnacionalización de la educación superior. Nada es más valioso que el talento de nuestros jóvenes. No quiere decir que renunciemos a la internacionalización. Pero pensar muy bien, conocer con precisión nuestras fortalezas relativas y nuestras debilidades, buscar formas de garantizar el retorno de los estudiantes; ser inteligentes y repensar todo lo que hacemos.


Una experiencia interesante es la que ofrece a la educación superior la Alternativa Bolivariana para las Américas, en la que Cuba está participando ampliamente. Vale la pena resaltar el compromiso que hemos asumido de formar hasta 100 mil médicos en diez años, en lo fundamental latinoamericanos. Soñamos con un ejército de batas blancas descendiendo desde el Río Bravo hasta la Patagonia, llevando salud, higiene, saber, cultura. En este caso, los países participantes lo hacemos en calidad de iguales. Es la igualdad de quienes tenemos una historia común, una cultura común, una lengua común, intereses comunes. Es una internacionalización de la educación superior donde no rige la ley del mercado, la ley del más fuerte, la ley de la selva; donde las universidades no se convierten en un espacio de lucha de todos contra todos. Creemos en una internacionalización justa, solidaria, que tengo muy poco que ver con los mandatos del mercado.

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