Por Fernando Luis Rojas
((Intervención de Fernando Luis Rojas López, presidente de la FEU de Ciudad de La Habana en la sesión plenaria y final del VII Congreso de la organización.))
El Congreso nos ha lanzado a debatir. Nos convocó Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Definir qué nos hace vulnerables constituye una invitación al análisis. Identificar nuestros retos pasa por conocernos.
Con su proverbial sabiduría, Martí, el cubano de siempre, nos enseñó que los estudiantes son el baluarte de la libertad y su ejército más firme y nos legó también la certidumbre de que la cultura es el lúcido camino a la libertad. Esa relación estudiante-universidad, cultura-libertad, ha perdurado y es el principal escudo de defensa de la Revolución en la actualidad.
Cuba es parte de un mundo agitado, de significativas convulsiones, he aquí una misión: conocer el mundo y entender nuestro país insertado en él. Al capitalismo no le preocupa devorar sus símbolos. Es la lógica del mercado: generar productos, condicionar las necesidades de la gente, generar productos, condicionar nuevas necesidades.
Un círculo vicioso que premia el artificio y la sutileza. Son las leyes invisibles del capitalismo actuando silenciosas sobre el común de la gente. Para la Cuba socialista por su aspiración de lograr una sociedad incluyente, por pensar en todos el reto es mayor. Debemos seguir esforzándonos por articular las aspiraciones de cada cubano, con nuestra vocación de construir en colectivo. Hay que hablar, explicar, debatir, la gente debe identificar que cada paso que incluso tribute a un sector específico, se revierte en mejorar su realidad, su entorno, pero eso no se logrará espontáneamente. Está la influencia del Período Especial, sobre todo en la gente joven.
Nuestras experiencias, nuestra realidad ha sido la de los años noventa, pero hay que sacudirse cualquier complejo. Esos años 90 hemos de asumirlos como nuestra dura escuela, es un servicio que podemos prestar a la Revolución. Sucede que necesariamente debemos mirar más lejos. El desarrollo científico-técnico, internet, la globalización, el redimensionamiento del papel de los medios, imponen retos a cualquier sociedad que sitúe como centro al hombre. Debemos prepararnos mejor para asumir estos acelerados cambios sin traumatismos y sobre todo sin concesiones de principios. Resulta ineludible mencionar el tema de la educación. En este sector la lectura debe ser todo hacia el frente, porque en buena medida la educación es el frente.
El proceso de universalización de la enseñanza debe caminar hacia la consolidación de la universidad como centro de la vida cultural, estimulando el equilibrio entre la oportunidad de convertir a toda Cuba en una universidad y la necesidad de fortalecer los componentes en lo académico y lo axiológico.
El conocimiento para los cubanos no es un lujo, es el arma para combatir la vanalidad, la superficialidad y el individualismo. Cualquier alternativa o iniciativa en este sentido debe estar marcada definitivamente por la intención de formar un mejor profesional.
Promover una vanguardia, desligada de un sentimiento de élite, sin autosuficiencias estériles, una vanguardia que asuma su papel con modestia, que guíe e incorpore, que no se cierre, es también necesaria.
Una segunda misión: caminar es estudiarnos, mirarnos, definir las carencias y retos que tenemos. La universidad está llama a adentrase en el debate cultural, en orientar a nuestra gente desde sus preferencias. Hay mucho que combatir y andar. Es importante proyectarnos en la función de los medios, especialmente el papel que juega hoy la televisión. En Cuba existe el talento para presentar propuestas de calidad, que a la vez sean atractivas. Los gustos no pueden imponerse, pero se puede incidir sobre ellos.
Se escribe con calidad en esta Isla. Aparecen personaje en la literatura cubana que generan atracción, complicidad. Acojamos estas ideas. Seguimos prefiriendo a Elpidio Valdés antes que Superman, pero eso ocurrió porque tuvimos desde pequeño un cubano legítimo, un mambí que tenía un lenguaje claro. Tuvimos una referencia. Hay que reforzar los patrones referenciales desde nuestra realidad. El éxito no radica en la exclusión de espacios, sino en reforzar los nuestros. Avancemos en formar en nuestra gente la capacidad de discernir la basura, el
enlatado, de lo que realmente tiene calidad. Los pequeños espacios son definitorios. La cuenta es clara, en ellos llegamos a la mayoría.
Las conferencias, los seminarios, son un escalón, no serán nunca el fin. Hay que potenciar, incluso, la bilateralidad en las discusiones. Todos deben sentir su espacio. La profundidad, el ir a las raíces se gana en lo cotidiano.
Este Congreso ha sido una encarnación de cubanía, un Congreso multirracial, multinacional, un Congreso diverso, como debe ser, porque lo homogéneo, lo lineal, lo inamovible, no es revolucionario. Nos lo enseñó Fidel, siendo el principal guía y el crítico mayor de nuestra obra. El aporte grande de la Revolución es la participación, con insuficiencias y errores, pero sin excluidos. Sí, es muy fácil para los imperialistas separar un espacio de aparente participación, que lo disfrutan los propios beneficiarios del sistema, un espacio mínimo, porque el mal de fondo existe ahí, no se construye en colectivo.
Segunda referencia a la cubanía. Somos patriotas porque la Patria está por encima de todo, porque nuestro himno es muy cubano y no fue un engendro artificial soplado del Norte o del Este; porque Céspedes pensó una Cuba libre de España y de cualquier potencia antes de conocer las preclaras doctrinas de Marx; porque le hemos dado al mundo hombres de ingenio y talento y debemos seguir haciéndolo. En ello pesa mucho la universidad, por eso hace falta una universidad sea sede municipal o central, que sea rica o atractiva, que invite cada vez más a quedarse en ella. Es la universidad una fragua de espíritus.
Estimulemos el rigor, consolidemos el compromiso desde el conocimiento. Cuba sigue siendo necesaria para el mundo, pero el panorama de las fuerzas de izquierda cambia, se avanza en Latinoamérica y nosotros podemos aportar mucho. Para ellos hay que estudiar más, hay que trabajar más, hay que desarrollarse más.
Resulta paradójico que uno de los debates más amplios sobre el discurso del Comandante en la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre, se diera en Rebelión, una revista digital, en el exterior.
Por orgullo sano no puede arrebatarse del ambiente universitario, de la brigada, el parque, la casa…, una discusión que es nuestra, dura, aguda, diversa, incómoda, pero útil, necesaria e incluso, vital. Sería de mucho impacto estimular en nuestros medios debates que se alejen de lo fenoménico, del mero reporte a veces y potenciar más la reflexión, como existen algunos y es bueno. La gente se identifica con eso.
Con seguridad nosotros lo asumimos, el Congreso nos enseña, hace aflorar nuestros errores, nos ha educado en escuchar y en reconocer, públicamente, cuándo nos equivocamos. Eso no disminuye a ningún revolucionario, lo prestigia. Con el sano orgullo de sabernos revolucionarios, sin ningún complejo, ratificamos que la FEU capitalina, como de seguro la de Cuba, seguimos siendo una FEU de Patria o Muerte y victoria.
Tomado de Alma Mater
Cuba en ser surge en el ánimo de exaltar la «Revolución de la reflexión», canto a la crítica, la razón, las ideas, la verdad, lo diverso, lo plural, lo auténtico, lo genuino. Una mirada de izquierda objetiva y plural, un espacio para intercambiar y aprender.
viernes, 22 de diciembre de 2006
domingo, 17 de diciembre de 2006
Agua al dominó
Por Gaudencio Rodríguez
No sé por qué debemos pensar que La Diferencia marca precisamente una diferencia. No sé por qué debemos ubicarnos en una pretendida esquina de la fama o por qué debemos sentir que unas noches son mejores que otras. No sé por qué abundan ahora los buenos cantantes y sin embargo no lo son.
Hace poco, exactamente el 27 de septiembre, en la fiesta de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), di mi opinión acerca de las telenovelas mexicanas que se alquilan, de la música que se promociona en la radio y la televisión. Una vecina defendió mucho de esto. Lo que lamento es que no entendía mi punto de vista de que, de alguna manera, esas manifestaciones eran un producto con el único fin de anular el modo más eficiente de pensar que es pensar por cabeza propia. Le dije que nadie puede interferir en el gusto de los demás. Y en la conversación le señalé que “el enemigo tiene formas muy sutiles de atacar” y en la música, la televisión y el cine tenían las armas más dañinas. La compañera se alarmó con la frase.
En el espacio de un día actos banales, incongruencias y mal gusto. Voy a citar a Omar Valiño: “Si toda la música que ponen en los espacios fuera orientada por directiva tal vez ya no pusieran la misma música en todas partes”. Creo que lo cité mal pero algo de eso dijo.
Toda la diferencia que queremos, que necesitamos, es la diferencia que nos permite ver lo otro, lo que no es común. Porque tenemos que conocer todo. ¿Cuánto ya no conocemos de nosotros? ¿Cuánto hemos perdido? ¿Cuánto hemos hallado y cuánto no se da a conocer de lo hemos hallado?
Hay que ver elementos del gusto. Hay que ver las construcciones sociales, las subalternidades culturales. Pero mi conocimiento de la marginalidad me permite reconocer riquezas culturales que hay entre nosotros.
Pienso en la rumba que se baila en el barrio de La Marina en Matanzas. Como ejemplo a tener en cuenta, se escucha y se baila rumba: nunca, o casi nunca, he oído reguetón. Pienso en el bolero, tan sutil, y cómo gusta; pero Noelia o cualquier otro se inserta como un cáncer en la radio y la televisión. (A veces me pregunto cuánto ganamos por establecer modos frívolos, nada diferentes, en el universo de la sensiblería cubana) Hay un daño a nuestro imaginario, a nuestra manera de construir una patria íntima que además de Martí y Maceo, Mella y Frank País, Fidel; también tiene a Julián del Casal, Bola de Nieve, Sindo Garay, Miguel Matamoros, Juan Formell, Silvio Rodríguez, Fina García–Marruz, Cintio Vitier, Julio García Espinosa, Roberto Fernández Retamar, Harold Gramatges. Una patria íntima que tiene a Yoandri Garlobo y Carlos Tabares, Víctor Mesa y Antonio Pacheco, Stevenson y Savón, Lázaro Bruzón y Leinier Domínguez, Santiago “Changa” Mederos y El “Niño” Linares, Industriales y Santiago. Una patria que tiene a mi hijo y a los hijos de los demás, y que temo no reconozcan en el futuro estos nombres.
Tomado de Caimán Barbudos
No sé por qué debemos pensar que La Diferencia marca precisamente una diferencia. No sé por qué debemos ubicarnos en una pretendida esquina de la fama o por qué debemos sentir que unas noches son mejores que otras. No sé por qué abundan ahora los buenos cantantes y sin embargo no lo son.
Hace poco, exactamente el 27 de septiembre, en la fiesta de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), di mi opinión acerca de las telenovelas mexicanas que se alquilan, de la música que se promociona en la radio y la televisión. Una vecina defendió mucho de esto. Lo que lamento es que no entendía mi punto de vista de que, de alguna manera, esas manifestaciones eran un producto con el único fin de anular el modo más eficiente de pensar que es pensar por cabeza propia. Le dije que nadie puede interferir en el gusto de los demás. Y en la conversación le señalé que “el enemigo tiene formas muy sutiles de atacar” y en la música, la televisión y el cine tenían las armas más dañinas. La compañera se alarmó con la frase.
En el espacio de un día actos banales, incongruencias y mal gusto. Voy a citar a Omar Valiño: “Si toda la música que ponen en los espacios fuera orientada por directiva tal vez ya no pusieran la misma música en todas partes”. Creo que lo cité mal pero algo de eso dijo.
Toda la diferencia que queremos, que necesitamos, es la diferencia que nos permite ver lo otro, lo que no es común. Porque tenemos que conocer todo. ¿Cuánto ya no conocemos de nosotros? ¿Cuánto hemos perdido? ¿Cuánto hemos hallado y cuánto no se da a conocer de lo hemos hallado?
Hay que ver elementos del gusto. Hay que ver las construcciones sociales, las subalternidades culturales. Pero mi conocimiento de la marginalidad me permite reconocer riquezas culturales que hay entre nosotros.
Pienso en la rumba que se baila en el barrio de La Marina en Matanzas. Como ejemplo a tener en cuenta, se escucha y se baila rumba: nunca, o casi nunca, he oído reguetón. Pienso en el bolero, tan sutil, y cómo gusta; pero Noelia o cualquier otro se inserta como un cáncer en la radio y la televisión. (A veces me pregunto cuánto ganamos por establecer modos frívolos, nada diferentes, en el universo de la sensiblería cubana) Hay un daño a nuestro imaginario, a nuestra manera de construir una patria íntima que además de Martí y Maceo, Mella y Frank País, Fidel; también tiene a Julián del Casal, Bola de Nieve, Sindo Garay, Miguel Matamoros, Juan Formell, Silvio Rodríguez, Fina García–Marruz, Cintio Vitier, Julio García Espinosa, Roberto Fernández Retamar, Harold Gramatges. Una patria íntima que tiene a Yoandri Garlobo y Carlos Tabares, Víctor Mesa y Antonio Pacheco, Stevenson y Savón, Lázaro Bruzón y Leinier Domínguez, Santiago “Changa” Mederos y El “Niño” Linares, Industriales y Santiago. Una patria que tiene a mi hijo y a los hijos de los demás, y que temo no reconozcan en el futuro estos nombres.
Tomado de Caimán Barbudos
La Asociación Hermanos Saíz: Vanguardia juvenil de la cultura.
Por Leopoldo Luis
Durante los días 15 y 16 de diciembre del pasado año tuvo lugar la sesión plenaria del Consejo Nacional Ampliado de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) Fueron días de intenso debate, cruce de ideas, durante los cuales los jóvenes llevaron la voz cantante.
Alina Alarcón, vicepresidenta nacional de la organización, abogó porque la Asociación trascienda su espacio natural, la Casa del Joven Creador, para ir a interactuar con sus propuestas a la comunidad.
Juan Carlos Travieso, realizador del Canal Habana, compartió sus inquietudes ante la diversidad de interpretaciones que se hacen de nuestra política cultural, apuntando: “Hay que acabar de definir qué es lo que le conviene a nuestra cultura: ¿Le hacemos culto a Hollywood o a las producciones del patio? ¿Por qué no enfrentar la realidad que muestran nuestras obras audiovisuales?”
El poeta matancero Gaudencio Rodríguez concedió especial importancia al hecho de que las nuevas generaciones no pierdan de vista a los intelectuales y artistas que han dado cuerpo a nuestra cultura y —que sin embargo— están tan distantes de ellas, “porque no hemos podido convertirlos en sus ídolos”.
La preocupación en torno al rap y el tratamiento institucional que el género recibe, encontró espacio en la voz de Edgar González.
El investigador y crítico Omar Valiño está convencido de que una de las maneras más efectivas de combatir la recolonización cultural es “movilizar las reservas morales y espirituales que todavía conservan esos jóvenes, a quienes no hemos sido capaces de presentar opciones culturales auténticas y atractivas”.
No obstante, en opinión del poeta y dramaturgo Norge Espinosa, los asociados no deberán erigirse en jueces por ninguna circunstancia, sin antes haberse mirado por dentro. Y se preguntaba al respecto: “¿Es que el mal gusto, el kitsch y la banalidad no se han instalado también entre nosotros?”
Julio Martínez, Primer Secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), ratificó que esa organización juvenil necesita más que nunca de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), la misma “que estos 20 años ha demostrado su valía y su apego incondicional a la Revolución”.
Por último, Abel Prieto, Ministro de Cultura, dejó en claro que nuestra política cultural no está encaminada a evitar la crítica, si no que por el contrario, esta es imprescindible. “Lo extranjerizante, el gusto por lo proyanqui se ha ido expandiendo en el ambiente como un virus. Por tanto, el camino que nos salvará debe llevarnos hacia un pensamiento de vanguardia en el campo de la cultura, un pensamiento antiimperialista, desde la identidad y el compromiso con la Revolución y la Patria”, aseveró en aquella ocasión.
Este dossier que El Caimán Barbudo ha preparado, incluye algunas de las medulares intervenciones con que los jóvenes creadores se situaron a la vanguardia de la reflexión en torno a la cultura cubana y sus cauces presentes y futuros.
Tomado de Caimán Barbudo
Durante los días 15 y 16 de diciembre del pasado año tuvo lugar la sesión plenaria del Consejo Nacional Ampliado de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) Fueron días de intenso debate, cruce de ideas, durante los cuales los jóvenes llevaron la voz cantante.
Alina Alarcón, vicepresidenta nacional de la organización, abogó porque la Asociación trascienda su espacio natural, la Casa del Joven Creador, para ir a interactuar con sus propuestas a la comunidad.
Juan Carlos Travieso, realizador del Canal Habana, compartió sus inquietudes ante la diversidad de interpretaciones que se hacen de nuestra política cultural, apuntando: “Hay que acabar de definir qué es lo que le conviene a nuestra cultura: ¿Le hacemos culto a Hollywood o a las producciones del patio? ¿Por qué no enfrentar la realidad que muestran nuestras obras audiovisuales?”
El poeta matancero Gaudencio Rodríguez concedió especial importancia al hecho de que las nuevas generaciones no pierdan de vista a los intelectuales y artistas que han dado cuerpo a nuestra cultura y —que sin embargo— están tan distantes de ellas, “porque no hemos podido convertirlos en sus ídolos”.
La preocupación en torno al rap y el tratamiento institucional que el género recibe, encontró espacio en la voz de Edgar González.
El investigador y crítico Omar Valiño está convencido de que una de las maneras más efectivas de combatir la recolonización cultural es “movilizar las reservas morales y espirituales que todavía conservan esos jóvenes, a quienes no hemos sido capaces de presentar opciones culturales auténticas y atractivas”.
No obstante, en opinión del poeta y dramaturgo Norge Espinosa, los asociados no deberán erigirse en jueces por ninguna circunstancia, sin antes haberse mirado por dentro. Y se preguntaba al respecto: “¿Es que el mal gusto, el kitsch y la banalidad no se han instalado también entre nosotros?”
Julio Martínez, Primer Secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), ratificó que esa organización juvenil necesita más que nunca de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), la misma “que estos 20 años ha demostrado su valía y su apego incondicional a la Revolución”.
Por último, Abel Prieto, Ministro de Cultura, dejó en claro que nuestra política cultural no está encaminada a evitar la crítica, si no que por el contrario, esta es imprescindible. “Lo extranjerizante, el gusto por lo proyanqui se ha ido expandiendo en el ambiente como un virus. Por tanto, el camino que nos salvará debe llevarnos hacia un pensamiento de vanguardia en el campo de la cultura, un pensamiento antiimperialista, desde la identidad y el compromiso con la Revolución y la Patria”, aseveró en aquella ocasión.
Este dossier que El Caimán Barbudo ha preparado, incluye algunas de las medulares intervenciones con que los jóvenes creadores se situaron a la vanguardia de la reflexión en torno a la cultura cubana y sus cauces presentes y futuros.
Tomado de Caimán Barbudo
sábado, 16 de diciembre de 2006
Preguntas a la Televisión
Por Juan Carlos Travieso Fajardo
Me gustaría aclarar que tengo sobre la televisión una mirada crítica, sí, pero mis palabras no salen de la boca para afuera, salen del alma de un joven que ama la TV como medio expresivo; un joven que ama la televisión porque desde los 8 años estoy en ella de una forma u otra, y ya casi tengo 35 años, por lo tanto son casi treinta años de mi vida dedicados al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) —imaginen… de San José de las Lajas a La Habana para trabajar todos los días—, eso no lo puede engendrar otra cosa que un amor muy fuerte por lo que hago y una pasión que no permite entender ni aceptar a los que con su facilismo y mediocridad la aplastan y la hacen menor. A ellos van mis reflexiones, no a los que con talento la fundan.
Considero que una de las cosas que tienen que definir, de una vez y por todas, la Televisión y los organismos competentes es ¿hacia dónde va la política cultural de los medios en Cuba? Debe definirse por el bien de este país y el futuro de las nuevas generaciones qué es lo que conviene que se pase o no por la Televisión. ¿Hasta qué punto es preferible continuar el culto al mal cine de Hollywood todos los días y a toda hora, o de una vez y por siempre aceptar que se pasen por nuestra TV las producciones cubanas de cine? Algunas películas cubanas, convertidas incluso en clásicos del cine contemporáneo latinoamericano, y que para nuestros medios audiovisuales no existen.
¿Acaso hay miedo de enfocar nuestras realidades?, pregunto. ¿Por qué? Y me encantaría conocer la respuesta si es que alguien la tiene.
¿Hasta dónde es preferible continuar exhibiendo los documentales enajenantes que sobre animalitos y extraterrestres continúan produciendo “con toda intención” los medios globalizados y neoliberales? ¿Por qué no se aceptan los tantos documentales realizados en Cuba que intentan una mirada crítica de nuestra realidad? El propósito de estas obras y sus jóvenes realizadores como yo, no se limita solo a la crítica, son un llamado de alerta, son generalmente un dedo puesto en la herida para que la Revolución no se desangre.
Me pregunto: ¿Si ese es el espíritu de esas obras, si ese es el espíritu de sus realizadores, por qué no se pasan por la televisión? Pero voy más allá… ¿por qué no tienen (aunque sea) una proyección constante en salas de video o de cine en nuestro país?
Existe, sí, una muestra Nacional de Nuevos Realizadores convertida con el pasar de los años en el único lugar que legitimiza esas obras, pero las legitimiza solo para la capital en esos 3 o 4 días que dura la muestra; el resto del país y del año, esas obras no se conocen. ¿Por qué no garantizar su exhibición en cada provincia?
Son aspectos que deben estudiarse y definirse. Hay que encontrar espacios, porque con esas obras y la reflexión sobre nuestra realidad que en ellas se muestra no pretendemos los jóvenes realizadores destruir la Revolución, al contrario, queremos fortalecerla.
Durante los debates en comisiones de este Consejo y las intervenciones de los delegados e invitados, traté de entender mejor lo que pasa con los programas musicales en la televisión. Entiendo los pasos que se están dando, pero deben apresurarse los resultados, porque cada minuto que pasa provoca un daño irreversible y destruye en segundos los valores forjados durante tantos años.
Recomiendo a la dirección de los medios que nos representan, pensar que el arte es por sí mismo revolucionario y que mientras sea arte lo que propongamos, será revolución lo que estemos defendiendo.
Lo inaceptable es que programas como el de Alfredito Rodríguez (copia de la copia) vuelvan cada año a la pantalla en espacios, días y horarios privilegiados. Pero me duele más que en los propios debates se intentó utilizar ese programa como material de estudio, y nadie se hizo eco, nadie explicó como proyectos así llegan a la pantalla. Nadie quiso enfrentar o asumir públicamente cuál es la causa de tantos horrores repetidos. No olvidemos que el silencio otorga. Y no es convertir el mito de Alfredito en el centro de nuestras reflexiones, ese no es más que un ejemplo, entre tantos que tiene la televisión incluso peores.
Por último, algunos apuntes a tener en cuenta… Hay que potenciar la superación del personal de nuestros medios. Hay que aumentar su nivel técnico y profesional. Hay que amar lo que se hace en la Televisión.
Hay que proponerse cambiar las formas, acabar con las metas. La Televisión no puede seguir como un medidor de tareas. Hay que balancear mejor las cosas y propiciar la diversidad racial, musical y genérica. La Televisión no puede ser para todos a la vez, hay que segmentar más la programación, porque los programas y mensajes para todos, está demostrado, no llegan a nadie.
Creo que solo con buenos resultados en la pantalla, hoy lograremos que los jóvenes se interesen en la televisión para hacerla mejor mañana.
Muchas gracias.
Me gustaría aclarar que tengo sobre la televisión una mirada crítica, sí, pero mis palabras no salen de la boca para afuera, salen del alma de un joven que ama la TV como medio expresivo; un joven que ama la televisión porque desde los 8 años estoy en ella de una forma u otra, y ya casi tengo 35 años, por lo tanto son casi treinta años de mi vida dedicados al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) —imaginen… de San José de las Lajas a La Habana para trabajar todos los días—, eso no lo puede engendrar otra cosa que un amor muy fuerte por lo que hago y una pasión que no permite entender ni aceptar a los que con su facilismo y mediocridad la aplastan y la hacen menor. A ellos van mis reflexiones, no a los que con talento la fundan.
Considero que una de las cosas que tienen que definir, de una vez y por todas, la Televisión y los organismos competentes es ¿hacia dónde va la política cultural de los medios en Cuba? Debe definirse por el bien de este país y el futuro de las nuevas generaciones qué es lo que conviene que se pase o no por la Televisión. ¿Hasta qué punto es preferible continuar el culto al mal cine de Hollywood todos los días y a toda hora, o de una vez y por siempre aceptar que se pasen por nuestra TV las producciones cubanas de cine? Algunas películas cubanas, convertidas incluso en clásicos del cine contemporáneo latinoamericano, y que para nuestros medios audiovisuales no existen.
¿Acaso hay miedo de enfocar nuestras realidades?, pregunto. ¿Por qué? Y me encantaría conocer la respuesta si es que alguien la tiene.
¿Hasta dónde es preferible continuar exhibiendo los documentales enajenantes que sobre animalitos y extraterrestres continúan produciendo “con toda intención” los medios globalizados y neoliberales? ¿Por qué no se aceptan los tantos documentales realizados en Cuba que intentan una mirada crítica de nuestra realidad? El propósito de estas obras y sus jóvenes realizadores como yo, no se limita solo a la crítica, son un llamado de alerta, son generalmente un dedo puesto en la herida para que la Revolución no se desangre.
Me pregunto: ¿Si ese es el espíritu de esas obras, si ese es el espíritu de sus realizadores, por qué no se pasan por la televisión? Pero voy más allá… ¿por qué no tienen (aunque sea) una proyección constante en salas de video o de cine en nuestro país?
Existe, sí, una muestra Nacional de Nuevos Realizadores convertida con el pasar de los años en el único lugar que legitimiza esas obras, pero las legitimiza solo para la capital en esos 3 o 4 días que dura la muestra; el resto del país y del año, esas obras no se conocen. ¿Por qué no garantizar su exhibición en cada provincia?
Son aspectos que deben estudiarse y definirse. Hay que encontrar espacios, porque con esas obras y la reflexión sobre nuestra realidad que en ellas se muestra no pretendemos los jóvenes realizadores destruir la Revolución, al contrario, queremos fortalecerla.
Durante los debates en comisiones de este Consejo y las intervenciones de los delegados e invitados, traté de entender mejor lo que pasa con los programas musicales en la televisión. Entiendo los pasos que se están dando, pero deben apresurarse los resultados, porque cada minuto que pasa provoca un daño irreversible y destruye en segundos los valores forjados durante tantos años.
Recomiendo a la dirección de los medios que nos representan, pensar que el arte es por sí mismo revolucionario y que mientras sea arte lo que propongamos, será revolución lo que estemos defendiendo.
Lo inaceptable es que programas como el de Alfredito Rodríguez (copia de la copia) vuelvan cada año a la pantalla en espacios, días y horarios privilegiados. Pero me duele más que en los propios debates se intentó utilizar ese programa como material de estudio, y nadie se hizo eco, nadie explicó como proyectos así llegan a la pantalla. Nadie quiso enfrentar o asumir públicamente cuál es la causa de tantos horrores repetidos. No olvidemos que el silencio otorga. Y no es convertir el mito de Alfredito en el centro de nuestras reflexiones, ese no es más que un ejemplo, entre tantos que tiene la televisión incluso peores.
Por último, algunos apuntes a tener en cuenta… Hay que potenciar la superación del personal de nuestros medios. Hay que aumentar su nivel técnico y profesional. Hay que amar lo que se hace en la Televisión.
Hay que proponerse cambiar las formas, acabar con las metas. La Televisión no puede seguir como un medidor de tareas. Hay que balancear mejor las cosas y propiciar la diversidad racial, musical y genérica. La Televisión no puede ser para todos a la vez, hay que segmentar más la programación, porque los programas y mensajes para todos, está demostrado, no llegan a nadie.
Creo que solo con buenos resultados en la pantalla, hoy lograremos que los jóvenes se interesen en la televisión para hacerla mejor mañana.
Muchas gracias.
De espaldas a la cultura
Por Natacha Cabrera
¿Por qué los medios de difusión parecen estar trabajando en la promoción de la música, de espaldas a la política cultural del país?
El Comandante en Jefe nos decía, hace ya un año, que la Revolución es invulnerable en el terreno militar, pero no en el terreno político. En ese sentido, a los jóvenes creadores nos queda claro la importancia de la cultura como elemento indispensable para preservar la Revolución, así como también el papel que nos corresponde como vanguardia estética, como pensadores de la vida y la obra cultural; y en el caso de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), además, como gestora de acciones encaminadas a profundizar en nuestras esencias desde la obra misma de los más noveles artistas.
En cuanto a la promoción de la música en los medios, sencillamente parece que existieran dos estrategias trazadas. Una de ellas encaminada a preservar lo más valedero de la historia musical cubana, y no solo a su preservación, sino también a una educación del gusto de nuestro pueblo por esta zona, que es, sin duda, la más rica y representativa de nuestra identidad, y otra para tirar por la borda estos propósitos.
Primeramente nos preguntaremos al estilo de Matamoros: ¿de donde son los cantantes?
El músico que procede del Sistema Nacional de la Enseñanza Artística, cumple su servicio social y pasa a la vida profesional mediante las empresas, agencias y Centros Provinciales de la Música, con sus correspondientes evaluaciones.
Cuando el músico es empírico (que es la mayoría de los casos de rockeros, raperos y trovadores) transita por un sinnúmero de avatares que lo llevan frecuentemente de la membresía de la Asociación Hermanos Saiz (AHS), a la protección, evaluación e inclusión en el catálogo del Instituto Cubano de la Música (ICM).
En ambos casos la promoción de estos proyectos queda en manos de un personal inexperto, desinformado y, por lo tanto, no apto para esta tarea, que trabaja (si podemos decir que lo hace) en estas agencias, centros y empresas. Realmente todo este mecanismo funciona, en lo cual reconocemos el empeño sistemático del ICM y sus dependencias, solo que con —además de estos— otros inconvenientes.
El músico tiene en la vida profesional tres destinos bastante frecuentes: el convertirse en profesor del Sistema de la Enseñanza Artística, en un músico de sopa (que sabemos lo que significa) o el tercero y más complejo que consiste en luchar por una ubicación en la preferencia de un público afín a su género, estilo de creación e interpretación. Este último tendrá aspiraciones lógicas de llegar a uno o varios puntos culminantes dentro de su carrera de creador que es, por supuesto, “el disco” y que necesita de un aparato promotor que confronte y solidifique su obra.
La música en el mundo entero es una industria de discos que utiliza videos clip y conciertos como medios de promoción. Es un mercado muy cruel, propio de una sociedad de consumo, en la cual no importa mucho el valor o la autenticidad de un producto musical, sino la cantidad de copias que sea capaz de vender. En Cuba, el gobierno revolucionario, bloqueado y permanentemente asediado, subvenciona la cultura y, claro está, que la participación nuestra en ese mercado, monopolizado por unos pocos, es mínima, lo cual no garantiza una factibilidad económica y sin embargo no impide que, con notables esfuerzos, el disco de música cubana de producción nacional sea un hecho.
A pesar de ello, a las disqueras, a las cuales “supuestamente” se accederá con una obra establecida, que será protegida como patrimonio cultural de la isla a través de la grabación, junto a los buenos, van a parar proyectos discográficos de pésima calidad que no solo consumen el presupuesto que pudiera ser utilizado en otros más apreciables, sino que jerarquizan ese producto, pues detrás vendrá el consecuente video clip (en lo cual hay que reconocer la importancia de Lucas como estímulo a este tipo de creación audiovisual, sin dejar de criticar el nocivo espectáculo que ofrece copiando códigos y expresiones extranjeras) y los conciertos, que serán elevados a su máxima expresión por nuestros medios.
Esto, por supuesto, sucede también sin que para ello medie producción discográfica alguna, basta con la aprobación (que ojalá podamos achacar siempre al mal gusto y no a otras causas de peores naturalezas) por parte de algún sesudo director de radio o televisión y sucederá el milagro de la popularización de lo peor del supuesto quehacer de los músicos cubanos, invadiendo los espacios estelares, muchos de estos plagados de frivolidades, culto a lo foráneo y amarillismos de todo tipo, favoreciendo a los intereses de colonización cultural y seducción ideológica de nuestro enemigo histórico y restando el espacio que hace años creemos ganado para la promoción de los valores imprescindibles a nuestros propósitos, al propósito de todos los que estamos aquí y del cual parte este análisis, cuyo objetivo es salvaguardar la cubanía como único medio de defender la Revolución, de defenderla de desaparecer, pero también de ser desvirtuada con la exportación de una falsa imagen de nuestra cultura.
De ahí la urgencia de, no solo una revisión de todo lo que se relaciona con la promoción de la música en nuestros medios, sino de la toma inmediata de medidas coherentes al respecto de lo que la Asociación Hermanos Saiz ha estado diciendo por años y que sentimos está siendo escuchado con gran atención. Alguien decía en la mañana de ayer: … todo debe ser revisado … y es cierto. Frente a la banalización y la nulidad del pensamiento, se hace cada día más necesario alistarnos en una vanguardia, no solo artística y literaria sino también en una vanguardia de la creación del presente y el futuro.
Quiero además citar una reflexión martiana muy a tono con esta asamblea: “(…) Toda nación debe tener un carácter propio y especial. ¿Hay vida para los ingenios patrios en una escena ocupada siempre por débiles o repugnantes creaciones extranjeras? (…) Una nación ha de querer que los elementos que la forman sean estables, sanos y grandiosos, y vengan de fuentes limpias y constantes, que corran a la luz, para que se pueda ver cuando se enturbian y acudir en sazón a purificarla (…)”
¿Por qué los medios de difusión parecen estar trabajando en la promoción de la música, de espaldas a la política cultural del país?
El Comandante en Jefe nos decía, hace ya un año, que la Revolución es invulnerable en el terreno militar, pero no en el terreno político. En ese sentido, a los jóvenes creadores nos queda claro la importancia de la cultura como elemento indispensable para preservar la Revolución, así como también el papel que nos corresponde como vanguardia estética, como pensadores de la vida y la obra cultural; y en el caso de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), además, como gestora de acciones encaminadas a profundizar en nuestras esencias desde la obra misma de los más noveles artistas.
En cuanto a la promoción de la música en los medios, sencillamente parece que existieran dos estrategias trazadas. Una de ellas encaminada a preservar lo más valedero de la historia musical cubana, y no solo a su preservación, sino también a una educación del gusto de nuestro pueblo por esta zona, que es, sin duda, la más rica y representativa de nuestra identidad, y otra para tirar por la borda estos propósitos.
Primeramente nos preguntaremos al estilo de Matamoros: ¿de donde son los cantantes?
El músico que procede del Sistema Nacional de la Enseñanza Artística, cumple su servicio social y pasa a la vida profesional mediante las empresas, agencias y Centros Provinciales de la Música, con sus correspondientes evaluaciones.
Cuando el músico es empírico (que es la mayoría de los casos de rockeros, raperos y trovadores) transita por un sinnúmero de avatares que lo llevan frecuentemente de la membresía de la Asociación Hermanos Saiz (AHS), a la protección, evaluación e inclusión en el catálogo del Instituto Cubano de la Música (ICM).
En ambos casos la promoción de estos proyectos queda en manos de un personal inexperto, desinformado y, por lo tanto, no apto para esta tarea, que trabaja (si podemos decir que lo hace) en estas agencias, centros y empresas. Realmente todo este mecanismo funciona, en lo cual reconocemos el empeño sistemático del ICM y sus dependencias, solo que con —además de estos— otros inconvenientes.
El músico tiene en la vida profesional tres destinos bastante frecuentes: el convertirse en profesor del Sistema de la Enseñanza Artística, en un músico de sopa (que sabemos lo que significa) o el tercero y más complejo que consiste en luchar por una ubicación en la preferencia de un público afín a su género, estilo de creación e interpretación. Este último tendrá aspiraciones lógicas de llegar a uno o varios puntos culminantes dentro de su carrera de creador que es, por supuesto, “el disco” y que necesita de un aparato promotor que confronte y solidifique su obra.
La música en el mundo entero es una industria de discos que utiliza videos clip y conciertos como medios de promoción. Es un mercado muy cruel, propio de una sociedad de consumo, en la cual no importa mucho el valor o la autenticidad de un producto musical, sino la cantidad de copias que sea capaz de vender. En Cuba, el gobierno revolucionario, bloqueado y permanentemente asediado, subvenciona la cultura y, claro está, que la participación nuestra en ese mercado, monopolizado por unos pocos, es mínima, lo cual no garantiza una factibilidad económica y sin embargo no impide que, con notables esfuerzos, el disco de música cubana de producción nacional sea un hecho.
A pesar de ello, a las disqueras, a las cuales “supuestamente” se accederá con una obra establecida, que será protegida como patrimonio cultural de la isla a través de la grabación, junto a los buenos, van a parar proyectos discográficos de pésima calidad que no solo consumen el presupuesto que pudiera ser utilizado en otros más apreciables, sino que jerarquizan ese producto, pues detrás vendrá el consecuente video clip (en lo cual hay que reconocer la importancia de Lucas como estímulo a este tipo de creación audiovisual, sin dejar de criticar el nocivo espectáculo que ofrece copiando códigos y expresiones extranjeras) y los conciertos, que serán elevados a su máxima expresión por nuestros medios.
Esto, por supuesto, sucede también sin que para ello medie producción discográfica alguna, basta con la aprobación (que ojalá podamos achacar siempre al mal gusto y no a otras causas de peores naturalezas) por parte de algún sesudo director de radio o televisión y sucederá el milagro de la popularización de lo peor del supuesto quehacer de los músicos cubanos, invadiendo los espacios estelares, muchos de estos plagados de frivolidades, culto a lo foráneo y amarillismos de todo tipo, favoreciendo a los intereses de colonización cultural y seducción ideológica de nuestro enemigo histórico y restando el espacio que hace años creemos ganado para la promoción de los valores imprescindibles a nuestros propósitos, al propósito de todos los que estamos aquí y del cual parte este análisis, cuyo objetivo es salvaguardar la cubanía como único medio de defender la Revolución, de defenderla de desaparecer, pero también de ser desvirtuada con la exportación de una falsa imagen de nuestra cultura.
De ahí la urgencia de, no solo una revisión de todo lo que se relaciona con la promoción de la música en nuestros medios, sino de la toma inmediata de medidas coherentes al respecto de lo que la Asociación Hermanos Saiz ha estado diciendo por años y que sentimos está siendo escuchado con gran atención. Alguien decía en la mañana de ayer: … todo debe ser revisado … y es cierto. Frente a la banalización y la nulidad del pensamiento, se hace cada día más necesario alistarnos en una vanguardia, no solo artística y literaria sino también en una vanguardia de la creación del presente y el futuro.
Quiero además citar una reflexión martiana muy a tono con esta asamblea: “(…) Toda nación debe tener un carácter propio y especial. ¿Hay vida para los ingenios patrios en una escena ocupada siempre por débiles o repugnantes creaciones extranjeras? (…) Una nación ha de querer que los elementos que la forman sean estables, sanos y grandiosos, y vengan de fuentes limpias y constantes, que corran a la luz, para que se pueda ver cuando se enturbian y acudir en sazón a purificarla (…)”
domingo, 22 de octubre de 2006
La biografía oficial de Fernando Martínez Heredia
La obra de Martínez Heredia es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas, de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser.
Prólogo al libro de Fernando Martínez Heredia, En el horno de los noventa
Antes de 1789 el editor de El contrato social, de Jean Jacques Rousseau, apenas había conseguido vender unas pocas docenas de sus ejemplares. La toma de la Bastilla le haría entonces el extraordinario favor de convertir al libro en objeto de culto, ante la necesidad de los nuevos ciudadanos de representarse el sentido del cambio y pensar sus consecuencias.
En Cuba, dos siglos después, la pérdida de referentes ideológicos dejada por el desplome del Muro de Berlín -generador de una crisis fundamental en la historia de la Revolución cubana- y de su cosmovisión, hizo el extraordinario favor de hacer ver en la posibilidad de "un estado nacional pensante" -como le llamaría Cintio Vitier-, la tabla de la salvación revolucionaria. Este proceso, iniciado en 1986 con el "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas", convocado por Fidel Castro en contra del curso político que estaban siguiendo los regímenes de Europa del Este, continuado por la convocatoria al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1991, sería sucedido durante la primera mitad de los noventa por revistas, centros de investigación, universidades y una zona del campo intelectual, en pos de debatir una renovación de la revolución que buscó fundamentar el socialismo sobre bases distintas a las que sostuvieron el modelo ideológico cubano entre 1971 y 1986, a esa altura en crisis terminal.
La posibilidad de pensar la revolución de un modo abierto entre posiciones revolucionarias diversas y con similar legitimidad, no se daba en Cuba desde la década de los sesenta del siglo xx: años de la puja por hacerse de un espacio propio en el concierto político internacional. Los análisis sobre el presente revolucionario y sus frutos intelectuales más trascendentes provinieron entonces en gran medida de la ciencia social foránea, mientras los productos de la reflexión sociológica cubana, que pudieron haber gestado un cuerpo de pensamiento socialista nacional de cara a su tradición y a su futuro, no alcanzaron los resultados esperables, al cancelarse, hacia inicios de la segunda década revolucionaria, el espacio de libertad, participación, espíritu científico y debate, consustanciales a la producción de conocimiento social, como consecuencia de la nueva inserción de Cuba en el contexto internacional. De este nuevo período, que duró hasta la segunda mitad de los ochenta, apenas existe libro que salvar de un naufragio -en el ámbito del pensamiento social-, salvo casos aislados de ensayos como Caliban, de Roberto Fernández Retamar, y Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier. El resultado proveniente de esa nueva coyuntura hacia el campo intelectual fueron unas ciencias sociales -por un lado- incapaces -y, por otro-, imposibilitadas de pensar y proyectar la revolución, amén de provocar la despolitización y el rechazo de una parte importante de la intelectualidad hacia el marxismo.
Pensar la revolución desde Cuba es la perspectiva que reinaugura la nueva coyuntura posterior a 1986, pero sobre todo, ya al interior de los noventa. Resultado de aquel "estado nacional pensante", además de lo publicado en revistas de la época, Cuadernos de Nuestra América, Temas, La Gaceta de Cuba y Contracorriente, apareció la primera edición, argentina, de En el horno de los noventa, compendio de ensayos de Fernando Martínez Heredia, junto a otros dos libros de intenciones similares: Resistencia y libertad, del propio Cintio Vitier, y Mirar a Cuba, de Rafael Hernández. Estas publicaciones recolocan en la discusión sobre la revolución, desde un enfoque nacional, heterodoxo y socialista, temas fundamentales de la tradición marxista, como el perfil del intelectual revolucionario, los problemas de la nación y el nacionalismo, y la naturaleza del socialismo y de la teoría marxista.
Aunque bien planteado, el enunciado de tales cuestiones arrojaba al menos dos graves problemas: La renovación que debía corresponder, según el dictum de lo generacional, a los noveles, vino en los noventa de manos de intelectuales formados en los años sesenta o con anterioridad a esa fecha, y en el campo de la literatura retornaron como cánones figuras de la década del cuarenta. Con ello, las ideas "más renovadoras" venían siendo discutidas desde los sesenta. Sin embargo, el balance colectivo de esa primera década revolucionaria -aquella en la que se definió el rumbo de la revolución y sus escenarios de futuro hasta hoy-, quedó pendiente en los noventa.
La personalidad y la historia
Fernando Martínez Heredia representa, como pocos de su generación, el límite de las definiciones que supone la década de los sesenta en Cuba: ni dogmático ni liberal; ni reformista ni ortodoxo. Militante del Movimiento 26 de Julio, graduado de Derecho, formado como profesor de Filosofía de modo emergente en la Escuela Raúl Cepero Bonilla; desde 1966 director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (disuelto en 1971), y director fundador de la revista Pensamiento Crítico en 1967 hasta su clausura en 1971, representa un ejemplar típico de intelectual orgánico de la revolución que, comme il faut, fuera en los sesenta un cuadro político e intelectual de toda confianza; en los setenta, un proscrito; en los ochenta, alguien de cuidado; y en los noventa, un intelectual herético y orgánico a la vez.
Ahora, para trascender el uso, ora vergonzante ora vicioso, de esa biografía y no servir más alegorías sobre ella, hay que alcanzar de una vez una conclusión sencilla: la biografía intelectual de Martínez Heredia, con sus posibilidades de expresión, ha tenido los marcos propios con que ha operado uno de los contenidos de la Revolución cubana: el ideal libertario, nacional, latinoamericano y tercermundista, anticolonial y anticéntrico, provisto así por un pensamiento crítico proyectado tanto hacia las estructuras de la dominación capitalista como hacia sí mismo, hacia sus propias formas de intelección y de manejo de la realidad. Los temas, los enfoques y las fechas que fueron integrando la trayectoria intelectual de Martínez Heredia después de 1971 -la publicada y conocida en Cuba-, dan cuenta de las posibilidades de ese tipo de pensamiento y de sus mudanzas: La educación superior cubana (1972), Los gobiernos de Europa capitalista (1977); Desafíos del socialismo cubano (1988); Che, el socialismo y el comunismo (1989) -libro con el cual ganó el Premio Extraordinario Casa de las Américas, hecho coincidente con la recuperación guevarista por parte de la ideología revolucionaria, que marchó al compás del "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas" iniciado en 1986-; y El corrimiento hacia el rojo (2001), primera antología de ensayos suyos que se publicara en el país.
Cuando la revolución es, en efecto, una denuncia esencial contra la vida vigente, casi nunca puede aspirar a otra estabilidad que a la de poder ver el amanecer del día siguiente: cada mañana está al borde del triunfo o del colapso. "He estado callado, sobre este tema, durante muchos años" -dijo Martínez Heredia sin encono, en paráfrasis de fray Luis de León-, cuando El Caimán Barbudo lo invitó a hablar en 1999 sobre la historia inicial de esa revista en los sesenta; después, ha resultado orador oficial en cuanto evento se ha celebrado en los últimos años.
Sin embargo, no hay "evolución" en este devenir, sino tres posibles corolarios: uno, del tipo romántico: "¡oh, vida de avatares, qué han hecho con él!"; el segundo, del tipo meliorista: "esos problemas corresponden a un pasado de contradicciones, definitivamente superado por el estadio presente"; y, el último, del tipo revolucionario: la vida de Fernando Martínez ha transitado, con todos sus eventos, "el curso que resulta normal para un intelectual revolucionario en un país en revolución".
Si se asume como un corolario revolucionario, el mutismo referido por Martínez Heredia implica dos negaciones y ninguna evolución: el rechazo a la actitud de Mirabeau, de negociar con la realeza al tiempo que se milita en la revolución; esto es, negarse a pactar con quienes requerían su biografía para hacerla servir a la narrativa de cómo el cadáver de la Revolución cubana fue sepultado en 1971 bajo la losa del CAME, y el rechazo a la doctrina del "he vivido" de Sieyés, la del silencio que busca ver pasar el tiempo, sobrevivir, y mudar la piel en cada estación del camino. Si la palabra y el silencio expresan lo mismo, no hay evolución: hay consecuencia. Toda la lucidez y la credibilidad de lo que dice hoy Martínez Heredia, y dice mucho, provienen de esa actitud; es la consecuencia que atraviesa su biografía lo que convierte en útil y práctico su pensamiento y no le da ocasión al anacronismo.
Una herejía oficial
Al mismo tiempo, esa conclusión confirma que la herejía de Martínez Heredia, hasta donde de veras ha sido, es la misma de la revolución, de la historia de cómo esta ha podido afirmar la autonomía de su proyecto en medio de las tensiones e impedimentos encontrados en caminos de hierro. De no ser así, Martínez Heredia solo podría ser considerado un hereje por aquellos que entienden la crítica como algo externo al pensamiento -idea que proviene tanto de la ignorancia como de la regimentación del saber- y no como la tarea de revelar lo constituyente de la realidad, de la estructura de lo social a través del examen del poder que lo instaura. Trayectorias intelectuales como la de Martínez Heredia ejemplifican cómo el pensamiento crítico no puede aspirar a ser herético, sino únicamente a ser naturaleza en el contexto de una cultura del socialismo. A su vez, el autor de En el horno de los noventa puede ser considerado oficialista solamente por aquella visión empobrecedora y autoritaria sobre la política, que considera a la intelectualidad, al Estado, a la sociedad civil, al Partido y a las organizaciones de diverso signo como un todo sin discernimientos, una masa compacta en que todo es lo mismo.
Nada hay nuevo bajo el sol. Si Marx, y Heine antes que él, calificó a Kant de "filósofo de la Revolución francesa", fue porque este pensó la revolución mientras los franceses la hacían. El tipo de intelectual que el sabio de Königsberg personifica, de vida contemplativa y sometido a los rigores del ascetismo y el celibato, son contrarios al ideal revolucionario, a la plaza de excesos que constituye una revolución. El temperamento agónico de Rousseau, su paranoia, su carácter intempestivo e insoportable, tienen tanto que ver con el uso que de él hizo la Revolución francesa, como sus ideas acerca de la Constitución de Córcega o sobre el gobierno de Polonia.
Luego entonces, las facetas de profesor y cuadro político, trabajador de la industria azucarera, diplomático y subversivo, investigador a tiempo completo, "nuestro hombre en La Habana" de los foros sociales internacionales, y las cualidades de "hereje" y "oficialista" que integran la biografía de Fernando Martínez, forman parte de su pensamiento tanto como sus ensayos, y forman parte por igual del uso que las lecturas sobre la revolución pueden hacer de su obra.
La obra de Martínez Heredia, por ello, y no a pesar de ello, compone un resultado típico de la Revolución cubana. Ella expresa sus afirmaciones y contradicciones, sus avances y sus límites, todas sus audacias y también sus prevenciones. Pertenece a la revolución tanto como cualquier otra de sus múltiples realizaciones. Es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas "como si fuesen las llaves de la casa del espíritu", de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser.
No obstante, un marxista ortodoxo
Con todo, su pensamiento, más que su "ensayismo", no goza del seguimiento que debiera; pero tampoco conservan hoy en Cuba su antiguo esplendor el marxismo, el pensamiento crítico y las perspectivas de conocimiento latinoamericanas y tercermundistas. En 1789, Camilo Desmoulins dijo que los republicanos de París no llegaban a diez. No es posible saber cuántos intelectuales se dedican hoy en la Isla a los problemas de investigación que ocupan el tiempo de Fernando Martínez, aunque sí es notorio que la ortodoxia marxista que él entraña no es central en las perspectivas con que se interpretan los problemas de Cuba y América Latina desde la atalaya política e intelectual que es una revolución.
Ahora, esa ortodoxia marxista desde cuyo punto de vista puede considerarse a Trotsky el último gran ortodoxo del marxismo -que es la recurrencia a los temas y enfoques clásicos de esta filosofía y no la mal llamada ortodoxia marxista de prosapia soviética-, ¿por qué habría de ser central en los análisis cubanos para interpretar los problemas del mundo de hoy? Después de los marxismos "histórico", "estructural", "analítico", "de la elección racional", "de orientación empírica", "hegeliano", del "neo" y el "posmarxismo", entre tantas tendencias, mucho se ha recreado esa doctrina como para proseguir de aquellos modos.
Sin embargo, el enfoque sostenido por Martínez Heredia muestra que hay temas en los que el abandono de la perspectiva "ortodoxa", en lugar de provocar adelantos teóricos, provoca rendiciones intelectuales e incapacidad de comprender. En esa línea, la misma de otros marxistas que le son cercanos, como Pablo González Casanova, Atilio Boron, Emir Sader, o Jorge Luis Acanda y Desiderio Navarro, en Cuba, se encuentra el tratamiento de temas tan centrales como el del imperialismo, el poder, y el Estado.
Del sentido común
Martínez Heredia tituló uno de sus primeros ensayos "El ejercicio de pensar" y, por lo que subraya, pudiera ser ese el título de su obra toda. Decía Kant, que cuando la teoría no sirve a la práctica, no significa que la teoría sea inútil, sino que no hay teoría bastante: es necesaria más (y mejor) teoría para que resulte útil. Con su ejercicio intelectual, Martínez Heredia pone en primer plano una dificultad grave de la producción ideológica contrahegemónica al capitalismo: la necesidad de pensar y de hacerlo teóricamente, pero también la de conectar esa reflexión con el ámbito de la formación del sentido común y de la toma de decisiones a nivel individual.
El interés de Fernando Martínez en los debates pedagógicos de los primeros años de la Rusia soviética; en las ideas de Trotsky sobre la vida cotidiana de los obreros; en las prácticas políticas de Lenin y en "cada papelito que escribió después de 1917"; en los hábitos de los soldados de Che Guevara, una vez posesionados de la fortaleza de La Cabaña; en la reproducción ideológica de los límites aceptables de la vida cotidiana bajo el capitalismo, entiende bien aquella idea de Gramsci según la cual el nivel más alto de producción intelectual es la ideología; el más bajo, el folclor, y que en el medio, para relacionarlos, está el sentido común.
En esta cuestión -que no es producto exclusivo del pensar marxista, pues ya David Hume hablaba de un mundo culto como la norma intelectual más alta y del mundo de la conversación como la más baja, proponiéndose él mismo, astutamente, como mediador entre ambos- se encuentra el territorio decisivo de lucha por la hegemonía, allí donde se aprende a desear y a rechazar. Así concebida, es una verdad comprensible, pero tiene el difícil corolario de hacer vincular en los hechos la ideología socialista con los medios de masas, las universidades con las revistas, los centros de investigación con los periódicos, en pos de una cultura que se haga cuerpo en la arquitectura mental de las personas.
El contexto cubano de 2005 es bien distinto al de los noventa. Hay más lectores hoy en Cuba para un nuevo Contrato social. Nadie ha invocado "un estado nacional pensante", pero tampoco hay nada que se parezca a pobreza en el campo intelectual del país. Existe una fuerte tensión entre la realidad de desarrollo intelectual y de crecimiento exponencial del número de los "intelectuales" y las posibilidades reales de expresarse, participar y decidir en los diversos ámbitos de la vida del país, que deben también reproducirse y ampliarse en la misma escala. En el horno de los noventa alumbra esa y otras tensiones.
Esta segunda edición -primera en Cuba- a la altura de 2005, no tiene pudor en mostrar las limitaciones del libro: cierta desactualización teórica, algunas repeticiones y el hecho de que varios de sus trabajos, derivados de charlas y conferencias, no muestran la buena pluma y contundente concisión del autor. Sin embargo, es un documento hacia el futuro: aspira a contribuir a entender la revolución, a fijar el pasado en las coordenadas de cómo los cubanos se apropiaron de su país, a servir de testimonio de cómo se puede conjurar una crisis sin perder el sentido popular del ideal revolucionario, a imaginar el camino de lo que no debe ser más y habrá que cambiar definitivamente, a entender cómo relacionar el saber con el poder, y el poder con el proyecto en los futuros posibles que tienen ante sí los cubanos, y a que estos superen por la izquierda cualquier cambio por revolucionario que parezca. Son aspiraciones altas, pero sin buscar la expansión del campo de "lo posible", como dicen Martínez Heredia, y Jean Paul Sartre, y José Lezama Lima, no hay ya un nuevo lugar donde llegar.
En el horno de los noventa es la propuesta de Martínez Heredia sobre cómo disputarle en toda la línea el puesto de árbitro del sentido común a Hume, esto es, al intelectual orgánico de la dominación capitalista, de cómo ocupar el lugar desde donde este tipo de intelectual enuncia con mayor eficacia su discurso. Allí donde el autor de Tratado de la naturaleza humana se ofrece como mediador para traducirle al mundo "femenino" de la conversación los arcanos del mundo culto, para legislarle al mundo de la polis, las reglas del prestigio, la exclusión y el poder, Martínez Heredia, afirma que ahí es preciso situarse para expresar, y sobre todo, para ser creído, que se puede aspirar a la liberación total, una liberación tal que tiene que ser liberación del poder militar, de su capacidad de coerción, de la propiedad privada, del respeto a la propiedad privada, del poder espiritual, de la subordinación de los sexos, de la subordinación de las razas, de la acumulación de todas las jerarquías creadas antes del capitalismo y puestas de otra manera por el capitalismo, pero usadas por él también.1
De esta condición, nos dice Martínez Heredia, depende nada menos que la suerte del "reino de todavía": el fin de todas las dominaciones, la forma de las revoluciones que vendrán.
Julio César Guanche
Ciudad de La Habana, 10 de agosto de 2005
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Nota
1. "El Che Guevara: los sesenta y los noventa", En el horno de los 90, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, p.105.
Tomado de La Haine
Prólogo al libro de Fernando Martínez Heredia, En el horno de los noventa
Antes de 1789 el editor de El contrato social, de Jean Jacques Rousseau, apenas había conseguido vender unas pocas docenas de sus ejemplares. La toma de la Bastilla le haría entonces el extraordinario favor de convertir al libro en objeto de culto, ante la necesidad de los nuevos ciudadanos de representarse el sentido del cambio y pensar sus consecuencias.
En Cuba, dos siglos después, la pérdida de referentes ideológicos dejada por el desplome del Muro de Berlín -generador de una crisis fundamental en la historia de la Revolución cubana- y de su cosmovisión, hizo el extraordinario favor de hacer ver en la posibilidad de "un estado nacional pensante" -como le llamaría Cintio Vitier-, la tabla de la salvación revolucionaria. Este proceso, iniciado en 1986 con el "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas", convocado por Fidel Castro en contra del curso político que estaban siguiendo los regímenes de Europa del Este, continuado por la convocatoria al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1991, sería sucedido durante la primera mitad de los noventa por revistas, centros de investigación, universidades y una zona del campo intelectual, en pos de debatir una renovación de la revolución que buscó fundamentar el socialismo sobre bases distintas a las que sostuvieron el modelo ideológico cubano entre 1971 y 1986, a esa altura en crisis terminal.
La posibilidad de pensar la revolución de un modo abierto entre posiciones revolucionarias diversas y con similar legitimidad, no se daba en Cuba desde la década de los sesenta del siglo xx: años de la puja por hacerse de un espacio propio en el concierto político internacional. Los análisis sobre el presente revolucionario y sus frutos intelectuales más trascendentes provinieron entonces en gran medida de la ciencia social foránea, mientras los productos de la reflexión sociológica cubana, que pudieron haber gestado un cuerpo de pensamiento socialista nacional de cara a su tradición y a su futuro, no alcanzaron los resultados esperables, al cancelarse, hacia inicios de la segunda década revolucionaria, el espacio de libertad, participación, espíritu científico y debate, consustanciales a la producción de conocimiento social, como consecuencia de la nueva inserción de Cuba en el contexto internacional. De este nuevo período, que duró hasta la segunda mitad de los ochenta, apenas existe libro que salvar de un naufragio -en el ámbito del pensamiento social-, salvo casos aislados de ensayos como Caliban, de Roberto Fernández Retamar, y Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier. El resultado proveniente de esa nueva coyuntura hacia el campo intelectual fueron unas ciencias sociales -por un lado- incapaces -y, por otro-, imposibilitadas de pensar y proyectar la revolución, amén de provocar la despolitización y el rechazo de una parte importante de la intelectualidad hacia el marxismo.
Pensar la revolución desde Cuba es la perspectiva que reinaugura la nueva coyuntura posterior a 1986, pero sobre todo, ya al interior de los noventa. Resultado de aquel "estado nacional pensante", además de lo publicado en revistas de la época, Cuadernos de Nuestra América, Temas, La Gaceta de Cuba y Contracorriente, apareció la primera edición, argentina, de En el horno de los noventa, compendio de ensayos de Fernando Martínez Heredia, junto a otros dos libros de intenciones similares: Resistencia y libertad, del propio Cintio Vitier, y Mirar a Cuba, de Rafael Hernández. Estas publicaciones recolocan en la discusión sobre la revolución, desde un enfoque nacional, heterodoxo y socialista, temas fundamentales de la tradición marxista, como el perfil del intelectual revolucionario, los problemas de la nación y el nacionalismo, y la naturaleza del socialismo y de la teoría marxista.
Aunque bien planteado, el enunciado de tales cuestiones arrojaba al menos dos graves problemas: La renovación que debía corresponder, según el dictum de lo generacional, a los noveles, vino en los noventa de manos de intelectuales formados en los años sesenta o con anterioridad a esa fecha, y en el campo de la literatura retornaron como cánones figuras de la década del cuarenta. Con ello, las ideas "más renovadoras" venían siendo discutidas desde los sesenta. Sin embargo, el balance colectivo de esa primera década revolucionaria -aquella en la que se definió el rumbo de la revolución y sus escenarios de futuro hasta hoy-, quedó pendiente en los noventa.
La personalidad y la historia
Fernando Martínez Heredia representa, como pocos de su generación, el límite de las definiciones que supone la década de los sesenta en Cuba: ni dogmático ni liberal; ni reformista ni ortodoxo. Militante del Movimiento 26 de Julio, graduado de Derecho, formado como profesor de Filosofía de modo emergente en la Escuela Raúl Cepero Bonilla; desde 1966 director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (disuelto en 1971), y director fundador de la revista Pensamiento Crítico en 1967 hasta su clausura en 1971, representa un ejemplar típico de intelectual orgánico de la revolución que, comme il faut, fuera en los sesenta un cuadro político e intelectual de toda confianza; en los setenta, un proscrito; en los ochenta, alguien de cuidado; y en los noventa, un intelectual herético y orgánico a la vez.
Ahora, para trascender el uso, ora vergonzante ora vicioso, de esa biografía y no servir más alegorías sobre ella, hay que alcanzar de una vez una conclusión sencilla: la biografía intelectual de Martínez Heredia, con sus posibilidades de expresión, ha tenido los marcos propios con que ha operado uno de los contenidos de la Revolución cubana: el ideal libertario, nacional, latinoamericano y tercermundista, anticolonial y anticéntrico, provisto así por un pensamiento crítico proyectado tanto hacia las estructuras de la dominación capitalista como hacia sí mismo, hacia sus propias formas de intelección y de manejo de la realidad. Los temas, los enfoques y las fechas que fueron integrando la trayectoria intelectual de Martínez Heredia después de 1971 -la publicada y conocida en Cuba-, dan cuenta de las posibilidades de ese tipo de pensamiento y de sus mudanzas: La educación superior cubana (1972), Los gobiernos de Europa capitalista (1977); Desafíos del socialismo cubano (1988); Che, el socialismo y el comunismo (1989) -libro con el cual ganó el Premio Extraordinario Casa de las Américas, hecho coincidente con la recuperación guevarista por parte de la ideología revolucionaria, que marchó al compás del "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas" iniciado en 1986-; y El corrimiento hacia el rojo (2001), primera antología de ensayos suyos que se publicara en el país.
Cuando la revolución es, en efecto, una denuncia esencial contra la vida vigente, casi nunca puede aspirar a otra estabilidad que a la de poder ver el amanecer del día siguiente: cada mañana está al borde del triunfo o del colapso. "He estado callado, sobre este tema, durante muchos años" -dijo Martínez Heredia sin encono, en paráfrasis de fray Luis de León-, cuando El Caimán Barbudo lo invitó a hablar en 1999 sobre la historia inicial de esa revista en los sesenta; después, ha resultado orador oficial en cuanto evento se ha celebrado en los últimos años.
Sin embargo, no hay "evolución" en este devenir, sino tres posibles corolarios: uno, del tipo romántico: "¡oh, vida de avatares, qué han hecho con él!"; el segundo, del tipo meliorista: "esos problemas corresponden a un pasado de contradicciones, definitivamente superado por el estadio presente"; y, el último, del tipo revolucionario: la vida de Fernando Martínez ha transitado, con todos sus eventos, "el curso que resulta normal para un intelectual revolucionario en un país en revolución".
Si se asume como un corolario revolucionario, el mutismo referido por Martínez Heredia implica dos negaciones y ninguna evolución: el rechazo a la actitud de Mirabeau, de negociar con la realeza al tiempo que se milita en la revolución; esto es, negarse a pactar con quienes requerían su biografía para hacerla servir a la narrativa de cómo el cadáver de la Revolución cubana fue sepultado en 1971 bajo la losa del CAME, y el rechazo a la doctrina del "he vivido" de Sieyés, la del silencio que busca ver pasar el tiempo, sobrevivir, y mudar la piel en cada estación del camino. Si la palabra y el silencio expresan lo mismo, no hay evolución: hay consecuencia. Toda la lucidez y la credibilidad de lo que dice hoy Martínez Heredia, y dice mucho, provienen de esa actitud; es la consecuencia que atraviesa su biografía lo que convierte en útil y práctico su pensamiento y no le da ocasión al anacronismo.
Una herejía oficial
Al mismo tiempo, esa conclusión confirma que la herejía de Martínez Heredia, hasta donde de veras ha sido, es la misma de la revolución, de la historia de cómo esta ha podido afirmar la autonomía de su proyecto en medio de las tensiones e impedimentos encontrados en caminos de hierro. De no ser así, Martínez Heredia solo podría ser considerado un hereje por aquellos que entienden la crítica como algo externo al pensamiento -idea que proviene tanto de la ignorancia como de la regimentación del saber- y no como la tarea de revelar lo constituyente de la realidad, de la estructura de lo social a través del examen del poder que lo instaura. Trayectorias intelectuales como la de Martínez Heredia ejemplifican cómo el pensamiento crítico no puede aspirar a ser herético, sino únicamente a ser naturaleza en el contexto de una cultura del socialismo. A su vez, el autor de En el horno de los noventa puede ser considerado oficialista solamente por aquella visión empobrecedora y autoritaria sobre la política, que considera a la intelectualidad, al Estado, a la sociedad civil, al Partido y a las organizaciones de diverso signo como un todo sin discernimientos, una masa compacta en que todo es lo mismo.
Nada hay nuevo bajo el sol. Si Marx, y Heine antes que él, calificó a Kant de "filósofo de la Revolución francesa", fue porque este pensó la revolución mientras los franceses la hacían. El tipo de intelectual que el sabio de Königsberg personifica, de vida contemplativa y sometido a los rigores del ascetismo y el celibato, son contrarios al ideal revolucionario, a la plaza de excesos que constituye una revolución. El temperamento agónico de Rousseau, su paranoia, su carácter intempestivo e insoportable, tienen tanto que ver con el uso que de él hizo la Revolución francesa, como sus ideas acerca de la Constitución de Córcega o sobre el gobierno de Polonia.
Luego entonces, las facetas de profesor y cuadro político, trabajador de la industria azucarera, diplomático y subversivo, investigador a tiempo completo, "nuestro hombre en La Habana" de los foros sociales internacionales, y las cualidades de "hereje" y "oficialista" que integran la biografía de Fernando Martínez, forman parte de su pensamiento tanto como sus ensayos, y forman parte por igual del uso que las lecturas sobre la revolución pueden hacer de su obra.
La obra de Martínez Heredia, por ello, y no a pesar de ello, compone un resultado típico de la Revolución cubana. Ella expresa sus afirmaciones y contradicciones, sus avances y sus límites, todas sus audacias y también sus prevenciones. Pertenece a la revolución tanto como cualquier otra de sus múltiples realizaciones. Es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas "como si fuesen las llaves de la casa del espíritu", de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser.
No obstante, un marxista ortodoxo
Con todo, su pensamiento, más que su "ensayismo", no goza del seguimiento que debiera; pero tampoco conservan hoy en Cuba su antiguo esplendor el marxismo, el pensamiento crítico y las perspectivas de conocimiento latinoamericanas y tercermundistas. En 1789, Camilo Desmoulins dijo que los republicanos de París no llegaban a diez. No es posible saber cuántos intelectuales se dedican hoy en la Isla a los problemas de investigación que ocupan el tiempo de Fernando Martínez, aunque sí es notorio que la ortodoxia marxista que él entraña no es central en las perspectivas con que se interpretan los problemas de Cuba y América Latina desde la atalaya política e intelectual que es una revolución.
Ahora, esa ortodoxia marxista desde cuyo punto de vista puede considerarse a Trotsky el último gran ortodoxo del marxismo -que es la recurrencia a los temas y enfoques clásicos de esta filosofía y no la mal llamada ortodoxia marxista de prosapia soviética-, ¿por qué habría de ser central en los análisis cubanos para interpretar los problemas del mundo de hoy? Después de los marxismos "histórico", "estructural", "analítico", "de la elección racional", "de orientación empírica", "hegeliano", del "neo" y el "posmarxismo", entre tantas tendencias, mucho se ha recreado esa doctrina como para proseguir de aquellos modos.
Sin embargo, el enfoque sostenido por Martínez Heredia muestra que hay temas en los que el abandono de la perspectiva "ortodoxa", en lugar de provocar adelantos teóricos, provoca rendiciones intelectuales e incapacidad de comprender. En esa línea, la misma de otros marxistas que le son cercanos, como Pablo González Casanova, Atilio Boron, Emir Sader, o Jorge Luis Acanda y Desiderio Navarro, en Cuba, se encuentra el tratamiento de temas tan centrales como el del imperialismo, el poder, y el Estado.
Del sentido común
Martínez Heredia tituló uno de sus primeros ensayos "El ejercicio de pensar" y, por lo que subraya, pudiera ser ese el título de su obra toda. Decía Kant, que cuando la teoría no sirve a la práctica, no significa que la teoría sea inútil, sino que no hay teoría bastante: es necesaria más (y mejor) teoría para que resulte útil. Con su ejercicio intelectual, Martínez Heredia pone en primer plano una dificultad grave de la producción ideológica contrahegemónica al capitalismo: la necesidad de pensar y de hacerlo teóricamente, pero también la de conectar esa reflexión con el ámbito de la formación del sentido común y de la toma de decisiones a nivel individual.
El interés de Fernando Martínez en los debates pedagógicos de los primeros años de la Rusia soviética; en las ideas de Trotsky sobre la vida cotidiana de los obreros; en las prácticas políticas de Lenin y en "cada papelito que escribió después de 1917"; en los hábitos de los soldados de Che Guevara, una vez posesionados de la fortaleza de La Cabaña; en la reproducción ideológica de los límites aceptables de la vida cotidiana bajo el capitalismo, entiende bien aquella idea de Gramsci según la cual el nivel más alto de producción intelectual es la ideología; el más bajo, el folclor, y que en el medio, para relacionarlos, está el sentido común.
En esta cuestión -que no es producto exclusivo del pensar marxista, pues ya David Hume hablaba de un mundo culto como la norma intelectual más alta y del mundo de la conversación como la más baja, proponiéndose él mismo, astutamente, como mediador entre ambos- se encuentra el territorio decisivo de lucha por la hegemonía, allí donde se aprende a desear y a rechazar. Así concebida, es una verdad comprensible, pero tiene el difícil corolario de hacer vincular en los hechos la ideología socialista con los medios de masas, las universidades con las revistas, los centros de investigación con los periódicos, en pos de una cultura que se haga cuerpo en la arquitectura mental de las personas.
El contexto cubano de 2005 es bien distinto al de los noventa. Hay más lectores hoy en Cuba para un nuevo Contrato social. Nadie ha invocado "un estado nacional pensante", pero tampoco hay nada que se parezca a pobreza en el campo intelectual del país. Existe una fuerte tensión entre la realidad de desarrollo intelectual y de crecimiento exponencial del número de los "intelectuales" y las posibilidades reales de expresarse, participar y decidir en los diversos ámbitos de la vida del país, que deben también reproducirse y ampliarse en la misma escala. En el horno de los noventa alumbra esa y otras tensiones.
Esta segunda edición -primera en Cuba- a la altura de 2005, no tiene pudor en mostrar las limitaciones del libro: cierta desactualización teórica, algunas repeticiones y el hecho de que varios de sus trabajos, derivados de charlas y conferencias, no muestran la buena pluma y contundente concisión del autor. Sin embargo, es un documento hacia el futuro: aspira a contribuir a entender la revolución, a fijar el pasado en las coordenadas de cómo los cubanos se apropiaron de su país, a servir de testimonio de cómo se puede conjurar una crisis sin perder el sentido popular del ideal revolucionario, a imaginar el camino de lo que no debe ser más y habrá que cambiar definitivamente, a entender cómo relacionar el saber con el poder, y el poder con el proyecto en los futuros posibles que tienen ante sí los cubanos, y a que estos superen por la izquierda cualquier cambio por revolucionario que parezca. Son aspiraciones altas, pero sin buscar la expansión del campo de "lo posible", como dicen Martínez Heredia, y Jean Paul Sartre, y José Lezama Lima, no hay ya un nuevo lugar donde llegar.
En el horno de los noventa es la propuesta de Martínez Heredia sobre cómo disputarle en toda la línea el puesto de árbitro del sentido común a Hume, esto es, al intelectual orgánico de la dominación capitalista, de cómo ocupar el lugar desde donde este tipo de intelectual enuncia con mayor eficacia su discurso. Allí donde el autor de Tratado de la naturaleza humana se ofrece como mediador para traducirle al mundo "femenino" de la conversación los arcanos del mundo culto, para legislarle al mundo de la polis, las reglas del prestigio, la exclusión y el poder, Martínez Heredia, afirma que ahí es preciso situarse para expresar, y sobre todo, para ser creído, que se puede aspirar a la liberación total, una liberación tal que tiene que ser liberación del poder militar, de su capacidad de coerción, de la propiedad privada, del respeto a la propiedad privada, del poder espiritual, de la subordinación de los sexos, de la subordinación de las razas, de la acumulación de todas las jerarquías creadas antes del capitalismo y puestas de otra manera por el capitalismo, pero usadas por él también.1
De esta condición, nos dice Martínez Heredia, depende nada menos que la suerte del "reino de todavía": el fin de todas las dominaciones, la forma de las revoluciones que vendrán.
Julio César Guanche
Ciudad de La Habana, 10 de agosto de 2005
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Nota
1. "El Che Guevara: los sesenta y los noventa", En el horno de los 90, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, p.105.
Tomado de La Haine
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