domingo, 17 de diciembre de 2006

Agua al dominó

Por Gaudencio Rodríguez

No sé por qué debemos pensar que La Diferencia marca precisamente una diferencia. No sé por qué debemos ubicarnos en una pretendida esquina de la fama o por qué debemos sentir que unas noches son mejores que otras. No sé por qué abundan ahora los buenos cantantes y sin embargo no lo son.
Hace poco, exactamente el 27 de septiembre, en la fiesta de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), di mi opinión acerca de las telenovelas mexicanas que se alquilan, de la música que se promociona en la radio y la televisión. Una vecina defendió mucho de esto. Lo que lamento es que no entendía mi punto de vista de que, de alguna manera, esas manifestaciones eran un producto con el único fin de anular el modo más eficiente de pensar que es pensar por cabeza propia. Le dije que nadie puede interferir en el gusto de los demás. Y en la conversación le señalé que “el enemigo tiene formas muy sutiles de atacar” y en la música, la televisión y el cine tenían las armas más dañinas. La compañera se alarmó con la frase.


En el espacio de un día actos banales, incongruencias y mal gusto. Voy a citar a Omar Valiño: “Si toda la música que ponen en los espacios fuera orientada por directiva tal vez ya no pusieran la misma música en todas partes”. Creo que lo cité mal pero algo de eso dijo.
Toda la diferencia que queremos, que necesitamos, es la diferencia que nos permite ver lo otro, lo que no es común. Porque tenemos que conocer todo. ¿Cuánto ya no conocemos de nosotros? ¿Cuánto hemos perdido? ¿Cuánto hemos hallado y cuánto no se da a conocer de lo hemos hallado?
Hay que ver elementos del gusto. Hay que ver las construcciones sociales, las subalternidades culturales. Pero mi conocimiento de la marginalidad me permite reconocer riquezas culturales que hay entre nosotros.
Pienso en la rumba que se baila en el barrio de La Marina en Matanzas. Como ejemplo a tener en cuenta, se escucha y se baila rumba: nunca, o casi nunca, he oído reguetón. Pienso en el bolero, tan sutil, y cómo gusta; pero Noelia o cualquier otro se inserta como un cáncer en la radio y la televisión. (A veces me pregunto cuánto ganamos por establecer modos frívolos, nada diferentes, en el universo de la sensiblería cubana) Hay un daño a nuestro imaginario, a nuestra manera de construir una patria íntima que además de Martí y Maceo, Mella y Frank País, Fidel; también tiene a Julián del Casal, Bola de Nieve, Sindo Garay, Miguel Matamoros, Juan Formell, Silvio Rodríguez, Fina García–Marruz, Cintio Vitier, Julio García Espinosa, Roberto Fernández Retamar, Harold Gramatges. Una patria íntima que tiene a Yoandri Garlobo y Carlos Tabares, Víctor Mesa y Antonio Pacheco, Stevenson y Savón, Lázaro Bruzón y Leinier Domínguez, Santiago “Changa” Mederos y El “Niño” Linares, Industriales y Santiago. Una patria que tiene a mi hijo y a los hijos de los demás, y que temo no reconozcan en el futuro estos nombres.

Tomado de Caimán Barbudos

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