Por Armando Chaguaceda
Varios amigos me han compulsado a escribir estas líneas. Ellas condensan ciertas ideas planteadas por mí en los debates realizados, durante las semanas pasadas, en sendas instituciones habaneras, en torno al mentado “caso Pavón”. Algunas de estas reflexiones abarcan asuntos globales -como la necesidad de un análisis estructural de nuestra sociedad y sus procesos-, otras abordan temas puntuales que ejemplifican los fenómenos de opinión, información y participación que en nuestro entorno nacional se desarrollan. Por ello este texto, que carece de la bella prosa y el personal sello anecdótico de los de otros compañeros, pretende mantener cierto equilibrio entre la extensión, la profundidad y la comprensión. De tal suerte, ejemplo aludidos por mí (el acotado y falso sentido crítico de alguna producción televisiva, la publicación o censura de ciertos libros, entre otros) se reflejan con más vivacidad en las grabaciones que, como una bendición, ya pasan de mano en mano en estos momentos y a las que este autor espera, paciente y agradecido, tener acceso.
Comenzaré por un tema que parecer ha provocado cierto interés en los auditorios: mi alusión a lo estructural dentro del debate. Cuando refiero la urgencia de analizar asuntos como el que nos ocupa en un sentido estructural apunto la necesidad de comprender que elementos institucionales, normativos, culturales e ideológicos, entre otros, definen esencialmente al tipo de sociedad en el cual vivimos, la distinguen de otras y hacen posible que, amén los matices de los tiempos y personalidades, fenómenos como los aludidos en el debate se reproduzcan periódicamente. Por ello, definamos cómo lo coyuntural y contingente solo pone en movimiento todas las dinámicas de la estructura, para luego poder entretenernos en el estudio de casos puntuales. No importa que comencemos por la anécdota o el suceso y no temamos aludir a las desgarraduras y trances personales, porque estos son los que expresan, de forma vívida y concreta, las historias personales que dan carne, otorgan sentido y compulsan la acción, desterrando el silencio, en los involucrados en este debate. Pero solo si no nos quedemos allí, si desentrañamos la esencia del asunto, podremos conseguir tres metas a mi juicio fundamentales: la definitiva compensación de los agraviados, el justo emplazamiento de los culpables y la superación del orden de cosas que permite estas afrentas.
En ese sentido en nuestro país algunos continúan desconociendo que el modelo extendido durante la segunda mitad en el siglo XX (el socialismo de estado) compartió elementos centrales -y no meramente coyunturales - en todas sus experiencias particulares, los que se concretaban como los provectos históricos de cada pueblo y país. Estos, en su maduración, tendieron a hacerse más semejantes entre sí, introduciendo dinámicas evolutivas similares sin obviar que cada los rasgos de cultura e historia particulares impiden prefigurar plazos y destinos idénticos en todos los casos. Entre las características de este modelo encontramos un predominio (y en ocasiones casi absolutización) de lo estatal, algo muy visible en los predios económicos, y su confusión con lo público, el virtual ensamblaje partido-estado, el papel central de la burocracia como agente (grupo, clase o capa?) dominante en el entramado institucional, el control gubernamental de las instancias fundamentales de participación, información y expresión ciudadanas, una tendencia a la protección social y la igualación material de los sectores trabajadores, la generalización de estándares educativos y sanitarios decorosos, la promoción oficial de un tipo de personalidad formalmente ajena al lucro mercantil y guiada por principios colectivistas, entre otras. Si no entendemos esto no comprenderemos el tipo de relación existente entre nuestra prensa y el aparato ideológico partidista, las relaciones de subordinación y el rol instrumental que se le asigna la primera en el ordenamiento social encuadrado por el segundo.
Otro asunto que debiéramos valorar (y que me inquieta) es la idea de cuales son los debates pertinentes – en que tiempo, forma y lugar- y cuales no lo son. Porque según creo nadie tiene el monopolio del debate, de los sentidos y alcances de este, y mucho menos si ese monopolio de su usufructo y administración no ha sido definido de manera democrática. Convengamos que sea posible consensuar la pertinencia de ciertos espacios, temas y enfoques en coyunturas puntuales. Pero eso es muy distinto a acotar, indefinidamente y sin mandato expreso, que cosa es “conveniente” o “legítimo” sin haber definido (o relegitimado periódicamente) de manera colectiva las reglas del juego y los actores encargados de hacerlas cumplir.
Así todos aquellos que, poseyendo un mínimo de posibilidades de información y expresión sobre el tema, actuamos en la llamada “esfera pública”[1], tenemos responsabilidad tanto en los cauces previsibles de este debate como en las determinaciones que dieron origen y reproducen a los problemas que plantea. En un sistema social como el nuestro, con una lógica de integración y ordenamiento tan centralizadora, vertical y sistemática, resulta cuando menos ingenuo suponer que alguna política en el campo de la cultura (como en los otros) responde exclusivamente a la impronta de los ejecutores. En cuestión de diseño y conducción sociales se es responsable por acción o por omisión. Lo cual no equivale a decir todas las instituciones y dirigentes, en todos los niveles, deben conocer los excesos o desatinos puntualmente producidos en el último rincón del país pero si las “anomalías” (represiones legal y moralmente injustificables, acotamiento del disenso sistémico, etc) que, en su reiteración, apuntan a convertirse en tendencia o regularidad.
Pero no se trata de decir, simple y oportunistamente, que los “pobres intelectuales” hemos sido solo víctimas de los “pavonatos”, y no también, en muchos casos, cómplices mediante el silencio, la cooptación o lo que resulta más perverso, la represión de nuestros propios colegas. Siempre he creído que quien, conociendo las especificidades y potencial de nuestro grupo social, congela las demandas, alertas o sentires (que a veces son suyos) de sus colegas e impide la articulación de un diálogo con los centros decisores, y hace todo ello por preservar un carro, una casa y un viaje al extranjero, es peor que el funcionario, hijo de una tradición antiintelectualista,[2] que recela de nosotros. Actitudes como esta pululan entre quienes formamos parte de la intelectualidad[3] y, en muchos casos, de los tan famosos Aparatos Ideológicos del Estado.
Sin embargo se pudiera argumentar que resulta injusto y desproporcionado cargar culpa de “su ignorancia” a la mayoría de los trabajadores que entregaban lo mejor de su vida a la construcción de un proyecto socialista sin conocer lo que pasaba a su alrededor y a los cuales nadie informó que estaba pasando. Precisamente por eso y para que ello no ocurra más se necesita socializar, en lenguaje claro y preciso, la esencia de este debate y sus implicaciones, en los medios de prensa impresa, los únicos accesibles a la inmensa mayoría de la población. Si no lo hacemos se corren varios riesgos de enormes consecuencias para el futuro del proyecto socialista. Entro estos se encuentran la posibilidad de que la memoria histórica siga siendo periódicamente escamoteada (lo que sienta las bases para una reapropiación casi monopólica desde la derecha, perfectamente previsible), que la integridad gremial sea siempre precaria (en difícil balance entre la valentía de algunos, el silencio de otros y la tolerancia institucional) y que las responsabilidades sean definidas no solo en pretérito.
Para ello este pueblo parece estar preparado, como lo demuestran las sucesivas y exitosas ediciones de la Feria del Libro, nuestros paradigmáticos festivales de Cine, Teatro y tantos otros foros de intercambio entre la gente y sus creadores. Lo que no es sostenible, por hipócrita, es que al mismo tiempo que se proclama nuestra apuesta por tener el “pueblo más culto del mundo”, aseveración que en ocasiones se asume convenientemente como realidad, se escamotee a esos ciudadanos el derecho a la información de asuntos que suceden alrededor de nuestros barrios y en el corazón mismo de la nación, no en Miami ni Estocolmo.
Un programa mínimo, modestísimo, que evidenciase que esta no es otra escaramuza estéril en la larga contienda entre dogmatismo y revolución en los últimos 50 años, implicaría acabar de dar cuenta de este debate por ejemplo, en Hurón Azul, en las culturales del Noticiero y/o en las páginas afines de Juventud Rebelde o Granma[4], por solo mencionar unos ejemplos. No necesitamos ni que estas convocatorias sean un espacio de catarsis y/o monitoreo, prudentemente segmentado, ni que sea la prensa extranjera o radio-bemba la que de cuenta en nuestros barrios y al mundo de la existencia de este debate, introduciendo distorsiones tan estrambóticas como nocivas.[5] Y si las instituciones correspondientes no informaran al pueblo de esta discusión que respondan bajo que directiva, autoridad y argumento escamotean estos acontecimientos y que asuman (en la figura de sus directivos) la responsabilidad política y moral de dejar la única versión disponible en manos de las emisoras foráneas y, lo que es peor, de las contrarrevolucionarias.
Esta discusión evidencia que hoy se confrontan, dentro del campo revolucionario, al menos dos culturas políticas de la participación y discusión colectivas, enmarcadas en referentes generacionales, territoriales y organizacionales de diverso signo. Una reduce el participar a la movilización y el debate a la recepción pasiva de información previamente dosificada y filtrada, identifica al sujeto como masa y subordina la acción colectiva al pasivo cumplimiento de tareas y planes emanados de la institucionalidad estatal. Otra apuesta por expandir espacios y comportamientos autónomos (muy diferentes a la ruptura o subordinación) y al diálogo responsable y simétrico, nos reconoce como ciudadano(a)s y promueve una lógica de cooperación entre las diferentes comunidades y el estado. Tendencia esta última que ni trata de circunscribir la función de las organizaciones sociales a meras “correas de trasmisión” ni promueve una falsa idea liberal de dicotomía y enfrentamiento entre una sociedad civil, supuestamente homogénea, democrática y virtuosa, y un estado per-se ineficaz, inútil e intrínsecamente perverso.
Si alguien piensa que dispone un cheque en blanco, ilimitado, para postergar la solución entuertos una y otra vez repetidos, denunciados y sufridos, se equivoca. La maravillosa oportunidad que nos ofrece el hecho de que todavía el imaginario revolucionario, esto es la simbiosis de libertad[6], justicia social, independencia y desarrollo autóctonos, convoque a lo mejor de nuestra juventud culta no debe desaprovecharse. De hecho ya son constatables transformaciones dentro de la cultura política de ciertos estratos poblacionales que hacen temer por la proliferación de una filosofía de liberalismo cotidiano (silvestre como el romerillo, diría el colega y amigo Julio Antonio. Fernández), hermanada con las prácticas de resuelve y déjame a mi, vive y deja vivir, aparenta y sube, etc. Torceduras que en nuestro panorama intelectual se concretan en las hornadas de jovencitos cínicos, empresariales y asépticos que no pocos escenarios y colegas parecen estar, contrario sensus a lo declaratorio, aupando eficazmente.
En esencia creo que debemos congratularnos por esta activación del debate entre los creadores artísticos y que este reivindique la posibilidad de pensar y hacer un proyecto de país diferente dentro de nuestra mejor tradición socialista. Ello rescata una vieja tendencia de civismo, de compromiso con la cosa pública que rebasa las autodefensas gremiales y las poses ilustradas. Herencia que, como recordé en mis intervenciones de Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte, ha estado bastante ausente en los reiterados avatares (supresión de colectivos y publicaciones, silenciamiento de algunos autores) sufridos por las ciencias sociales cubanas y ante los cuales la proyección solidaria ha sido eludida en nuestros espacios institucionales y poco visible en las redes de colegas. A esa actitud, hija de la mejor eticidad vareliana, martiana y republicana, creo que debemos rendir homenaje precisamente con nuestro involucramiento, decidido y responsable, en este debate. Después de todo las fronteras de lo posible, aun si no alcanzamos a ampliarlas, se mantienen donde precariamente están gracias a nuestro empuje, por débil e ineficaz que este parezca ser. Si abandonamos este empeño el que nos garantiza que el espacio ganado no comience a sufrir un perverso y paulatino estrechamiento….
Un ejemplo: el “caso Telesur.”
En los escenarios del actual debate aludí a un ejemplo que ha suscitado no pocas interrogantes, previas incluso a mi intervención, en espacios en que he podido compartir con mis estudiantes, colegas y vecinos. Es un asunto que revela, a mi juicio, las estrecheces derivadas de una noción instrumental y sesgada de la información, el daño de los silencios, las censuras y las omisiones.
Desde hace casi dos años las audiencias progresistas de América Latina están de fiesta. La posibilidad de conocer (y difundir) las verdades del subcontinente, los esfuerzos, dificultades y acechanzas de nuestras luchas por “otro mundo posible” se han visto coronadas con la existencia de una señal televisiva alternativa a los discursos light y manipuladores de los grandes medios. Telesur llegó para ser, de alguna manera, la Al Jazeera de pobres y progres. En Cuba, unida por razones profundas al destino del movimiento revolucionario mundial, el compromiso con este proyecto se tradujo en un involucramiento activo mediante el soporte técnico, al apoyo con personal calificado y el diseño de las líneas de trabajo. De tal suerte era lógico que los cubanos nos creyésemos privilegiados para acceder a la señal telesureña y ansiáramos disfrutarla cuanto antes, pero.....
No ocurrió así. Desde el principio (y sin señales de cambio en la tónica) Telesur entra en nuestros hogares poco menos de dos horas al día, mediante una selección hecha
no sabemos por quien. Para colmo y como insulto a nuestra capacidad de escoger y discernir, todos los anuncios de programación nos presentan este espacio como “lo mejor de Telesur”. A raíz de esto varios compañeros realizamos, desde el comienzo, indagaciones para conocer el porque de asunto.[7]
Podemos intentar hacernos algunas preguntas. No asistiremos a aquello que refiriese una vez el Che sobre la entronización de una visión burocrática de lo cultural que resulta, al final, lo que ciertos funcionarios entienden por tal? Acaso presenciamos otro síntoma de heterofobia, de miedo a lo diverso (aunque sea de izquierda), de rechazo a lo otro, a todo lo que no sea previsto, diseñado, controlado y difundido en los grises cauces del pensamiento dogmático?
Si persiste el argumento de la imposibilidad técnica entonces tenemos algunas otras interrogantes. Si está el espectro radioeléctrico cubano regido por el estado, lejos del control de esas mafias corporativas interesadas en difundir una cultura del consumo y enfrentadas a cuanto actor de izquierda exista o despunte, si no sufrimos el monopolio mediático de CNN, Fox News o ABC, si no tenemos dentro del país a una burguesía capaz de inundarnos las estaciones y las conciencias con sus discursos, qué nos amenaza? Y cuando la voluntad estatal ha estado presente no se han hecho importantes erogaciones para, por ejemplo, trasmitir una Olimpíada desde el otro lado del mundo?
No es acaso lícito, saludable y hermoso que la gente conozca que existen diferentes discursos de izquierda, que nadie tenga el monopolio de la “verdad”, y que todos disfrutemos del derecho a conocernos mejor y aprender de las practicas y sentires del compañero quiteño, chiapaneco o bonaerense? Será tan subversivo que nuestros adolescentes conozcan de las marchas estudiantiles, nuestros trabajadores de la autogestión obrera, nuestras mujeres de la lucha contra la discriminación patriarcal y nuestros ciudadanos del ecologismo de izquierda?
Quién considera problemática o cuestionable el difundir las plurales experiencias de resistencia y autoorganización populares? Será más aséptica e inofensiva la carga que difunden no pocas de nuestras Películas del Sábado, la influencia que recibe la nutrida concurrencia a los bancos clandestinos de video (donde precisamente no abundan las excelencias del Canal Educativo) o la difusión de las tendederas de TV cableada, realidades que se han tratado de revertir con arremetidas tan periódicas como ineficaces?
Esta Revolución nació diciendo a la gente lee y no cree. Si queremos mantener vivo ese espíritu, si confiamos en las inmensas capacidades que este proceso anticapitalista de transformación colectiva ha potenciado en nuestra gente, si reservamos algún espacio para el compromiso y no la resignación, la libertad y no el recelo, la verdad y no la simulación, la frescura de soñar con un mundo mejor y no la entronización del dogmatismo burocrático, debe exigirse el derecho a ver realmente Telesur. El propio Chávez, en reiteradas intervenciones, ha convocado reiteradamente a los pueblos a que exigiesen a sus gobernantes la transmisión de sus espacios, lo que nos inspira a perseverar, muy lejos del temor y del cansancio.
Siempre he defendido, ante la crítica de algunos conocidos, la idea de que la televisión cubana es, en términos generales, clasificable como aceptable. Porque es una televisión no mercantil con marcado sentido educativo y variedad temática (de ciencia y técnica, historia, culturales, de orientación social, etc.), que procura equilibrar cuidadosamente disímiles intereses. Y que presenta (a pesar de frecuentes y no siempre añoradas repeticiones) una factura nacional bastante decorosa en cantidad y calidad, lo cual es mérito de creadores y actores decididos a entregar lo mejor de si en un contexto triplemente presionado por las restricciones, materiales y ciertas, del bloqueo, por nuestras propias inercias y limitaciones burocráticas, así como por las tentaciones de acceder al éxito individual allende el Estrecho de la Florida.
Pero no tenemos todavía una televisión pública. Porque el empleo preciso y acertado de este término presupondría una televisión donde no estén presentes ni la dominación de la propaganda mercantil ni la hegemonía estatal absoluta, un espacio donde los ciudadanos, a través de sus múltiples comunidades laborales, territoriales y/o asociativas intervienen de forma activa y protagónica en la elaboración, selección, control y discusión de los contenidos y, en un plano más general, de la política del medio, en conjunción con los entes estatales encargados de tales actividades.
Postscriptum
Ofrezco por ahora estas líneas aunque no (al menos eso espero) mis contribuciones a esta auténtica tribuna abierta y sus implicaciones. Cuando acometía su revisión el canal Educativo estrenaba en TV Páginas del Diario de Mauricio, un filme a mi juicio profundo y estremecedor, suerte de homenaje a la épica y el compromiso que sin concesiones al facilismo y el teque, rescata el lugar de los que decidieron defender una Cuba distinta al contagio neoliberal, una nación donde los proyectos personales y los colectivos sean copulen alegremente, donde la consecuencia y la solidaridad no destierren la creatividad, el respeto al otro y la capacidad de adaptarse (no pasiva ni acríticamente) a los cambios de época. Bienvenida esta decisión, que solo espero se acompañe con la demandada puesta en pantalla de Fresa y Chocolate, Madagascar, Alicia... y tantos otras crónicas de nuestro pasado-presente.
Lo que subyace de fondo en la polémica de hoy es la necesidad de un debate social que redefina, de forma madura y responsable, el carácter auténticamente público de nuestros órganos y políticas de información y la capacidad de los ciudadanos (y no de lobbys empresariales ni burocracias) para incidir participativamente en el diseño y control de las agendas temáticas. Aún necesitamos, a casi 50 años del inicio del proceso revolucionario, de una definición más exacta y completa de una política de producción y difusión colectiva de ideas, alternativa a las fallidas experiencias históricas del capitalismo o del socialismo de estado. Esto va más allá de un reclamo intelectual o político, es un asunto de mera decencia pública. Y en el socialismo los medios y los fines no pueden separarse ni siquiera una pulgada.
Alamar, la Habana, marzo de 2007.
[1] Concepto tan manido y que merecerá un debate en nuestro contexto, para el cual algunos compañeros estamos compartiendo y elaborando algunas reflexiones.
[2] Consultar al respecto el ilustrativo texto de Zygmunt Barman Los intelectuales en el mundo postmoderno, insertado en la obra El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica en Criterios, compilación a cargo de Desiderio Navarro, publicada por el Centro Criterios en el 2007.
[3] Entendida como “[...] una capa social caracterizada por dimanar de la división social del trabajo y reunir al conjunto de posiciones socioestructurales donde predominan los gastos mentales en la realización del contenido de trabajo”. Ver “Reajuste económico y cambios estructurales”, revista Cuba Socialista, n. 21, “Un debate cambios en la estructura socioclasista en Cuba”, 2001.
[4] No es sostenible el argumento de la falta de papel y espacios cuando, por ejemplo, el magazín de la UJC ofrece excelentes coberturas a agudos problemas de nuestra realidad y el diario oficial de nuestro PCC dedica extensos espacios a reproducir fragmentos de textos publicados sobre temas harto conocidos de nuestra historia reciente.
[5] Resulta ilustrativo el comentario que me hizo un vecino de mi barrio, personaje digno de figurar en el elenco del cortometraje Utopía el cual, días después de leer la críptica nota de la UNEAC, me dijo “oye asere, es verdad que hay tremenda jodedera ahí con unos correos que los intelectuales están pasándose y criticando cosas”. O el de un amigo residente en el exterior “dime si es cierto que comenzó una perestroika en la isla”. A ambos he tenido que explicarles mis visiones acerca de las verdaderas motivaciones y alcances del presente debate.
[6] En ese sentido Karl Polanyi nos recuerda que “Las instituciones encarnan las significaciones y los proyectos humanos; no podemos hacer efectiva la libertad que deseamos a menos que comprendamos lo que significa verdaderamente la libertad en una sociedad compleja. Desde este punto de vista institucional la reglamentación extiende y restringe a la vez la libertad; lo único que tiene sentido es la evaluación de las libertades perdidas y de las libertades ganadas, y esto tanto para las libertades jurídicas como para las libertades efectivas”. Consultar “La gran transformación. Critica al liberalismo económico”, Ediciones La Piqueta, Madrid, 1989, Pág. 396-397.
[7] En agosto del 2005 nos comunicamos con la Dirección de Opinión Pública de la televisión cubana (entonces teléfono 55 40 41) donde se nos dijo que Telesur se transmitía íntegramente, evidenciando una falta elemental de información que nos encargamos de enmendar. Seguidamente contactamos con la Vicepresidencia de Programación (teléfono 55 40 59), donde se nos explicó que la dificultad residía en la capacidad de los transmisores de cubrir el área del Caribe y no en un tiempo o contenidos limitados exprofeso. Con posterioridad hemos recabado información adicional sin éxito alguno.
Cuba en ser surge en el ánimo de exaltar la «Revolución de la reflexión», canto a la crítica, la razón, las ideas, la verdad, lo diverso, lo plural, lo auténtico, lo genuino. Una mirada de izquierda objetiva y plural, un espacio para intercambiar y aprender.
martes, 24 de abril de 2007
lunes, 23 de abril de 2007
Si de injertar valores se trata somos una juventud diferente
Por Marileisy Castillo Garcia
Si de injertar valores se trata somos una juventud diferente. Algo así como varios factores obstruyendo la aspiración de convertirnos en la continuidad revolucionaria. Diría que existen varios puntos esenciales que llaman al porqué de la marcada diferencia, si bien es comprendido que cada generación tiene atributos específicos la nuestra en especial lleva a cuestas muchas de estas particularidades.
Jóvenes que no conocieron -como bien nos comentaba Lage – los momentos de considerable fecundidad económica del socialismo cubano, que nacieron y les tocó vivir en pleno periodo especial muchas veces pueden preguntarse el por qué de un sin número de conceptos que a diario merodean, dígase socialismo, comunismo, independencia. Para nosotros la revolución siempre ha estado hecha, siempre hemos tenido a un líder y una escuela. Para nosotros un gobierno dependiente de la política norteamericana, una huelga o frases como “Muero por la Revolución” son solamente reales a través de los libros de historia de Cuba, sin más recursos para saber si hubiéramos sido un Mella o un José Antonio que los valores en los que nos hemos formado y dictan arrojo, explosión muchas veces alejada de verdadera conciencia.
Hablar de juventud sin paralelizar cognición revolucionaria en estos tiempos es una causa de antemano perdida y no queda ahí, ¿Como demostrar a un joven que hoy pertenezca a la UJC (incluso a los que comparten la edad pero no la organización) que el socialismo es la opción más inteligente? Hay que estar convencidos de tener los argumentos necesarios para demostrárnoslo a cada instante, esa no es tarea ocasional, sino más bien cotidiana. El joven que en este momento la historia necesita debe reunir más fuerza en las ideas que cualquier otro que le haya precedido, para saber enfrentarse a guerras mediática, a incertidumbres poderosas, convencido de la doctrina en que vive, no solamente con un puñado de conceptos filosóficos. El joven que se reclama en nosotros no solo responde a un interés de la revolución, responde a un interés del ser humano y sus necesidades para lograr de la sociedad un espacio armónico.
Lage nos hace un llamado a la reflexión, no solo a jóvenes sino a todo el que en un momento determinado ha cuestionado o interiorizado la necesidad de formar con la sabia las nuevas generaciones, disponerlas para vernos por dentro, para tirar de nuestros problemas que están lejos de inexistir. Esta juventud no puede ser facilista, creer -como se tiende- que todo está hecho, que todo está dicho, no se equivocaba nuestro comandante cuando alcanzando enero de 1959 aseguraba “Nadie se llame a engaño: la Revolución comienza ahora. Es en estos días por venir, cuando la tarea revolucionaria es más dura y difícil”. Demostrado está, lo difícil no ha concluido ni concluirá mientras quede una generación posterior que integrar. Una revolución es un sistema y como todos los demás necesita reposición de sus unidades estructurales y funcionales, un organismo está llamado a sustituir sus células, veamos a la revolución como un gran organismo, presto a renovarse cada día, contando con nosotros, las células encargadas de tejer el futuro.
Si de injertar valores se trata somos una juventud diferente. Algo así como varios factores obstruyendo la aspiración de convertirnos en la continuidad revolucionaria. Diría que existen varios puntos esenciales que llaman al porqué de la marcada diferencia, si bien es comprendido que cada generación tiene atributos específicos la nuestra en especial lleva a cuestas muchas de estas particularidades.
Jóvenes que no conocieron -como bien nos comentaba Lage – los momentos de considerable fecundidad económica del socialismo cubano, que nacieron y les tocó vivir en pleno periodo especial muchas veces pueden preguntarse el por qué de un sin número de conceptos que a diario merodean, dígase socialismo, comunismo, independencia. Para nosotros la revolución siempre ha estado hecha, siempre hemos tenido a un líder y una escuela. Para nosotros un gobierno dependiente de la política norteamericana, una huelga o frases como “Muero por la Revolución” son solamente reales a través de los libros de historia de Cuba, sin más recursos para saber si hubiéramos sido un Mella o un José Antonio que los valores en los que nos hemos formado y dictan arrojo, explosión muchas veces alejada de verdadera conciencia.
Hablar de juventud sin paralelizar cognición revolucionaria en estos tiempos es una causa de antemano perdida y no queda ahí, ¿Como demostrar a un joven que hoy pertenezca a la UJC (incluso a los que comparten la edad pero no la organización) que el socialismo es la opción más inteligente? Hay que estar convencidos de tener los argumentos necesarios para demostrárnoslo a cada instante, esa no es tarea ocasional, sino más bien cotidiana. El joven que en este momento la historia necesita debe reunir más fuerza en las ideas que cualquier otro que le haya precedido, para saber enfrentarse a guerras mediática, a incertidumbres poderosas, convencido de la doctrina en que vive, no solamente con un puñado de conceptos filosóficos. El joven que se reclama en nosotros no solo responde a un interés de la revolución, responde a un interés del ser humano y sus necesidades para lograr de la sociedad un espacio armónico.
Lage nos hace un llamado a la reflexión, no solo a jóvenes sino a todo el que en un momento determinado ha cuestionado o interiorizado la necesidad de formar con la sabia las nuevas generaciones, disponerlas para vernos por dentro, para tirar de nuestros problemas que están lejos de inexistir. Esta juventud no puede ser facilista, creer -como se tiende- que todo está hecho, que todo está dicho, no se equivocaba nuestro comandante cuando alcanzando enero de 1959 aseguraba “Nadie se llame a engaño: la Revolución comienza ahora. Es en estos días por venir, cuando la tarea revolucionaria es más dura y difícil”. Demostrado está, lo difícil no ha concluido ni concluirá mientras quede una generación posterior que integrar. Una revolución es un sistema y como todos los demás necesita reposición de sus unidades estructurales y funcionales, un organismo está llamado a sustituir sus células, veamos a la revolución como un gran organismo, presto a renovarse cada día, contando con nosotros, las células encargadas de tejer el futuro.
Apuntes para una reflexión necesaria
Por Alpidio Alonso
Cualquier acercamiento a la dimensión cultural de nuestra realidad y a los desafíos que asociado a ello enfrentamos en el presente, tiene que partir de considerar un hecho irrefutable: a pesar de la hostilidad imperialista, del bloqueo y las carencias materiales afrontadas por nuestro pueblo durante los últimos quince años , del retroceso de las ideas y la desmoralización casi generalizada, experimentados tras la caída de la Unión Soviética y el derrumbe del Campo Socialista, con el consiguiente ascenso y establecimiento del pensamiento único a escala global, en Cuba hemos logrado salvar, y aún sacar adelante, una cultura propia.
Pocas veces somos suficientemente objetivos al ponderar una labor que, evaluada a la luz de circunstancias tan adversas, cobra perfiles de auténtica proeza. Frente a la estampida y el desconcierto prácticamente unánimes provocados por la debacle, y ante la euforia triunfalista de quienes entonces se adelantaron a decretar el fin de la Historia, la Revolución cubana se reafirmó en su propósito de defender para sí un proyecto humanista que ubicaba a la cultura en el centro mismo de su estrategia de resistencia. Para los cubanos, afirmarnos en la defensa de la cultura ha significado, ni más ni menos, salvar nuestra independencia y nuestro destino como pueblo. La experiencia vivida en estos años da cuentas de esa voluntad, enriquecida con el concurso de muy diversos factores y recursos y para cuya realización ha resultado decisivo el papel de nuestra vanguardia artística.
Los múltiples programas sociales que han transformado al país en esta última etapa, fueron concebidos con esa visión que asocia nuestra capacidad de resistencia y nuestras posibilidades de desarrollo al desarrollo integral de la cultura. En la raíz de este enfoque están aquellas palabras de Fidel que afirman que “sin cultura no hay libertad posible”; expresión que sintetiza el significado profundo que se le atribuye a la cultura en la defensa y perdurabilidad de un proyecto socialista como el que construimos los cubanos. Al modo en cómo estas ideas han ido abriéndose paso, se debe no solo el impulso y la prioridad percibidos por la cultura en este período, sino también el gran prestigio social que ha alcanzado.
Basados precisamente en esa enorme responsabilidad, es que asumimos esta convocatoria a una reflexión crítica sobre nuestra realidad sociocultural que, desde los puntos de vista de la cultura y arreglada a nuestras condiciones, ayude a vencer desaciertos y obstáculos, y en un debate colectivo, sume nuevas ideas, perspectivas e interrogantes, acerca de las vías que nos aseguren un avance real hacia el socialismo que defendemos para los cubanos.
Sabemos de antemano que en un análisis como este surgirán muchas preguntas y que algunas de ellas no encontrarán respuesta; aflorarán problemas para los cuales tal vez no aparezca de inmediato la solución; se esbozarán contradicciones que, más de una vez, acaso resultarán insalvables. Pero vale la pena. Asumir la defensa de nuestra identidad nacional y de nuestros valores frente a la gran operación de recolonización cultural promovida por quienes se han autoproclamado dueños del mundo, supone poner en tensión todas nuestras capacidades, dentro de lo cual, fomentar el debate honesto y comprometido se evidencia, cada vez más, como una condición necesaria.
No ignoramos que este debate se enmarca en aquel otro mayor abierto por Fidel con su discurso a los jóvenes el 17 de noviembre del pasado año en el Aula Magna de la Universidad de la Habana. Extraídas de allí, aquellas preocupaciones subyacen en el espíritu del análisis que proponemos. A esa misma coherencia y pasión aspiramos para un examen que, desde la cultura, encare con valentía y profundidad los complejísimos retos a los que estamos sometidos en el presente los revolucionarios cubanos.
No es únicamente a través de la vía militar, o mediante las más severas e inimaginables presiones económicas, que se expresan la hegemonía y los apetitos yanquis sobre las ideas de emancipación y justicia que encarna la Revolución cubana. Hay otro plan, tan macabro como aquellos, pero mucho más sutil y probablemente más eficaz. Del mismo modo en que hemos comprendido que combatir la corrupción en Cuba va más allá de enfrentar un hecho puntual, sino que forma parte de nuestra lucha contra el capitalismo, cuya naturaleza inmoral se revela en deformaciones y vicios como este que, de no ser detenidos a tiempo, irían poco a poco minando el tejido social; es impostergable que denunciemos la esencia reaccionaria de la frivolidad y el consumismo, su profunda agresión al espíritu, su saldo (aunque encubierto) también desmovilizador y paralizante y, a la larga, igualmente letal para la Revolución.
Los esfuerzos que en los terrenos social y económico viene haciendo el país por elevar la calidad de vida de nuestro pueblo servirían de bien poco si, al mismo tiempo, no son acompañados por un trabajo inteligente y hondo en el campo ideológico y cultural, que fije y proteja los mejores valores y principios en la actitud de nuestros jóvenes. Relacionar la calidad de vida únicamente con parámetros de tipo económico, que no tomen en cuenta el componente espiritual, es un gravísimo error sobre el que hay que alertar permanentemente; criterio que está muy lejos de la misión estratégica seguida por la Revolución aún en sus años más difíciles; así como de la propia plataforma que propone la batalla de ideas a la que más recientemente hemos sido convocados.
¿Cómo convencer y ganar esa batalla en el interior, en las convicciones de nuestra gente? ¿Qué métodos usamos para (sin retórica) hacer creíbles nuestras posiciones a la hora del razonamiento entre los más jóvenes? Tal como no lo son el dinero y la frívola seducción de lo material, tampoco pueden ser el teque, el exceso de ceremonia, la solemnidad injustificada y la chapucería, las vías que utilicemos para propiciar un diálogo fecundo con esas masas de jóvenes que entre todos debemos formar. La desventaja que objetivamente padecemos en cuanto a disponibilidad de tecnología y recursos para la información, estamos obligados a borrarla a base de creatividad y talento. Tenemos que llegar a las reservas morales de las personas y cautivar con verdades sus sentimientos y su nobleza. La Revolución es, por encima de todo, una obra de justicia y amor, de allí emanan su sentido y su belleza, y esos son nuestros mejores argumentos cuando sabemos fundamentarlo y explicarlo.
Es indispensable que tanto las instituciones y los medios de difusión, como la vanguardia artística, conjuguen esfuerzos en un aporte que propicie continuar ampliando y democratizando el acceso a la cultura; de tal forma que su disfrute se convierta en parte de la vida cotidiana de nuestro pueblo, al tiempo que en alternativa al consumismo y las imitaciones del modelo de vida capitalista.
Ese culto a lo yanqui, presente no solo en patrones de gusto, sino en posturas y expresiones de grupos no pequeños de jóvenes, donde el éxito es asociado con frecuencia a las marcas de moda y a la posibilidad de acceso a fetiches de la sociedad de consumo, y donde uno siente que ha ido ganando espacio cierto mito del emigrante triunfador, tiene que encontrar una barrera y un contrapeso en modelos culturales propios, en los que mediante el uso de códigos atractivos y actualizados primen las jerarquías culturales y el alto valor estético, unidos al rico sustrato identitario que define nuestras esencias. De aquí se desprende no solo el papel fundamental que en ello desempeñan el lenguaje del arte y los resortes de la ficción, sino también, al propio tiempo, la imprescindible vigilancia cualitativa que debemos mantener sobre cada cosa que hagamos, sin lo cual pueden llegar a deformarse y fracasar, incluso, las mejores ideas.
Para eso contamos con ustedes. Una vanguardia vigilante, responsable y conciente de su papel, peleadora, activa, es la que necesitamos en la discusión del aquí y ahora de nuestra realidad sociocultural; debate que por demás solo nos corresponde hacer a nosotros, quienes desde Cuba construimos cada jornada el presente y el futuro de este país, y que de ninguna manera vamos a consentir que hagan otros, anexionistas confesos o colonizados más o menos encubiertos que, desde hace rato ya, han perdido toda posibilidad moral de compartir este derecho, alistados entre los mercenarios como vulgares asalariados del imperio. No quiere esto decir que pasemos ahora, de pronto, a una filosofía de la exclusión, que no ha sido, ni puede ser, una práctica en nuestro trabajo, cuando por el contrario lo que este ha buscado siempre ha sido —sin renunciar a los principios— sumar, y salvar a todo aquel que pueda ser salvado. Estamos conscientes de que la diversidad es nuestra mayor riqueza y en eso debe continuar fundándose en lo adelante nuestra política.
Un enfoque similar, que tome en cuenta las complejas dinámicas sociales y políticas en medio de las cuales se desenvuelve en estos momentos la vida en Cuba, es el que debemos seguir a la hora de respondernos qué podemos hacer desde la cultura para facilitar que los jóvenes encuentren aquí sus metas de realización personal. Fomentar el conocimiento de nuestra historia y el amor por lo que somos, unido a la sistematización de nuevas formas de participación que incentiven esos intereses, se convierte en una prioridad estratégica de primer orden, en la que estamos llamados a concentrar toda nuestra voluntad e imaginación. Analizado de cara al futuro, este es un tema en el que tendría que estar pensando permanentemente todo el mundo, donde sin ingenuidades, pero al mismo tiempo sin prejuicios, es imprescindible que ensayemos alternativas novedosas y frescas, tanto de recreación como de diálogo que, libres de concesiones y facilismos, nos acerquen de otra manera a la sensibilidad y los intereses de nuestros jóvenes. No existe ahora mismo, en el campo ideológico-cultural, un fenómeno que demande mayor atención que este; por eso es hacia allí que debe orientarse el caudal de nuestros esfuerzos.
De acuerdo con ello, no podemos ser incoherentes hasta el punto de decirnos convencidos de esa prioridad mientras, por otra parte, permanecemos impasibles frente a la vulgaridad y la tontería (en dos palabras: gran irresponsabilidad) de varios de nuestros programas estelares de radio y televisión, cuyas factura y contenido —cada vez más alejados de lo que necesitamos— los convierte en remedos patéticos de los peores momentos de la programación comercial al uso en el mundo. Implacable igualmente debe ser nuestra crítica a aquellos promotores y empresarios que, en un supuesto cumplimiento de sus funciones, utilizan irresponsablemente sus espacios respectivos para legitimar y expandir propuestas artísticas de muy baja calidad, convirtiendo de hecho a nuestras instituciones, en cajas de resonancia de ese mercado uniformador y banalizante al que, por el contrario, atenidas a sus funciones, están explícitamente llamadas a combatir en la práctica. No se puede pretender impulsar una cultura de la emancipación desde el tributo y la subordinación obediente del vasallo; reproduciendo, más o menos conscientemente, criterios y mecanismos que en lo más profundo son portadores de la visión colonizadora y hegemónica legitimada por los grandes medios. Conscientes de la importancia de pasar a la ofensiva con hechos concretos, por orientación del Partido se elaboró, y recientemente se aprobó, el documento conjunto MINCULT-ICRT, suscrito por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de Radio y Televisión, que se plantea, como su propio título lo indica, poner en práctica “Acciones de resistencia frente a la colonización cultural y en defensa de la identidad nacional y de nuestros valores”. Elaborado con un verdadero espíritu de cooperación, y aprovechando la experiencia acumulada por las distintas partes en largos años de trabajo por la cultura, el documento se encuentra ya en fase de aplicación y se está discutiendo con realizadores y colectivos en un clima muy positivo. Consideramos que con este documento, muy claro en sus planteamientos ideológicos y al propio tiempo concebido para una inequívoca aplicación práctica, se ha dado un paso muy importante en la integración de conceptos y acciones por parte de quienes tenemos la altísima responsabilidad de trabajar en un frente vital de nuestra batalla de ideas y de nuestra resistencia. Fruto también de la labor desplegada desde un inicio por nuestra organización, es justo decir que están contenidos allí muchos de los puntos de vista defendidos por nuestros artistas jóvenes en sus francos e intensos debates durante estos años.
Unas líneas de Ignacio Ramonet avisan a nuestra capacidad de discernimiento sobre la trampa que nos tiende la apariencia inocua de esos medios, cuya sutileza y poder fabrica y presenta, del modo más convincente, una imagen benigna y moderna del capitalismo: “el sistema ha instaurado la teología de la sumisión, impuesta por un enemigo sonriente, y no por un adversario que inspira terror y odio”; advertencia esta que nos previene, no ya contra el manifiesto entusiasmo por lo yanqui del irremediablemente colonizado, sino también contra cierta tendencia reciente a la permisibilidad acrítica de una frivolidad dosificada dentro de nuestros medios y espacios institucionales. Esta postura suele casi siempre justificarse a nombre de la tolerancia y el desprejuicio; e invocando un concepto equivocado de defensa a ultranza de una diversidad que no toma en cuenta la responsabilidad que debe acompañar a una verdadera labor intelectual. No podemos caer en el error de pensar que la alternativa a nuestros desaciertos, y a la frecuente sobresaturación y falta de imaginación de que adolece muchas veces nuestra programación en los medios y espacios culturales, está en condescender a la introducción de cierta dosis “refrescante” de mimetismo y frivolidad made in USA , abastecida en cualquiera de las rutilantes vitrinas del mercado y la llamada industria del entretenimiento. La negligencia de esta postura salomónica no es menor que la que comporta la actitud de los primeros. Y no se trata ahora de sobredimensionar peligros ni de ver fantasmas por donde quiera, pero sobre la base de ese canon, situado supuestamente por encima o al margen de ideologías y de consideraciones políticas, se crean las condiciones para la confusión y la más absoluta falta de jerarquías, y se le hace el juego perfecto al mercado capitalista y a la ideología que lo sustenta. Ni la ingenuidad, ni el temor al bandazo, pueden justificar una actitud que nos lleve a renunciar al rigor y al ejercicio del discurso crítico consustancial al arte; concesión esta que, por demás, significaría un lamentable retroceso en un camino hace mucho ganado en nuestro país, donde a partir de un verdadero concepto democratizador de la cultura, se han creado las condiciones que permiten garantizar el más pleno ejercicio y disfrute de una genuina experiencia estética. Renunciar a la intencionalidad que nos corresponde ejercer desde nuestros espacios (medios, instituciones, organizaciones de creadores, etc) en la programación y promoción del producto cultural que brindamos, es dejar el camino libre a la iniciativa de quienes, contando con el favor de millonarios recursos, la ejercen implacablemente con objetivos e intereses exactamente contrarios a los nuestros; confiando justamente al atractivo y eficacia de ese “inofensivo” lenguaje indirecto, una labor de vaciado y erosión cultural e ideológica que a la larga nos dejaría sin defensas. Ejemplos sobran para demostrar el daño (a veces irreversible) que pueden llegar a causar concesiones de esta naturaleza.
Con seguridad, en ningún otro lugar existen las condiciones que tiene hoy Cuba para salvarse del drama que representa esa confusión para una gran mayoría en el mundo. Como en tantos otros frentes, la unidad vuelve a ser aquí imprescindible. Tenemos que aprender a colegiar puntos de vista y acciones, contenidos y métodos (el qué y el cómo) en una batalla que nos concierne a todos. Tenemos que aprender a dialogar y a discutir en un clima constructivo cuestiones que, de otra manera, sencillamente no podríamos a resolver. Qué y cómo hacerlo: de eso se trata. Contamos con una gran fortaleza que radica en la posibilidad real que tenemos de convocar y poner a funcionar nuestra experiencia y nuestro talento y de propiciar un análisis a fondo y una discusión, capaces de enriquecernos. Tenemos que aprovechar esa fortaleza, posible solo en el marco de una política cultural socialista. Como afirmara Fidel en su discurso de hace apenas un año en el Aula Magna: “toda la vida es un aprendizaje, hasta el último segundo”. Es precisamente en ese ejercicio de permanente intercambio y apropiación de conocimientos y experiencias, donde, y desde una absoluta fidelidad a los principios, tenemos que lograr que sean la creatividad, la imaginación, la inteligencia y el talento, quienes le cierren el paso a la mediocridad y la simplificación dogmática y empobrecedora derivadas del pensamiento burocrático; que sea el trabajo y la laboriosidad callada y profunda quienes triunfen sobre la pereza y la superficialidad triunfalista. Esos conceptos, presentes en las ideas de Fidel, son los que debemos continuar defendiendo para nuestra organización y para cada cosa que hagamos en nuestro trabajo por llevar adelante los extraordinarios programas que impulsa hoy la Revolución.
En el área que nos ocupa, nuestras posibilidades de éxito comienzan precisamente cuando partimos de reconocer que asistimos a un momento nuevo, diferente, de una confrontación en la que cada día adquieren más peso los matices y donde suele resultar de muy poca utilidad repetir viejas recetas. Necesitamos producir un pensamiento que desmonte y desenmascare esa gran maquinaria de manipulación y mentira y nos permita responder a los múltiples emplazamientos del presente. Tal como ha señalado Noam Chomsky, “hay que dotar de conceptos a la ira”; recomendación que alude a la inteligencia con que debemos encauzar nuestra rebeldía en la era donde, junto al microprocesador y el celular, se globalizan el hambre y el lenguaje prepotente de los dueños de los misiles.
Esta certidumbre debe llevarnos a no perder de vista la dimensión internacional de nuestra resistencia. Examinados a la luz del nuevo momento de cambio que vive el mundo (en particular América Latina), nuestros esfuerzos se inscriben dentro de los más recientes intentos de los pueblos por construir una modernidad diferente; son parte de esa lucha que frente a la guerra, la tortura, el individualismo, la mentira y el dinero, opone las razones de la poesía y la cultura, la justicia, la dignidad, la ética y la solidaridad entre los seres humanos. Venciendo infinitas dificultades, el proyecto revolucionario cubano anticipa en la práctica, con realizaciones que nadie podría negarle, muchos de los rasgos de ese otro mundo mejor al que aspiran hoy las grandes mayorías en el planeta; utopía (“posible imposibilitado”, según la definición de Alfonso Sastre) aquí hecha realidad, en la que creemos y a la que no vamos a renunciar. Hacia esa misma dirección se orienta el llamado que hemos hecho a fortalecer nuestro trabajo en la red e integrarnos, de un modo cada vez más activo y eficaz, a las labores de la red de redes “En defensa de la Humanidad”. Ha sido esa irrenunciable vocación de lucha y de defensa de los valores auténticamente revolucionarios, la que ha expresado nuestro movimiento artístico joven y su organización a lo largo de estos veinte años; compromiso que desde aquí ratificamos también para los años que vendrán.
Cierro estos apuntes que intentan enrumbar nuestro debate, con unas palabras de Graziella Pogolotti, maestra entrañable de todos nosotros, pronunciadas durante un análisis muy similar a este organizado a propósito del 40 Aniversario de la Revolución: “En la reflexión que ahora se impone, tocará lo suyo a los economistas, a los politólogos, a los especialistas en ciencias sociales. Para la cultura, el estremecimiento llega hasta su punto centro palpitante, hasta su raíz y su sentido último, hasta su vocación humanista. El arte se sumerge en el espectáculo transnacionalizado, los medios enmascarados tras su aparente diversidad invasiva y sobreabundante, hipnotizan al sujeto con su mensaje único, simplista y banalizador. Una misma máscara amenaza con encubrir el rostro múltiple del hombre, esa, su verdadera riqueza. El aprendiz de brujo no puede aplastar las imágenes que ha engendrado. Hay que reconquistar la auténtica dimensión de lo imaginario, reivindicar los sueños que algunos llaman utopía, porque el sueño nos ilumina e impulsa a la acción. Para que un día, a la vuelta del milenio, restaurado el orden del universo, el hombre, recuperadas la líneas de su rostro, construya su casa en la tierra.”
Cualquier acercamiento a la dimensión cultural de nuestra realidad y a los desafíos que asociado a ello enfrentamos en el presente, tiene que partir de considerar un hecho irrefutable: a pesar de la hostilidad imperialista, del bloqueo y las carencias materiales afrontadas por nuestro pueblo durante los últimos quince años , del retroceso de las ideas y la desmoralización casi generalizada, experimentados tras la caída de la Unión Soviética y el derrumbe del Campo Socialista, con el consiguiente ascenso y establecimiento del pensamiento único a escala global, en Cuba hemos logrado salvar, y aún sacar adelante, una cultura propia.
Pocas veces somos suficientemente objetivos al ponderar una labor que, evaluada a la luz de circunstancias tan adversas, cobra perfiles de auténtica proeza. Frente a la estampida y el desconcierto prácticamente unánimes provocados por la debacle, y ante la euforia triunfalista de quienes entonces se adelantaron a decretar el fin de la Historia, la Revolución cubana se reafirmó en su propósito de defender para sí un proyecto humanista que ubicaba a la cultura en el centro mismo de su estrategia de resistencia. Para los cubanos, afirmarnos en la defensa de la cultura ha significado, ni más ni menos, salvar nuestra independencia y nuestro destino como pueblo. La experiencia vivida en estos años da cuentas de esa voluntad, enriquecida con el concurso de muy diversos factores y recursos y para cuya realización ha resultado decisivo el papel de nuestra vanguardia artística.
Los múltiples programas sociales que han transformado al país en esta última etapa, fueron concebidos con esa visión que asocia nuestra capacidad de resistencia y nuestras posibilidades de desarrollo al desarrollo integral de la cultura. En la raíz de este enfoque están aquellas palabras de Fidel que afirman que “sin cultura no hay libertad posible”; expresión que sintetiza el significado profundo que se le atribuye a la cultura en la defensa y perdurabilidad de un proyecto socialista como el que construimos los cubanos. Al modo en cómo estas ideas han ido abriéndose paso, se debe no solo el impulso y la prioridad percibidos por la cultura en este período, sino también el gran prestigio social que ha alcanzado.
Basados precisamente en esa enorme responsabilidad, es que asumimos esta convocatoria a una reflexión crítica sobre nuestra realidad sociocultural que, desde los puntos de vista de la cultura y arreglada a nuestras condiciones, ayude a vencer desaciertos y obstáculos, y en un debate colectivo, sume nuevas ideas, perspectivas e interrogantes, acerca de las vías que nos aseguren un avance real hacia el socialismo que defendemos para los cubanos.
Sabemos de antemano que en un análisis como este surgirán muchas preguntas y que algunas de ellas no encontrarán respuesta; aflorarán problemas para los cuales tal vez no aparezca de inmediato la solución; se esbozarán contradicciones que, más de una vez, acaso resultarán insalvables. Pero vale la pena. Asumir la defensa de nuestra identidad nacional y de nuestros valores frente a la gran operación de recolonización cultural promovida por quienes se han autoproclamado dueños del mundo, supone poner en tensión todas nuestras capacidades, dentro de lo cual, fomentar el debate honesto y comprometido se evidencia, cada vez más, como una condición necesaria.
No ignoramos que este debate se enmarca en aquel otro mayor abierto por Fidel con su discurso a los jóvenes el 17 de noviembre del pasado año en el Aula Magna de la Universidad de la Habana. Extraídas de allí, aquellas preocupaciones subyacen en el espíritu del análisis que proponemos. A esa misma coherencia y pasión aspiramos para un examen que, desde la cultura, encare con valentía y profundidad los complejísimos retos a los que estamos sometidos en el presente los revolucionarios cubanos.
No es únicamente a través de la vía militar, o mediante las más severas e inimaginables presiones económicas, que se expresan la hegemonía y los apetitos yanquis sobre las ideas de emancipación y justicia que encarna la Revolución cubana. Hay otro plan, tan macabro como aquellos, pero mucho más sutil y probablemente más eficaz. Del mismo modo en que hemos comprendido que combatir la corrupción en Cuba va más allá de enfrentar un hecho puntual, sino que forma parte de nuestra lucha contra el capitalismo, cuya naturaleza inmoral se revela en deformaciones y vicios como este que, de no ser detenidos a tiempo, irían poco a poco minando el tejido social; es impostergable que denunciemos la esencia reaccionaria de la frivolidad y el consumismo, su profunda agresión al espíritu, su saldo (aunque encubierto) también desmovilizador y paralizante y, a la larga, igualmente letal para la Revolución.
Los esfuerzos que en los terrenos social y económico viene haciendo el país por elevar la calidad de vida de nuestro pueblo servirían de bien poco si, al mismo tiempo, no son acompañados por un trabajo inteligente y hondo en el campo ideológico y cultural, que fije y proteja los mejores valores y principios en la actitud de nuestros jóvenes. Relacionar la calidad de vida únicamente con parámetros de tipo económico, que no tomen en cuenta el componente espiritual, es un gravísimo error sobre el que hay que alertar permanentemente; criterio que está muy lejos de la misión estratégica seguida por la Revolución aún en sus años más difíciles; así como de la propia plataforma que propone la batalla de ideas a la que más recientemente hemos sido convocados.
¿Cómo convencer y ganar esa batalla en el interior, en las convicciones de nuestra gente? ¿Qué métodos usamos para (sin retórica) hacer creíbles nuestras posiciones a la hora del razonamiento entre los más jóvenes? Tal como no lo son el dinero y la frívola seducción de lo material, tampoco pueden ser el teque, el exceso de ceremonia, la solemnidad injustificada y la chapucería, las vías que utilicemos para propiciar un diálogo fecundo con esas masas de jóvenes que entre todos debemos formar. La desventaja que objetivamente padecemos en cuanto a disponibilidad de tecnología y recursos para la información, estamos obligados a borrarla a base de creatividad y talento. Tenemos que llegar a las reservas morales de las personas y cautivar con verdades sus sentimientos y su nobleza. La Revolución es, por encima de todo, una obra de justicia y amor, de allí emanan su sentido y su belleza, y esos son nuestros mejores argumentos cuando sabemos fundamentarlo y explicarlo.
Es indispensable que tanto las instituciones y los medios de difusión, como la vanguardia artística, conjuguen esfuerzos en un aporte que propicie continuar ampliando y democratizando el acceso a la cultura; de tal forma que su disfrute se convierta en parte de la vida cotidiana de nuestro pueblo, al tiempo que en alternativa al consumismo y las imitaciones del modelo de vida capitalista.
Ese culto a lo yanqui, presente no solo en patrones de gusto, sino en posturas y expresiones de grupos no pequeños de jóvenes, donde el éxito es asociado con frecuencia a las marcas de moda y a la posibilidad de acceso a fetiches de la sociedad de consumo, y donde uno siente que ha ido ganando espacio cierto mito del emigrante triunfador, tiene que encontrar una barrera y un contrapeso en modelos culturales propios, en los que mediante el uso de códigos atractivos y actualizados primen las jerarquías culturales y el alto valor estético, unidos al rico sustrato identitario que define nuestras esencias. De aquí se desprende no solo el papel fundamental que en ello desempeñan el lenguaje del arte y los resortes de la ficción, sino también, al propio tiempo, la imprescindible vigilancia cualitativa que debemos mantener sobre cada cosa que hagamos, sin lo cual pueden llegar a deformarse y fracasar, incluso, las mejores ideas.
Para eso contamos con ustedes. Una vanguardia vigilante, responsable y conciente de su papel, peleadora, activa, es la que necesitamos en la discusión del aquí y ahora de nuestra realidad sociocultural; debate que por demás solo nos corresponde hacer a nosotros, quienes desde Cuba construimos cada jornada el presente y el futuro de este país, y que de ninguna manera vamos a consentir que hagan otros, anexionistas confesos o colonizados más o menos encubiertos que, desde hace rato ya, han perdido toda posibilidad moral de compartir este derecho, alistados entre los mercenarios como vulgares asalariados del imperio. No quiere esto decir que pasemos ahora, de pronto, a una filosofía de la exclusión, que no ha sido, ni puede ser, una práctica en nuestro trabajo, cuando por el contrario lo que este ha buscado siempre ha sido —sin renunciar a los principios— sumar, y salvar a todo aquel que pueda ser salvado. Estamos conscientes de que la diversidad es nuestra mayor riqueza y en eso debe continuar fundándose en lo adelante nuestra política.
Un enfoque similar, que tome en cuenta las complejas dinámicas sociales y políticas en medio de las cuales se desenvuelve en estos momentos la vida en Cuba, es el que debemos seguir a la hora de respondernos qué podemos hacer desde la cultura para facilitar que los jóvenes encuentren aquí sus metas de realización personal. Fomentar el conocimiento de nuestra historia y el amor por lo que somos, unido a la sistematización de nuevas formas de participación que incentiven esos intereses, se convierte en una prioridad estratégica de primer orden, en la que estamos llamados a concentrar toda nuestra voluntad e imaginación. Analizado de cara al futuro, este es un tema en el que tendría que estar pensando permanentemente todo el mundo, donde sin ingenuidades, pero al mismo tiempo sin prejuicios, es imprescindible que ensayemos alternativas novedosas y frescas, tanto de recreación como de diálogo que, libres de concesiones y facilismos, nos acerquen de otra manera a la sensibilidad y los intereses de nuestros jóvenes. No existe ahora mismo, en el campo ideológico-cultural, un fenómeno que demande mayor atención que este; por eso es hacia allí que debe orientarse el caudal de nuestros esfuerzos.
De acuerdo con ello, no podemos ser incoherentes hasta el punto de decirnos convencidos de esa prioridad mientras, por otra parte, permanecemos impasibles frente a la vulgaridad y la tontería (en dos palabras: gran irresponsabilidad) de varios de nuestros programas estelares de radio y televisión, cuyas factura y contenido —cada vez más alejados de lo que necesitamos— los convierte en remedos patéticos de los peores momentos de la programación comercial al uso en el mundo. Implacable igualmente debe ser nuestra crítica a aquellos promotores y empresarios que, en un supuesto cumplimiento de sus funciones, utilizan irresponsablemente sus espacios respectivos para legitimar y expandir propuestas artísticas de muy baja calidad, convirtiendo de hecho a nuestras instituciones, en cajas de resonancia de ese mercado uniformador y banalizante al que, por el contrario, atenidas a sus funciones, están explícitamente llamadas a combatir en la práctica. No se puede pretender impulsar una cultura de la emancipación desde el tributo y la subordinación obediente del vasallo; reproduciendo, más o menos conscientemente, criterios y mecanismos que en lo más profundo son portadores de la visión colonizadora y hegemónica legitimada por los grandes medios. Conscientes de la importancia de pasar a la ofensiva con hechos concretos, por orientación del Partido se elaboró, y recientemente se aprobó, el documento conjunto MINCULT-ICRT, suscrito por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de Radio y Televisión, que se plantea, como su propio título lo indica, poner en práctica “Acciones de resistencia frente a la colonización cultural y en defensa de la identidad nacional y de nuestros valores”. Elaborado con un verdadero espíritu de cooperación, y aprovechando la experiencia acumulada por las distintas partes en largos años de trabajo por la cultura, el documento se encuentra ya en fase de aplicación y se está discutiendo con realizadores y colectivos en un clima muy positivo. Consideramos que con este documento, muy claro en sus planteamientos ideológicos y al propio tiempo concebido para una inequívoca aplicación práctica, se ha dado un paso muy importante en la integración de conceptos y acciones por parte de quienes tenemos la altísima responsabilidad de trabajar en un frente vital de nuestra batalla de ideas y de nuestra resistencia. Fruto también de la labor desplegada desde un inicio por nuestra organización, es justo decir que están contenidos allí muchos de los puntos de vista defendidos por nuestros artistas jóvenes en sus francos e intensos debates durante estos años.
Unas líneas de Ignacio Ramonet avisan a nuestra capacidad de discernimiento sobre la trampa que nos tiende la apariencia inocua de esos medios, cuya sutileza y poder fabrica y presenta, del modo más convincente, una imagen benigna y moderna del capitalismo: “el sistema ha instaurado la teología de la sumisión, impuesta por un enemigo sonriente, y no por un adversario que inspira terror y odio”; advertencia esta que nos previene, no ya contra el manifiesto entusiasmo por lo yanqui del irremediablemente colonizado, sino también contra cierta tendencia reciente a la permisibilidad acrítica de una frivolidad dosificada dentro de nuestros medios y espacios institucionales. Esta postura suele casi siempre justificarse a nombre de la tolerancia y el desprejuicio; e invocando un concepto equivocado de defensa a ultranza de una diversidad que no toma en cuenta la responsabilidad que debe acompañar a una verdadera labor intelectual. No podemos caer en el error de pensar que la alternativa a nuestros desaciertos, y a la frecuente sobresaturación y falta de imaginación de que adolece muchas veces nuestra programación en los medios y espacios culturales, está en condescender a la introducción de cierta dosis “refrescante” de mimetismo y frivolidad made in USA , abastecida en cualquiera de las rutilantes vitrinas del mercado y la llamada industria del entretenimiento. La negligencia de esta postura salomónica no es menor que la que comporta la actitud de los primeros. Y no se trata ahora de sobredimensionar peligros ni de ver fantasmas por donde quiera, pero sobre la base de ese canon, situado supuestamente por encima o al margen de ideologías y de consideraciones políticas, se crean las condiciones para la confusión y la más absoluta falta de jerarquías, y se le hace el juego perfecto al mercado capitalista y a la ideología que lo sustenta. Ni la ingenuidad, ni el temor al bandazo, pueden justificar una actitud que nos lleve a renunciar al rigor y al ejercicio del discurso crítico consustancial al arte; concesión esta que, por demás, significaría un lamentable retroceso en un camino hace mucho ganado en nuestro país, donde a partir de un verdadero concepto democratizador de la cultura, se han creado las condiciones que permiten garantizar el más pleno ejercicio y disfrute de una genuina experiencia estética. Renunciar a la intencionalidad que nos corresponde ejercer desde nuestros espacios (medios, instituciones, organizaciones de creadores, etc) en la programación y promoción del producto cultural que brindamos, es dejar el camino libre a la iniciativa de quienes, contando con el favor de millonarios recursos, la ejercen implacablemente con objetivos e intereses exactamente contrarios a los nuestros; confiando justamente al atractivo y eficacia de ese “inofensivo” lenguaje indirecto, una labor de vaciado y erosión cultural e ideológica que a la larga nos dejaría sin defensas. Ejemplos sobran para demostrar el daño (a veces irreversible) que pueden llegar a causar concesiones de esta naturaleza.
Con seguridad, en ningún otro lugar existen las condiciones que tiene hoy Cuba para salvarse del drama que representa esa confusión para una gran mayoría en el mundo. Como en tantos otros frentes, la unidad vuelve a ser aquí imprescindible. Tenemos que aprender a colegiar puntos de vista y acciones, contenidos y métodos (el qué y el cómo) en una batalla que nos concierne a todos. Tenemos que aprender a dialogar y a discutir en un clima constructivo cuestiones que, de otra manera, sencillamente no podríamos a resolver. Qué y cómo hacerlo: de eso se trata. Contamos con una gran fortaleza que radica en la posibilidad real que tenemos de convocar y poner a funcionar nuestra experiencia y nuestro talento y de propiciar un análisis a fondo y una discusión, capaces de enriquecernos. Tenemos que aprovechar esa fortaleza, posible solo en el marco de una política cultural socialista. Como afirmara Fidel en su discurso de hace apenas un año en el Aula Magna: “toda la vida es un aprendizaje, hasta el último segundo”. Es precisamente en ese ejercicio de permanente intercambio y apropiación de conocimientos y experiencias, donde, y desde una absoluta fidelidad a los principios, tenemos que lograr que sean la creatividad, la imaginación, la inteligencia y el talento, quienes le cierren el paso a la mediocridad y la simplificación dogmática y empobrecedora derivadas del pensamiento burocrático; que sea el trabajo y la laboriosidad callada y profunda quienes triunfen sobre la pereza y la superficialidad triunfalista. Esos conceptos, presentes en las ideas de Fidel, son los que debemos continuar defendiendo para nuestra organización y para cada cosa que hagamos en nuestro trabajo por llevar adelante los extraordinarios programas que impulsa hoy la Revolución.
En el área que nos ocupa, nuestras posibilidades de éxito comienzan precisamente cuando partimos de reconocer que asistimos a un momento nuevo, diferente, de una confrontación en la que cada día adquieren más peso los matices y donde suele resultar de muy poca utilidad repetir viejas recetas. Necesitamos producir un pensamiento que desmonte y desenmascare esa gran maquinaria de manipulación y mentira y nos permita responder a los múltiples emplazamientos del presente. Tal como ha señalado Noam Chomsky, “hay que dotar de conceptos a la ira”; recomendación que alude a la inteligencia con que debemos encauzar nuestra rebeldía en la era donde, junto al microprocesador y el celular, se globalizan el hambre y el lenguaje prepotente de los dueños de los misiles.
Esta certidumbre debe llevarnos a no perder de vista la dimensión internacional de nuestra resistencia. Examinados a la luz del nuevo momento de cambio que vive el mundo (en particular América Latina), nuestros esfuerzos se inscriben dentro de los más recientes intentos de los pueblos por construir una modernidad diferente; son parte de esa lucha que frente a la guerra, la tortura, el individualismo, la mentira y el dinero, opone las razones de la poesía y la cultura, la justicia, la dignidad, la ética y la solidaridad entre los seres humanos. Venciendo infinitas dificultades, el proyecto revolucionario cubano anticipa en la práctica, con realizaciones que nadie podría negarle, muchos de los rasgos de ese otro mundo mejor al que aspiran hoy las grandes mayorías en el planeta; utopía (“posible imposibilitado”, según la definición de Alfonso Sastre) aquí hecha realidad, en la que creemos y a la que no vamos a renunciar. Hacia esa misma dirección se orienta el llamado que hemos hecho a fortalecer nuestro trabajo en la red e integrarnos, de un modo cada vez más activo y eficaz, a las labores de la red de redes “En defensa de la Humanidad”. Ha sido esa irrenunciable vocación de lucha y de defensa de los valores auténticamente revolucionarios, la que ha expresado nuestro movimiento artístico joven y su organización a lo largo de estos veinte años; compromiso que desde aquí ratificamos también para los años que vendrán.
Cierro estos apuntes que intentan enrumbar nuestro debate, con unas palabras de Graziella Pogolotti, maestra entrañable de todos nosotros, pronunciadas durante un análisis muy similar a este organizado a propósito del 40 Aniversario de la Revolución: “En la reflexión que ahora se impone, tocará lo suyo a los economistas, a los politólogos, a los especialistas en ciencias sociales. Para la cultura, el estremecimiento llega hasta su punto centro palpitante, hasta su raíz y su sentido último, hasta su vocación humanista. El arte se sumerge en el espectáculo transnacionalizado, los medios enmascarados tras su aparente diversidad invasiva y sobreabundante, hipnotizan al sujeto con su mensaje único, simplista y banalizador. Una misma máscara amenaza con encubrir el rostro múltiple del hombre, esa, su verdadera riqueza. El aprendiz de brujo no puede aplastar las imágenes que ha engendrado. Hay que reconquistar la auténtica dimensión de lo imaginario, reivindicar los sueños que algunos llaman utopía, porque el sueño nos ilumina e impulsa a la acción. Para que un día, a la vuelta del milenio, restaurado el orden del universo, el hombre, recuperadas la líneas de su rostro, construya su casa en la tierra.”
El discurso de Lage es para la historia
Por Miguel Sancho Fernández
No tiene sentido extraer frases disociadas de un buen discurso si se puede leer todo, es algo así como convertir en afiche la “Mona Lisa”, la obra maestra reducida a caricatura. Por eso, cuando la discusión de un documento se vuelve en síntesis de citas, es ese el primer síntoma de su simplificación; trataré entonces sin creerme libre de faltas de comentar con pocas referencias el trascendente discurso de Lage en la celebración del aniversario 45 de la UJC.
Qué hace especial a este discurso que muchos ya lo incluyen entre la clase de los imprescindibles, junto al discurso de Fidel del 17 de noviembre, el de Felipe de la Asamblea Nacional, o el de Raúl en el Congreso del Sindicato; en lo adelante algunos puntos a considerar.
La relevancia no está en verdades nuevas, aunque los puntos de vistas son novedosos los problemas son archiconocidos, pero son verdades no asumidas en el discurso “correctamente” político, temas que no aparecen en nuestras agendas, tan ignorados al punto de quedar como fantasmas merodeando en nuestras mentes, y sabemos que los fantasmas no son del gusto de los cuerdos.
Cuando esos temas con los que nos sentimos autocensurados, son expuestos por la dirección de la revolución y validan la necesidad de abordarlos de manera crítica y de encontrarles soluciones radicales, chocamos tan fuerte con la realidad que la primera reacción es de desconcierto. En ese sentido es un discurso esclarecedor, que se propone discernir, revisar todo cuanto hacemos para hurgar en las causas de las cosas hasta llegar a sus esencias.
Es un discurso abierto, que desde el principio se plantea el reto de lograr un diálogo, invitando al interlocutor a que piense y medite, lo que hace que no se pueda valorar definitivamente hasta que no cumpla su última milla, esta se complementa cuando vayamos una y otra vez de sus líneas a nuestro pensamiento, mientras tenga sentido ese ejercicio estará abierto este discurso. En coherencia con esa idea hace que una de los ejes sea precisamente el sentido de la crítica y la necesidad de su uso cada vez más aguzado y comprometido de los jóvenes.
Entre las contradicciones que debela está, la diferencia sustantiva entre activismo e implicación, la insuficiencia de determinadas prácticas políticas para calar en la sensibilidad y conciencia de los jóvenes, para conocerlos y formarlos como verdaderos revolucionarios; todo lo cual junto a otras causas, a resultado en un resquebrajamiento de la legitimidad de la organización como vanguardia de la juventud cubana.
El discurso, es un discurso vivo que todavía le queda mucho por hacer, su peor mutilización es que lo tomemos como un material más de discusión de nuestras reuniones de base, sin mayor trascendencia. En el se proponen nuevas prioridades de trabajo, alcances, objetivos, que deben ser del mayor interés de toda la organización como un todo.
No tiene sentido extraer frases disociadas de un buen discurso si se puede leer todo, es algo así como convertir en afiche la “Mona Lisa”, la obra maestra reducida a caricatura. Por eso, cuando la discusión de un documento se vuelve en síntesis de citas, es ese el primer síntoma de su simplificación; trataré entonces sin creerme libre de faltas de comentar con pocas referencias el trascendente discurso de Lage en la celebración del aniversario 45 de la UJC.
Qué hace especial a este discurso que muchos ya lo incluyen entre la clase de los imprescindibles, junto al discurso de Fidel del 17 de noviembre, el de Felipe de la Asamblea Nacional, o el de Raúl en el Congreso del Sindicato; en lo adelante algunos puntos a considerar.
La relevancia no está en verdades nuevas, aunque los puntos de vistas son novedosos los problemas son archiconocidos, pero son verdades no asumidas en el discurso “correctamente” político, temas que no aparecen en nuestras agendas, tan ignorados al punto de quedar como fantasmas merodeando en nuestras mentes, y sabemos que los fantasmas no son del gusto de los cuerdos.
Cuando esos temas con los que nos sentimos autocensurados, son expuestos por la dirección de la revolución y validan la necesidad de abordarlos de manera crítica y de encontrarles soluciones radicales, chocamos tan fuerte con la realidad que la primera reacción es de desconcierto. En ese sentido es un discurso esclarecedor, que se propone discernir, revisar todo cuanto hacemos para hurgar en las causas de las cosas hasta llegar a sus esencias.
Es un discurso abierto, que desde el principio se plantea el reto de lograr un diálogo, invitando al interlocutor a que piense y medite, lo que hace que no se pueda valorar definitivamente hasta que no cumpla su última milla, esta se complementa cuando vayamos una y otra vez de sus líneas a nuestro pensamiento, mientras tenga sentido ese ejercicio estará abierto este discurso. En coherencia con esa idea hace que una de los ejes sea precisamente el sentido de la crítica y la necesidad de su uso cada vez más aguzado y comprometido de los jóvenes.
Entre las contradicciones que debela está, la diferencia sustantiva entre activismo e implicación, la insuficiencia de determinadas prácticas políticas para calar en la sensibilidad y conciencia de los jóvenes, para conocerlos y formarlos como verdaderos revolucionarios; todo lo cual junto a otras causas, a resultado en un resquebrajamiento de la legitimidad de la organización como vanguardia de la juventud cubana.
El discurso, es un discurso vivo que todavía le queda mucho por hacer, su peor mutilización es que lo tomemos como un material más de discusión de nuestras reuniones de base, sin mayor trascendencia. En el se proponen nuevas prioridades de trabajo, alcances, objetivos, que deben ser del mayor interés de toda la organización como un todo.
Los jóvenes de hoy no conocieron el capitalismo ni tampoco el socialismo
Discurso de Carlos Lage Dávila en el el aniversario 45 de la Union de Jovenes Comunistas(UJC) de Cuba
Querido Raúl
Compañeras y compañeros:
No vengo a hablar hoy aquí con la nostalgia de quien fue un dirigente de la juventud comunista, ni a contar lo que entonces fuimos, ni a dar consejos de cómo debe ser un joven revolucionario.
Cuando supe que había sido designado para hablar en este acto entendí que era mi deber pensar, meditar en los problemas de la juventud de hoy, en sus responsabilidades y desafíos y provocar con estas palabras que también hoy ustedes piensen y mediten.
Los que son ahora jóvenes nacieron o crecieron en el Período Especial. No conocieron el grado de bienestar, justicia social y equidad que conquistó la Revolución después del primero de enero de 1959. No idealizamos la sociedad que ya disfrutábamos en los 80, porque sabemos bien que toda obra humana es imperfecta e incompleta, pero al finalizar esa década en ningún otro lugar del planeta la noción de socialismo era tan real como en esta pequeña Isla del Caribe. La historia lo ha demostrado.
Siempre supimos que el reto mayor del socialismo es forjar en los jóvenes una conciencia comunista y rechazar el capitalismo sin haber vivido en él y sin haber podido sentir cuánto daño moral produce, cuánto lastra la felicidad y cuánto lacera la dignidad humana una sociedad basada en el egoísmo, el individualismo, la vanidad y el ánimo de lucro.
Pero más allá de ese reto, nuestros jóvenes han de comprender que la sociedad socialista en la que vivimos, amenazada militarmente, agredida económicamente y retada política y moralmente, es mucho menos ideal de lo que quisiéramos y de lo que ya habían alcanzado años antes para todos los cubanos Fidel, Raúl, el Che, y los jóvenes rebeldes, para quienes el Granma fue un gran acorazado, el Moncada un minúsculo cuartel y un ejército de 80 mil soldados, un obstáculo menor ante los sueños de libertad y de justicia que los inspiraban.
Lo que no debió suceder, lo que pudo ser evitado, la desaparición de la URSS y el campo socialista dejó a Cuba —digámoslo tal como fue— sola frente al imperio.
Desaparecieron nuestros mercados, las fuentes de créditos y de inversión y el gobierno norteamericano se dispuso, sin ocultarlo, a rendir por hambre y enfermedades a nuestro pueblo y recrudeció el bloqueo, la guerra económica, las campañas de mentiras y calumnias e intensificó los actos terroristas.
Ustedes nacieron o crecieron cuando se interrumpía el servicio eléctrico 10 o más horas al día, faltaban los medicamentos, escaseaban dramáticamente los alimentos, y apenas circulaban transportes por las calles, incluso de la capital.
Esas circunstancias modificaron sustancialmente la vida de nuestro pueblo, engendraron amargas contradicciones, propiciaron la expansión de vicios y privilegios que habían sido superados por la propia obra revolucionaria, resintieron la equidad social, el salario dejó de ser la retribución justa con el que podían resolverse las necesidades de la vida cotidiana.
Fue imprescindible hacer concesiones tácticas cuyas consecuencias no hemos logrado superar aún. Algunos cambios sin la adecuada preparación generaron descontrol y pérdida de eficiencia, y otros también necesarios, condujeron a situaciones indeseadas.
Los jóvenes de hoy no conocieron el capitalismo ni tampoco el socialismo que ya habíamos alcanzado y han vivido años en que han visto crecer deformaciones y desigualdades. Pero los jóvenes de hoy han conocido también de la tenaz y admirable resistencia de nuestro pueblo, que en medio de duras carencias, fue capaz de defender, ya entonces, más un sueño que una realidad, más una quimera que una hazaña posible, y ante el asombro del mundo salvó su Revolución que ahora se yergue con más fuerza y orgullo que nunca.
Aun conscientes de nuestras justificadas insatisfacciones, nuestro pueblo disfruta hoy de derechos que para miles de millones en el planeta no son siquiera imaginables: tiene acceso gratuito a la salud y a la educación de un extremo a otro de la Isla, nadie sobra en nuestro país, un puesto de estudio o de trabajo, una forma de ser útil no le está impedida a un solo cubano, nadie tiene que dormir en las calles ni está abandonado a su suerte. Vivimos en una sociedad de justicia, solidaria, digna, que será cada vez mejor porque nuestros recursos no son propiedad de las transnacionales, nuestras leyes no las impone el mercado, nuestra política no la dicta una potencia extranjera.
Hoy mientras avanzamos vemos retroceder al neoliberalismo, desaparecer el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas, desacreditarse a los gobiernos de Europa, adictos a la hipocresía de la democracia y los derechos humanos, vemos al imperio en franca decadencia, ética, moral y sistémica.
Más convencidos que nunca de nuestro camino socialista y de la justicia de nuestras ideas tenemos que estar conscientes de las contradicciones que ha heredado nuestra sociedad del Período Especial y de que nuestro trabajo con los jóvenes requiere en profundidad y en extensión un alcance mucho mayor. Sería un error estar conforme con lo que hacemos, imaginar que siempre llegamos al corazón y a la mente de los jóvenes, que es adecuado nuestro trabajo ideológico, que lo comprendemos bien, no como la simple reiteración de ideas, sino como el arte de despertar los sentimientos y forjar la conciencia.
Resulta imprescindible apropiarse de una sólida cultura para ser capaz de vislumbrar las esencias y confiar en la capacidad de construir una sociedad cada vez más justa en un mundo injusto y amenazado de existir, no solo por peligros de guerra.
La cultura nos brinda la lucidez «para cambiar todo cuanto deba ser cambiado», para conquistar cuanto nos propongamos. Nada hay tan propio de la juventud como el cambio, como las altas metas, y por eso es un privilegio ser joven en tiempos de Revolución.
Conquistar lo mejor para nuestras vidas, para nuestras familias, para nuestros semejantes y para las nuevas generaciones, solo puede hacerse de la mano de la cultura. Sin cultura no hay libertad posible, nos ha dicho Fidel.
Y en fecha tan significativa como la de hoy debemos continuar meditando en el discurso de nuestro Comandante en Jefe en el Aula Magna de la Universidad de La Habana y preguntarnos: ¿Estamos satisfechos con los niveles de información, con el desarrollo de los intereses y con la interiorización de valores, que se logra sembrar en las nuevas generaciones?.
¿La militancia de la UJC se corresponde con la vanguardia de nuestra juventud con su condición de relevo del Partido, garante indiscutible de la Revolución?
Una respuesta negativa o en parte negativa a esas preguntas no negaría los avances ni la existencia de una organización juvenil fuerte y prestigiosa como es la UJC, ni las incuestionables virtudes de una juventud sana y revolucionaria como la nuestra. Se trata de tener conciencia de la alta responsabilidad que asumen los jóvenes de un país que ha sabido defender las banderas del socialismo en las más difíciles circunstancias, un país que ha sido guía y esperanza para millones, cientos de millones de seres humanos en el mundo.
Nuestra juventud es disciplinada, organizada, responsable, participa activamente de la vida política y esas cualidades pueden ser fácilmente apreciadas, pero ello no es siempre reflejo en todos y cada uno de los jóvenes, de una sólida convicción revolucionaria y nuestro deber es llegar a conocer cuán profundamente revolucionario es cada joven y lograr que se proponga serlo cada vez más.
Es necesario garantizar la participación real y efectiva de los jóvenes en todas las esferas de la vida social; en cualquier campo en que actúe un joven debe hacerse sentir, brindar su contribución. Necesitamos de su espíritu crítico, de su natural rebeldía, de su apego a la justicia, de su intransigencia ante lo mal hecho.
La Revolución requiere del ejercicio de pensar, y de pensar con cabeza propia y esto debe fomentarse en las edades en que se forja el carácter, en que cristalizan las convicciones y se instalan los valores que han de guiar nuestra conducta toda la vida.
Una organización de vanguardia debe analizar, debatir, proponer.
Cuando el debate y los análisis de los temas y asuntos que más atañen e interesan a los jóvenes, tienen lugar al margen de las organizaciones de base de la UJC estas devienen elementos formales alejados de la vida real.
Este no es un problema solo de la UJC, pero nada más razonable que enfrentarlo primero con los jóvenes.
La Batalla de Ideas nacida del pensamiento revolucionario de Fidel y a la que con tanta dedicación y pasión se han consagrado la UJC, la Organización de Pioneros, la FEU y la FEEM, y que tanta esperanza y justificada confianza despierta en nuestro pueblo, abrió nuevas e infinitas posibilidades para los jóvenes, pero solo ha comenzado y debe tener ahora una necesaria continuidad en un trabajo de mayor profundidad, joven a joven. No basta con reaccionar a coyunturas, y emprender con acierto importantes tareas, hay que dejar una huella en cada joven, con cada acto, con cada actividad, con cada tarea. El trabajo diario no pueden ser las actas y las reuniones, que son imprescindibles, el trabajo diario tiene que ser la generación de una intensa actividad política y de una genuina vida cultural en cada rincón de la Patria que regale a la Revolución, generaciones de jóvenes inmunes a los cantos de sirena del capitalismo, a las vidrieras de las sociedades de consumo y a las banalidades del sistema cuyos valores rechazamos.
La juventud de hoy son los internacionalistas, los universitarios en cada municipio del país, los maestros emergentes, los trabajadores sociales, los instructores de arte, los estudiosos de las ciencias informáticas, los estudiantes, los trabajadores, los combatientes, nunca la Revolución contó con una masa de jóvenes tan instruida y aguerrida.
La UJC no ha de esperar que los jóvenes acudan, ha de ir por ellos y contribuir a formar una juventud cada vez más revolucionaria que ha de serlo y puede serlo porque las ideas que defendemos son las más nobles y justas por las que se haya luchado jamás.
Es cierto que todo no puede ser trabajo, estudio y actividades políticas y que a la UJC le corresponde un papel importante en la promoción de espacios y condiciones para la recreación, que nuestras limitaciones materiales y la existencia de dos monedas y dos mercados, más la falta de imaginación y empeño entre otros factores, impiden el pleno acceso de los jóvenes. Serían impagables los costos de una juventud con tiempo inútil, generador de vicios, de alcoholismo, de consumos seudoculturales, donde se fomenta la apatía, la vulgaridad, la insensibilidad, que son manifestaciones del comportamiento humano incompatibles con la sociedad que construimos.
Mucho más puede hacer la UJC y mucho más puede exigir la UJC a los organismos e instituciones que tienen responsabilidades en este frente, pero también todos sabemos que mientras más culto es un joven, mientras más intereses y motivaciones le hayamos sembrado, más fácil encontrará opciones para su tiempo libre, para vivir una vida capaz de enriquecerlo como ser humano, de disfrutar mejor lo que le viene legado por la creación del hombre.
Compañeras y compañeros:
Felicitamos a la Unión de Jóvenes Comunistas y a la Organización de Pioneros José Martí por su Aniversario y ratificamos la confianza en los cubanos que tienen hoy la edad de sentir que todo es posible.
Vivimos en un mundo con 900 millones de hambrientos y más de mil millones de analfabetos, en el cual se gasta un millón de millones de dólares en guerra o en preparar guerras, donde los cambios climáticos son ya ostensibles y el consumo de combustibles crece sin control, donde el gobierno del país que ha alcanzado el mayor poder económico y militar de la historia se comporta de manera irracional, egoísta y criminal.
Como nunca antes los problemas del mundo son problemas de cada nación y ningún país aisladamente podrá enfrentar los inmensos desafíos que tiene a la vista la especie humana. Este es el mundo en que les ha correspondido vivir y por salvarlo, deberán luchar nuestros jóvenes. Tenemos razones para confiar en ustedes.
La historia de nuestra Patria la han forjado generaciones de cubanos desde las edades más tempranas. Al estallar la lucha iluminadora del 68, muchos jóvenes partieron a la manigua y a esas filas se uniría un campesino de 23 años, llamado Antonio Maceo. También un joven, Ignacio Agramonte, derrotó con su arrojo las tesis que planteaban abandonar la lucha.
Los ocho estudiantes de medicina, inocentes del acto de profanación que se les imputaba, no lo eran de simpatizar con la causa de la independencia.
Durante aquella guerra José Martí con solo 16 años, por amar a su Patria, fue a dar al presidio de La Habana. Desde entonces ni un solo día dejó de soñar y luchar por la independencia. A la Guerra Necesaria que organizó y encabezó en 1895 se unirían miles de jóvenes. En ella, por defender el cuerpo ya sin vida de su jefe, cayó casi adolescente, Panchito Gómez Toro.
Al paso de los años, cuando un sátrapa se hizo del poder, un joven, Julio Antonio Mella, combatió con denuedo y, también, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Antonio Guiteras y muchos otros.
La dictadura que se implantó el 10 de marzo, fue combatida y vencida por la Juventud del Centenario, comandada por Fidel. Fueron jóvenes los guerrilleros de la Sierra Maestra, los luchadores clandestinos, los artilleros y combatientes de Playa Girón, los alfabetizadores, una gran parte de los soldados y de los maestros y médicos internacionalistas y nuestros Cinco Héroes erguidos frente a la crueldad y la perfidia.
A lo largo de estos 48 años, sobre los hombros de los jóvenes ha descansado también la heroica resistencia de una nación, frente a las pretensiones del enemigo imperialista de reapoderarse de Cuba y sobre los hombros de los jóvenes está el futuro Socialista de la Patria, que es el destino mejor, el único posible para nuestro pueblo y la contribución esencial de los cubanos a un mundo de paz y de justicia.
¡VIVA LA UNIÓN DE JÓVENES COMUNISTAS!
¡VIVA RAÚL!
¡VIVA FIDEL!
¡PATRIA O MUERTE!
¡VENCEREMOS!
Querido Raúl
Compañeras y compañeros:
No vengo a hablar hoy aquí con la nostalgia de quien fue un dirigente de la juventud comunista, ni a contar lo que entonces fuimos, ni a dar consejos de cómo debe ser un joven revolucionario.
Cuando supe que había sido designado para hablar en este acto entendí que era mi deber pensar, meditar en los problemas de la juventud de hoy, en sus responsabilidades y desafíos y provocar con estas palabras que también hoy ustedes piensen y mediten.
Los que son ahora jóvenes nacieron o crecieron en el Período Especial. No conocieron el grado de bienestar, justicia social y equidad que conquistó la Revolución después del primero de enero de 1959. No idealizamos la sociedad que ya disfrutábamos en los 80, porque sabemos bien que toda obra humana es imperfecta e incompleta, pero al finalizar esa década en ningún otro lugar del planeta la noción de socialismo era tan real como en esta pequeña Isla del Caribe. La historia lo ha demostrado.
Siempre supimos que el reto mayor del socialismo es forjar en los jóvenes una conciencia comunista y rechazar el capitalismo sin haber vivido en él y sin haber podido sentir cuánto daño moral produce, cuánto lastra la felicidad y cuánto lacera la dignidad humana una sociedad basada en el egoísmo, el individualismo, la vanidad y el ánimo de lucro.
Pero más allá de ese reto, nuestros jóvenes han de comprender que la sociedad socialista en la que vivimos, amenazada militarmente, agredida económicamente y retada política y moralmente, es mucho menos ideal de lo que quisiéramos y de lo que ya habían alcanzado años antes para todos los cubanos Fidel, Raúl, el Che, y los jóvenes rebeldes, para quienes el Granma fue un gran acorazado, el Moncada un minúsculo cuartel y un ejército de 80 mil soldados, un obstáculo menor ante los sueños de libertad y de justicia que los inspiraban.
Lo que no debió suceder, lo que pudo ser evitado, la desaparición de la URSS y el campo socialista dejó a Cuba —digámoslo tal como fue— sola frente al imperio.
Desaparecieron nuestros mercados, las fuentes de créditos y de inversión y el gobierno norteamericano se dispuso, sin ocultarlo, a rendir por hambre y enfermedades a nuestro pueblo y recrudeció el bloqueo, la guerra económica, las campañas de mentiras y calumnias e intensificó los actos terroristas.
Ustedes nacieron o crecieron cuando se interrumpía el servicio eléctrico 10 o más horas al día, faltaban los medicamentos, escaseaban dramáticamente los alimentos, y apenas circulaban transportes por las calles, incluso de la capital.
Esas circunstancias modificaron sustancialmente la vida de nuestro pueblo, engendraron amargas contradicciones, propiciaron la expansión de vicios y privilegios que habían sido superados por la propia obra revolucionaria, resintieron la equidad social, el salario dejó de ser la retribución justa con el que podían resolverse las necesidades de la vida cotidiana.
Fue imprescindible hacer concesiones tácticas cuyas consecuencias no hemos logrado superar aún. Algunos cambios sin la adecuada preparación generaron descontrol y pérdida de eficiencia, y otros también necesarios, condujeron a situaciones indeseadas.
Los jóvenes de hoy no conocieron el capitalismo ni tampoco el socialismo que ya habíamos alcanzado y han vivido años en que han visto crecer deformaciones y desigualdades. Pero los jóvenes de hoy han conocido también de la tenaz y admirable resistencia de nuestro pueblo, que en medio de duras carencias, fue capaz de defender, ya entonces, más un sueño que una realidad, más una quimera que una hazaña posible, y ante el asombro del mundo salvó su Revolución que ahora se yergue con más fuerza y orgullo que nunca.
Aun conscientes de nuestras justificadas insatisfacciones, nuestro pueblo disfruta hoy de derechos que para miles de millones en el planeta no son siquiera imaginables: tiene acceso gratuito a la salud y a la educación de un extremo a otro de la Isla, nadie sobra en nuestro país, un puesto de estudio o de trabajo, una forma de ser útil no le está impedida a un solo cubano, nadie tiene que dormir en las calles ni está abandonado a su suerte. Vivimos en una sociedad de justicia, solidaria, digna, que será cada vez mejor porque nuestros recursos no son propiedad de las transnacionales, nuestras leyes no las impone el mercado, nuestra política no la dicta una potencia extranjera.
Hoy mientras avanzamos vemos retroceder al neoliberalismo, desaparecer el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas, desacreditarse a los gobiernos de Europa, adictos a la hipocresía de la democracia y los derechos humanos, vemos al imperio en franca decadencia, ética, moral y sistémica.
Más convencidos que nunca de nuestro camino socialista y de la justicia de nuestras ideas tenemos que estar conscientes de las contradicciones que ha heredado nuestra sociedad del Período Especial y de que nuestro trabajo con los jóvenes requiere en profundidad y en extensión un alcance mucho mayor. Sería un error estar conforme con lo que hacemos, imaginar que siempre llegamos al corazón y a la mente de los jóvenes, que es adecuado nuestro trabajo ideológico, que lo comprendemos bien, no como la simple reiteración de ideas, sino como el arte de despertar los sentimientos y forjar la conciencia.
Resulta imprescindible apropiarse de una sólida cultura para ser capaz de vislumbrar las esencias y confiar en la capacidad de construir una sociedad cada vez más justa en un mundo injusto y amenazado de existir, no solo por peligros de guerra.
La cultura nos brinda la lucidez «para cambiar todo cuanto deba ser cambiado», para conquistar cuanto nos propongamos. Nada hay tan propio de la juventud como el cambio, como las altas metas, y por eso es un privilegio ser joven en tiempos de Revolución.
Conquistar lo mejor para nuestras vidas, para nuestras familias, para nuestros semejantes y para las nuevas generaciones, solo puede hacerse de la mano de la cultura. Sin cultura no hay libertad posible, nos ha dicho Fidel.
Y en fecha tan significativa como la de hoy debemos continuar meditando en el discurso de nuestro Comandante en Jefe en el Aula Magna de la Universidad de La Habana y preguntarnos: ¿Estamos satisfechos con los niveles de información, con el desarrollo de los intereses y con la interiorización de valores, que se logra sembrar en las nuevas generaciones?.
¿La militancia de la UJC se corresponde con la vanguardia de nuestra juventud con su condición de relevo del Partido, garante indiscutible de la Revolución?
Una respuesta negativa o en parte negativa a esas preguntas no negaría los avances ni la existencia de una organización juvenil fuerte y prestigiosa como es la UJC, ni las incuestionables virtudes de una juventud sana y revolucionaria como la nuestra. Se trata de tener conciencia de la alta responsabilidad que asumen los jóvenes de un país que ha sabido defender las banderas del socialismo en las más difíciles circunstancias, un país que ha sido guía y esperanza para millones, cientos de millones de seres humanos en el mundo.
Nuestra juventud es disciplinada, organizada, responsable, participa activamente de la vida política y esas cualidades pueden ser fácilmente apreciadas, pero ello no es siempre reflejo en todos y cada uno de los jóvenes, de una sólida convicción revolucionaria y nuestro deber es llegar a conocer cuán profundamente revolucionario es cada joven y lograr que se proponga serlo cada vez más.
Es necesario garantizar la participación real y efectiva de los jóvenes en todas las esferas de la vida social; en cualquier campo en que actúe un joven debe hacerse sentir, brindar su contribución. Necesitamos de su espíritu crítico, de su natural rebeldía, de su apego a la justicia, de su intransigencia ante lo mal hecho.
La Revolución requiere del ejercicio de pensar, y de pensar con cabeza propia y esto debe fomentarse en las edades en que se forja el carácter, en que cristalizan las convicciones y se instalan los valores que han de guiar nuestra conducta toda la vida.
Una organización de vanguardia debe analizar, debatir, proponer.
Cuando el debate y los análisis de los temas y asuntos que más atañen e interesan a los jóvenes, tienen lugar al margen de las organizaciones de base de la UJC estas devienen elementos formales alejados de la vida real.
Este no es un problema solo de la UJC, pero nada más razonable que enfrentarlo primero con los jóvenes.
La Batalla de Ideas nacida del pensamiento revolucionario de Fidel y a la que con tanta dedicación y pasión se han consagrado la UJC, la Organización de Pioneros, la FEU y la FEEM, y que tanta esperanza y justificada confianza despierta en nuestro pueblo, abrió nuevas e infinitas posibilidades para los jóvenes, pero solo ha comenzado y debe tener ahora una necesaria continuidad en un trabajo de mayor profundidad, joven a joven. No basta con reaccionar a coyunturas, y emprender con acierto importantes tareas, hay que dejar una huella en cada joven, con cada acto, con cada actividad, con cada tarea. El trabajo diario no pueden ser las actas y las reuniones, que son imprescindibles, el trabajo diario tiene que ser la generación de una intensa actividad política y de una genuina vida cultural en cada rincón de la Patria que regale a la Revolución, generaciones de jóvenes inmunes a los cantos de sirena del capitalismo, a las vidrieras de las sociedades de consumo y a las banalidades del sistema cuyos valores rechazamos.
La juventud de hoy son los internacionalistas, los universitarios en cada municipio del país, los maestros emergentes, los trabajadores sociales, los instructores de arte, los estudiosos de las ciencias informáticas, los estudiantes, los trabajadores, los combatientes, nunca la Revolución contó con una masa de jóvenes tan instruida y aguerrida.
La UJC no ha de esperar que los jóvenes acudan, ha de ir por ellos y contribuir a formar una juventud cada vez más revolucionaria que ha de serlo y puede serlo porque las ideas que defendemos son las más nobles y justas por las que se haya luchado jamás.
Es cierto que todo no puede ser trabajo, estudio y actividades políticas y que a la UJC le corresponde un papel importante en la promoción de espacios y condiciones para la recreación, que nuestras limitaciones materiales y la existencia de dos monedas y dos mercados, más la falta de imaginación y empeño entre otros factores, impiden el pleno acceso de los jóvenes. Serían impagables los costos de una juventud con tiempo inútil, generador de vicios, de alcoholismo, de consumos seudoculturales, donde se fomenta la apatía, la vulgaridad, la insensibilidad, que son manifestaciones del comportamiento humano incompatibles con la sociedad que construimos.
Mucho más puede hacer la UJC y mucho más puede exigir la UJC a los organismos e instituciones que tienen responsabilidades en este frente, pero también todos sabemos que mientras más culto es un joven, mientras más intereses y motivaciones le hayamos sembrado, más fácil encontrará opciones para su tiempo libre, para vivir una vida capaz de enriquecerlo como ser humano, de disfrutar mejor lo que le viene legado por la creación del hombre.
Compañeras y compañeros:
Felicitamos a la Unión de Jóvenes Comunistas y a la Organización de Pioneros José Martí por su Aniversario y ratificamos la confianza en los cubanos que tienen hoy la edad de sentir que todo es posible.
Vivimos en un mundo con 900 millones de hambrientos y más de mil millones de analfabetos, en el cual se gasta un millón de millones de dólares en guerra o en preparar guerras, donde los cambios climáticos son ya ostensibles y el consumo de combustibles crece sin control, donde el gobierno del país que ha alcanzado el mayor poder económico y militar de la historia se comporta de manera irracional, egoísta y criminal.
Como nunca antes los problemas del mundo son problemas de cada nación y ningún país aisladamente podrá enfrentar los inmensos desafíos que tiene a la vista la especie humana. Este es el mundo en que les ha correspondido vivir y por salvarlo, deberán luchar nuestros jóvenes. Tenemos razones para confiar en ustedes.
La historia de nuestra Patria la han forjado generaciones de cubanos desde las edades más tempranas. Al estallar la lucha iluminadora del 68, muchos jóvenes partieron a la manigua y a esas filas se uniría un campesino de 23 años, llamado Antonio Maceo. También un joven, Ignacio Agramonte, derrotó con su arrojo las tesis que planteaban abandonar la lucha.
Los ocho estudiantes de medicina, inocentes del acto de profanación que se les imputaba, no lo eran de simpatizar con la causa de la independencia.
Durante aquella guerra José Martí con solo 16 años, por amar a su Patria, fue a dar al presidio de La Habana. Desde entonces ni un solo día dejó de soñar y luchar por la independencia. A la Guerra Necesaria que organizó y encabezó en 1895 se unirían miles de jóvenes. En ella, por defender el cuerpo ya sin vida de su jefe, cayó casi adolescente, Panchito Gómez Toro.
Al paso de los años, cuando un sátrapa se hizo del poder, un joven, Julio Antonio Mella, combatió con denuedo y, también, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Antonio Guiteras y muchos otros.
La dictadura que se implantó el 10 de marzo, fue combatida y vencida por la Juventud del Centenario, comandada por Fidel. Fueron jóvenes los guerrilleros de la Sierra Maestra, los luchadores clandestinos, los artilleros y combatientes de Playa Girón, los alfabetizadores, una gran parte de los soldados y de los maestros y médicos internacionalistas y nuestros Cinco Héroes erguidos frente a la crueldad y la perfidia.
A lo largo de estos 48 años, sobre los hombros de los jóvenes ha descansado también la heroica resistencia de una nación, frente a las pretensiones del enemigo imperialista de reapoderarse de Cuba y sobre los hombros de los jóvenes está el futuro Socialista de la Patria, que es el destino mejor, el único posible para nuestro pueblo y la contribución esencial de los cubanos a un mundo de paz y de justicia.
¡VIVA LA UNIÓN DE JÓVENES COMUNISTAS!
¡VIVA RAÚL!
¡VIVA FIDEL!
¡PATRIA O MUERTE!
¡VENCEREMOS!
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