martes, 24 de abril de 2007

“Sentidos y fronteras: notas sobre un debate impostergable”

Por Armando Chaguaceda

Varios amigos me han compulsado a escribir estas líneas. Ellas condensan ciertas ideas planteadas por mí en los debates realizados, durante las semanas pasadas, en sendas instituciones habaneras, en torno al mentado “caso Pavón”. Algunas de estas reflexiones abarcan asuntos globales -como la necesidad de un análisis estructural de nuestra sociedad y sus procesos-, otras abordan temas puntuales que ejemplifican los fenómenos de opinión, información y participación que en nuestro entorno nacional se desarrollan. Por ello este texto, que carece de la bella prosa y el personal sello anecdótico de los de otros compañeros, pretende mantener cierto equilibrio entre la extensión, la profundidad y la comprensión. De tal suerte, ejemplo aludidos por mí (el acotado y falso sentido crítico de alguna producción televisiva, la publicación o censura de ciertos libros, entre otros) se reflejan con más vivacidad en las grabaciones que, como una bendición, ya pasan de mano en mano en estos momentos y a las que este autor espera, paciente y agradecido, tener acceso.

Comenzaré por un tema que parecer ha provocado cierto interés en los auditorios: mi alusión a lo estructural dentro del debate. Cuando refiero la urgencia de analizar asuntos como el que nos ocupa en un sentido estructural apunto la necesidad de comprender que elementos institucionales, normativos, culturales e ideológicos, entre otros, definen esencialmente al tipo de sociedad en el cual vivimos, la distinguen de otras y hacen posible que, amén los matices de los tiempos y personalidades, fenómenos como los aludidos en el debate se reproduzcan periódicamente. Por ello, definamos cómo lo coyuntural y contingente solo pone en movimiento todas las dinámicas de la estructura, para luego poder entretenernos en el estudio de casos puntuales. No importa que comencemos por la anécdota o el suceso y no temamos aludir a las desgarraduras y trances personales, porque estos son los que expresan, de forma vívida y concreta, las historias personales que dan carne, otorgan sentido y compulsan la acción, desterrando el silencio, en los involucrados en este debate. Pero solo si no nos quedemos allí, si desentrañamos la esencia del asunto, podremos conseguir tres metas a mi juicio fundamentales: la definitiva compensación de los agraviados, el justo emplazamiento de los culpables y la superación del orden de cosas que permite estas afrentas.
En ese sentido en nuestro país algunos continúan desconociendo que el modelo extendido durante la segunda mitad en el siglo XX (el socialismo de estado) compartió elementos centrales -y no meramente coyunturales - en todas sus experiencias particulares, los que se concretaban como los provectos históricos de cada pueblo y país. Estos, en su maduración, tendieron a hacerse más semejantes entre sí, introduciendo dinámicas evolutivas similares sin obviar que cada los rasgos de cultura e historia particulares impiden prefigurar plazos y destinos idénticos en todos los casos. Entre las características de este modelo encontramos un predominio (y en ocasiones casi absolutización) de lo estatal, algo muy visible en los predios económicos, y su confusión con lo público, el virtual ensamblaje partido-estado, el papel central de la burocracia como agente (grupo, clase o capa?) dominante en el entramado institucional, el control gubernamental de las instancias fundamentales de participación, información y expresión ciudadanas, una tendencia a la protección social y la igualación material de los sectores trabajadores, la generalización de estándares educativos y sanitarios decorosos, la promoción oficial de un tipo de personalidad formalmente ajena al lucro mercantil y guiada por principios colectivistas, entre otras. Si no entendemos esto no comprenderemos el tipo de relación existente entre nuestra prensa y el aparato ideológico partidista, las relaciones de subordinación y el rol instrumental que se le asigna la primera en el ordenamiento social encuadrado por el segundo.
Otro asunto que debiéramos valorar (y que me inquieta) es la idea de cuales son los debates pertinentes – en que tiempo, forma y lugar- y cuales no lo son. Porque según creo nadie tiene el monopolio del debate, de los sentidos y alcances de este, y mucho menos si ese monopolio de su usufructo y administración no ha sido definido de manera democrática. Convengamos que sea posible consensuar la pertinencia de ciertos espacios, temas y enfoques en coyunturas puntuales. Pero eso es muy distinto a acotar, indefinidamente y sin mandato expreso, que cosa es “conveniente” o “legítimo” sin haber definido (o relegitimado periódicamente) de manera colectiva las reglas del juego y los actores encargados de hacerlas cumplir.
Así todos aquellos que, poseyendo un mínimo de posibilidades de información y expresión sobre el tema, actuamos en la llamada “esfera pública”[1], tenemos responsabilidad tanto en los cauces previsibles de este debate como en las determinaciones que dieron origen y reproducen a los problemas que plantea. En un sistema social como el nuestro, con una lógica de integración y ordenamiento tan centralizadora, vertical y sistemática, resulta cuando menos ingenuo suponer que alguna política en el campo de la cultura (como en los otros) responde exclusivamente a la impronta de los ejecutores. En cuestión de diseño y conducción sociales se es responsable por acción o por omisión. Lo cual no equivale a decir todas las instituciones y dirigentes, en todos los niveles, deben conocer los excesos o desatinos puntualmente producidos en el último rincón del país pero si las “anomalías” (represiones legal y moralmente injustificables, acotamiento del disenso sistémico, etc) que, en su reiteración, apuntan a convertirse en tendencia o regularidad.
Pero no se trata de decir, simple y oportunistamente, que los “pobres intelectuales” hemos sido solo víctimas de los “pavonatos”, y no también, en muchos casos, cómplices mediante el silencio, la cooptación o lo que resulta más perverso, la represión de nuestros propios colegas. Siempre he creído que quien, conociendo las especificidades y potencial de nuestro grupo social, congela las demandas, alertas o sentires (que a veces son suyos) de sus colegas e impide la articulación de un diálogo con los centros decisores, y hace todo ello por preservar un carro, una casa y un viaje al extranjero, es peor que el funcionario, hijo de una tradición antiintelectualista,[2] que recela de nosotros. Actitudes como esta pululan entre quienes formamos parte de la intelectualidad[3] y, en muchos casos, de los tan famosos Aparatos Ideológicos del Estado.
Sin embargo se pudiera argumentar que resulta injusto y desproporcionado cargar culpa de “su ignorancia” a la mayoría de los trabajadores que entregaban lo mejor de su vida a la construcción de un proyecto socialista sin conocer lo que pasaba a su alrededor y a los cuales nadie informó que estaba pasando. Precisamente por eso y para que ello no ocurra más se necesita socializar, en lenguaje claro y preciso, la esencia de este debate y sus implicaciones, en los medios de prensa impresa, los únicos accesibles a la inmensa mayoría de la población. Si no lo hacemos se corren varios riesgos de enormes consecuencias para el futuro del proyecto socialista. Entro estos se encuentran la posibilidad de que la memoria histórica siga siendo periódicamente escamoteada (lo que sienta las bases para una reapropiación casi monopólica desde la derecha, perfectamente previsible), que la integridad gremial sea siempre precaria (en difícil balance entre la valentía de algunos, el silencio de otros y la tolerancia institucional) y que las responsabilidades sean definidas no solo en pretérito.
Para ello este pueblo parece estar preparado, como lo demuestran las sucesivas y exitosas ediciones de la Feria del Libro, nuestros paradigmáticos festivales de Cine, Teatro y tantos otros foros de intercambio entre la gente y sus creadores. Lo que no es sostenible, por hipócrita, es que al mismo tiempo que se proclama nuestra apuesta por tener el “pueblo más culto del mundo”, aseveración que en ocasiones se asume convenientemente como realidad, se escamotee a esos ciudadanos el derecho a la información de asuntos que suceden alrededor de nuestros barrios y en el corazón mismo de la nación, no en Miami ni Estocolmo.
Un programa mínimo, modestísimo, que evidenciase que esta no es otra escaramuza estéril en la larga contienda entre dogmatismo y revolución en los últimos 50 años, implicaría acabar de dar cuenta de este debate por ejemplo, en Hurón Azul, en las culturales del Noticiero y/o en las páginas afines de Juventud Rebelde o Granma[4], por solo mencionar unos ejemplos. No necesitamos ni que estas convocatorias sean un espacio de catarsis y/o monitoreo, prudentemente segmentado, ni que sea la prensa extranjera o radio-bemba la que de cuenta en nuestros barrios y al mundo de la existencia de este debate, introduciendo distorsiones tan estrambóticas como nocivas.[5] Y si las instituciones correspondientes no informaran al pueblo de esta discusión que respondan bajo que directiva, autoridad y argumento escamotean estos acontecimientos y que asuman (en la figura de sus directivos) la responsabilidad política y moral de dejar la única versión disponible en manos de las emisoras foráneas y, lo que es peor, de las contrarrevolucionarias.
Esta discusión evidencia que hoy se confrontan, dentro del campo revolucionario, al menos dos culturas políticas de la participación y discusión colectivas, enmarcadas en referentes generacionales, territoriales y organizacionales de diverso signo. Una reduce el participar a la movilización y el debate a la recepción pasiva de información previamente dosificada y filtrada, identifica al sujeto como masa y subordina la acción colectiva al pasivo cumplimiento de tareas y planes emanados de la institucionalidad estatal. Otra apuesta por expandir espacios y comportamientos autónomos (muy diferentes a la ruptura o subordinación) y al diálogo responsable y simétrico, nos reconoce como ciudadano(a)s y promueve una lógica de cooperación entre las diferentes comunidades y el estado. Tendencia esta última que ni trata de circunscribir la función de las organizaciones sociales a meras “correas de trasmisión” ni promueve una falsa idea liberal de dicotomía y enfrentamiento entre una sociedad civil, supuestamente homogénea, democrática y virtuosa, y un estado per-se ineficaz, inútil e intrínsecamente perverso.
Si alguien piensa que dispone un cheque en blanco, ilimitado, para postergar la solución entuertos una y otra vez repetidos, denunciados y sufridos, se equivoca. La maravillosa oportunidad que nos ofrece el hecho de que todavía el imaginario revolucionario, esto es la simbiosis de libertad[6], justicia social, independencia y desarrollo autóctonos, convoque a lo mejor de nuestra juventud culta no debe desaprovecharse. De hecho ya son constatables transformaciones dentro de la cultura política de ciertos estratos poblacionales que hacen temer por la proliferación de una filosofía de liberalismo cotidiano (silvestre como el romerillo, diría el colega y amigo Julio Antonio. Fernández), hermanada con las prácticas de resuelve y déjame a mi, vive y deja vivir, aparenta y sube, etc. Torceduras que en nuestro panorama intelectual se concretan en las hornadas de jovencitos cínicos, empresariales y asépticos que no pocos escenarios y colegas parecen estar, contrario sensus a lo declaratorio, aupando eficazmente.
En esencia creo que debemos congratularnos por esta activación del debate entre los creadores artísticos y que este reivindique la posibilidad de pensar y hacer un proyecto de país diferente dentro de nuestra mejor tradición socialista. Ello rescata una vieja tendencia de civismo, de compromiso con la cosa pública que rebasa las autodefensas gremiales y las poses ilustradas. Herencia que, como recordé en mis intervenciones de Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte, ha estado bastante ausente en los reiterados avatares (supresión de colectivos y publicaciones, silenciamiento de algunos autores) sufridos por las ciencias sociales cubanas y ante los cuales la proyección solidaria ha sido eludida en nuestros espacios institucionales y poco visible en las redes de colegas. A esa actitud, hija de la mejor eticidad vareliana, martiana y republicana, creo que debemos rendir homenaje precisamente con nuestro involucramiento, decidido y responsable, en este debate. Después de todo las fronteras de lo posible, aun si no alcanzamos a ampliarlas, se mantienen donde precariamente están gracias a nuestro empuje, por débil e ineficaz que este parezca ser. Si abandonamos este empeño el que nos garantiza que el espacio ganado no comience a sufrir un perverso y paulatino estrechamiento….
Un ejemplo: el “caso Telesur.”
En los escenarios del actual debate aludí a un ejemplo que ha suscitado no pocas interrogantes, previas incluso a mi intervención, en espacios en que he podido compartir con mis estudiantes, colegas y vecinos. Es un asunto que revela, a mi juicio, las estrecheces derivadas de una noción instrumental y sesgada de la información, el daño de los silencios, las censuras y las omisiones.
Desde hace casi dos años las audiencias progresistas de América Latina están de fiesta. La posibilidad de conocer (y difundir) las verdades del subcontinente, los esfuerzos, dificultades y acechanzas de nuestras luchas por “otro mundo posible” se han visto coronadas con la existencia de una señal televisiva alternativa a los discursos light y manipuladores de los grandes medios. Telesur llegó para ser, de alguna manera, la Al Jazeera de pobres y progres. En Cuba, unida por razones profundas al destino del movimiento revolucionario mundial, el compromiso con este proyecto se tradujo en un involucramiento activo mediante el soporte técnico, al apoyo con personal calificado y el diseño de las líneas de trabajo. De tal suerte era lógico que los cubanos nos creyésemos privilegiados para acceder a la señal telesureña y ansiáramos disfrutarla cuanto antes, pero.....
No ocurrió así. Desde el principio (y sin señales de cambio en la tónica) Telesur entra en nuestros hogares poco menos de dos horas al día, mediante una selección hecha
no sabemos por quien. Para colmo y como insulto a nuestra capacidad de escoger y discernir, todos los anuncios de programación nos presentan este espacio como “lo mejor de Telesur”. A raíz de esto varios compañeros realizamos, desde el comienzo, indagaciones para conocer el porque de asunto.[7]
Podemos intentar hacernos algunas preguntas. No asistiremos a aquello que refiriese una vez el Che sobre la entronización de una visión burocrática de lo cultural que resulta, al final, lo que ciertos funcionarios entienden por tal? Acaso presenciamos otro síntoma de heterofobia, de miedo a lo diverso (aunque sea de izquierda), de rechazo a lo otro, a todo lo que no sea previsto, diseñado, controlado y difundido en los grises cauces del pensamiento dogmático?

Si persiste el argumento de la imposibilidad técnica entonces tenemos algunas otras interrogantes. Si está el espectro radioeléctrico cubano regido por el estado, lejos del control de esas mafias corporativas interesadas en difundir una cultura del consumo y enfrentadas a cuanto actor de izquierda exista o despunte, si no sufrimos el monopolio mediático de CNN, Fox News o ABC, si no tenemos dentro del país a una burguesía capaz de inundarnos las estaciones y las conciencias con sus discursos, qué nos amenaza? Y cuando la voluntad estatal ha estado presente no se han hecho importantes erogaciones para, por ejemplo, trasmitir una Olimpíada desde el otro lado del mundo?
No es acaso lícito, saludable y hermoso que la gente conozca que existen diferentes discursos de izquierda, que nadie tenga el monopolio de la “verdad”, y que todos disfrutemos del derecho a conocernos mejor y aprender de las practicas y sentires del compañero quiteño, chiapaneco o bonaerense? Será tan subversivo que nuestros adolescentes conozcan de las marchas estudiantiles, nuestros trabajadores de la autogestión obrera, nuestras mujeres de la lucha contra la discriminación patriarcal y nuestros ciudadanos del ecologismo de izquierda?
Quién considera problemática o cuestionable el difundir las plurales experiencias de resistencia y autoorganización populares? Será más aséptica e inofensiva la carga que difunden no pocas de nuestras Películas del Sábado, la influencia que recibe la nutrida concurrencia a los bancos clandestinos de video (donde precisamente no abundan las excelencias del Canal Educativo) o la difusión de las tendederas de TV cableada, realidades que se han tratado de revertir con arremetidas tan periódicas como ineficaces?

Esta Revolución nació diciendo a la gente lee y no cree. Si queremos mantener vivo ese espíritu, si confiamos en las inmensas capacidades que este proceso anticapitalista de transformación colectiva ha potenciado en nuestra gente, si reservamos algún espacio para el compromiso y no la resignación, la libertad y no el recelo, la verdad y no la simulación, la frescura de soñar con un mundo mejor y no la entronización del dogmatismo burocrático, debe exigirse el derecho a ver realmente Telesur. El propio Chávez, en reiteradas intervenciones, ha convocado reiteradamente a los pueblos a que exigiesen a sus gobernantes la transmisión de sus espacios, lo que nos inspira a perseverar, muy lejos del temor y del cansancio.
Siempre he defendido, ante la crítica de algunos conocidos, la idea de que la televisión cubana es, en términos generales, clasificable como aceptable. Porque es una televisión no mercantil con marcado sentido educativo y variedad temática (de ciencia y técnica, historia, culturales, de orientación social, etc.), que procura equilibrar cuidadosamente disímiles intereses. Y que presenta (a pesar de frecuentes y no siempre añoradas repeticiones) una factura nacional bastante decorosa en cantidad y calidad, lo cual es mérito de creadores y actores decididos a entregar lo mejor de si en un contexto triplemente presionado por las restricciones, materiales y ciertas, del bloqueo, por nuestras propias inercias y limitaciones burocráticas, así como por las tentaciones de acceder al éxito individual allende el Estrecho de la Florida.
Pero no tenemos todavía una televisión pública. Porque el empleo preciso y acertado de este término presupondría una televisión donde no estén presentes ni la dominación de la propaganda mercantil ni la hegemonía estatal absoluta, un espacio donde los ciudadanos, a través de sus múltiples comunidades laborales, territoriales y/o asociativas intervienen de forma activa y protagónica en la elaboración, selección, control y discusión de los contenidos y, en un plano más general, de la política del medio, en conjunción con los entes estatales encargados de tales actividades.
Postscriptum
Ofrezco por ahora estas líneas aunque no (al menos eso espero) mis contribuciones a esta auténtica tribuna abierta y sus implicaciones. Cuando acometía su revisión el canal Educativo estrenaba en TV Páginas del Diario de Mauricio, un filme a mi juicio profundo y estremecedor, suerte de homenaje a la épica y el compromiso que sin concesiones al facilismo y el teque, rescata el lugar de los que decidieron defender una Cuba distinta al contagio neoliberal, una nación donde los proyectos personales y los colectivos sean copulen alegremente, donde la consecuencia y la solidaridad no destierren la creatividad, el respeto al otro y la capacidad de adaptarse (no pasiva ni acríticamente) a los cambios de época. Bienvenida esta decisión, que solo espero se acompañe con la demandada puesta en pantalla de Fresa y Chocolate, Madagascar, Alicia... y tantos otras crónicas de nuestro pasado-presente.
Lo que subyace de fondo en la polémica de hoy es la necesidad de un debate social que redefina, de forma madura y responsable, el carácter auténticamente público de nuestros órganos y políticas de información y la capacidad de los ciudadanos (y no de lobbys empresariales ni burocracias) para incidir participativamente en el diseño y control de las agendas temáticas. Aún necesitamos, a casi 50 años del inicio del proceso revolucionario, de una definición más exacta y completa de una política de producción y difusión colectiva de ideas, alternativa a las fallidas experiencias históricas del capitalismo o del socialismo de estado. Esto va más allá de un reclamo intelectual o político, es un asunto de mera decencia pública. Y en el socialismo los medios y los fines no pueden separarse ni siquiera una pulgada.
Alamar, la Habana, marzo de 2007.
[1] Concepto tan manido y que merecerá un debate en nuestro contexto, para el cual algunos compañeros estamos compartiendo y elaborando algunas reflexiones.
[2] Consultar al respecto el ilustrativo texto de Zygmunt Barman Los intelectuales en el mundo postmoderno, insertado en la obra El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica en Criterios, compilación a cargo de Desiderio Navarro, publicada por el Centro Criterios en el 2007.
[3] Entendida como “[...] una capa social caracterizada por dimanar de la división social del trabajo y reunir al conjunto de posiciones socioestructurales donde predominan los gastos mentales en la realización del contenido de trabajo”. Ver “Reajuste económico y cambios estructurales”, revista Cuba Socialista, n. 21, “Un debate cambios en la estructura socioclasista en Cuba”, 2001.
[4] No es sostenible el argumento de la falta de papel y espacios cuando, por ejemplo, el magazín de la UJC ofrece excelentes coberturas a agudos problemas de nuestra realidad y el diario oficial de nuestro PCC dedica extensos espacios a reproducir fragmentos de textos publicados sobre temas harto conocidos de nuestra historia reciente.
[5] Resulta ilustrativo el comentario que me hizo un vecino de mi barrio, personaje digno de figurar en el elenco del cortometraje Utopía el cual, días después de leer la críptica nota de la UNEAC, me dijo “oye asere, es verdad que hay tremenda jodedera ahí con unos correos que los intelectuales están pasándose y criticando cosas”. O el de un amigo residente en el exterior “dime si es cierto que comenzó una perestroika en la isla”. A ambos he tenido que explicarles mis visiones acerca de las verdaderas motivaciones y alcances del presente debate.
[6] En ese sentido Karl Polanyi nos recuerda que “Las instituciones encarnan las significaciones y los proyectos humanos; no podemos hacer efectiva la libertad que deseamos a menos que comprendamos lo que significa verdaderamente la libertad en una sociedad compleja. Desde este punto de vista institucional la reglamentación extiende y restringe a la vez la libertad; lo único que tiene sentido es la evaluación de las libertades perdidas y de las libertades ganadas, y esto tanto para las libertades jurídicas como para las libertades efectivas”. Consultar “La gran transformación. Critica al liberalismo económico”, Ediciones La Piqueta, Madrid, 1989, Pág. 396-397.



[7] En agosto del 2005 nos comunicamos con la Dirección de Opinión Pública de la televisión cubana (entonces teléfono 55 40 41) donde se nos dijo que Telesur se transmitía íntegramente, evidenciando una falta elemental de información que nos encargamos de enmendar. Seguidamente contactamos con la Vicepresidencia de Programación (teléfono 55 40 59), donde se nos explicó que la dificultad residía en la capacidad de los transmisores de cubrir el área del Caribe y no en un tiempo o contenidos limitados exprofeso. Con posterioridad hemos recabado información adicional sin éxito alguno.

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