lunes, 23 de abril de 2007

Apuntes para una reflexión necesaria

Por Alpidio Alonso

Cualquier acercamiento a la dimensión cultural de nuestra realidad y a los desafíos que asociado a ello enfrentamos en el presente, tiene que partir de considerar un hecho irrefutable: a pesar de la hostilidad imperialista, del bloqueo y las carencias materiales afrontadas por nuestro pueblo durante los últimos quince años , del retroceso de las ideas y la desmoralización casi generalizada, experimentados tras la caída de la Unión Soviética y el derrumbe del Campo Socialista, con el consiguiente ascenso y establecimiento del pensamiento único a escala global, en Cuba hemos logrado salvar, y aún sacar adelante, una cultura propia.

Pocas veces somos suficientemente objetivos al ponderar una labor que, evaluada a la luz de circunstancias tan adversas, cobra perfiles de auténtica proeza. Frente a la estampida y el desconcierto prácticamente unánimes provocados por la debacle, y ante la euforia triunfalista de quienes entonces se adelantaron a decretar el fin de la Historia, la Revolución cubana se reafirmó en su propósito de defender para sí un proyecto humanista que ubicaba a la cultura en el centro mismo de su estrategia de resistencia. Para los cubanos, afirmarnos en la defensa de la cultura ha significado, ni más ni menos, salvar nuestra independencia y nuestro destino como pueblo. La experiencia vivida en estos años da cuentas de esa voluntad, enriquecida con el concurso de muy diversos factores y recursos y para cuya realización ha resultado decisivo el papel de nuestra vanguardia artística.
Los múltiples programas sociales que han transformado al país en esta última etapa, fueron concebidos con esa visión que asocia nuestra capacidad de resistencia y nuestras posibilidades de desarrollo al desarrollo integral de la cultura. En la raíz de este enfoque están aquellas palabras de Fidel que afirman que “sin cultura no hay libertad posible”; expresión que sintetiza el significado profundo que se le atribuye a la cultura en la defensa y perdurabilidad de un proyecto socialista como el que construimos los cubanos. Al modo en cómo estas ideas han ido abriéndose paso, se debe no solo el impulso y la prioridad percibidos por la cultura en este período, sino también el gran prestigio social que ha alcanzado.
Basados precisamente en esa enorme responsabilidad, es que asumimos esta convocatoria a una reflexión crítica sobre nuestra realidad sociocultural que, desde los puntos de vista de la cultura y arreglada a nuestras condiciones, ayude a vencer desaciertos y obstáculos, y en un debate colectivo, sume nuevas ideas, perspectivas e interrogantes, acerca de las vías que nos aseguren un avance real hacia el socialismo que defendemos para los cubanos.
Sabemos de antemano que en un análisis como este surgirán muchas preguntas y que algunas de ellas no encontrarán respuesta; aflorarán problemas para los cuales tal vez no aparezca de inmediato la solución; se esbozarán contradicciones que, más de una vez, acaso resultarán insalvables. Pero vale la pena. Asumir la defensa de nuestra identidad nacional y de nuestros valores frente a la gran operación de recolonización cultural promovida por quienes se han autoproclamado dueños del mundo, supone poner en tensión todas nuestras capacidades, dentro de lo cual, fomentar el debate honesto y comprometido se evidencia, cada vez más, como una condición necesaria.
No ignoramos que este debate se enmarca en aquel otro mayor abierto por Fidel con su discurso a los jóvenes el 17 de noviembre del pasado año en el Aula Magna de la Universidad de la Habana. Extraídas de allí, aquellas preocupaciones subyacen en el espíritu del análisis que proponemos. A esa misma coherencia y pasión aspiramos para un examen que, desde la cultura, encare con valentía y profundidad los complejísimos retos a los que estamos sometidos en el presente los revolucionarios cubanos.
No es únicamente a través de la vía militar, o mediante las más severas e inimaginables presiones económicas, que se expresan la hegemonía y los apetitos yanquis sobre las ideas de emancipación y justicia que encarna la Revolución cubana. Hay otro plan, tan macabro como aquellos, pero mucho más sutil y probablemente más eficaz. Del mismo modo en que hemos comprendido que combatir la corrupción en Cuba va más allá de enfrentar un hecho puntual, sino que forma parte de nuestra lucha contra el capitalismo, cuya naturaleza inmoral se revela en deformaciones y vicios como este que, de no ser detenidos a tiempo, irían poco a poco minando el tejido social; es impostergable que denunciemos la esencia reaccionaria de la frivolidad y el consumismo, su profunda agresión al espíritu, su saldo (aunque encubierto) también desmovilizador y paralizante y, a la larga, igualmente letal para la Revolución.
Los esfuerzos que en los terrenos social y económico viene haciendo el país por elevar la calidad de vida de nuestro pueblo servirían de bien poco si, al mismo tiempo, no son acompañados por un trabajo inteligente y hondo en el campo ideológico y cultural, que fije y proteja los mejores valores y principios en la actitud de nuestros jóvenes. Relacionar la calidad de vida únicamente con parámetros de tipo económico, que no tomen en cuenta el componente espiritual, es un gravísimo error sobre el que hay que alertar permanentemente; criterio que está muy lejos de la misión estratégica seguida por la Revolución aún en sus años más difíciles; así como de la propia plataforma que propone la batalla de ideas a la que más recientemente hemos sido convocados.
¿Cómo convencer y ganar esa batalla en el interior, en las convicciones de nuestra gente? ¿Qué métodos usamos para (sin retórica) hacer creíbles nuestras posiciones a la hora del razonamiento entre los más jóvenes? Tal como no lo son el dinero y la frívola seducción de lo material, tampoco pueden ser el teque, el exceso de ceremonia, la solemnidad injustificada y la chapucería, las vías que utilicemos para propiciar un diálogo fecundo con esas masas de jóvenes que entre todos debemos formar. La desventaja que objetivamente padecemos en cuanto a disponibilidad de tecnología y recursos para la información, estamos obligados a borrarla a base de creatividad y talento. Tenemos que llegar a las reservas morales de las personas y cautivar con verdades sus sentimientos y su nobleza. La Revolución es, por encima de todo, una obra de justicia y amor, de allí emanan su sentido y su belleza, y esos son nuestros mejores argumentos cuando sabemos fundamentarlo y explicarlo.
Es indispensable que tanto las instituciones y los medios de difusión, como la vanguardia artística, conjuguen esfuerzos en un aporte que propicie continuar ampliando y democratizando el acceso a la cultura; de tal forma que su disfrute se convierta en parte de la vida cotidiana de nuestro pueblo, al tiempo que en alternativa al consumismo y las imitaciones del modelo de vida capitalista.
Ese culto a lo yanqui, presente no solo en patrones de gusto, sino en posturas y expresiones de grupos no pequeños de jóvenes, donde el éxito es asociado con frecuencia a las marcas de moda y a la posibilidad de acceso a fetiches de la sociedad de consumo, y donde uno siente que ha ido ganando espacio cierto mito del emigrante triunfador, tiene que encontrar una barrera y un contrapeso en modelos culturales propios, en los que mediante el uso de códigos atractivos y actualizados primen las jerarquías culturales y el alto valor estético, unidos al rico sustrato identitario que define nuestras esencias. De aquí se desprende no solo el papel fundamental que en ello desempeñan el lenguaje del arte y los resortes de la ficción, sino también, al propio tiempo, la imprescindible vigilancia cualitativa que debemos mantener sobre cada cosa que hagamos, sin lo cual pueden llegar a deformarse y fracasar, incluso, las mejores ideas.
Para eso contamos con ustedes. Una vanguardia vigilante, responsable y conciente de su papel, peleadora, activa, es la que necesitamos en la discusión del aquí y ahora de nuestra realidad sociocultural; debate que por demás solo nos corresponde hacer a nosotros, quienes desde Cuba construimos cada jornada el presente y el futuro de este país, y que de ninguna manera vamos a consentir que hagan otros, anexionistas confesos o colonizados más o menos encubiertos que, desde hace rato ya, han perdido toda posibilidad moral de compartir este derecho, alistados entre los mercenarios como vulgares asalariados del imperio. No quiere esto decir que pasemos ahora, de pronto, a una filosofía de la exclusión, que no ha sido, ni puede ser, una práctica en nuestro trabajo, cuando por el contrario lo que este ha buscado siempre ha sido —sin renunciar a los principios— sumar, y salvar a todo aquel que pueda ser salvado. Estamos conscientes de que la diversidad es nuestra mayor riqueza y en eso debe continuar fundándose en lo adelante nuestra política.
Un enfoque similar, que tome en cuenta las complejas dinámicas sociales y políticas en medio de las cuales se desenvuelve en estos momentos la vida en Cuba, es el que debemos seguir a la hora de respondernos qué podemos hacer desde la cultura para facilitar que los jóvenes encuentren aquí sus metas de realización personal. Fomentar el conocimiento de nuestra historia y el amor por lo que somos, unido a la sistematización de nuevas formas de participación que incentiven esos intereses, se convierte en una prioridad estratégica de primer orden, en la que estamos llamados a concentrar toda nuestra voluntad e imaginación. Analizado de cara al futuro, este es un tema en el que tendría que estar pensando permanentemente todo el mundo, donde sin ingenuidades, pero al mismo tiempo sin prejuicios, es imprescindible que ensayemos alternativas novedosas y frescas, tanto de recreación como de diálogo que, libres de concesiones y facilismos, nos acerquen de otra manera a la sensibilidad y los intereses de nuestros jóvenes. No existe ahora mismo, en el campo ideológico-cultural, un fenómeno que demande mayor atención que este; por eso es hacia allí que debe orientarse el caudal de nuestros esfuerzos.
De acuerdo con ello, no podemos ser incoherentes hasta el punto de decirnos convencidos de esa prioridad mientras, por otra parte, permanecemos impasibles frente a la vulgaridad y la tontería (en dos palabras: gran irresponsabilidad) de varios de nuestros programas estelares de radio y televisión, cuyas factura y contenido —cada vez más alejados de lo que necesitamos— los convierte en remedos patéticos de los peores momentos de la programación comercial al uso en el mundo. Implacable igualmente debe ser nuestra crítica a aquellos promotores y empresarios que, en un supuesto cumplimiento de sus funciones, utilizan irresponsablemente sus espacios respectivos para legitimar y expandir propuestas artísticas de muy baja calidad, convirtiendo de hecho a nuestras instituciones, en cajas de resonancia de ese mercado uniformador y banalizante al que, por el contrario, atenidas a sus funciones, están explícitamente llamadas a combatir en la práctica. No se puede pretender impulsar una cultura de la emancipación desde el tributo y la subordinación obediente del vasallo; reproduciendo, más o menos conscientemente, criterios y mecanismos que en lo más profundo son portadores de la visión colonizadora y hegemónica legitimada por los grandes medios. Conscientes de la importancia de pasar a la ofensiva con hechos concretos, por orientación del Partido se elaboró, y recientemente se aprobó, el documento conjunto MINCULT-ICRT, suscrito por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de Radio y Televisión, que se plantea, como su propio título lo indica, poner en práctica “Acciones de resistencia frente a la colonización cultural y en defensa de la identidad nacional y de nuestros valores”. Elaborado con un verdadero espíritu de cooperación, y aprovechando la experiencia acumulada por las distintas partes en largos años de trabajo por la cultura, el documento se encuentra ya en fase de aplicación y se está discutiendo con realizadores y colectivos en un clima muy positivo. Consideramos que con este documento, muy claro en sus planteamientos ideológicos y al propio tiempo concebido para una inequívoca aplicación práctica, se ha dado un paso muy importante en la integración de conceptos y acciones por parte de quienes tenemos la altísima responsabilidad de trabajar en un frente vital de nuestra batalla de ideas y de nuestra resistencia. Fruto también de la labor desplegada desde un inicio por nuestra organización, es justo decir que están contenidos allí muchos de los puntos de vista defendidos por nuestros artistas jóvenes en sus francos e intensos debates durante estos años.
Unas líneas de Ignacio Ramonet avisan a nuestra capacidad de discernimiento sobre la trampa que nos tiende la apariencia inocua de esos medios, cuya sutileza y poder fabrica y presenta, del modo más convincente, una imagen benigna y moderna del capitalismo: “el sistema ha instaurado la teología de la sumisión, impuesta por un enemigo sonriente, y no por un adversario que inspira terror y odio”; advertencia esta que nos previene, no ya contra el manifiesto entusiasmo por lo yanqui del irremediablemente colonizado, sino también contra cierta tendencia reciente a la permisibilidad acrítica de una frivolidad dosificada dentro de nuestros medios y espacios institucionales. Esta postura suele casi siempre justificarse a nombre de la tolerancia y el desprejuicio; e invocando un concepto equivocado de defensa a ultranza de una diversidad que no toma en cuenta la responsabilidad que debe acompañar a una verdadera labor intelectual. No podemos caer en el error de pensar que la alternativa a nuestros desaciertos, y a la frecuente sobresaturación y falta de imaginación de que adolece muchas veces nuestra programación en los medios y espacios culturales, está en condescender a la introducción de cierta dosis “refrescante” de mimetismo y frivolidad made in USA , abastecida en cualquiera de las rutilantes vitrinas del mercado y la llamada industria del entretenimiento. La negligencia de esta postura salomónica no es menor que la que comporta la actitud de los primeros. Y no se trata ahora de sobredimensionar peligros ni de ver fantasmas por donde quiera, pero sobre la base de ese canon, situado supuestamente por encima o al margen de ideologías y de consideraciones políticas, se crean las condiciones para la confusión y la más absoluta falta de jerarquías, y se le hace el juego perfecto al mercado capitalista y a la ideología que lo sustenta. Ni la ingenuidad, ni el temor al bandazo, pueden justificar una actitud que nos lleve a renunciar al rigor y al ejercicio del discurso crítico consustancial al arte; concesión esta que, por demás, significaría un lamentable retroceso en un camino hace mucho ganado en nuestro país, donde a partir de un verdadero concepto democratizador de la cultura, se han creado las condiciones que permiten garantizar el más pleno ejercicio y disfrute de una genuina experiencia estética. Renunciar a la intencionalidad que nos corresponde ejercer desde nuestros espacios (medios, instituciones, organizaciones de creadores, etc) en la programación y promoción del producto cultural que brindamos, es dejar el camino libre a la iniciativa de quienes, contando con el favor de millonarios recursos, la ejercen implacablemente con objetivos e intereses exactamente contrarios a los nuestros; confiando justamente al atractivo y eficacia de ese “inofensivo” lenguaje indirecto, una labor de vaciado y erosión cultural e ideológica que a la larga nos dejaría sin defensas. Ejemplos sobran para demostrar el daño (a veces irreversible) que pueden llegar a causar concesiones de esta naturaleza.
Con seguridad, en ningún otro lugar existen las condiciones que tiene hoy Cuba para salvarse del drama que representa esa confusión para una gran mayoría en el mundo. Como en tantos otros frentes, la unidad vuelve a ser aquí imprescindible. Tenemos que aprender a colegiar puntos de vista y acciones, contenidos y métodos (el qué y el cómo) en una batalla que nos concierne a todos. Tenemos que aprender a dialogar y a discutir en un clima constructivo cuestiones que, de otra manera, sencillamente no podríamos a resolver. Qué y cómo hacerlo: de eso se trata. Contamos con una gran fortaleza que radica en la posibilidad real que tenemos de convocar y poner a funcionar nuestra experiencia y nuestro talento y de propiciar un análisis a fondo y una discusión, capaces de enriquecernos. Tenemos que aprovechar esa fortaleza, posible solo en el marco de una política cultural socialista. Como afirmara Fidel en su discurso de hace apenas un año en el Aula Magna: “toda la vida es un aprendizaje, hasta el último segundo”. Es precisamente en ese ejercicio de permanente intercambio y apropiación de conocimientos y experiencias, donde, y desde una absoluta fidelidad a los principios, tenemos que lograr que sean la creatividad, la imaginación, la inteligencia y el talento, quienes le cierren el paso a la mediocridad y la simplificación dogmática y empobrecedora derivadas del pensamiento burocrático; que sea el trabajo y la laboriosidad callada y profunda quienes triunfen sobre la pereza y la superficialidad triunfalista. Esos conceptos, presentes en las ideas de Fidel, son los que debemos continuar defendiendo para nuestra organización y para cada cosa que hagamos en nuestro trabajo por llevar adelante los extraordinarios programas que impulsa hoy la Revolución.
En el área que nos ocupa, nuestras posibilidades de éxito comienzan precisamente cuando partimos de reconocer que asistimos a un momento nuevo, diferente, de una confrontación en la que cada día adquieren más peso los matices y donde suele resultar de muy poca utilidad repetir viejas recetas. Necesitamos producir un pensamiento que desmonte y desenmascare esa gran maquinaria de manipulación y mentira y nos permita responder a los múltiples emplazamientos del presente. Tal como ha señalado Noam Chomsky, “hay que dotar de conceptos a la ira”; recomendación que alude a la inteligencia con que debemos encauzar nuestra rebeldía en la era donde, junto al microprocesador y el celular, se globalizan el hambre y el lenguaje prepotente de los dueños de los misiles.
Esta certidumbre debe llevarnos a no perder de vista la dimensión internacional de nuestra resistencia. Examinados a la luz del nuevo momento de cambio que vive el mundo (en particular América Latina), nuestros esfuerzos se inscriben dentro de los más recientes intentos de los pueblos por construir una modernidad diferente; son parte de esa lucha que frente a la guerra, la tortura, el individualismo, la mentira y el dinero, opone las razones de la poesía y la cultura, la justicia, la dignidad, la ética y la solidaridad entre los seres humanos. Venciendo infinitas dificultades, el proyecto revolucionario cubano anticipa en la práctica, con realizaciones que nadie podría negarle, muchos de los rasgos de ese otro mundo mejor al que aspiran hoy las grandes mayorías en el planeta; utopía (“posible imposibilitado”, según la definición de Alfonso Sastre) aquí hecha realidad, en la que creemos y a la que no vamos a renunciar. Hacia esa misma dirección se orienta el llamado que hemos hecho a fortalecer nuestro trabajo en la red e integrarnos, de un modo cada vez más activo y eficaz, a las labores de la red de redes “En defensa de la Humanidad”. Ha sido esa irrenunciable vocación de lucha y de defensa de los valores auténticamente revolucionarios, la que ha expresado nuestro movimiento artístico joven y su organización a lo largo de estos veinte años; compromiso que desde aquí ratificamos también para los años que vendrán.
Cierro estos apuntes que intentan enrumbar nuestro debate, con unas palabras de Graziella Pogolotti, maestra entrañable de todos nosotros, pronunciadas durante un análisis muy similar a este organizado a propósito del 40 Aniversario de la Revolución: “En la reflexión que ahora se impone, tocará lo suyo a los economistas, a los politólogos, a los especialistas en ciencias sociales. Para la cultura, el estremecimiento llega hasta su punto centro palpitante, hasta su raíz y su sentido último, hasta su vocación humanista. El arte se sumerge en el espectáculo transnacionalizado, los medios enmascarados tras su aparente diversidad invasiva y sobreabundante, hipnotizan al sujeto con su mensaje único, simplista y banalizador. Una misma máscara amenaza con encubrir el rostro múltiple del hombre, esa, su verdadera riqueza. El aprendiz de brujo no puede aplastar las imágenes que ha engendrado. Hay que reconquistar la auténtica dimensión de lo imaginario, reivindicar los sueños que algunos llaman utopía, porque el sueño nos ilumina e impulsa a la acción. Para que un día, a la vuelta del milenio, restaurado el orden del universo, el hombre, recuperadas la líneas de su rostro, construya su casa en la tierra.”

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