miércoles, 31 de octubre de 2007

Cuba debate

José R. Vidal

"En la imagen construida desde los discursos internos y externos a la isla, en ocasiones aparece una Cuba monolítica, uniforme, despojada de toda confrontación de ideas". ...



En la imagen construida desde los discursos internos y externos a la isla, en ocasiones aparece una Cuba monolítica, uniforme, despojada de toda confrontación de ideas. Unos porque presentan la unidad en el proyecto revolucionario como unanimidad, y la justeza del ideario revolucionario como una realidad ya lograda, acabada, perfecta, libre de otras contradicciones que no sean las antagónicas que nos enfrentan al imperialismo. Los otros porque, en su afán de denigrar al socialismo, dan como una verdad incuestionable la falta de espacios y posibilidades para un pensamiento crítico, cuestionador de la realidad, so pena de ser reprimidos. Sin embargo, quienes vivimos aquí, sabemos que el debate nunca ha cesado, que entre nosotros tiene lugar un continuo intercambio de críticas e ideas sobre posibles soluciones a nuestros problemas. Ello es un rasgo del cubano y la cubana, muy enriquecido por el alto nivel de instrucción alcanzado desde el triunfo revolucionario en 1959. Como toda forma de organización humana, más allá de sus intenciones, la sociedad socialista es portadora de contradicciones internas e imperfecciones que motivan una opinión pública activa e integrada al sistema social, aunque muchas veces, en nombre de la defensa de la Revolución, los espacios de debate hayan quedado aprisionados a la esfera de lo privado y de lo informal, o a momentos muy puntuales.

En los últimos meses, sobre todo a raíz del discurso de Raúl el pasado 26 de julio, se han creado y estimulado los espacios para el intercambio de ideas y el pensamiento crítico en la sociedad cubana. Ha sido un proceso rico no sólo en críticas y propuestas sino también generador de esperanzas y confianza en la dirección histórica de la Revolución, en esta ocasión muy concentrada en la figura de Raúl Castro. Estos espacios de intercambio debieron existir siempre y es importante que se mantengan como parte del funcionamiento de las instituciones porque la participación real de las personas en los asuntos públicos es una condición de existencia del socialismo, un derecho ciudadano que el capitalismo escamotea con subterfugios y parodias de participación, pero que el socialismo tiene que garantizar para no desnaturalizarse.

Pero, ¿qué es lo que se discute hoy en Cuba? ¿Acaso la pertinencia de regresar al capitalismo o de aceptar el plan Bush o por el contrario las maneras de hacer funcionar y avanzar mejor la sociedad que tenemos, las formas de superar las contradicciones que atraviesan al entramado social cubano, las vías, estructuras y métodos que permitan aprovechar mejor el potencial humano creado en la propia revolución?

Por supuesto que en un intercambio de ideas a escala social hay diversas manifestaciones, pero creo apreciar que la tendencia fundamental es a apostar por el perfeccionamiento de la sociedad que hemos erigido, con el esfuerzo, sacrificio, renuncias y estoicismo de varias generaciones de cubanos y cubanas. No olvidemos que en enero próximo comenzaremos a vivir el año 50 de la Revolución. Esta sociedad, aún con muchas imperfecciones y errores, se identifica por la mayoría como la “nuestra”, como el espacio en el que se puede aspirar a un mundo mejor, en el que se pueden solucionar muchas de las necesidades sentidas por la población. Justamente por ello hay posibilidades y necesidad de renovar, en el ejercicio democrático del intercambio de ideas, el consenso y el compromiso alrededor de las metas, las políticas concretas, las instituciones, y sus modos y estilos de funcionamiento.

Por supuesto que ningún análisis sobre la realidad cubana puede soslayar el impacto de las políticas del gobierno de los Estados Unidos y las difíciles condiciones del entorno mundial, sin embargo ello no debe impedir que se construya una visión crítica y realista de la sociedad cubana actual, ni debe lastrar la capacidad para imaginar, ensayar y aplicar otras formas de organización y de funcionamiento que ayuden a enfrentar mejor esas realidades. Es necesario y posible encontrar las vías para desplegar en toda su potencialidad las capacidades y valores de nuestras mujeres y hombres, y hacer un uso más eficiente y eficaz de los recursos materiales y financieros con que se cuenta. Hoy día el país no aprovecha en toda su plenitud el aporte de ideas, de esfuerzos y de realizaciones que pueden emerger de nuestro pueblo, ni se hace un uso que pudiera catalogarse de eficiente de los demás recursos.

El camino para lograr ese mejoramiento, según mi manera de apreciar la situación, es el de desplegar en toda la magnitud posible, la formas y vías que existen en nuestra sociedad para la participación de las personas en la determinación de los asuntos que atañen a sus vidas. Me refiero a una participación conciente, organizada y crítica, como sujetos y no como objetos de la “movilización social”.

Esto significa, en primer término, fortalecer el funcionamiento de los órganos del Poder Popular, acercar la práctica del ejercicio del gobierno a lo que está declarado en la Constitución y las leyes. Hoy día la diferencia entre la normatividad jurídica y la práctica es enorme. Se debe dotar a los delegados, los Consejos Populares y las Asambleas Municipales de la autoridad y de los recursos posibles para hacer real esa participación en los asuntos comunitarios y locales, y renovar al papel de los delegados a las Asambleas Provinciales y de los Diputados a la Asamblea Nacional en su vinculación frecuente con sus electores y en correspondencia con ello, en su función de representante de sus intereses específicos tanto en la labor legislativa como en el control parlamentario sobre la acción gubernamental y administrativa. Actualmente el funcionamiento de los órganos del Poder Popular se ve lastrado por un excesivo centralismo, que deviene burocrático, y que vacía de contenido real a procesos tan importantes como las rendiciones de cuenta de los delegados ante sus electores o limita en extremo la realización de proyectos comunitarios que ayuden a contrarrestar la nociva tendencia a esperar todo del Estado, lo que provoca una especie de distanciamiento y pasividad en muchas personas. El actual proceso eleccionario que conduce a la renovación de las asambleas del Poder Popular a todos los niveles es una oportunidad que no puede desperdiciarse, porque ha llegado justo en el momento en que el debate ha abierto esperanzas y expectativas que de frustrarse dañarán la credibilidad en el sistema político y en su capacidad para renovar y mejorarse.

El Partido no puede quedar fuera de este perfeccionamiento de la participación real, despojándolo de mecanismos excesivamente centralistas y formales, y fomentando la capacidad de los núcleos de actuar, siguiendo la línea política general, en correspondencia con su realidad inmediata y específica. Es decir, deben ser “órganos vivos” y no meros cumplidores de normativas superiores, y los cuadros del Partido deben tener como una de sus funciones principales, contribuir a crear esa capacidad en los núcleos. De igual forma los órganos de dirección del Partido están llamados a organizar un diálogo con toda la sociedad y en especial con los núcleos como vía para estar en permanente contacto con el pensar y sentir del pueblo, y para la creación de una visión compartida del presente y del futuro del país. En ello pudiera servir como punto de giro la realización de un congreso del Partido que presente un proyecto renovado, actual, realista, a la vez que apegado a los principios y sueños más sentidos por muchas generaciones que acogieron a la Revolución y al socialismo como parte esencial de sus proyectos de vida personales. La presentación de esa propuesta debe incluir un debate abierto y democrático, en el que puedan participar todos los cubanos y cubanas que lo deseen. Con ello se estaría no sólo aprovechando la riqueza de ideas de cientos de miles de personas instruidas y con experiencia acumulada, sino además construyendo una visión de sociedad a partir de un consenso real, con sólidas raíces en el pueblo.

El camino de la participación debe incluir la ampliación de la autonomía de las organizaciones sindicales, campesinas, comunales, profesionales, estudiantiles y otras expresiones de la sociedad civil organizada para que logren funcionar en una lógica menos centralista, en la que las bases tengan un papel mucho más protagónico en la determinación de sus políticas y acciones, representando los intereses sectoriales y regionales que deben ser tenidos en cuenta y conciliados con los intereses más generales de la sociedad. Muy a menudo se subordinan los intereses concretos de sectores y regiones en aras de unos supuestos objetivos generales, que tampoco han sido debidamente consensuados, o mejor aún, construidos participativamente.

Otra de las contradicciones principales que afronta la sociedad cubana actual, y sobre la que se versan los debates dentro y fuera de las asambleas, es el rompimiento de la relación entre el trabajo y el bienestar personal y familiar. Esto es sumamente grave en cualquier sociedad, pero particularmente peligroso en una sociedad de trabajadores.

La vinculación entre trabajo y bienestar debe ser pensado no sólo en términos de salarios, sino que hay que explorar otras formas eficaces que fortalezcan el sentido de propietarios colectivos de los medios de producción y distribución entre los trabajadores y trabajadoras, que es uno de los problemas nunca resueltos satisfactoriamente en las experiencias socialistas. Este rompimiento entre trabajo y bienestar, producido fundamentalmente por la disminución dramática del salario real en la primera mitad de los años noventa, y no totalmente remontada en el periodo posterior, es una de las causas básicas del robo y la corrupción muy generalizadas que sufrimos.

Texto completo en: http://alainet.org/active/20405&lang=es

- José R. Vidal es Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Información. Profesor Titular adjunto de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Actualmente coordina el Programa de Comunicación Popular del Centro Memorial Dr. Martin Luther King Jr.

Tomado de América Latina en moviemiento

martes, 30 de octubre de 2007

¿Por qué, cubanos?

Por Juan Carlos Redoba

Política cultural y "MALA LECHE": guión y puesta en escena: ¿Adónde vamos?



2007 pasará a la historia cultural y social cubana como el año en que la gente decidió dejar de callar. No bien terminada “la guerra de los correos”, transcurrieron apenas unas semanas para que se encendiera otro debate abierto que tiene como soporte la vía electrónica. Dejar de callar no ha sido sinónimo de una postura anárquica, del mero aleteo propio del náufrago desesperado, o de la catarsis adolescente que al confesar, duerme. No. En estos meses se han discutido cuestiones determinantes para la agenda que informará el futuro de este país.
Como parte del debate actual, o tal vez de forma tangencial a él, escuchamos las palabras de Eliades Acosta, encaminadas a conseguir una sociedad más participativa, más descentralizada, más “vocal”, en el sentido de que la gente se pronuncie y se escuche, sin represión y sin reservas.
Vemos que el diseño de la política cultural de la Revolución sigue siendo coherente, bastante irrefutable. El problema está en que una cosa es la chiva y otra, los veinte pesos. O, como gustaba recordar Gutiérrez Alea: El guión del socialismo es perfecto, suena precioso; el problema está en la puesta en escena.
No son pocos los ejemplos que demuestran cómo, en el diario bregar de la cultura, las instituciones niegan la lucidez y la apertura con que se sigue expresando esa política. Y ello es triste, porque varios creadores llegan a pensar entonces que política cultural es intercambiable con parole, parole, parole, y no con la resolución concreta de los problemas concretos.
Un ejemplo: la Televisión Cubana acaba de vetar la transmisión del video Mala leche, que para el tema musical homónimo realizara el compositor y cantante Nassiry Lugo. La razón fundamental parece ser que la Televisión no quiere contravenir la decisión que tomó alguien, evidentemente de forma presurosa e irracional, en la dirección de la Radio. Entonces, el ICRT no quiere devenir una suma de contradicciones: si “alguien” de la radio (una instancia o entidad imprecisa y vaga como el vapor) dio como no transmisible el tema de Nassiry, ¿cómo la Televisión va a pasar el video? Esto, en el escenario de un programa tan prestigioso como Lucas, que acaba de cumplir toda una década de valorización del género, y que ha supuesto una atendible alternativa lingüística incluso para la propia Televisión. Se han escuchado los criterios del director y el crítico del programa, ambos intelectuales con la Distinción por la Cultura Nacional, gracias a muchos años de tenacidad en la defensa y el beneficio de nuestra cultura, pero al final de poco han importado. La consternación del artista tampoco ha servido de mucho.
Quizás no sea yo, realizador con escasas horas de vuelo, apenas tres videos realizados, el más indicado para compartir con ustedes estas ideas. Pero lo cierto es que pasan semanas y semanas, y por mi proximidad al espacio, he sabido que se aplaza hasta el infinito una respuesta razonable al problema. Sé que la gente del programa ha preferido discutir el asunto al interior de la institución, pero, como desde afuera me percato de que al interior de la institución significa callen para siempre, quisiera compartir con ustedes estas reflexiones.
Mala leche se inserta en el CD Alma sin bolsillo, el que, por consenso de la crítica, viene a ser el disco de madurez de la agrupación Moneda dura. Este disco incluye temas tan excepcionales como Y no hago nada, donde el personaje vocal de la canción, el propio Nassiry, yo mismo, o posiblemente quien en este minuto lee, se confiesa impotente frente al mercadeo de la carne. Y no hago nada resulta el testimonio hermoso, vibrante (“mi amor es ciego, pero tu estómago no”), de la impotencia que sentimos de pronto todos aquellos cubanos que crecimos con atención a un grupo de valores, también para nosotros sagrados, y hoy comprobamos que el amor puede valer cinco dólares, o quince, o treinta, o cincuenta. Ella al final se va a marchar, y “mi amor no puede pagarte un avión; mis manos no pueden alcanzar tu ilusión…Y no hago nada”.
El video Mala leche, por su parte, ha sido estimado, con prontitud, por los especialistas más cercanos al programa, como el video más importante y rotundo del también realizador Nassiry Lugo. En un momento en que la radio transmite los surcos más “problemáticos” del disco, algunos de los cuales integran ya los hits parades, en una política inteligente que naturaliza la crítica como ese proceder que contribuye y mejora las cosas, llama la atención el ensañamiento con un tema como Mala leche, que, al lado de los perfectamente radiables, resulta incluso medio ingenuo. Evitando las contradicciones, el ICRT incurre en las mayores paradojas de su historia.
¿De qué va Mala leche? Por encima o por debajo de todas las descripciones puntuales, el tema tiene dos ideas básicas: a las cosas que no funcionan socialmente no les adicionemos, por favor, el mal trato y el atropello. Y dos: coño, si somos cubanos, si alimentamos un proyecto que se quiere superior, en bien del hombre, ¿por qué no nos tratamos como hermanos, y hacemos aflorar lo mejor de nosotros, de nuestra tradición de solidaridad, de fraternidad? El cantante llega a confesar que le late el corazón, de modo muy especial, y emotivo, cuando le dicen cubano. El tema lo que suda es nobleza, todo el tiempo.
¿Quién puede negar que la mala leche efectivamente nos hace mucho daño, social y éticamente? Sólo aquellos enternecidos con el modelo feliz y falaz del realismo socialista, para el cual el mundo se podía estar cayendo pero igual, no pasa nada, este es el mejor de los mundos posibles. Sólo los asalariados dóciles que repiten la felicidad rosa, hoy incierta entre nosotros y en todas partes del mundo. ¿Alguien puede explicarme por qué la nobleza y el afán de contribución de Mala leche son “contrarios a la política cultural de la Radio y la Televisión”?
No sé si me estaré volviendo un necio, no sé si a fuerza de pensar con cabeza propia me he convertido en un “traidor”, pero no creo que sea esa política de exclusión la que ayude ahora mismo. ¿Vamos a convertir a Mala leche en el próximo PM, aquel documental ingenuote estigmatizado en los años sesenta, y que hoy, al volver a verlo, lo que nos da es gracia? ¿Estamos ante el nuevo PM? Ya la gente busca denodadamente Mala leche; trata de grabarlo por su cuenta y riesgo. Claro, porque el que prohíbe, sobre todo el que prohíbe con argumentos primarios y falibles como la espuma, lo que consigue es desatar una verdadera avidez por el motivo de la sustracción. Estamos convirtiendo a Mala leche en un héroe contrario, secreto, extraño, prohibido, cuando pudo ventilarse entre nosotros, con el debate nuestro, a ver si extirpamos toda esa mala leche que nos lacera e inhibe lo mejor de nosotros. Nassiry Lugo ha visto transitar a Mala leche del afán de aportación crítica al estigma y el demonio.
Por cierto, a lo largo de estos diez años, no es el primer video satanizado a la primera en la escena de Lucas. Trabajos muy interesantes como La pelota de la suerte, Levántate y anda, o Problema, fueron prohibidos en su día. La pelota… fue censurado porque, aguanten la carcajada, aparecía una pelota azul con estrellas amarillas, y entonces se estimó que el clip era una loa a la Comunidad Europea, en un momento en que las relaciones con Europa se hallaban enrarecidas. ¡Qué terrible para los realizadores el hecho de que el día en que el productor fue a la tienda, sencillamente a comprar una pelota, cualquier pelota, nuestras shoppings vendían una loa a la Comunidad Europea, todo un objeto semióticamente subversivo! ¡Qué desdicha! En el caso del segundo, la no-razón fue la siguiente: en él pelean un perro negro y un perro blanco. Sí, por eso. Parece una sinrazón kafkiana. Pero en el tercero, sobre todo porque el rapero, René, decía en algún momento: “Cabrón, cabrón”. Sin embargo, pasaron los meses y al menos uno de esos tres videos pudo ser rescatado, se estrenó y criticó debidamente en el espacio, y al término del año fue premiado entre los más significativos. Los otros dos permanecen en el silencio sospechoso, y lechoso, donde ahora clasifica, extrañamente, Mala leche.
Y conste que los realizadores nos hemos enterado de estos “argumentos” a nivel de pasillo, pues, que yo sepa, el programa nunca ha recibido razonamientos atendibles al respecto. Y nos preguntamos: ¿Cómo un acto de censura, absolutamente desconsiderado con los realizadores, con las disqueras, con los espectadores, absolutamente irrespetuoso; cómo un acto de violencia tal frente a la expresión natural y la circulación de las ideas puede no explicarse siquiera, en otro acto de despotismo y desconocimiento de la gente que trabaja con entereza en este país hace tantos años?
¿Por qué, cubanos? ¿Por qué torcemos lo que es diáfano y bueno? ¿Por qué les volvemos los días más difíciles a quienes hace mucho tiempo que fundieron su suerte con la suerte mayor de nuestro país y nuestra cultura? ¿Por qué esta mala leche contra la creación genuina que sencillamente da la espalda al triunfalismo y la paleta rosa, para abrirse a una visión del mundo sustentada en el beneficio de la polémica, la discusión, y la verdad entrevista por todos? Alguien puede explicarme, cubanos, ¿por qué?
Ojalá estas reflexiones lleguen al buzón de Eliades Acosta, o al del Ministro, a ver si nos tiran un cabo.
Habría que preguntarles:
Así, con la censura doblemente irracional, ante la que no pasa nada, ¿así es como vamos a levantar una sociedad más participativa? Nadie responde al realizador: ¿Qué puede estar pensando Nassiry Lugo en este mismo momento? ¿No lo estaremos invitando, con la necedad y la obcecación, a que se pague un avión?

Tomado de la Ventana

lunes, 29 de octubre de 2007

Cambios sí, y para bien

Por Rufo Caballero


Caso Mala lache • Hay dos actitudes posibles: ocultar, sumergir los problemas; o discutirlos con transparencia y con firmeza

...el foro digital que suscitó Mala leche en la Intranet se caracterizó, desde el inicio, por la franqueza, la limpieza, la honestidad intelectual.




No niego que antes, en varios trabajos discográficos y en temas sueltos, se sabía del talento de Nassiry Lugo y su alineación Moneda dura. Los fans coleccionan canciones y discos en donde la urgencia de compartir ideas interesantes sobre el mundo contemporáneo, la inteligencia de las composiciones, y por qué no, la jovialidad y el altísimo grado de comunicación de Moneda dura, le fueron granjeando un sitio privilegiado en el gusto de la juventud cubana.

Pero es consenso en la crítica que Alma sin bolsillos (producción 2007, de Alejo Stivel y EGREM) constituye la marca de madurez en el trabajo de la agrupación. También por lo estrictamente musical (mayor sutileza en las armonías, al contravenir y matizar la linealidad de las melodías; mejor empleo del efecto loop, etc.), pero sobre todo por la contundencia, la actualidad y la hondura de la mayor parte de las letras que incluye el volumen.

Alma sin bolsillos inserta hermosos temas, como Los ojos de Aitana, una tierna canción que dedica Nassiry a su hija; Yo soy el rey, donde una historia de desamor sirve de pretexto para profundizar en las relaciones sociales; Háblame de amor, tema que aboga, desde la belleza de su idea y la dureza de su rap, por el diálogo de los cubanos; incluso una balada convencional, bien compuesta, como Al sudeste, que lleva meses pegada en la radio. Ahora, del disco, dos surcos me parecen particularmente relevantes: Y no hago nada y Mala leche.

Y no hago nada es una balada intensa, mucho más peculiar que Al sudeste. En ella, Nassiry aborda la impotencia de algunos jóvenes —y no tan jóvenes— que crecieron un día con atención a un grupo de valores, y seguirán creciendo en virtud de esos valores, pero se encuentran en la calle, de pronto, que el amor puede costar cinco, diez y quince dólares, por lo bajito.

La letra es sencillamente espectacular. El sujeto de la balada no puede sino compartir su desazón y su impotencia. Él la adora, pero ella se marchará. Se marchará tras mensajes de amor de curso legal, como hubiera dicho Serrat. Escuchamos en Y no hago nada:


Pero mi amor no puede pagarte un avión
Mis manos no alcanzan tu ilusión
Tan solo te miro y te dejo seguir, y no hago nada
Y es que mi amor es ciego y tu estómago no
Mi amor en el tiempo se perdió
Tan solo te tengo y te dejo vivir
Y no hago nada...
Mi reino por esa balada. Cuánto expresa el desconcierto que muchas veces experimentamos todos aquellos que priorizamos los valores espirituales de la gente, y la realidad, en no pocas oportunidades, no nos acompaña. Y no hago nada es un bellísimo testimonio de la época.

Como lo es, a su modo, Mala leche. En Mala leche, habría que distinguir entre los accidentes de la letra, y el espíritu y la filosofía profunda que anima el tema. La letra comenta, desde la gracia del humorismo y el poder desalienante de la parodia, decenas de contrariedades en la vida del cubano de ahora mismo: la guagua que no llega, los apagones (ya menos, a Dios gracias), la cuenta de la electricidad que se dispara, etc., etc. Todo eso, además de puntualmente cierto, resulta secundario, al lado de la idea primordial: a los problemas sociales, a los huecos negros de todos los días, no les añadamos el mal trato, el atropello, la mala leche.

Se invoca la mejor tradición del cubano, en lo tocante a la solidaridad, la fraternidad, el desprendimiento: Venimos de una estirpe única en el mundo/ Si somos el calor que quema desde lo profundo/ Dime, por qué no nos tratamos como hermanos... Para finalizar con un verso emotivo, que alcanza a explicarlo todo: Me late el corazón cuando me dicen cubano.

También este verso resulta un testimonio del sentir de miles de cubanos en este minuto: conscientes de que solo la crítica honesta y profunda puede mejorar la sociedad, sin complacencia, sin triunfalismo, fajados y parados de punta para que nadie nos pisotee la cabeza; pero aquí, con los nuestros, compartiendo la suerte y el destino de Cuba, que es nuestra enfermedad y nuestra ilusión, un amor que lo trasciende todo.

El videoclip para Mala leche no hace más que visualizar ese espíritu. Nassiry aparece como un showman, en el lugar de esos conocidos cantautores que se transforman una y otra vez en sus videos. Auxiliado por no pocos efectos visuales, en un esmerado trabajo de posproducción, el clip comenta, con enorme simpatía y un copioso juego de referencias culturales, las muchas situaciones alucinantes que describe el tema. Y termina enfatizando lo que era preciso enfatizar: ¡No a la mala leche! Este video llega a ser, por la inventiva de su imaginería y la seriedad de fondo que supone su planteo, el mejor trabajo audiovisual de Nassiry Lugo.

Sería pueril ocultar la candente discusión suscitada por Mala leche. Varios compañeros consideraron que se trataba de un video impropio, excesivo, incluso por estimaciones como esta: «Desde el propio título de Mala leche, hay vulgaridad». Por mi parte, no me explico hasta dónde va a llegar el fantasma de la vulgaridad; hasta cuándo vamos a seguir negando la legítima fuente que representa el habla popular, las expresiones del cubano de a pie en el día a día (por cierto, en el caso de esta, bastante extendida en todo el mundo hispano). Aunque, desde luego, no fue ese el criterio que llegó a desautorizar el video, sino la incomprensión alrededor de la voluntad de profilaxis y de crítica social que obviamente asiste al tema. Pareciera haber dos actitudes posibles: ocultar, sumergir los problemas; o discutirlos con transparencia y con firmeza.

No voy a abundar en las razones que descalificaron, en su día, a Mala leche. No las comparto ni por asomo, pero las respeto. No se trata de invertir las exclusiones, ni mucho menos del menor revanchismo. Los compañeros que no gustan de Mala leche, tienen todo el derecho del mundo a esgrimir y defender también sus criterios. En lo que sí deseo detenerme es en la legitimidad del procedimiento que consiguió, en este caso, que el video se pasara, se analizara y se debatiera con total naturalidad.

A diferencia del antro de libelos y de baraturas en que se ha convertido Internet a propósito de otras discusiones, que terminan con alusiones personales, revanchas políticas, y desmesuras de todo tipo, el foro digital que suscitó Mala leche en la Intranet se caracterizó, desde el inicio, por la franqueza, la limpieza, la honestidad intelectual. Desde el primer comentario, firmado por un joven realizador (titulado, con emoción, «¿Por qué cubanos?»), hasta las declaraciones de otros prestigiosos directores, como Lester Hamlet, Ian Padrón, Pavel Giroud, Orlando Cruzata, et. al., más decenas de mensajes de solidaridad expresados por altas personalidades de la cultura cubana, este debate se distinguió por su clase, su contenido genuinamente cultural, su altura ética. Siempre hay algún desmesurado que forma lo suyo, pero no fue la norma.

Resultado: la efectividad de la reflexión, la continuidad de la discusión abierta y sincera en importantes instituciones de la cultura cubana y, finalmente, la transmisión de Mala leche, en el lugar de cualquier otro video interesado en pensar nuestra realidad. El caso Mala leche significa un punto indicativo de varias cosas: una, no hay que callarse y bajar la cabeza ante todo; dos, hay que saber discutir, con responsabilidad y con cultura, con actitud de contribución, con ética. Y tres: hay cosas que definitivamente están cambiando en este país, y debemos estar atentos a esos cambios.

Atrás quedaron los tiempos en que la defensa del proyecto de soberanía se convertía en coartada para impedir los cambios necesarios. Lo que pone a riesgo el proyecto de la soberanía es la mentira, la irracionalidad, el engaño del sinflictivismo. Creo que hoy somos muchos más los que defendemos la soberanía desde la necesidad y la pertinencia del cambio: No el cambio que destruye logros y hace retroceder en el camino, de forma festinada y carnavalesca, sino el cambio que abre puertas, que dinamiza la mentalidad del cubano, que aspira a una sociedad más participativa, donde todo el mundo se escuche con respeto.

El cambio que lucha contra la mala leche que nos impide adelantar los trechos.

Cambios, sí; cambios para bien.


Tomado de la Ventana

Entrevista a Ricardo Alarcon

Entrevista a RICARDO ALARCON DE QUESADA, miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Montreal, Canadá, Septiembre de 2007, en el marco de la XXVII Convención de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, LASA.
Programa Radial "La Noche se Mueve", con Edmundo García.

(fragmento)



- Edmundo Garcia. Y la siguiente pregunta, rapidito, para que su staff no se lo lleve de aquí… Por primera vez hay personas que no son de la dirección cubana opinando públicamente, desde la salud de Fidel hasta los procesos que pueden suceder en Cuba en un futuro. Hablo de Mariela Castro, ¿este es un cambio, es algo diferente, ella no es un alto funcionario?

- Ricardo Alarcón. No Mariela es una joven, crecida con la Revolución, una gente con mucha autoridad profesional y moral, además me parece muy coherente.

- EG. ¿Este es el cambio de generación del que usted me habló hace dos años en Nueva York?

- RA. Ese es uno de los cambios, esos son los reflejos, lo que uno ve.
Imagínate tú, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos… como dice la canción.

- EG. ¿Temen los cubanos que se señale como algo negativo que algunos hijos de dirigentes como es el caso de Lage Codorniú y Mariela Castro participen en este proceso?

- RA. Lage Codorniú es el hijo de Carlos Lage, pero él es lo que es por sí mismo y Mariela es un ejemplo clarísimo de eso. Mariela es hija de Raúl y de Vilma, formada en un hogar muy especial, muy sólido y a la vez está muy bien formada intelectualmente. Ella dice cosas y da opiniones que un político tradicional se las guardaría.

- EG. ¿Sería esa una estrategia política, que ciertas personas digan públicamente sus opiniones, personas que no tienen el mismo peso que digamos si las dijera Usted?

- RA. No, no, porque yo las he dicho también.

- EG. ¿Y con los hijos de Fidel, tiene contacto?

- RA. Bueno, con el mayor sí, quizás por un problema generacional, él y yo hemos trabajado bastante en eventos como este, con los demás no he tenido mucho trato, ni tampoco con los de Raúl. Con Mariela sí, porque Mariela es una luchadora en todo este asunto de los derechos de la comunidad gay, ha sido necesario.

- EG. Alarcón, ¿Usted está a favor de los matrimonios de homosexuales? Y le pregunto como Presidente del Parlamento, no desde el punto de vista personal.

- RA. Yo estoy en favor completamente de todas las cosas que Mariela ha estado proponiendo, de modificar nuestro Código y eso lo haremos algún día, hay que trabajar y hacerlo democráticamente, hay que ir persuadiendo, convenciendo y explicando a la gente. La cuestión del matrimonio es otra cosa, es más polémica.

- EG. ¿Va a estar Usted de acuerdo con la posición de la Iglesia Católica?

- RA. No es porque la Iglesia Católica lo diga, pero yo sí creo que nosotros debemos considerar con el debido respeto, no solo a los católicos, sino a todas las religiones cristianas que consideran el matrimonio como un sacramento, entonces meternos en ese lío de redefinir el matrimonio, me parece que sería irrespetuoso, innecesariamente creador de un conflicto adicional. Bastante hay con los prejuicios y la discriminación que sufren los homosexuales y las lesbianas como para agregarles encima a la Iglesia y todo ese rollo. Separemos las cosas, el matrimonio, como lo define la Ley o como lo define la Iglesia, el tradicional, yo no me metería a modificarlo, no es una enmienda a la Ley de Dios, sino una enmienda al Código lo que hace falta. Ahora, las parejas del mismo sexo sí deben tener los mismos derechos y las mismas responsabilidades que las de distintos sexos.



__________ Información de NOD32, revisión 2621 (20071028) __________

miércoles, 24 de octubre de 2007

La Revolución

Por José Martí

(Publicado en el periódico Patria, New York 16 de Marzo de 1994)

El oficio de los libertadores no es devorarse entre sí, y codearse unos a otros ante la muchedumbre, y mirar hosco al que les cierra el paso, y derretirlo con el fuego de los ojos, y echarlo atrás a uñadas y mordeduras, y ponerse delante, a donde todo el mundo lo vea


(Publicado en el periódico Patria, New York 16 de Marzo de 1994)

Ni con la lisonja, ni con la mentira, ni con el alboroto se ayuda verdaderamente a una obra justa. La virtud es callada, en los pueblos como en los hombres. Partido cacareador, partido flojo. Hasta de ser justo con quienes lo merecen debe tener miedo un partido político, no sea que la justicia parezca adulación; la verdad no anda buscando saludos, ni saludando: sólo los picaros necesitan tinieblas y cómplices: los partidos políticos suelen halagar, melosos, a la muchedumbre de que se sustentan, a reserva de abandonarla, cobardes, cuando con su ayuda hayan subido a donde puedan emanciparse de ella. Tantos logreros le salen a la libertad, tanta alma mercenaria medra con su defensa, tanto aristo astuto enmascara con la arenga piadosa el orgullo de su corazón, que da miedo -por no parecérseles- hablar de libertad. Lo bueno es fundarla calladamente. Lo bueno es servirla, sin pensar en la propia persona. De los hombres y de sus pasiones, de los hombres y de sus virtudes, de los hombres y de sus intereses se hacen los pueblos. Los enemigos de la libertad de un pueblo, no son tanto los forasteros que lo oprimen, como la timidez y la vanidad de sus propios hijos. El oficio de los libertadores no es devorarse entre sí, y codearse unos a otros ante la muchedumbre, y mirar hosco al que les cierra el paso, y derretirlo con el fuego de los ojos, y echarlo atrás a uñadas y mordeduras, y ponerse delante, a donde todo el mundo lo vea, como la odalisca que llegó por fin a atraer las miradas del sultán: el oficio de los libertadores no es alquilar elocuencias, pagar plumas, adular a satélites, acaudillar bandos, asalariar hipócritas, encubrir espías, costear vicios, pensionar desvergüenzas: ni ir de oído en oído cosquilleando el patriotismo, mendigando el cumplimiento del deber, ofendiendo a los hombres con la suposición de que es preciso hurgarles o mentirles para que tengan fe en sí propios o en la patria, denunciando puerilmente la labor revolucionaria, que en la idea ha de ser pública y en la acción toda secreta, -es oficio de los libertadores. Los que trabajan para sí o para su popularidad o para mantenerse siempre donde se aplauda o se vea, sin ver el daño que a su patria causen, publicarán su actividad, por no parecer inactivos; hablarán hinchadamente, porque no se les tache de moderados; vocearán a todos los vientos lo que hacen, para que se les premie y se les vitoree, aunque cada palmada que salude su imprudencia sea la señal para la prisión de un hombre bueno o la muerte de un héroe futuro en el patíbulo. Los que no trabajan para sí, sino para la patria; los que no aman la popularidad, sino. al pueblo; los que no aman la misma vida, sino por el bien que pueden hacer en ella, ésos, mano a mano con todos ¡oís hombres honrados, con los que no necesitan lisonja ni carteo, con los que no sacan de la vanidad su patriotismo sino de la virtud, llevan adelante, aunque de las gotas de su corazón vayan regando el amargo camino, la obra de ligar los elementos dispersos y hostiles que son indispensables a la explosión de la libertad y a su triunfo,-de exaltar las virtudes de manera que puedan más que las tentaciones y máculas de los virtuosos,-de pasar por entre las vanidades erguidas de modo que la hermandad y mansedumbre, y voluntaria humillación, triunfen sobre el susto de los ambiciosos o el rencor de los altivos,-de atraer los factores todos de la patria a la campaña de su redención final, a fin de entrar en ésta con todos, y no con unos contra otros, de juntar en invencible cohorte a los que defienden sin miedo la justicia entera y a los que padecen de una u otra forma de la tiranía:-lo cual requiere más silencio que lengua; lo cual se hace mejor mientras más se lo calla; lo cual es más útil que una política personal y aparatosa, aunque adule menos y corrompa, aunque brille menos.
Mientras se está elaborando una revolución, mientras se le apartan los obstáculos que el enemigo pone en su camino y se acomodan y funden los factores varios y resbaladizos con que se le ha de acometer, mientras cunde por un país minado de espionaje sutil el conocimiento de la fuerza y desinterés de la obra redentora, mientras se aprieta y remata la obra interrumpida a cada paso por las astucias del enemigo y nuestros miedos y vanidades que lo iluminan y asesoran, la tarea de la revolución adelanta en forzoso silencio. Sólo al gobierno de España interesa quebrantar este gobierno: al gobierno, y a aquellas almas pálidas y venenosas a quienes paga para excitar a la revolución, a la denuncia y la imprudencia. Pero si la firmeza de la labor revolucionaria obliga a esta continua discreción,-si el aseo moral impide descender por callejas y corrillos a la triste faena de clavar contra la pared a los policías de ojo maligno y verdoso que fungen, de buenas a primeras, de patriotas íntimos o exaltados; -si la certidumbre de tener mañana por fin de compañeros a los cubanos lentos, tímidos o arrogantes de hoy, impone el deber de callar sus faltas, o censurarlas impersonalmente, por ser el rencor y la acritud dotes pueriles de los caracteres secundarios y triste cemento para la fundación de un país,--si pierde el escritor o el orador las oportunidades lucientes de hoy, para no perturbar con la amargura y cólera de ellas la plenitud y concordia de mañana,-si manda el verdadero honor servir a nuestro pueblo con el oscurecimiento y silencio voluntarios, en vez de sacar provecho y pompa de -los errores de sus hijos; la guerra cercana, la revolución cercana, no pierde por eso claridad ni energía. Cuanto sucede la confirma. Los sucesos son suficiente comentario. Proclama más elocuente es una ojeada por la situación de Cuba. Proclama viva y profecía de fe son las noticias que en este instante se aglomeran sobre la mesa de redacción de Patria. De un ministro de España, y de un plan de reformas encaminado en la realidad a descuajar la unidad cubana en la Isla, dependía la esperanza fútil dé los cubanos ciegos, y en verdad muy escasos, que prestaban la mano con lamentable complacencia, o a sabiendas tal vez, al proyecto de deshacer, so capa de reformas, la individualidad criolla que la guerra amasó, que existió siempre antes de la guerra, y que nunca-y éste es baldón grande--se ha visto tan amenazada como después de la guerra por los criollos, por cierta especie dañina de criollos arrogantes: de un ministro transitorio y de su plan insuficiente y fraudulento se levantaban razones para estorbar la ordenación final del país y sujetar nuestra Cuba sazonada y delantera al pueblo europeo más teocrático .y perezoso: y de un cambio de asientos queda el sillón vacío, y Becerra está hoy donde estaba ayer Maura. No es de nuestra piedad natural el. saciarnos en la flaqueza congénita de los que, con cara para todos los bofetones, encontrarán acaso en esta mudanza de sillón causa para nuevos deliquios y resplandecientes promesas. Cuba no puede satisfacerse ni vivir en paz hasta que su gobierno sea en realidad de los cubanos: que es lo que con su población sobrancera, su política advenediza y su natural despótico.-no podrá jamás España permitir. Puede un ministro algo, cuando está con el espíritu de su nación y el pensamiento y costumbres políticas de su ¿poca: y nada, cuando está contra ellos. Más. que Becerra fue siempre Martos; y de él, el español de fibra gubernamental que ha estado más cerca de la justicia en las colonias, es la frase decisiva y terrible, la frase que dijo, acostado a las once del día, al que esto escribe en Patria: “0 ustedes, o nosotros". Becerra y Ballesteros, todo es lo mismo. Era; una vez un Ballesteros, ministro de Ultramar. Como le hablase un magistrado distinguido, que contó el cuento a Patria, de algo que tenía que hacer con Manzanillo, se inclinó el señor ministro sobre el mapa de Cuba, extendido sobre la mesa del despacho, y comenzó a tantear por la posta Norte. -"Me parece recordar que está en la costa Sur", decía el magistrado: "creo seguro que está en la costa Sur". Y vagaba por el mapa el dedo ministerial, siempre por la costa Norte.- Como limosna nos daría tal vez, y a cuartos, como sus limosnas, la libertad el gobierno español, aunque nunca tanta que desalojase del territorio de España a los españoles, por beneficiar a los que la quieren echar, con su,, último harapo histórico, del continente: pero no es ésa la libertad que urgentemente necesita un pueblo cuyas ciudades se caen de polvo y vicio, cuyos campos sacrificados se ciegan o emigran, sin confianza sin sustento, sin puertos, sin caminos, sin seguridad, sin honra.
¿Qué mucho que otro periódico que está sobre nuestra mesa, un periódico francés, advierta en la Isla toda, por los ojos de un corresponsal que no sabe de nuestra historia, ni de las heces que deja hirviendo una colonia de esclavitud, el deseo total y vehemente de la independencia de España? Jules Clave, el escritor de Le Monde Illustré, sólo nota en Cuba un obstáculo a la satisfacción del unánime deseo, y en lo que dice se conoce que, más que con los cubanos generosos, habló con españoles de codicia y de remordimiento. El obstáculo le parece ser el miedo de los españoles a ser maltratados por los cubanos después de la revolución. De ende los españoles mismos habrá visto a los que por su abuso y nulidad temen perder la indebida prominencia que les permite hoy la tiranía Política, no a los que han echado en la tierra la raíz del trabajo y de los hijos. ¿Haremos los cubanos una revolución por el derecho, por la persona del hombre y su derecho total, que es lo único que justifica el sacrificio a que se convida a todo un pueblo, y negaremos, al día siguiente del triunfo, los derechos por que hemos batallado? Los goces ilegítimos sí se irán: el juez venal, el empleado ladrón, el periodista de alquiler, el que a favor del soborno priva de pan y sosiego al criollo, el que fomenta el vicio por la cuota que percibe de él, el español de Lavapiés y cafetín, que nos tiene hecha una náusea la ciudad. Ese, tema. Ni tiene que tema: se le acabará el oficio, y se irá solo. Se irá el arriero, y detrás el arria.-Pero nuestros padres, los que han sudado y sangrado con la tierra, los que no le ven a su hijo cubano más vía de fortuna que la herencia corruptora o la sumisión al deshonor, los que aman en sus hijos, con esa cabezada romántica del español castizo, la potencia de rebelión que desde su aldea infeliz y la quinta despótica y el arranque sangriento a las Américas ardió en su propia alma, los españoles llanos, los españoles. buenos, los españoles trabajadores, los españoles rebeldes, ésos no tendrán nada que temer de sus hijos, no tendrán nada que temer de un pueblo que no se lanza a la guerra para la satisfacción de un odio que no siente, sino para el desestanco de su persona y para la conquista de la justicia. -Mucho menos tendrán los españoles que temer de los cubanos piadosos que de los norteamericanos arrolladores y rapaces, de los norteamericanos a quienes echan sobre la presa fácil de los pueblos débiles, la codicia y mala distribución de la riqueza, que vienen de su reparto desigual en la tierra propia. Lo que del Norte tienen los españoles que esperar, y los cubanos unidos; lo que deben fiar, para resolver los problemas de la libertad ajena, en quien no sabe resolver los propios; lo que deben, cubanos y españoles temer-con sus elementos de libertad impaciente-de un pueblo que con las mejores semillas de la libertad, tras cuatro siglos de república práctica en un continente virgen, ha caído en los problemas todos de las sociedades feudales y en los vicios todos de la monarquía-, no lo digamos cubanos, porque se tendría a pasión: dígalo Stead, liberal humanitario y fundador, inglés abierto, crítico agudo, cruzado moderno, hombre de hombres: "Más fácil es -acaba de decir Stead- convertirse al republicanismo en Rusia que en los Estados Unidos. Nada en América sorprende tanto a un inglés como la desconfianza radical en la capacidad del pueblo. Se echa uno atrás, simplemente, al llegar de Inglaterra a los Estados Unidos. No he visto tierra de menos democracia desde que salí de Rusia". No: con todo el hervor posible y natural de la república en Cuba, el español bueno y útil tendrá ráenos que temer de la pasión de sus hijos que de la codicia y desdén de los norteamericanos.
Del bandidaje que sube, y es en Cuba, más que el robo y la muerte, expresión de la penuria y desafío del país; de la miseria en que perecen los soldados mismos que mantiene el gobierno para defenderse; del aislamiento y censura que castigan a los cubanos que mudan su fama fácil de rebeldes por el servicio directo o indirecto del gobierno corruptor; de la alarma creciente en los cobardes, que es síntoma seguro de los aprestos del gobierno y del empuje revolucionario,-hablan, por mil hechos menores, los diarios de Cuba. Ni para la guardia civil hay paga ya. Los cubanos, que pudieran negarse a cargar el arma por la libertad, tienen que cargarla, al fin y al cabo, para defender su hacienda. El gobierno, al ver que ya no hay en el autonomismo poder para congregar a los cubanos, y tenerlos vendados y entretenidos, ve como salvadora la idea, por criollos serviles aconsejada, de fomentar el noble anhelo público de los cubanos de la Isla por la emancipación, de excitar-como red a la vez que moratoria-a la creación del partido independiente en la-Isla, a fin de ver si con la independencia pacífica de adentro se quita médula a la independencia armada de la emigración, y si azuza celos miserables, que no tendrán .jamás cabida, ni adentro ni afuera, en el corazón cubano. Los cegará la grandeza criolla. Viles tenemos, pero más grandes que viles. Habrá un humilde para cada soberbio: seremos -ala de aquella otra ala. Y con dos alas, volaremos mejor. No somos hombres aquí: somos amigos del hombre. No somos pasiones aquí: somos pabilo que se consume para que nuestro pueblo luzca: alfombra somos, para que pise nuestro pueblo. Crece nuestra vigilancia. Crece la revolución.




Forma y pensamiento en la obra martiana

Por Roberto Fernández Retamar

Muchos de quienes, deslumbrados una y otra vez y entrañablemente agradecidos siempre, hemos venido frecuentando desde hace décadas la obra inagotable de José Martí, somos de cierta manera sus evangelistas o sus secretarios, en el sentido etimológico de estas palabras. Como podemos, transmitimos la buena nueva de su paso por la vida; hurgamos en sus secretos, pero no para ocultarlos, sino para propagar alborozados los logros de la caza de amor. Naturalmente, el anuncio queda siempre por debajo de lo anunciado, la búsqueda no logra desentrañar del todo el enigma. Cosa esperable, pues por mucho que nos esforcemos, nuestra tarea será siempre “grado inferior de la virtud que la promueve”, como él dijo de la de “los poetas de la guerra” independentista cubana. Mientras tanto, nuestras palabras acaban con frecuencia pareciéndose o hasta fundiéndose cuando valen algo, que es cuando hemos logrado acercarnos a la criatura excepcional. Por eso no pretendo en lo que sigue ser original. Simplemente, decir lo que creo verdadero. Cito algunas fuentes, pero muchísimas más podría citar. Quienes se sientan, pues, aludidos (después de todo, la luz y el aire se comparten), sepan que tendrán razón para ese sentimiento, que tantos experimentamos.


Entre los incontables asuntos relativos a Martí que me han atraído durante largo tiempo está el que proclama, de manera aproximada, el título de lo que ahora escuchan. Aprovecharé esta ocasión para, en cierta forma, ofrecer un resumen de lo que he pensado sobre la cuestión, y complementar el resumen a la altura de la fecha.

José Martí
Gloria González

La primera vez que aspiré a considerar a fondo el asunto fue en un ensayo que escribí entre 1963 y 1964 y se publicó a principios del año siguiente bajo el título “Martí en su (tercer) mundo”. Con las sumas y restas propias de casi cuatro décadas, de él derivan en lo fundamental mis otros estudios sobre Martí. Entre las pocas restas (alguna de las cuales me parece hoy incomprensible: prefiero pensar que cayó al ser recopiadas las páginas) se encuentra, en primer lugar, la del título mismo, a lo que me sentí obligado, ya que, no obstante las reservas que expresé en el trabajo hacia la denominación, entonces tan en boga, “tercer mundo”, las reservas no impidieron que el título pareciera tragarse al texto. (No olvidar que los lectores lo son más de títulos que de textos.) Y aunque aquella expresión había sido forjada once o doce años antes de mi ensayo, por Alfred Sauvy, no me hace demasiado feliz haber contribuido a difundirla, como también le ocurrió, en mayor medida, a Sauvy, según me confesó en 1971. Sin embargo, a partir de 2001 regresé al título inicial. Después de todo, términos acuñados como Occidente, Norte o Sur son tan vulnerables (o defendibles) como “tercer mundo”. Sigo considerando válido en el ensayo el centro de su esfuerzo: haber subrayado en Martí la toma de conciencia de los pobres del Planeta en conjunto; que su perspectiva llegó a ser ecuménica a partir de su identificación con los humillados y ofendidos, los oprimidos por excelencia, los colonizados que luchaban (y luchan y lucharán “hasta la victoria siempre”) por dejar de serlo. Esta idea, básica, la recibí, en lo general, del aliento mejor de la Revolución Cubana (el Che incluso me honró comentándome el texto); y en lo particular, de mi centelleante maestro Ezequiel Martínez Estrada, que por esta razón es una de las dos personas a quienes el ensayo estuvo dedicado. La otra fue Manuel Pedro González, cuyo contagioso entusiasmo por Martí, especialmente al estudiar su faena literaria y el papel que desempeñó en el surgimiento de la nueva literatura hispanoamericana, me resultó muy estimulante. La conjunción y el choque de aquellos dos grandes ancianos e ilustres cascarrabias alumbraron la vida intelectual de Cuba en los inolvidables y fértiles años de principios de la década del 60 del siglo pasado. Volviendo al título de esta conferencia, y simplificando en extremo, podría decir que Manuel Pedro me ayudó a entender mejor la “forma” de la obra martiana; y don Ezequiel, su “pensamiento”. Pero, como dije y reiteraré, ello no es sino una simplificación.
Aunque voy a volver sobre aquel ensayo (en ocasiones, tácitamente), daré ahora un salto en el tiempo, y aportaré estas palabras de la “Introducción a La Edad de Oro” que escribí para una edición de dicha obra publicada por el Fondo de Cultura Económica, de México, en 1992: “en casos como el suyo, la separación entre las dos líneas [...] (forma/pensamiento) [...] es producto de una abstracción hecha a menudo con fines didácticos, ya que sobre Martí es necesario decir lo que en 1875, a sus veintidós años, él dijera de Hugo: ‘Su forma es una parte de su obra, y un verdadero pensamiento’.»
Ya 20 años antes, en acápite llamado “Esencia y forma”, del prólogo a una selección que hice de ensayos martianos sobre arte y literatura, yo había planteado:
“Otro aspecto entre los muchos que pueden destacarse en la crítica martiana, es la relación que [él] vio, en la obra de arte, entre los elementos formales y los que algunos llaman de fondo o de contenido, y Martí, con más acierto, prefirió llamar ‘de esencia’. De acuerdo con su concepción de la realidad, él no consideró ambos elementos separados, sino estrechamente fundidos: “Toda rebelión de forma, dijo en 1886 al hablar de los pintores impresionistas franceses, arrastra una rebelión de esencia’.” [En este y en los demás casos, si no se indica otra cosa, el énfasis es de R.F.R.]
Y si estos conceptos apuntan a la forma para señalar su vínculo con el pensamiento (que aquí y en otras ocasiones Martí prefirió llamar esencia, aunque es posible que para él ambos términos no se identificaran), otros parten del pensamiento y desembocan en la forma: y no solo en ella. En famoso apunte caraqueño de 1881 Martí escribió: “No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica”. La primera idea reaparece en lo fundamental cuando en 1890, al escribir sobre el poeta Sellén, habla de
“lo de los franceses, que no tienen en esta época de tránsito mucho que decir, por lo que mientras se condensa el pensamiento nuevo, pulen y rematan la forma, y tallan en piedra preciosa a veces, cazos de finas y menudas facetas, donde vacían cuanto hallan en lo antiguo de gracia y color, o riman, por gala y entretenimiento, el pesimismo de puño de encaje que anda en moda, y es propio de los literatos sin empleo en la ciudad sobrada de literatura”.
Por un momento me alejaré de Martí para regresar con más fuerza a él. “En Salamanca, año de gracia de 1912”, al ir a terminar su estremecedor libro Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno estampó las conocidas palabras según las cuales ‘nuestra filosofía, la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos. Es concreta’. En México, treinta y tres años más tarde, esas palabras resonarían en la introducción con que José Gaos presentara su Antología del pensamiento de lengua española en la Edad Contemporánea (1945). Pero en esa memorable antología, Gaos, quien se ciñe a la Edad Contemporánea, engloba a España y a la América española, y habla de cierta ‘literatura especial [...] de pensamiento, o pensamiento [...] a secas’, una de cuyas especializaciones es la filosofía. Más adelante plantea que los pensadores considerados por él, al enfrentar los españoles la decadencia de su patria, y al querer los hispanoamericanos lograr o cimentar la independencia de las suyas, realizan operaciones
“de política en la amplia acepción etimológica del término [...] y no solo en la acepción más estricta [...]. Y casi podría agregarse que en la medida en que [ese] pensamiento se aleja [...] de la política en la acepción amplia hacia la filosofía pura, desciende [...] en originalidad y valía. En cuanto a la forma, la del tratado o curso sistemático y metódico es la de la parte también menos original y valiosa [...] [siéndolo la más] la del ensayo y el artículo y la del discurso, de estilo de valor estético en muchos casos, sumo en algunos [...] Los más grandes pensadores de lengua española desde el Siglo de Oro de las letras españolas son [...] [sus] grandes prosistas [...]”.
Me he demorado en esas citas porque a la luz de criterios como los allí expuestos es dable calibrar la relación entre forma y pensamiento en Martí. Ya en mi ponencia de 1968 “Modernismo, 98, subdesarrollo” señalé las evidentes similitudes (acompañadas de diferencias también evidentes) entre Martí y Unamuno como escritores/pensadores de la periferia de Occidente. Bien lo comprendió el arduo vasco, quien escribió que había sido “de los primeros en hablar de él en España”. Y lo que habló fue con frecuencia agudísimo. Por ejemplo, de su estilo epistolar dijo que a veces recuerda al de Santa Teresa, observación que ya había hecho el joven Pedro Henríquez Ureña; y añadió: “Ni está siempre escrito en prosa, sino en esa expresión informe, protoplasmática, que precedió a la prosa y al verso. Sus palabras parecen creaciones, actos”. Unamuno y Gaos, en líneas que acabo de citar y que voy a conjugar y abreviar, entienden que el pensamiento de lengua española está inmerso en buena parte de nuestras letras antes que en textos de explícita voluntad filosófica. Unamuno va más lejos, y llega a afirmar que está en nuestra vida, en nuestra acción. Todo esto es aplicable, paradigmáticamente, a Martí. ¿No acabamos de oír que para el rector salmantino las palabras martianas parecen creaciones, actos? Hombre de actos (sobre todo de actos de amor) fue Martí. Y en frase repetida, aunque insuficientemente asumida, Guillermo Díaz-Plaja lo llamó “desde luego, el primer ‘creador’ de prosa que ha tenido el mundo hispánico.” Lo que no puede menos que vincularse con la observación de Gaos según la cual nuestros mayores pensadores desde el Siglo de Oro son nuestros mayores prosistas (yo no olvidaría a nuestros poetas mayores, como no los olvidó Unamuno). Es pues necesario al hablar de Martí como pensador hablar de él como escritor. Y viceversa. Sobre esto se han dicho muchas cosas atinadas. Me gustaría que al citarlas, ellas incluyeran estas palabras de David Lagmanovich: “la expresión metafórica es el pensamiento martiano, constituye la sustancia misma de su pensar”. (Énfasis de D.L.)
Lo anterior no implica desconocer la especificidad tanto de una obra de pensamiento como de una obra literaria. Pero Martí ofrece dificultades muy grandes para ser visto solo en una u otra faceta, ya que su unidad se resiste a cualquier partición. Si el incisivo comentario unamuniano tocante al estilo epistolar de aquél es válido de alguna forma para casi toda su producción verbal, el fondo de tal comentario también ilumina la figura completa del caribeño, quien da la impresión de estar situado en un momento anterior a aquel en que el ser humano se desgaja en funciones. Ya sabemos que en él el pensador no se separa del escritor. Tampoco el revolucionario político (y en este orden está igualmente entre los mayores que ha habido en la historia) se separa del espiritualista vocado hacia la trascendencia; el sediento de justicia, de la criatura erótica; el atento a las menudas atenciones familiares y amistosas, del artista exquisito; el sabio insondable, del hombre natural; el fiero demócrata, del aristócrata de espíritu; el anunciador del porvenir, del arcaico profundo. En el poema inicial de sus complejos Versos sencillos explicó: “Yo vengo de todas partes, / Y hacia todas partes voy; / Arte soy entre las artes, / En los montes, monte soy”. Max Scheler propuso en “El porvenir del hombre” que el ser humano aspirara no al superhombre, sino al “todo-hombre”. Martí se cuenta entre los escasos seres en quienes se adelanta esa meta. Con el sintagma “hombre nuevo”, de San Pablo al Che Guevara también pidieron algo similar, que fue reclamado antes del primero y lo será después del último, pues el sobrepasamiento de lo que somos es una permanente exigencia. Esa exigencia fue capital en Martí, quien vio al mundo todo “[d]e minotauro yendo a mariposa”, según su prodigioso verso libre.

La izada
Ernesto Rancaño

La confianza martiana en la perfectibilidad de lo existente, en su armonía última (“[t]odo es música y razón”, escribió), en el amor que anima al Universo, y en la necesidad que tenemos de aceptar nuestra cuota de deber para la realización de aquella perfectibilidad y, como dijo a semejanza de tantos místicos, para gozar con fruición del beneficio de la muerte, lo acompañó siempre. Es verdad que en su pensamiento, según es habitual, hay etapas. Pero también es verdad que el núcleo de tal pensamiento, si se enriquece, no conoce alteraciones fundamentales desde que se manifiesta en su dolorosa adolescencia. Desterrado, publica en Madrid su primer opúsculo, El presidio político en Cuba (1871), donde aparece ya la nuez de sus creencias políticas, éticas, religiosas, en un testimonio de pasmosa originalidad expresiva. Allí está Martí de cuerpo entero. Acaba de cumplir dieciocho años, y esa es su temporada en el infierno (Rimbaud, un año menor que él, escribió también en 1871 su “carta del Vidente”, y en 1873 redactará su propia temporada). De ninguna de las palabras de aquel texto habrá de desdecirse Martí, como ocurrirá con toda su obra, más que escrita o dicha, inscrita. Lo que ha contemplado este veedor, y de lo que habla, es una realidad espantosa, propia del colonialismo. Pero ella le revela no solo la maldad de la opresión, sino también la nobleza de los humildes, el valor del sacrificio, la compasión (el unamuniano padecer con), lo inmarcesible del amor; le revela cuál será su combate, y su fuerza para acometerlo; le revela que “lo sobrenatural es en verdad carnal”, según escribiría luego Péguy. En esa carnalidad sobrenatural, que lo emparienta con Santa Teresa y de ahí la cercanía de sus estilos, vivirá el resto de su breve vida fulgurante.
Martí asume desde los primeros momentos que tiene el deber de contribuir a la liberación de su país natal, y se entrega al cumplimiento de ese deber hasta su último aliento. La suya es pues, en lo más perceptible, una faena política, de inequívoco signo revolucionario. Esa faena se enriquecerá con metas sociales, a medida que Martí vaya comprendiendo cada vez más el papel que desempeña “el pueblo, la masa adolorida [que] es el verdadero jefe de las revoluciones”, aunque lo “ignoran los déspotas”, como escribió en 1880; y que, consecuente con esa comprensión, decida “echar” su “suerte” “con los pobres de la tierra”, hacer “causa común” “con los oprimidos”, según añadió diez años después. Pues no fue Martí de esos “revolucionarios suaves” a quienes zahirió en 1888, y que, siguió diciendo, “son siempre bienquistos entre las clases privilegiadas, que se entretienen con ellos, como los niños con los globos de papel”. Por el contrario, fue un radical extremo, y por ello mismo nada extremista ni demagógico. “Hombre”, postuló en 1893, “es quien estudia las raíces de las cosas. Lo otro [añadió] es rebaño”. Y también sostuvo: “Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no ayude a la seguridad y la dicha de los demás hombres”.
La brega que se le amplió en lo social, también lo hizo en lo político. Martí comenzó impugnando la opresión de la vieja metrópoli de América, a la cual sólo le quedaban allí a finales del siglo XIX dos colonias, Cuba y Puerto Rico, que él se propuso libertar. Aludiendo a la zona donde en 1868 se diera el primer combate por la independencia de Cuba, exclamó cuando iba a cumplir diecisiete años: “O Yara o Madrid”. Pero luego añadió dos áreas mayores a sus preocupaciones en este orden: el conjunto de los pueblos de lo que pronto llamó “nuestra América”, conjunto al que se sintió pertenecer de modo entrañable y del que hizo la mejor defensa; y lo que consideró “la América europea”, los EE.UU., país donde vivió desterrado casi tres lustros, llegando a apreciar como ningún otro pensador de su ámbito las virtudes y los riesgos de la que sería conocida como la modernidad capitalista en aquella nación. Ello lo llevó a proyectar otra modernidad, alternativa, cuya primera elaboración apareció en su trabajo de 1882 “El Poema del Niágara”. Lo llevó también a ofrecer una inigualada radiografía de aquel país, en crónicas de intensa belleza y buido análisis leídas durante su vida con fervor en toda Hispanoamérica. Y por último lo llevó a dar pasos concretos para oponerse a los proyectos del naciente imperialismo de los EE.UU. contra nosotros: censurando con energía las primeras conferencias panamericanas, realizadas entre 1889 y 1891 en Wáshington; y preparando una guerra en Cuba que sería tanto contra el arcaico Imperio español como contra el flamante Imperio estadunidense. Es más: puso el énfasis en este último, como lo prueba su difundida carta póstuma a Mercado, escrita en el campo de batalla la víspera de morir en combate, en que confiesa estar cumpliendo su «deber [...] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los EE.UU. y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Glosando la fórmula de su adolescencia, hubiera podido escribir entonces: “O La Habana o Washington”. Pero en realidad su propósito era ya mucho más dilatado. No solo pensaba en todas nuestras tierras de América, como expresó en la carta citada, sino que un año antes había escrito: “Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Y después de mencionar al “conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”, añadió: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”.
Si el enorme horizonte de este diseño, que muestra a Martí en la otra raíz del mundo actual, no lo colocara entre los pensadores políticos de mayor envergadura, bastaría la naturaleza de su política para darle ese lugar, y otros. Pues en él la política se hallaba unimismada con la ética y guiada por el amor, en un proceso de ascenso y purificación espiritual. Lo que bien poco tiene que ver con lo que está vigente hoy. Por eso Martínez Estrada pudo decir que “su figura se nos aparece como la de un héroe anacrónico”, y se volvió a los mitos para tratar de entenderla en plenitud. También es posible pensar, como ya he sugerido, que es un anuncio del porvenir que necesitamos. Lo que tampoco tiene mucho que ver con la deplorable presentolatría a que tantos están entregados.
A sabiendas, he estado refiriéndome indistintamente a materiales martianos en prosa y en verso, y exponentes de diversos géneros: carta, poema, testimonio, discurso, artículo, ensayo, crónica, análisis político. El pensamiento martiano se valió de esos y otros géneros. Y es que Martí ni se propuso, académicamente, atenerse a los géneros, ni, neoacadémicamente, se propuso desbordarlos. Más que géneros, vio ante sí funciones, tareas, deberes, y se dio a cumplirlos. De muchas maneras dijo que no quería que se le tomara por poeta en verso antes que por poeta en actos. Y también, que la expresión es la hembra del acto, en alusión evidente a la cópula amorosa que garantiza la pervivencia de la vida. Le habrá satisfecho el verso del Cid “¡Lengua sin manos, —quomo osas fablar!”; y le hubieran satisfecho las palabras de Bergson ¡conciencia significa acción posible! Pero nada más lejos de este hombre que el culto al acto puro de cuyas lamentables consecuencias tanto sabemos. El suyo fue acto impuro, genésico. Debido a ello, por mucho que le interesaran la forma y el pensamiento, sobre todo le interesó la función. Feliz paradoja que su entrega a la función diera en él un valor impar a las otras dos realidades. Por eso escribí hace tiempo que de no haber sido tan grave, se le hubiera podido llamar lo que Cocteau dijo de sí: el Paganini del violín de Ingres. Entre las numerosas enunciaciones del hecho, me parece particularmente justa esta que data de 1931 y es de Pedro Henríquez Ureña:
“[Martí] pudo, como Rubén Darío, sacrificarlo todo al solo ideal de ser poeta; pero antes quiso acatar normas de honrado; y el deber y el amor se le agrandaron: se completaron en la devoción de su tierra. [...] Pero el escritor, que se encogía para ceder el paso al hombre de amor y deber, reaparecía aumentado, transfigurado por el amor y por el deber: la vibración amorosa hace temblar cada línea suya, el calor del deber le da transparencia. Y cuando está entregado, devorado, en su devoción suprema —Cuba—, escribe ya como si se trasfundiese en la pura energía: su carta desde Montecristi, dos meses antes de caer en Dos Ríos, es como arquitectura de luz”.
Quizá no sea ocioso recordar que la carta a la que se refiere aquí Henríquez Ureña es la que Martí escribió el 25 de marzo de 1895 al tío de aquél, Federico Henríquez y Carvajal. Lo mismo puede y debe decirse de la carta que en esa fecha Martí escribió a su madre. Y quizá aún más de un texto que el dominicano no conocía cuando hizo aquella valoración, pues se publicó por vez primera en 1941: el último Diario del Mártir de Dos Ríos.
Porque es ejemplo soberano de cómo Martí enlazó forma y pensamiento apuntando a una función (“acción posible”), me detendré un momento en su texto esencial “Nuestra América”. Antes de entrar en él, llamo la atención sobre su locus dicendi: La Revista Ilustrada de Nueva York, donde apareció el primero de enero de 1891; y el periódico mexicano El Partido Liberal, donde lo hizo el 30 de aquel mes. A ambas publicaciones Martí envió crónicas y comentarios sobre hechos puntuales. Tal no es el caso de “Nuestra América”. ¿Cuál es entonces el género de este texto, cuya extrañeza no escapa a ningún lector mínimamente atento? Difícil resulta no ver en él, por una parte, un balance analítico de cuanto Martí llegó a saber sobre nuestra patria grande, su historia, sus componentes, sus riesgos; por otra, un proyecto que mira al amenazado porvenir. Pero resulta igualmente difícil no sentirse sobrecogido ante la imponente hermosura de aquellas palabras. Pensador y poeta están allí identificados en grado sumo. Por eso afirmé hace cerca de 40 años que en “Nuestra América” “se junta [...] el análisis penetrante del científico al vuelo poético del creador de mitos”. Y el texto, que no es una crónica, sí es, a la vez, un ensayo y un poema. O, si se quiere, un ensayo poemático, cuya densidad conceptual e imaginística es tanta que fue considerada “verdaderamente espeluznante” por uno de sus mejores comentaristas. Ya dije que solo mediante una abstracción, hecha a menudo con fines didácticos, es dable separar en Martí forma y pensamiento. Voy ahora a atender, con las cautelas del caso, a esos fines.
En lo que toca al pensamiento, Cintio Vitier (quien después, con su acierto habitual, escribiría sobre las imágenes en el texto y prepararía una edición crítica suya) publicó en 1982 un “Esquema de ‘Nuestra América’” (c. 1973) del que me valdré libremente. Las amenazas que enfrenta nuestra América son internas: el aldeanismo y el desarraigo, y externas: el imperialismo (término que Martí no emplea en el ensayo). El primer peligro interno, el espíritu aldeano, es ciego e inane frente a los países poderosos, ciegos a su vez para los pequeños y débiles. La superación de aquel espíritu supone la autoconciencia y la vinculación con los que están en situaciones similares, para formar una cohorte unida. El segundo peligro interno conduce al extranjerismo y la traición. Su causa está en la vergüenza de nuestra pobreza y en el complejo de pertenecer a “razas” no “blancas”. El desarraigado es atraído por Europa y los EE.UU., cuya riqueza se alimenta de la explotación de nuestros países, de la cual se vuelven cómplices quienes, al abandonar nuestras tierras, hacen suyos los valores de las metrópolis. A la vergüenza se une la soberbia individualista, que lleva al desarraigado a acusar a sus pueblos de inferiores. Este punto le provoca a Martí algunas de las líneas más indignadas del ensayo.
La supuesta inferioridad de nuestros pueblos nació del desajuste entre su originalidad y la aplicación artificial a ellos de formas nacidas en (y para) pueblos distintos. Las soluciones deben surgir de la comprensión de los problemas propios. El gobierno debe ser autóctono. La autoctonía es el antídoto del desarraigo. Por eso el hombre natural, el mestizo autóctono ha vencido al libro importado, a los letrados artificiales, al criollo exótico. Y de inmediato, la abierta impugnación de la famosa tesis sarmientina: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.
Siete años atrás, en 1884 (cuando Sarmiento, pues, vivía aún), Martí había impugnado “el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea”.
Ahora, en “Nuestra América”, dirá que el hombre natural, bueno y sagaz, defraudado en América por el desajuste entre país original y gobierno falso, puede ser manipulado por tiranos que parecen atender a los elementos naturales, pero en cuanto tales tiranos los traicionan, caen. Nuestros gobiernos han sido de “incultos” anárquicos y despóticos, o de “cultos” salidos de universidades con perspectivas ajenas a los factores reales de nuestros pueblos y al arte de gobernarlos. Por eso nuestra educación ha de basarse, en primer lugar, en el conocimiento de nuestra historia, aunque enriqueciéndose con aportes del resto del mundo: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, escribió. Tras las guerras independentistas, se entró en el período de desajuste entre nuestros elementos peculiares, híbridos, y las formas de gobierno importadas, mecánicamente aplicadas. Y luego, una opinión que revela la radicalización del pensamiento social martiano: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Al no haberse procedido así, la colonia continuó viviendo en la república. Pero morirá en nuestra América, donde está naciendo, en estos tiempos reales, el hombre real. Éramos una caricatura de las metrópolis, en medio de la originalidad variopinta de nuestra América, y frente a la oligarquía y sus amanuenses. Fracasaron las falsas soluciones propuestas: el libro (europeo, yanqui), el odio (tiranías, guerras civiles), y se reveló la única solución real: el amor creador. La salvación está en crear.

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Lesbia Vent Doumois

Sobrepasando los indudables peligros internos hay otro externo: el naciente imperialismo estadounidense, impulsado por la pujanza expansionista y el desdén. Al tema se alude a lo largo del ensayo: en el segundo párrafo: “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!”; en el octavo, con la imagen del tigre (sobre la cual volveré), que “espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina”; y en el decimoprimero, después de un acercamiento previo (“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América...”) se plantea inequívocamente: “El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”. Ha podido decirse que “la noción semántica de peligro determina la estructura externa del ensayo”, y que tal peligro es “el de la absorción por los EE.UU.”. Aún más: tal noción de “peligro” provoca la existencia misma de este ensayo bien complejo, pero en absoluto ambiguo, y está en la raíz de lo que según Martí debe oponerse a aquella noción, es decir, las soluciones propuestas para los peligros internos: autoconciencia, unión, valor, dignidad, creación, causa común con los oprimidos. La perenne vigilancia debe ser crítica, “pero con un solo pecho y una sola mente”, y sin odio de razas, porque no las hay. La mejor defensa se indicó desde el principio: la unión de nuestra América, concebida como una unión de trabajadores, proyectada hacia el porvenir.
En la brillante coda, Martí evoca “el himno unánime” de “la América trabajadora”, y funde dos mitos indígenas: el del Semí o Cemí, deidad de aborígenes antillanos (que José Lezama Lima daría como apellido al protagonista de Paradiso), y el de Amalivaca, propio de los aborígenes venezolanos, cuyas semillas, de las que nacerían los hombres y mujeres de la América nueva, “sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar”.
Al considerar las estructuras del texto, me valdré, también libremente, del trabajo que ya he venido citando, “Lectura de un ensayo: ‘Nuestra América’, de José Martí” (c. 1977), publicado en 1987 por Lagmanovich, quien no deja de hacer allí observaciones políticas. Después de todo, Julio Ramos pudo afirmar en 1989 que “en ‘Nuestra América’ la forma misma cumple una función política fundamental”. Hay en “Nuestra América” una estructura externa, una intermedia y una profunda. La primera, que ya se dijo determinada por la noción semántica de peligro, implica tres partes: anuncio de aquél (en los dos primero párrafos), desarrollo del tema (entre los párrafos tercero y décimo), y conclusión (en los últimos párrafos, básicamente de recapitulación y conclusión profética); en esa estructura externa son frecuentes los finales aforísticos de los párrafos, los usos variados de un mismo vocablo, la adjetivación imprevista o desconcertante, los juegos de alusiones y espejos de ciertos elementos léxicos. En la estructura intermedia, los tiempos verbales predominantes subrayan en forma notable la razón de ser del ensayo (la llamada de atención frente al peligro), lo que se revela en la elevada presencia de formas con valor de futuro, especialmente con un matiz de obligación. En cuanto a la estructura profunda, ella reside en la oposición de símbolos procedentes de los reinos vegetal y animal que “se resuelven en un gran símbolo trascendente”. Para el autor que vengo siguiendo, “el símbolo aterrador del tigre es [...] lo que constituye el verdadero motor de este ensayo martiano”, es “el símbolo estructurador de todo el ensayo”. Martí, insospechable de xenofobia alguna (en este mismo texto tan enérgico advierte que no “ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente”), ha simbolizado en su tigre, por una parte, no a un país sino a un sistema depredador, llámese colonialismo, imperialismo, neocolonialismo o con cualquier vocablo que designe la explotación y la opresión de un país por otro: tal es “el tigre de afuera”; por otra parte, a la explotación y la opresión locales, no menos abominables: “el tigre de adentro”.
Si la doble imagen del tigre representa en este ensayo/poema fundador, escrito hace más de un siglo, lo que nuestros países tienen que combatir para salvarse, la irrupción en él de los oprimidos implica el otro polo de ese combate. Y como este último está bien lejos de haber terminado, el vertiginoso texto, auténtico manifiesto de nuestra segunda (y definitiva) independencia reclamada desde 1889 por Martí, conserva su urgente y dramática actualidad.
Cabe, ya con el fin de estas palabras a la vista, preguntarse a qué pensamiento es dable afiliar el de Martí. Hace tiempo que se está intentando responder esa pregunta, y creo que al intento le queda todavía mucho por andar. Impresionada por la mezcla de caudalosa información y constante originalidad en Martí, Gabriela Mistral lo llamó, en paradójica fórmula feliz, “Adán culto”. Otros autores, no menos impresionados, en este caso por la familiaridad de Martí con los padres de la lengua, y deseando saber a cuál se arrimaba más su propia obra, llegaron a la conclusión de que Martí se parece tanto a ellos por coincidencia, porque es uno de ellos. Quisiera aplicar al pensamiento de Martí un razonamiento similar a los que condujeron a esos juicios.
La información de Martí le permitió contemplar, señalando simpatías y diferencias (para usar vocablos que acuñó Alfonso Reyes), muchos orbes de pensamiento. Y en todos los casos, incluso cuando las simpatías fueron muy grandes, Martí fue fiel a sus circunstancias y conservó su rostro propio, que con frecuencia ha sido presentado como heterodoxo. En la cuestión religiosa, es obvio que don Marcelino le hubiera dado sitio a este anticlerical en su juvenil, erudita y peleadora Historia. ¿Pero no se lo hubiese dado también a un sacerdote como Teilhard de Chardin, algunas de cuyas esperanzadoras ideas conjeturé hace tiempo que Martí habría aceptado complacido? Claro, para tildar de heterodoxo a alguien, en el terreno que sea, hay que andar muy afincado en una ortodoxia, como Menéndez y Pelayo. Y a veces, hay que estar un poco o un mucho enmurallado, que no fue el caso, por ejemplo, del delicioso Chesterton, cuya singular ortodoxia no le impidió hacer de su contradictor Shaw el más hermoso elogio suyo que conozco. En cuanto a la política, a la que se dio con vehemencia, en vez de imputarle heterodoxia, ¿no es más adecuado aceptar que el radical Martí, junto a otras figuras de relevancia también ostensible, es uno de ellos?
Los acercamientos a las criaturas magnas, sobre todo al conmemorarse cifras redondas, con frecuencia tienen mucho de rituales vacíos. Especialmente tratándose de Martí, en el sesquicentenario de su nacimiento, nuestro deber es no incurrir en esos rituales; y, a la vez, no temer decir de él lo que su grandeza requiere, aunque sepamos que no van a faltar los homúnculos que, al oírlo, pretendan escarnecernos. Por eso voy a insistir, para terminar, en que estoy convencido de que Martí pertenece a la exigua y preciosa estirpe de los fundadores de grandes creencias universales, y de que estamos asistiendo, en el comienzo del llamado tercer milenio, al inicio apenas de su expansión, como se habla de la expansión de una galaxia. Por lo pronto él es, en condiciones a menudo sumamente arduas, el tesoro mayor y el mayor escudo de su pueblo inmediato, aquel en que naciera. Pero sus lecciones están lejos de agotarse en ese pueblo. Defendió y edificó para nosotros y para los demás; para sus tiempos, que llamó de reenquiciamiento y remolde, y para los tiempos por venir. Bien lo supo quien escribió: “Mi verso crecerá: bajo la yerba/ Yo también creceré”; quien escribió: “Viva yo en modestia oscura; / Muera en silencio y pobreza; / ¡Que ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura!” Lezama afirmó que Martí es un misterio que nos acompaña. Acompañará a la humanidad durante un lapso cuyo fin es imposible prever, como es imposible prever el de la humanidad misma. Algunas de las cosas que Martí dijo quizá no las comprendamos aún del todo. Otras, han resultado proféticas en el terrible “corto siglo XX” (Eric Hobsbawm dixit): un siglo que ha visto tantas realidades negativas en su involución, confiamos que temporal, hacia la barbarie, al punto de dar la impresión de ser (como se dijo en lo económico, para nuestra América, de las pasadas décadas del 80 y el 90) un siglo perdido. Pero no vio, ni verá el siglo XXI, a los hombres y mujeres de buena voluntad conformarse con el destino que los soberbios, los poderosos y los avaros pesadillean para los crecientes pobres de la tierra; ni vio el uno ni verá el otro apagarse la luz encendida por José Martí.

Martí aprendió que la rebeldía está obligada a ser lúcida y tajante, creativa y tenaz, consecuente y hábil, sagaz, tierna y heroica

Por Fernando Martínez Heredia

Era un muchacho habanero de quince años, blanco pero hijo de dos inmigrantes pobres, el único varón entre seis hermanos. Un buen maestro le apreció sus incipientes cualidades intelectuales y su deseo de saber, y le facilitó continuar estudios. Ese fue el inicio del cambio de su destino: en vez del mostrador de una bodega, la escuela secundaria.



Su país era hermoso y bestial. Desde hacía ochenta años molía sin cesar el trabajo y las vidas de cientos de miles de esclavos africanos. Palacios, pensadores, quitrines, contradanzas, hermosas señoritas, espléndidos varones, vivían sobre un mar de crimen y de iniquidades.

El niño habanero era muy sensible, más allá de las vivencias familiares, y en una excursión con su padre se topó con la máxima expresión de resistencia humana de los más humildes: el suicidio. Treinta años después, ya dueño de su idioma, sintetizó en un poema el horror de la esclavitud en Cuba, la destrucción de la condición humana, inmortalizó aquel oscuro sacrificio y dio cuenta de la marca que dejó en él: “¡Un niño lo vio: tembló / de pasión por los que gimen: / y, al pie del muerto, juró / lavar con su vida el crimen!”.

Aquel año de sus quince el pueblo del este del país se levantó contra el poder colonial. El pichón de isleña creció bruscamente, y utilizó un arma a su alcance, los endecasílabos: “No es un sueño, es verdad: grito de guerra / lanza el cubano pueblo, enfurecido…” Con su poema de adolescente participaba así en el bautizo del nuevo gentilicio. Quizás ya conocía la letra de la marcha guerrera del bayamés, de música un tanto mozartiana, que había confirmado a la recién nacida entre la sangre y el humo del incendio: “que morir por la patria es vivir”.

El joven criollo asumió el mandato de aquel verso, y se volvió cubano. Entonces vinieron la hoja subversiva y la poesía militante, el ardor patriótico y la policía. Fue preso en noviembre de 1869, más por su actitud rebelde que por cometer un delito. Sometido a la jurisdicción militar, la alta marea represiva y la modesta condición social del acusado se reunieron: fue condenado a seis años de trabajos forzados.

Quince meses después de aquella poesía anúteba con la que había cantado al Diez de Octubre, José Julián Martí Pérez dio el paso decisivo del compromiso con la revolución, poner su cuerpo en ella. Y escribió otros versos, ahora más complejos en la forma, pero sobre todo cargados de contenido humano, versos que traían juntos al dolor y el amor, la entrega a la causa y la visión de su propio futuro:

“En ti encerré mis horas de alegría / y de amargo dolor; / permite al menos que en tus horas deje / mi alma con mi adiós. / Voy a una casa inmensa en que me han dicho / que es la vida expirar. / La patria allí me lleva. Por la patria, / morir es gozar más.”

Todas las rebeldías juveniles son hermosas, aunque muchas resultan efímeras. Pero la del joven sujeto al grillete en las canteras, junto a la gente pobre e inerme de Cuba, apenas comenzaba. En los veinticinco años que viviría después de este 1870 tuvo que optar muchas veces entre seguir siendo rebelde o dejar de serlo. Aprendió que no siempre la disyuntiva es tan clara como cuando uno afirma “O Yara o Madrid”, y que la rebeldía está obligada a ser lúcida y tajante, creativa y tenaz, consecuente y hábil, sagaz, tierna y heroica.

Martí optó por la abnegación, la voluntad inquebrantable, la constancia y la entrega, la vida en el exilio permanente, en la pobreza material del que renunció a ser un abogado de éxito, un escritor de fama bien pagada, un próspero y culto padre de familia. Optó por no sustituir en su casa la función del padre trabajador y no ser el sostén que la madre y las hermanas esperaban del hijo varón tan prometedor, y asumió el dolor de quedar separado de su pequeño hijo por una decisión que debió ser, sin duda, desgarradora.

El deber es una de las expresiones que más encontramos en sus escritos, en reflexiones, discursos, poemas, cartas; en consejos que brinda, en polémicas, en juicios acerca de otros y de sí mismo. Es el norte en su brújula más personal, como es la creación de la patria cubana el norte de toda su actuación pública. Y como se penetran una y otra esfera en su vida, y tienden a unificarse, así en su proyecto se articularán el deber individual y el del cuerpo social puesto en movimiento, y el deber de Cuba en América se manifestará.

La política revolucionaria es el centro de la actuación pública de Martí, una política que no pretende venir a gobernar la vida de la gente, ni siquiera por estar segura de que tiene la misión de salvarla. Su labor es enseñar a los cubanos a servirse de la política para hacerse dueños de sus vidas y crear su país. La ética, entonces, no se conforma con proveer reglas para guiar la conducta de cada uno; se enlaza firmemente con la política revolucionaria y sirve como fiscalizador y juez de sus principios y sus acciones, como acicate de sus creaciones y su vigor. A la vez, la ética garantiza la eficiencia de esa política, aunque sin pretender despojarla de su especificidad.

Dura labor la de Martí, que portaba todas esas cualidades por las cuales le llamaron apóstol en vida, y que se dedicó a echar las bases del futuro. Para reunir los individuos en una escala capaz de modificar el resultado esperable después del Zanjón, que no pasaría de ser una modernización de la dominación, se vio en la necesidad de congeniar las virtudes y los méritos de sus paisanos con las confusiones, ambiciones, torpezas, los intereses mezquinos y el miedo a los cambios.

Para darle continuidad a la revolución de Yara tuvo que preparar una revolución diferente a aquella; para unir a los viejos y a los jóvenes entre sí, y unos con otros en la revolución, se vio obligado a tejer con paciencia infinita una red de coordinaciones y de voluntades, y un partido político nuevo, y a ser el jefe de todos. Debió mover a los inertes y atajar a los imprudentes, darse a los humildes y atraer a todos los demás que pudiera, negar las razas y combatir la realidad del racismo, querer la igualdad de oportunidades y la república democrática para el bien de todos y pelear por la independencia nacional para conseguir la libertad y la justicia, juntas.

Se pueden encontrar las huellas de esa tarea ciclópea suya, tan llena de maravillas y angustias, de hiel y de alegrías, en los miles de páginas que escribió. Como clava a la idea de anexión en el angustiado poema “Al extranjero”, o el orgullo inflamado con que cuenta los episodios de la gesta del 68; la hondura tan convincente al exponer los materiales muy diferentes y hasta opuestos con que habrá que hacer la revolución y la república —por ejemplo, en su discurso del 10 de octubre de 1891—, y la terca convicción por sobre todo: “los locos, somos cuerdos”; la correspondencia incansable, seductora o conceptuosa, ese prodigio de ciencia política que es su artículo “El lenguaje reciente de ciertos autonomistas”, la felicidad de irse por fin a la revolución en sus escritos de 1895.

Con la madre se toma algunas libertades, entre tanta actividad cívica. Un año antes de su muerte le escribe: “...sigo mi labor, más pura, madre mía, que un niño recién nacido, limpia como una estrella, sin una mancha de ambición, de intriga o de odio (…) Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él, para iluminar alrededor. Siento que jamás se acabarán mis luchas (…) Sólo los infelices que llegan pocas veces al poder y suelen llegar con demasiada ira, tendrán paces conmigo”.

Pudo gozar de un primer triunfo: desatar la guerra revolucionaria que iba a crear la nación y a los cubanos. Él conocía la trascendencia de aquel hecho. Al desembarcar en Oriente el 11 de abril, con Máximo Gómez, escribe en su cuaderno: “Dicha grande”. Viene a enfrentar tareas inmensas y difíciles: afirmar, organizar y extender la guerra; definir las líneas fundamentales del poder y la política de la revolución, y dejar constituida la República en Armas; ejercer la conducción política del proceso —aunque él duda que le sea posible, al menos por un tiempo—; y correr la suerte de los combatientes.

En el campo de Oriente, Martí goza al conocer las personas, el paisaje y los nombres de las cosas de su tierra natal, los relatos, los hombres y los lugares de la Guerra Grande. Y goza al ver a tanta gente de Cuba que sólo había imaginado —con su mar de virtudes y defectos—, metidos en la revolución verdadera.

Sin descanso, Martí se sumerge entre los jefes y los soldados, hace política diaria y sostiene con Maceo y Gómez la entrevista de La Mejorana, pinta hechos y caracteres en su Diario, divulga la revolución hacia el exterior, firma una dura orden de guerra, vive la cotidianidad de la guerra irregular. Y todavía le da tiempo a admirar la belleza de una joven señora andaluza, y —allí donde tantos miles sólo verían amaneceres y acciones por librar— es capaz de ver una estrella, y una paloma.

Conoce ahora también a la muerte palpable, no sólo al estado o el tránsito que han estado tan presentes en sus escritos y sentimientos. Dos Ríos pudo haber sido solamente su primer combate, un encuentro sin demasiada importancia. Hoy sabemos que iba hacia la muerte desde que llegó por Playitas, pero es únicamente por lo que sucedió. Por la patria, morir es gozar más.

Martí multiplicó con su muerte el valor permanente de la obra de su vida, la promesa que la revolución le estaba haciendo a un pueblo nuevo y la trascendencia de su proyecto cubano y continental. Ellos siguen hoy con nosotros, y delante de nosotros, señalando un camino.

Tomado de Cubarte

lunes, 22 de octubre de 2007

La ética, única arma eficaz en Internet

Prólogo Eddy Mac Donal Torres

En este mundo nuestro donde la ética suele confundirse con estética, o es palabra a la que hay que mencionar para no dejar de pertenecer a los movimientos intelectuales y es manejeda o peor aun manipulada por los antiéticos, aquellos buscadores de dividendos en las tragedias humanas, tergiversadores de realidades en "macondianos" parajes como el que irremediablemente hemos decidido construir en esta ínsula capital de lo real maravilloso, la sociedad "con todos y para el bien de todos", es por ello que ante el fuego cruzado contra los valores que cultivamos de este lado del planeta tendremos que convertirnos en eficientes agricultores dedicados ante todo a sembrar conciencia, sembrar conciencia y sembrar conciencia como nos legara nuestro máximo ideólogo. Razón por la que pongo a disposición de los amigos si crees necesario tanto el artículo como el comentario.


La ética, única arma eficaz en Internet

Por Paquita Armas Fonseca

Algunos historiadores sitúan el origen de la prensa, especialmente del periódico, en las actas diurnas que durante el imperio de Julio César anunciaban, en paredes de edificios, distintos acontecimientos que merecían la atención ciudadana de Roma, o mejor dicho de hombres con derechos humanos en la “democrática” república esclavista; donde, por supuesto, los esclavos no tenían ninguna prerrogativa aunque se tratara de príncipes destronados.

Otros afirman que no, que se puede hablar de información desde que con señales de humo o de tambores se comunicaban unos terrícolas con otros.

Pero más allá de la génesis, en lo que sí existe coincidencia en que fue Nicolás Maquiavelo (1469 -1527) el que al diseñar en teoría cómo gobernar, esbozó la forma de elaborar y divulgar mensajes, que abarcaran todas las modalidades posibles en su época. Quizá Napoleón Bonaparte despunta como el mandatario que siguió de forma más coherente los consejos que el filósofo e historiador italiano escribió en su obra El príncipe, el texto más famoso de los que publicó.

Desde entonces ha llovido mucho y no solo agua. Han llovido, por ejemplo, formas diversas de elaborar y difundir la noticia y también ha variado sustancialmente la propia noticia que ha devenido mercancía en la pasada centuria. Del acta diurna de la época de César, suerte de piedra escrita, se ha pasado a recibir en fracciones de segundo en un teléfono, con imágenes y sonido incluso, lo que sucede en cualquier lugar del planeta.

Durante muchísimos lustros fueron los periodistas los responsables casi absolutos de difundir informaciones, pero con la era de Internet tal precepto ha variado radicalmente, hasta en el propio concepto según el teórico Ignacio Ramonet: “¿Qué es un periodista? Si analizamos la palabra, un periodista ('journaliste') es un “analista del día”. Solo dispone de un día para analizar lo que ha pasado. Se puede decir que un periodista es rápido, si consigue analizar, en un día, lo que pasa. Pero actualmente todo se produce en directo y en tiempo real; es enseguida, tanto en la televisión como en la radio. La instantaneidad se ha convertido en el ritmo normal de la información. Un periodista ya no debería llamarse periodista hoy en día. Debería llamarse instantaneísta. Pero todavía no sabemos analizar al instante. Por tanto, no hay análisis, ya que no hay distancia. Al final, el periodista tiene cada vez mayor tendencia a convertirse en un simple vehículo. Es el canal que enlaza el suceso y su difusión. No tiene tiempo de filtrar ni de comparar, porque si pierde mucho tiempo haciéndolo sus colegas le ganarían la partida. Y, por supuesto, alguien se lo reprocharía.

Esta gran verdad de Ramonet que se hace real en las autopistas de la información, lleva necesariamente a que naveguen junto a las verdades cualquier cantidad de mentiras y semimentiras sobre un mismo hecho. Bastaría ejemplificar con la vida de Fidel Castro, luego de que se enfermara en julio de 2006. Este año, por ejemplo, durante varios viernes seguidos, en Miami se estuvo esperando la noticia del deceso del líder revolucionario. Por suerte una vez más se quedaron con las ganas en esa ciudad. Pero si tales mentiras fueron dichas e insertadas principalmente por voceros de la mafia cubanoamericana, también resultaron reproducidas en webs de otros países y no dudo que en periódicos impresos.

La cantidad de mentiras y tergiversaciones que se encuentran en Internet son casi infinitas. No faltan textos o imágenes degradantes para el ser humano, y no me refiero solamente a la pornografía. Por ejemplo, el 10 de octubre, en ABC, se leía “Un vecino de Móstoles de 70 años, José Martín Roldán, ha emprendido una batalla legal para reclamar al portal de Internet de intercambio gratuito de vídeos Youtube.com que retire un vídeo en el que unos desconocidos se mofan de su hijo, discapacitado psíquico. Google, responsable del portal, replicó ayer que lo retirarán en cuanto el padre lo solicite presentando una reclamación de privacidad”.
En el video, uno de los insertados desde la localidad madrileña de Móstoles, aparecía uno de los hijos del demandante. Román, de 46 años, “esquizofrénico en grado extremo”, sufría diferentes mofas de varias personas. “Ni pude ver los videos completos porque eran denigrantes: le insultaban, se reían de él y les humillaban a él y a toda la familia preguntándoles obscenidades”, declaró el padre que luego de escribir decenas de e-mail solicitando que quitaran los videos decidió realizar la denuncia legal.

Este hecho ha revuelto de nuevo la polémica sobre si se puede o no poner límites a lo que “cuelga” en la red. Las opiniones son variopintas. Para el director de la Agencia Española de Protección de Datos, Artemi Rallo, ¿qué hacer con estos desmanes?, es la pregunta del millón, “los ciudadanos estamos desbordados de alguna forma por las posibilidades que Internet ofrece como herramienta de conocimiento y comunicación”, dice, pero advierte “cada vez se potencian más los riesgos”.


El experto considera que “hasta que no exista una normativa internacional que fije unos estándares claros y vinculantes de defensa de la privacidad de las personas, habrá dosis muy altas de indefensión”. Estima que lo que se impone es reaccionar de forma rápida y diligente ante las transgresiones en la Red.

A su vez, el abogado Carlos Almeida, especializado en Internet y Nuevas Tecnologías, estima que la propia naturaleza de Internet “al tratarse de un sistema abierto” conlleva a su principal problema “cualquiera puede colgar un texto o una foto”. Piensa que para subsanar los entuertos los propios usuarios “tendríamos que ser más activos y cuando veamos un contenido que pueda infringir la ley o vulnerar derechos debemos denunciarlo sin esperar a que lo haga el vecino”.

Para este letrado es imprescindible acudir a los derechos consagrados en las constituciones en general, que si bien defienden la libertad de expresión también expresan el derecho a la intimidad, la propia imagen y la protección de la infancia, así como censuran la discriminación de minorías étnicas, religiosas, discapacitados.
Por lo pronto, en el caso del discapacitado de Móstoles, la poderosa YouTube tuvo que quitar el video causa de la demanda. Este es un ejemplo que ha llegado a los tribunales, pero hay miles que pululan en las autopistas sin que las personas de las que se ríen, siquiera conozcan que sirven de payasos.

Otra moda amoral es la del uso de los seudónimos. Toda la vida en la prensa se han utilizado, la mayoría por no repetir el nombre cuando se publican más de dos notas de un autor, y también en el caso de algunos columnistas, pero que una persona se esconda detrás de un alias con el fin de escribir contra alguien o decir cosas que no es capaz de sostener mirándole los ojos al contrario, es de una bajeza total.
Claro que estas actitudes hoy por hoy no son privativas de los periodistas. Cualquiera con acceso a Internet puede tener un blog y una dirección electrónica desde la que puede enviar cuantos mensajes desee.

Existen miles de usuarios que se dedican a confeccionar correos como parte de cadenas, con oraciones o profecías de todo tipo. Tal circulación lo único que hace es entorpecer el tráfico en la red. Pero esto no es tan dañino como e-mails supuestamente chistosos que encierran altas dosis de crueldad. Hace unos días, con razón, el investigador Rufo Caballero calificó un mensaje de fascista: en él con sadismo se ríen de una mujer obesa que se retrataba con su novio, un hombre poco agraciado. Este correo con el título de Boda inglesa, para mi asombro, me llegó hace unos minutos como un chiste más.

Son estas manchas algunas de las que oscurecen el uso potencial de las nuevas tecnologías. Internet es desarrollo y contra eso nadie cuerdo puede pronunciarse. Quien dude de las posibilidades de este poderosísimo medio que navegue por preguntas y respuestas del foro “Caliban ante la globalización”. Desde un local relativamente pequeño, en el Palacio central de computación, en Centro Habana, escritores como Roberto Fernández Retamar o Ambrosio Fornet, ambos maravillados de la magia de las autopistas, se comunicaron simultáneamente con internautas de España, Argentina, Francia o EE.UU., no importa lo lejos que estuvieran: siempre que hubiera computadora e Internet el interesado podía dialogar con estos creadores, y con otros, como los intelectuales Keith Ellis , de Jamaica y David Viñas, de Argentina.
Esa es la cara bonita de la moneda, pero no es justo que a la sombra de las posibilidades que hoy ofrece la técnica se degrade la profesión más noble del mundo, según definió al periodismo Gabriel García Márquez.

Como hasta hace poco todo el que escribía en un periódico o una revista era o se sentía periodista, ahora no faltan quienes achaquen las mentiras y semiverdades de Internet a los practicantes de esa profesión.

Vale decir que como cuando nació la imprenta una buena cantidad de periodistas mantiene la ética como bandera, y sí, quizá otras y otros publiquen antes de verificar, por seguir la galopante inmediatez, pero lo harán irresponsablemente, sin la imprescindible libertad que según Federico Engels es el conocimiento de la necesidad. Por supuesto, hubo y hay hombres y mujeres con algún nombre, que con el poder que se les confiere a la hora de escribir en un órgano de prensa, atacan más desde gustos o vendettas personales, que desde la razón y el juicio justo.

Indudablemente, que el uso de las nuevas tecnologías nos ha abocado a una manera diferente de enfrentar el hecho noticioso, pero cualesquiera que sean las circunstancias si la ética está presente entonces ganaremos todos: emisores y receptores del mensaje. Como éticos deben ser los que cuelguen un blog, una foto o hagan circular un chiste, porque hasta en ese simple hecho de provocar la risa, pueden estar agazapados sentimientos aberrantes.

Tecnológicamente, hasta hoy, (¡y por suerte!) es imposible censurar la red a priori. Entonces solo la ética puede salvar a los internautas de leer falsedades o sumergirse en mundos enajenantes. También la responsabilidad moral puede hacer que todos asumamos una actitud crítica ante cada texto, foto, video o mensaje de e-mail, entonces será una batalla por la verdad, la decencia y la honradez en el ciberespacio. Y seguro que al final ganarán los mejores, aquellos que continúan confiando en que el hombre, como animal superior de la tierra, tiene el derecho de que se le respete.

Tomado de Jiribilla