Por Miguel Sancho
En el empeño de construir la universidad de nuevo tipo, no contamos con antecedentes similares, ni recetas acabadas, mas aun si entendemos este concepto con sentido dialéctico, en su necesidad inherente de resurgir refundado: la que ayer pudo ser nueva universidad, hoy es ya de concepciones antiguas; y queremos en cambio que la nuestra lo sea por mucho tiempo, ello dependerá de su capacidad de metamorfosis y adaptación a cada época por venir.
El Reto -que resume todos los demás- es construir la universidad de excelencia. Para ello tomaremos una y otra vez como referente las ideas de Fidel, que han sido el sustento y núcleo de esta megaconstrucción; es nuestra sin embargo, la responsabilidad de llenar de contenido los intersticios de ese significado.
De la mano de la utopía que nos convoca, estamos ante el reto de escoger entre potenciales caminos las estrategias certeras para transitar de la universidad de hoy a la del mañana. Nunca sin retrocesos y contradicciones, intentamos que el de cursar en este proceso complejo sea de franco crecimiento, con la cautela de evitar que compromisos emergentes con el presente nos hagan empeñar trascedentes anhelos del futuro.
El carácter dual de la universidad, concepción «estudio-trabajo», «universidad-industria», requiere que se conjugue armónicamente la docencia, la producción y la investigación. Se impone innovar modelos que se diferencien de los estándares tradicionales y se adapten a las nuevas condiciones. La enseñanza presencial es necesaria complementarla con otros métodos alternativos que son posibles a partir de las condiciones tecnológicas creadas.
Aun así, el modelo de formación continúa estando muy matizado por la forma tradicional de enseñanza de las carreras tecnológicas, centrado en la visión tradicional de proceso de «enseñanza-aprendizaje» a desarrollar en espacios formales: las aulas. Se desarrolla una instrucción que potencia fundamentalmente las competencias «lógico-matemática». Por otra parte las mayores expectativas y reservas están en las potencialidades de la práctica profesional, que en el nuevo paradigma de «formación desde la producción» resultará mucho más enriquecedora.
Aquí no deben terminar los retos de una nueva educación, los propósitos deben ser más abarcadores, la educación que necesitamos es aquella que permita el desarrollo pleno de las cualidades esenciales del hombre, entendiendo por ello sus capacidades en la ciencia, el arte y la moral.
Estamos ante una posibilidad nueva, por primera vez tenemos una universidad, con condiciones materiales favorables, donde se puede intencionar el desarrollo de todas las subjetividades, o dicho de otro modo, estamos ante la posibilidad real de trabajar por el sueño guevariano postergado de inocular los gérmenes del hombre del futuro, alguien mejor preparado para la sociedad que estamos construyendo.
En el entramado de nuestra universidad aparecen de forma activas nuevos sujetos que no son considerados en la escuela cubana, por quedar fuera de su marco de influencias, en cambio aquí, todas las relaciones sociales se desarrollan dentro del campus universitario; en palabras de Valenciaga en la UCI somos familia, escuela y comunidad.
Los esfuerzos sin embargo, quedan esencialmente reducidos a la dimensión de escuela, centrada en el profesor y alumno como únicos sujetos. Es necesario pasar gradualmente a un enfoque holístico de la relación educativa, entendiendo esta como la síntesis de todas las demás relaciones que tienen un impacto educativo (declarado o no), que se dan en toda la complejidad de la comunidad universitaria, relaciones entre sujetos (profesores, alumnos, dirigente, instructoras, parejas, amigos), procesos (productivo, docente, políticos, culturales) y espacios (grupos, comunidades, residencia, recreativos).
Para desarrollar un verdadero enfoque sistémico, es necesario comprender las relaciones entre los espacios educativos universitarios, sus cualidades y peculiaridades, para pasar luego a conceptualizar las exigencias que estos deben cumplir para que se puedan transformar en zonas de desarrollo.
No se aprecia en ninguna estructura institucional (y no debe ser solo una tarea de las organizaciones), la responsabilidad de armonizar el trabajo de todos los agentes con una responsabilidad educativa clara, el trabajo que puede realizar un instructor de arte rara vez se sintoniza con las acciones del profesor guía, el de una instructora educativa con el profesor de educación física. Resultando en una pobre coherencia e integración entorno a la atención individual, lo que Fidel tanto ha enfatizado como atención hombre a hombre, en el que podamos acercarnos a los estudiantes como un todo, propiciando su desarrollo emocional, afectivo, sexual, político, sensorial, racional, estético, dietético, etc.
Para muchos el aula sigue siendo considerado el principal (y algunos caso el único) espacio de formación, y en la mayoría de los profesores prima aun una visión academicista. Se tendrá que trabajar mucho en lograr un cambio de concepción, en el que se empiece a abordar las potencialidades educativas de otros espacios como los proyectos, las comunidades, las peñas, etc. En todo ello, están evocados a tener un papel de vanguardia los nuevos graduados, primeros formados dentro del proyecto.
Nuestra universidad tiene a su alcance la posibilidad de llegar en el trabajo educativo a lugares nunca antes sospechados. Solo con una clara decisión de marchar hacia delante, y de negar y romper con todo lo que frene el desarrollo, podremos lograr empeños mayores. El proceso educativo puede propiciar en nuestros estudiantes un verdadera trasformación cultural, que los acerque aun más al hombre nuevo que soñó el Che.
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