miércoles, 3 de octubre de 2007

La Rutina

Por Miguel Sancho

Enemiga del más genuino de los sentimientos, el amor. Es también para la política un cáncer que terminar desvirtuando su real sentido. Dejemos que las palabras del escritor uruguayo Eduardo Galeano nos ilustre de manera precisa esta disfunción:

«Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla. En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería. Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca »

De la rutina nacen los esquematismos y estos más temprano que tarde terminan desvirtuando las razones que dieron sentido en su momento a una determinada práctica, terminando descontextualizada. Por eso- y otras razones-, no podemos desconocer la historia, sin ella podemos sorprendernos haciendo algo que no sabemos ni por qué, ni tan siquiera para qué lo hacemos, no es raro de quien olvida terminar haciendo lo que no tiene sentido de ser. La inercia provoca una dinámica o mejor una «estática» -con perdón de los físicos-, que nos mantiene inmaculados a la «contaminación» de los nuevos tiempos.

Hay quienes con razón llaman a la rutina institucionalizada: burocracia.

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