sábado, 19 de mayo de 2007

Sobre Carbones Ardientes

Por Graziella Pogolotti

Las páginas de este libro me han estremecido. La secuencia cronológica documental revive mis propios recuerdos, los de una existencia atravesada por una época convulsa, de sueños conquistados, de errores, de desgarramientos. Ha sido un tiempo hermoso de combates y construcción. A través de la experiencia de Alfredo, contemplo mi propia vida, inmersa también en el fragor de los acontecimientos, aunque yo navegara lejos del centro, por orillas más apacibles. Volver la mirada hacia atrás no nos convierte en estatuas de sal. Todo lo contrario. La inmediatez de la vivencia se transmuta en motivo de reflexión y aprendizaje. Colocados página sobre página, los documentos de archivo adquieren un vibrante carácter testimonial.

Al igual que Roberto Fernández Retamar, conocí a Alfredo Guevara en los años de aprendizaje en la Universidad de La Habana. Desde la escalinata, creíamos dominar el mundo. Desde allí, bajábamos a la ciudad en revueltas y manifestaciones. Germinaba en nosotros la pequeña esperanza, así llamada por Charles Péguy. Los sueños empezaban a tomar cuerpo en los libros, en las aulas, en las artes, en los empeños por conquistar la verdadera independencia para Cuba y para la América Latina. Yo entraba en la universidad abierta al asombro, llena de ilusiones en mi ingenuidad adolescente. Algo mayor, Alfredo tenía una madurez envidiable y un carisma singular. Secretario de Relaciones Exteriores de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), había logrado articular numerosos comités solidarios. Entre nosotros andaban los independentistas puertorriqueños y los actores de la renovación guatemalteca. A través del diálogo directo, personal, podíamos tocar con las manos el drama de nuestro continente. Una tarde, en el Salón de los Mártires, asistí a una reunión de dirigentes de la FEU. Aparentemente aislado, Alfredo desplegó sus facultades de polemista. Viniendo desde abajo, con una andanada de argumentos, dio vuelta a la situación. En un extremo del local, Fidel Castro caminaba sin cesar, como quien acumula energías. Al cabo, habló. Y la reunión se fue disolviendo lentamente. Algún tiempo después, cerrada la Facultad por una huelga, la masa estudiantil revuelta se aglomeraba en las escaleras. No lograban dominar el griterío. El caos se desencadenaba rápidamente. De repente, llamado por sus compañeros, apareció Guevara, entonces recluido por enfermedad. El silencio se impuso y su voz fue creciendo poco a poco. Las aguas se calmaron. La persuasión venció los últimos reductos de resistencia. El intercambio de ideas desbordaba la Facultad de Filosofía y Letras. Conservo grabados en la memoria aquellos rostros juveniles y, entre los ya fallecidos no quiero dejar de mencionar a Baudilio Castellanos y a Mario García Incháustegui.
El ambiente político nacional, hecho de corrupción y dependencia reflejaba los estertores prolongados de una república mutilada desde su nacimiento. En la Universidad, en cambio, se respiraba un aire diferente. Siempre cargado de libros, Raúl Roa movía ideas y mantenía viva la memoria de los protagonistas de la revolución del treinta. En el Salón de los Mártires nos rodeaban las fotos de las víctimas de Machado y de Batista. En la América Latina, nuestros contemporáneos aspiraban a cambiar arte y vida, a integrar en un mismo cauce vanguardias artísticas y políticas. Aquí, al igual que en Europa se trataba de encontrar sentido para la existencia. En el viejo continente acababan de librarse del espanto del mundo concentracionario.
Nevermore, nunca más decían todos. Ladrones de bicicletas, Roma, cittá aperta transformaban la imagen cinematográfica. El existencialismo reafirmaba una visión trágica del hombre, pero convocaba al comprometimiento, al engagement del intelectual. La guerra había dejado otras fisuras que alentaban la lucha anticolonialista. Por encima de las particularidades de cada territorio, el denominador común se reconocía en el diseño de un proyecto emancipatorio. El presente se abría hacia el futuro. Los pasos de la historia retumbaban por todas partes.
En Cuba, el golpe de estado de Batista precipitó acontecimientos decisivos. La resistencia al régimen se configurará desde perspectivas diversas. Para algunos, se trataba tan solo de desplazar la dictadura. Otros perseguían la idea de alcanzar la verdadera liberación nacional, siempre frustrada por el dominio español primero y por la subordinación neocolonial al imperialismo norteamericano después. El fin de los estudios nos había dispersado. Cada vez que nos encontrábamos, en una esquina de La Habana o en el exilio mexicano de Alfredo, proseguíamos el diálogo interrumpido.
El triunfo de la Revolución cubana volvió a reunirnos. El ámbito reducido de la Universidad, allí donde se forjaron nuestros sueños, se volcaba hacia el espacio ilimitado de la isla. Su resonancia llegaba más allá. Era el momento de saldar cuentas con el pasado, de construir la nación postergada, de destruir las bases de la opresión y la injusticia, de reconocer en el pasado las huellas más fecundas, de favorecer el crecimiento de la plenitud humana, de reconquistar la riqueza multiforme de la vida, de propiciar en cada persona la posibilidad de convertirse en partícipe activo no instrumentalizado. En ese proceso tocaba a la cultura el desempeño de un papel primordial.
Una noche asistí al estreno de un conjunto de documentales. No he vuelto a verlos. No he querido intentar el análisis anatómico de aquellos materiales. Prefiero mantener vivo el recuerdo de una emoción imborrable. A la salida, con amigos mexicanos, anduvimos juntos, respirando el aire cálido de la Rampa. Estremecidos, todos nos reconocíamos en esas imágenes, testimonio de un re-nacimiento.
Pero toda conquista implica un combate que no se libra en un lecho de rosas.
La unidad estratégica se articula sobre una plataforma común. El deber ser se construye sobre las arenas movedizas del ser. Los revolucionarios cubanos tenían procedencias diversas, eran portadores vivientes de numerosas contradicciones, fuentes de vitalidad, porque la homogeneidad es signo de muerte. Siempre compleja, la realidad no se produce en un laboratorio estéril. La sacudida revolucionaria dinamiza fuerzas dormidas, donde el grano se entremezcla con la mala yerba. Las diferencias en los métodos enmascaran a veces una terrenal lucha por el poder. Órgano del Movimiento 26 de Julio, el periódico Revolución escogió la cultura como terreno de ensayo para dar cauce a ambiciones mayores. La confrontación entre el periódico y los fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) marca el inicio de una sucesión de incidentes que fueron matizando las concepciones básicas de la aplicación de la política cultural. En ese tironeo intervinieron tendencias de distinto origen, incluidos los dogmáticos y los sometidos a un pensamiento burocrático. Sobre ese camino pedregoso hecho de carbones ardientes las ideas se iban aclarando. En cada caso, el tiempo fue poniendo las cosas en su lugar. Quedaron cicatrices. Y, sin embargo, unidos por un mismo proyecto emancipador, a pesar de las diferencias entre distintas corrientes, los herederos de Orígenes y de Ciclón, la izquierda intelectual, aglutinada en torno a Nuestro Tiempo han proseguido su obra, entre dificultades y alegrías, en el contexto de la Isla.
La creación del ICAIC iniciaba una etapa fundacional en el campo de la cultura. Surgieron instituciones con perfil diverso, desde la Imprenta Nacional hasta la Casa de las Américas. Se promulgó la reforma universitaria. En trenes repletos, regresaba eufórica la muchachada, cartilla y farol en mano, después de cumplir la tarea en la campaña de alfabetización. El rescate de la identidad nacional comenzaba por la restauración de la identidad individual. Un hermoso cartel impreso por la Biblioteca Nacional, afirmaba en palabras de Fidel «la Revolución no te dice cree; la Revolución te dice lee». Se abrían escuelas de arte. Todavía inconcluso, el proyecto arquitectónico de Cubanacán me ha parecido siempre la representación simbólica de la utopía. Hoy día, se restaura y recupera.
Se estaba construyendo un mundo en medio de una lucha cotidiana entre la vida y la muerte. Campos de caña quemados, ataques sorpresivos, sabotajes se integraban a la cotidianidad. Por las noches, frente a comercios y fábricas, arma en mano, los obreros velaban. Algunos caerían acribillados desde automóviles en marcha. Con un fusil que sobrepasaba mi tamaño, vulnerable y frágil, yo cuidaba las instalaciones universitarias. Las horas me alcanzaban para preparar cursos y conferencias, escribir reseñas y devorar libros portadores de los grandes debates de la contemporaneidad.
Regresaba después de una larga ausencia por motivos de salud cuando descubrí en mi ciudad, siempre la misma, un nuevo rostro. Sacos de arena protegían el aeropuerto. La artillería estaba emplazada junto al Hotel Nacional. Metralleta en mano, una alumna pasaba por mi casa a refrescar durante su guardia en la azotea del edificio. Eran las vísperas de Girón. Más tarde, la Crisis de Octubre me agarraría en Polonia, al cabo de un recorrido por los países socialistas europeos con una exposición de pintura cubana donde los supervivientes de la vanguardia acompañaban a las nuevas generaciones, volcadas hacia el expresionismo y la abstracción. Allí donde imperaba el realismo socialista como doctrina oficial. Aparecíamos como aliados incómodos que navegaban entre la desconfianza de los burócratas y la complicidad de muchos artistas. Pero, esa historia la he contado en otra parte. Lo que me importa destacar es que en el terreno del arte al igual que en algunos lineamientos políticos se perfilaban rasgos originales de la Revolución cubana, a pesar de su alianza con el campo socialista.
No faltaban, sin embargo, fuerzas internas que intentaran reivindicar el modelo del realismo socialista, movidos por una lectura superficial de manuales de marxismo, por un concepto mecanicista de los procesos sociales y por un desconocimiento de la naturaleza de la creación artística. Tiempo atrás, en un encuentro fugaz por una calle habanera, Alfredo y yo habíamos conversado acerca de las derivaciones del discurso de Jruschov en el XX Congreso del Partido Comunista soviético. Se quebrantaban algunas costras del estalinismo, sin que el análisis se llevara a las últimas consecuencias. Todo se detuvo en el derrumbe de algunos monumentos, cuando una reflexión más profunda hubiera resultado provechosa para el conjunto de los movimientos de izquierda. Muchos intelectuales cubanos conocíamos la historia del brillante encuentro entre vanguardia política y artística característico de la etapa inicial de la Revolución de Octubre y la posterior degradación en imágenes empobrecidas del arte y la literatura. En cambio, la Imprenta Nacional difundía Caballería roja de Isaac Babel, los teatristas estaban al tanto de las contribuciones de Meyerhold y los cineastas sabían de las dificultades interpuestas en el trabajo creador de Eisenstein.
Este trauma afloró en las reuniones de los escritores y artistas cubanos con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional, donde se abordaron asuntos de distinta índole, incluido el concepto del realismo, los enfoques para el estudio de la historia de Cuba. Un escritor católico preguntó si le sería permitido publicar estudios sobre pensadores de inspiración espiritualista. Mal citada, manipulada intencionalmente, la respuesta de Fidel conjuraba los peligros que en ese momento se avizoraban. En otros libros, Alfredo Guevara ha publicado algunas polémicas que tuvieron enorme repercusión y contribuyeron a sanear el ambiente. Nos entrega ahora un diario de navegación más secreto.
Visto desde lejos, el mar parece una masa sólida, compacta. Al entrar en sus aguas, se perciben organismos vivientes. De repente, el bañista acomodado a la suave temperatura caribeña recibe el latigazo de una corriente fría. Entre conchas y caracoles, se depositan en las playas extrañas formas de origen vegetal, cuerpos translúcidos atravesados por los colores del arco iris. En esa fuente renovadora subsiste el origen de la vida. Para la Revolución, la mirada distante es también reduccionista. Salvo breves momentos de olas remansadas, durante más de cuarenta años hemos vivido en medio de una tempestad de perpetuo hostigamiento y de repercusiones de los grandes acontecimientos que han sacudido el mundo. Esas circunstancias han modulado el debate interno entre fuerzas e ideas diversas acerca del modo de conducir un proyecto soñado por todos y forjado en una tradición histórica. En cada circunstancia, restaurar el equilibrio ha sido la vía para establecer el consenso.
Para algunos, el arte se consideraba mera ilustración de una ideología concebida en términos abstractos. La relación se expresaba en términos de normatividad. Para otros, propiciaba un hermoso y reconfortante decorado. Esos puntos de vista reduccionistas desconocían la aventura del descubrimiento implícita en todo proceso de creación artística, inmersa en la revelación de la complejidad de la vida. Desde que Heredia cantó la patria todavía inexistente el artista se ha apropiado de gérmenes de futuro y ha construido un imaginario en el que todos acabamos por reconocernos. La acción liberadora de la Revolución era el ámbito adecuado para favorecer el desarrollo del arte en Cuba. Condenados siempre a sobrevivir en estrechos cenáculos, muchos artistas encontraron vías de comunicación más amplias a través de intervenciones urbanas, del cartel, de una poesía íntima y conversacionalista, los teatristas recorrieron el país. El Ballet ofreció funciones desde la cama de un camión y el cine móvil alcanzó los lugares más recónditos. En el siglo XX, el cine se había convertido en el arte de todas las convergencias, las de un público intelectual y las de los grupos mayoritarios, todos fascinados por la pantalla y la penumbra, sitio de comunión y de soledad. Era arte de síntesis, beneficiario de la literatura, el teatro, de la plástica y la música.
La fundación del ICAIC dinamizó la proyección pública de estas vertientes de la creación. Los carteles invadieron el espacio urbano. Los compositores produjeron el lenguaje sonoro de los filmes, mientras el grupo de experimentación contribuía decisivamente a la formación de nuevos músicos. Los escritores se apropiaron de los recursos técnicos del guión. A pie de obra surgieron directores de cine y de fotografía, además del conjunto de especialistas requeridos para la producción. La pantalla dispuso de las mejores películas producidas en todos los continentes. De esa manera fue madurando un espectador crítico, agudo y sensible como pocos en el mundo.
Lejos de cualquier tentación de eclecticismo, tanta diversidad tenía un centro de gravitación, un hilo conductor. Abrirse al mundo era un modo de conciliar el rescate de la identidad con el palpitar de la contemporaneidad. Porque la afirmación de la identidad no se produce mediante la reiteración de imágenes congeladas en el pasado, reducidas al cabo a postales para turistas. Se remodela en los avatares del presente, mediante la apropiación de nuevos códigos. De ese intercambio nace el reconocimiento de lo que somos. En la boca del Golfo, el diálogo con el continente adquiría una intensidad mayor. «Nosotros, los americanos» afirmaba José María Heredia en México con motivo de un aniversario de la independencia de ese país, antes de que José Martí hiciera de esa afirmación una profecía para todos los tiempos. Vendrían después la Revista de Avance, la revelación deslumbrante de América y el Caribe en Guillén y Carpentier y el barroquismo original de Lezama. La articulación del movimiento del nuevo cine latinoamericano no responde a una decisión voluntarista. Es la continuidad orgánica de un proceso de historia y de cultura.
«Ad astra per aspera» reza uno de los apotegmas que Vicentina Antuña, nuestra profesora de latín escribía en la pizarra al inicio de sus clases. No basta con aceptar la complejidad de la vida. Hay que asumirla con todos los riesgos que entraña, y tomar, en cada caso, el toro por los cuernos. Ese camino está plagado de escollos, frutos de la incomprensión y del alineamiento de fuerzas contrapuestas. El surco para la siembra se abre poco a poco, a pesar de la intolerancia de dogmáticos y liberales. Los conflictos se dilucidan mediante el intercambio riguroso de las ideas en un diálogo franco, receptivo, atenido a principios sólidamente sustentados. Esa lucha implica pérdidas, desgarramientos, rupturas temporales y un inmenso sacrificio. Las noches sin sueño, las áridas tareas organizativas indispensables para el desarrollo de una industria tienen su compensación en la obra cumplida. Sueño de ayer, el cine cubano es una realidad. Sus noticieros, documentales, dibujos animados, cortos y largometrajes potenciaron las facultades creativas de muchos artistas y sentaron plaza fuera de Cuba, a la vez que alcanzaban un vasto público en el país. Ese caudal se ha integrado a un imaginario colectivo. La obra nace del talento de los artistas y de aquellos que conducen el proyecto lúcidamente al margen de tentaciones burocráticas, en una confrontación analítica del saber, abierto a un debate intelectual y político capaz de trascender el pragmatismo y la inmediatez, dotado de luz larga y atemperado a los datos concretos de la realidad. Así, desde el presente vertiginoso, se va haciendo historia.
Aludiendo a Heráclito en una larga entrevista concedida a dos visitantes norteamericanos allá por los años 80, Fidel Castro comentaba que el hombre no se baña dos veces en las mismas aguas porque ha cambiado tanto como la corriente del río. La piel guarda rasguños y cicatrices. La textura se modifica en la experiencia de la vida. Los matices modulan juicios categóricos, crispados en el hervor de la polémica. Por eso, los libros de memorias deben a su propia naturaleza una raigal infidelidad. «Yo soy otro», decía Rimbaud. En el fondo de tantas otredades sucesivas subyace un núcleo duro, inquebrantable. En este libro de clara intención testimonial, Alfredo Guevara ha eludido la tentación de apelar a la evocación memoriosa. Privilegió la literalidad por encima de la literariedad. Cedió la palabra a los documentos mondos y lirondos.
En un núcleo duro, en el corazón de la alcachofa late el compromiso esencial con la vida, contraído desde los años juveniles. Implícita, la biografía personal de Alfredo Guevara se entrelaza con la obra fundacional del ICAIC, vinculada estrechamente al gran proyecto de la nación, con sus raíces bicentenarias y su formulación definitiva del pensamiento y la acción de José Martí. La visión del Apóstol no se detuvo en los límites de la Isla. Abarcó a la América Latina toda, sin olvidar a los excluidos del mundo. Fiel a sus convicciones, apostó por ellas, con fidelidad inquebrantable. Para la auténtica emancipación humana, para devolver la palabra a los silenciados, se hace indispensable una cultura verdaderamente democrática, capaz de abrirse a amplios horizontes, de estimular la inteligencia y la sensibilidad, de animar una conciencia crítica y participante, de crear mecanismos de autodefensa frente a la invasión arrasadora de los instrumentos de la banalización. Para muchos, este lenguaje tiene resonancias anticuadas. Las aguas del río no son las de entonces. Pero su composición básica y su verdad esencial siguen siendo las mismas. Nuestros hombros cargan la experiencia de la vida. Porque, en realidad, no estamos hablando de un tiempo pasado. En la globalización neoliberal reconocemos la hipérbole de las contradicciones de ayer. La acrecienta, la imagen manipula y somete a las personas. La guerra ha dejado de ser la continuación de la política por otros medios. Se coloca en el centro de la política. En el intento por ejercer un dominio absoluto y por imponer designios irrevocables, se destruyen otras culturas.
Este relato trasciende una biografía y un proceso de fundación cultural. Descorre las cortinas hacia la ciudad, hacia la Revolución de la que todos hemos sido partícipes y responsables, desde una lucidez hecha de pensamiento y pasión. La autenticidad de su base documental revela, bien distante de las recetas simplistas puestas en circulación por los voceros del imperio, la extrema complejidad de una historia de construcción y de lucha en medio de los vientos huracanados. En cada encontronazo, la autoridad se edifica sobre el consenso. Por más de medio siglo, Alfredo y yo hemos compartido un mismo camino de exaltación y entrega sobre carbones ardientes. No hemos coincidido siempre en las valoraciones y en los puntos de vista. Pero en el fuego está la fragua.

Prólogo al libro de Alfredo Guevara Tiempo de Fundación, presentado en este 25 Festival de Cine de La Habana

miércoles, 9 de mayo de 2007

In medias res publica

Por Desiderio Navarro

En medio de la cosa pública: es ahí donde están llamados los intelectuales a desempeñar su papel en cada país. Pero, como bien señala el documento del Prince Claus Fund que nos convoca, "en varios aspectos el papel de los intelectuales difiere de país en país", y también los "constreñimientos materiales, culturales y políticos" que ellos experimentan "difieren de situación en situación".(1) Es preciso tener en cuenta esas diferencias si no se quiere correr el riesgo de incurrir en extrapolaciones ilícitas, generalizaciones infundadas y etnocentrismos. En efecto, como añade el documento: "Hay necesidad de entender el papel de los intelectuales en esos contextos y discutir los dilemas clave."

Las observaciones y reflexiones que siguen se proponen contribuir a la comprensión del papel de la intelectualidad artística en la esfera pública en la Cuba revolucionaria, esto es, en los últimos cuarenta años de historia de mi país. Se trata de un período muy largo y complejo que sería imposible presentar y analizar debidamente en el estrecho marco prestablecido de esta ponencia. De ahí el carácter abocetado y la ejemplificación mínima de la siguiente introducción histórica, realizada según el criterio de la pertinencia al problema que aquí nos ocupa.
En junio de 1961, en una célebre reunión con las personalidades más representativas de la intelectualidad cubana de entonces, el Comandante Fidel Castro formuló una frase que, por su brevedad, construcción y categoricidad, funcionó, desde entonces hasta la fecha, como el resumen de la política cultural de la Revolución: "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada".(2) Sacado de su contexto y en manos de toda clase de hermeneutas y exégetas circunstanciales, ese versículo de las que en adelante serían conocidas como "Palabras a los intelectuales" daría muestras de una extraordinaria polisemia que le permitiría ser el principio rector reconocido por los sucesivos períodos y tendencias en lucha.(3)
La vida cultural y social del país pondría una y otra vez sobre el tapete muchas preguntas más concretas que quedaron sin una respuesta amplia, clara y categórica: ¿Qué fenómenos y procesos de la realidad cultural y social cubana forman parte de la Revolución y cuáles no? ¿Cómo distinguir qué obra o comportamiento cultural actúa contra la Revolución, qué a favor y qué simplemente no la afecta? ¿Qué crítica social es revolucionaria y cuál es contrarrevolucionaria? ¿Quién, cómo y según qué criterios decide cuál es la respuesta correcta a esas preguntas? ¿No ir contra la Revolución implica silenciar los males sociales que sobreviven del pasado prerrevolucionario o los que nacen de las decisiones políticas erróneas y los problemas no resueltos del presente y el pasado revolucionarios? ¿Ir a favor de la Revolución no implica revelar, criticar y combatir públicamente esos males y errores? Y así sucesivamente.
Después del triunfo revolucionario de 1959, y sobre todo después de la declaración del carácter socialista de la revolución en abril de 1961, las relaciones entre la vanguardia política y la vanguardia intelectual o artística -para emplear las denominaciones en curso por entonces-conocieron tensiones fuertes, pero puntuales o pasajeras, en materia de política cultural (por ejemplo, en relación con la prohibición de la exhibición pública del filme "P.M." de Sabá Cabrera Infante en 1961 o con el "sectarismo" de 1961-1962); sin embargo, puede hablarse de una amplia adhesión de la segunda a las decisiones y proyecciones de la primera en las demás esferas de la vida política nacional. Por otra parte, todavía en septiembre de 1966, en un artículo titulado "Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba", Roberto Fernández Retamar, uno de los más destacados pensadores de aquella vanguardia intelectual, podía presentar la crítica de los errores de los políticos como un deber consustancial a la adhesión del intelectual a la revolución y como un factor de diagnóstico y corrección tomado en cuenta por los políticos cubanos "realmente existentes" por entonces:
Un error teórico cometido por quien puede convertir sus opiniones en decisiones, ya no es sólo un error teórico: es una posible medida incorrecta. Con medidas incorrectas hemos topado, y ellas plantean, por lo pronto, un problema de conciencia a un intelectual revolucionario, que no lo será de veras cuando aplauda, a sabiendas de que lo es, un error de su revolución, sino cuando haga ver que se trata de un error. Su adhesión, si de veras quiere ser útil, no puede ser sino una adhesión crítica, puesto que la crítica es "el ejercicio del criterio". Cuando hemos detectado tales errores de la revolución, los hemos discutido. Así ha pasado no sólo en el orden estético, sino con equivocadas concepciones éticas que se han traducido en medidas infelices. Tales medidas fueron rectificadas, unas, y otras están en vías de serlo. Y ello, en alguna forma, por nuestra participación. (...) de alguna manera, por humilde que sea, contribuimos a modificar ese proceso [la revolución]. De alguna manera somos la revolución.(4)
Frente a la socorrida hipóstasis de la sinécdoque que hace de un dirigente individual o de un colectivo de ellos a tal o cual nivel, "la Revolución", y de sus ideas y decisiones, por carácter transitivo, las ideas y decisiones de "la Revolución", Fernández Retamar recordaba que también los intelectuales revolucionarios son una parte en el todo de esa Gran Sinécdoque.
Para la mayoría de los intelectuales revolucionarios -pero no para la mayoría de los políticos- estaba claro que su papel en la esfera pública debía ser el de una participación crítica. Alrededor de 1968 se hace sentir con cierta fuerza en esa esfera la intervención crítica intelectual desde diversas posiciones políticas: el relativo monologismo dominante ya por varios años sobre la base de la coincidencia política espontánea y de cierta medida de autocensura en consideración al peligro de la manipulación informativa enemiga, es roto por voces intelectuales aisladas que emprenden cuestionamientos puntuales o amplios del proceso revolucionario, o incluso impugnaciones globales.
Esa heteroglosia en cuestiones políticas resultaba tanto más resonante cuanto que se presentaba sobre el fondo de una intelectualidad nacional pro-revolucionaria que, por paradójico que parezca, no intervenía públicamente en discusiones extraestéticas. Al enumerar "algunos problemas del intelectual revolucionario" en el artículo antes citado, Fernández Retamar había mencionado en primer lugar precisamente ese extraño silencio:
Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea por qué los intelectuales cubanos no participaban sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, etc., asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros. (...) La pregunta (...), entre otras cosas, roza este punto: los intelectuales cubanos, que han debatido lúcidamente sobre cuestiones estéticas, deben considerar otros aspectos, so pena de quedar confinados en límites gremiales.(5)
Y había reclamado "esa ampliación de la problemática intelectual" justamente como parte del "proceso de conversión en intelectuales de la revolución".(6)
Por otro lado, también en las relaciones con la intelectualidad extranjera se puso de manifiesto una heteroglosia política análoga: gran parte de la intelectualidad extranjera izquierdista o progresista (fundamentalmente europea y latinoamericana) reaccionó con críticas al Gobierno Revolucionario en relación con la aprobación de la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia en 1968 y con el arresto y detención del poeta cubano Heberto Padilla en 1971. Si en enero de 1968, en ocasión del Congreso Cultural de La Habana, se ensalzaba a los trabajadores intelectuales del mundo y de Europa en particular precisamente por intervenir en la esfera pública con protestas y combativas movilizaciones en favor de causas como la de Cuba durante la Crisis de Octubre, la guerrilla del Che, la lucha de Vietnam, el movimiento negro en EUA, etc., en contraste con el nulo o escaso apoyo público de las vanguardias, organizaciones y partidos revolucionarios mundiales, ya en 1971 se descubre entre ellos una "maffia" de "falsos intelectuales", "pequeñoburgueses seudoizquierdistas del mundo capitalista que utilizaron la Revolución como trampolín para ganar prestigio antes los pueblos subdesarrollados", y que "intentaron penetrarnos con sus ideas reblandecientes, imponer sus modas y sus gustos e, incluso, actuar como jueces de la Revolución".(7)
De repente, para la mayoría de los políticos, el intelectual apareció como un Otro ideológico real que los interpela en el espacio público sobre asuntos nacionales extraculturales, políticos. Esa aparición, así como el conocimiento del papel desempeñado por los intelectuales checos en la por entonces reciente Primavera de Praga, la creciente influencia del modelo socio-político y cultural soviético en su etapa de Restauración brezhneviana, son algunos de los factores que contribuirían a que muchos políticos llegaran a ver en la intelectualidad como tal un compañero de ruta no confiable, e incluso una potencial fuerza política opositora. Algunos no dejaron de aprovechar la idea expuesta por el Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba (1965) de que "la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios", al tiempo que hicieron caso omiso de un mandamiento político formulado por el propio Che a continuación en el mismo párrafo: "No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni ‘becarios’ que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas."(8)
De 1968 en adelante, más allá de una serie de medidas administrativas (la más simbólica de todas sería la disolución de la importante revista llamada precisamente Pensamiento Crítico), se produjo una verdadera cruzada contra la intervención crítica de la intelectualidad en la esfera pública, cruzada que tuvo su punto culminante en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura (1971) y que sólo vino a desarticularse a principios de los años 80 con el fracaso del último desesperado intento de implantar como doctrina oficial el realismo socialista en su versión soviética más hostil a la crítica social. Justamente a principios de los 80 comienzan a oírse nuevamente voces críticas, esta vez con más fuerza y en mayor número, pertenecientes a jóvenes intelectuales nacidos y formados ya dentro de la Revolución -en su gran mayoría artistas plásticos, pero también narradores, teatristas, cineastas y ensayistas.
Nadie ha descrito mejor que el crítico de arte cubano Gerardo Mosquera cómo concebían y desempeñaban aquellos jóvenes artistas plásticos el papel del intelectual en la esfera pública: "Se siente [en ellos] una gran urgencia por ir ‘más allá del arte’ para abordar con él en directo los problemas de la sociedad, sin hacer la más mínima concesión artística." Añadía que esos artistas estaban "llevando adelante un cuestionamiento crítico muy serio de problemas de nuestra realidad que, aunque se tocan en los pasillos, de rareza han traspasado la oralidad para discutirse públicamente con todas sus letras." Y en una clara relación intertextual con la mencionada frase de Fidel, concluía: "Por fuerte que resulte en su expresión, se trata de un cuestionamiento dentro del socialismo y por el socialismo."(9)
Todavía a mediados de 1989 Mosquera podía señalar: "Las artes plásticas (...) constituyen ahora la tribuna más osada. Su crítica social analiza males muy reales en busca de la rectificación." Y menciona algunos de esos males: "burocracia, oportunismo, autoritarismo, rectificación pero no mucha, pancismo, centralismo antidemocrático...". (10)
En relación con esa voluntad de crítica y discusión públicas se produjo en los 80 una proliferación inaudita de espacios culturales de todo tipo: espacios de exhibición, de publicación, de lectura, de discusión; espacios institucionales y no institucionales; espacios privados y espacios públicos. Una inusitada característica de muchos de esos nuevos espacios fue la apertura a la intervención espontánea no revisada, autorizada y programada previamente (p. e., la lectura pública de textos no sometidos con días o semanas de anticipación a diversas instancias culturales y políticas para su aprobación, corrección o rechazo).
Por otra parte, esa actividad intelectual crítica se caracterizó por una orientación, nunca antes vista, hacia lo no institucional y lo antiinstitucional. Frente a los constreñimientos de los espacios institucionales y sus usos, desarrolló las siguientes estrategias:
-irrupción imprevista y apropiación efímera, "desconstructiva", de espacios culturales institucionales (repentinos performances no programados en medio de vernissages o conferencias ajenas);
-creación de espacios culturales no institucionales (exhibiciones de obras plásticas y representaciones teatrales en casas particulares, un periódico cultural samizdat), algunos de los cuales tenderían a devenir una especie de instituciones no institucionales (galerías en casas o en un céntrico parque);
-irrupción y apropiación más o menos efímera de espacios públicos (graffitti, murales y performances en las calles de la ciudad, un juego de base-ball por artistas y críticos en un estadio de base-ball).
Pero ya desde 1988 se produce nuevamente una ofensiva contra la intervención crítica del intelectual en la esfera pública, que -por obra del desencanto, el pesimismo, el escepticismo, y hasta el amargo resentimiento que genera, y en conjunción con las duras condiciones de trabajo y de vida creadas por la crisis económica de principios de los 90, y la simultánea apertura en la concesión de permisos de salida del país- conduce a la dispersión de la mayor parte de esa intelectualidad artística por tierras de América y Europa. No obstante, en los 90, sobre todo en su primera mitad, siguen apareciendo, si bien cada vez más esporádicamente, obras cinematográficas, narrativas, teatrales, etc. en las que sobrevive el espíritu crítico de "los 80".
A continuación examinaremos no las medidas administrativas, sino el discurso que las legitima y, en general, la ideología y las prácticas culturales movilizadas contra la actitud crítica del intelectual, el carácter público de su intervención y hasta contra la propia figura del intelectual en general. Y lo haremos de una manera tipológica, sincrónica, sin atender a la propia historia interna de esa ideología y prácticas ni a las variaciones de su presencia histórica en la vida nacional, cuyo examen requeriría todo un libro. Ellas, que se presentan a sí mismas como garantes de la estabilidad ideológica y política de la Revolución, han llegado a ser hegemónicas en determinados períodos, pero, felizmente, nunca han llegado a reinar de manera absoluta en todas las instancias y ramificaciones del poder político y de las instituciones culturales. Precisamente la resistencia que a ellas le han opuesto en determinados momentos instituciones como la Casa de las Américas y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, o la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y el propio Ministerio de Cultura -ambos partícipes de ellas en otros momentos-, ha permitido la aparición o supervivencia de determinados espacios intelectuales críticos.
En el marco de esa ideología y prácticas anticríticas, el papel del intelectual revolucionario como crítico de la propia realidad social revolucionaria raras veces es negado abiertamente, pero también raras veces es afirmado o reafirmado sin ambages; la mayor parte del tiempo es silenciado o mencionado de paso como un mero rasgo secundario o facultativo. Pero, incluso cuando se lo reconoce explícitamente en la teoría, es neutralizado de inmediato con restricciones y reservas de diverso alcance y naturaleza, y su desempeño en la práctica social concreta deviene objeto de toda clase de acusaciones políticas y éticas.
Las más radicales restricciones son, desde luego, las planteadas en nombre de la Raison d’État: no conviene, o no se debe permitir, la crítica social en la esfera pública
a) porque los enemigos internos y externos de la Revolución podrían aprovecharla con fines propagandísticos, y/o
b) porque el conocimiento de ciertas verdades (dificultades y defectos de la realidad social) podría desorientar, confundir y desalentar al pueblo, que aún no tiene la preparación necesaria para asimilarlas [Nota bene: se trata del mismo pueblo cuya cultura política, madurez y lucidez ideológicas son presentadas como extraordinarias cuando es cuestión de destacar el carácter racional de su apoyo a la Revolución], y/o
c) porque cada nueva discrepancia crítica constituiría una heterodoxia, una disidencia que rompería la monolítica unidad ideológica de la nación, tan necesaria para su supervivencia.
Ahora bien, si se acepta que la crítica social en la esfera pública pone en peligro la seguridad nacional, al intelectual revolucionario, en la práctica, sólo le queda realmente, en el "mejor" de los casos, el silencio o el papel de apologista, cantor de lo positivo realmente existente, y, en el peor de los casos, el papel de idealizador e idilizador de la realidad social.
La Raison d’État dio origen al Síndrome del Misterio. Así bautizó el lenguaje popular cubano la tabuización de la investigación y la discusión pública de fenómenos sociales que encierran (o pudieran encerrar) algún elemento negativo endógeno. Esa tabuización, que ha existido con amplitud y rigor variables en los diversos períodos, penetró en las esferas más triviales de la vida cotidiana y llegó en ocasiones a extremos grotescos.
Muchas veces, para el intelectual, no es siquiera cuestión de hacer que el "pueblo", "el público", tome conciencia de un determinado fenómeno social negativo, sino simplemente de lograr que ese fenómeno, secreto a voces, sea discutido colectivamente en la esfera pública. Por ejemplo, la existencia de prostitución en Cuba fue uno de los grandes temas tabú: mientras a fines de los 80 casi todo el pueblo sabía de su abierta y creciente existencia en las calles, el discurso oficial seguía negando su existencia, y justamente del medio intelectual surgió el artículo testimonial que sacó a debate público el indeseable fenómeno. También gracias a la intervención de la intelectualidad artística, algo semejante está ocurriendo en nuestros días con otro tema tabú: la supervivencia del racismo en Cuba.
Conjuntamente o no con las antes mencionadas restricciones, al papel crítico de la intelectualidad en la esfera pública se le fijan límites relativos al dominio de acción de su competencia. Se afirma que la intelectualidad no debe ocuparse de intervenir públicamente sobre problemas sociales no estrictamente culturales o político-culturales, puesto que no es competente para ello, carece del conocimiento teórico y empírico de la realidad social concreta que es propio de los políticos profesionales y los "expertos" o "especialistas" en determinados problemas sociales.
Esta concepción, que refuerza y es reforzada a su vez por la ya señalada falta de interés de muchos de los propios intelectuales en la crítica social pública, dicta el perfil temático de las publicaciones culturales locales. Si se comparan las revistas culturales cubanas con sus homólogas de la antigua Europa del Este -por ejemplo, La Gaceta de Cuba con la soviética Literatúrnaia Gazeta-, salta a la vista el carácter estrictamente artístico-cultural de los temas abordados por las cubanas (salvo recientes excepciones), la ausencia en éstas de temáticas sociales -como la ecología, la educación, la moral, el modo de vida y, hasta hace poco, pero todavía presentes en grado mínimo, la religión, la raza y el género.
Adicionalmente, a menudo se afirma que, ya en el dominio estrictamente cultural, el intelectual debe ocuparse de intervenir críticamente sólo sobre obras literarias y artísticas particulares, y no sobre las instituciones culturales y sociales y su influencia en la producción, difusión y recepción de esas obras. En momentos en que cada vez más teóricos y críticos no marxistas de todo el mundo están reconociendo la esterilidad de una crítica "ergocéntrica" -esto es, concentrada en las obras como si éstas estuvieran suspendidas en un vacío comunicacional social- y la necesidad de investigar esas obras en el contexto de los procesos sociales de producción, difusión y recepción, en el seno del socialismo cubano se llega a esperar de la crítica marxista, entre otras, que no investigue los aspectos sociales de la comunicación social artística, que sea menos sociológica, es decir, que sea menos marxista o que deje de serlo.
El más frecuente modo de atacar las intervenciones críticas de la intelectualidad en la esfera pública no es, como sería de esperar, el señalamiento de las consecuencias negativas que supuestamente sus afirmaciones críticas pudieran tener, ni, mucho menos, la demostración del carácter supuestamente erróneo de esas afirmaciones, sino la atribución de condenables intenciones ocultas a sus autores: los intelectuales o parte de ellos son acusados de pretender convertir a la intelectualidad en la Conciencia Crítica de la sociedad, o sea, en la única, exclusiva conciencia crítica de ésta. Ello a contrapelo de algo obvio: que la intelectualidad podría aspirar a ello y lograrlo únicamente en una esfera pública en la que el resto de la sociedad no interviniera críticamente ni pudiera hacerlo; pero la intelectualidad, claro está, no tiene modo alguno de impedir tal intervención. Sólo la ausencia de actividad crítica pública por los otros sujetos sociales (clases, grupos, organizaciones políticas, medios masivos, etc.) puede hacer que la intelectualidad no sea una conciencia crítica entre otras, sino la conciencia crítica.
Otro modo frecuente de descalificar las intervenciones críticas de la intelectualidad es estigmatizarlas públicamente con el epíteto "hipercríticas", lo cual resulta legitimación suficiente para su exclusión de la esfera pública. En correcto español, "hipercrítico" se aplica a lo que contiene una crítica excesivamente minuciosa, escrupulosa o rigurosa. Si lo condenable del hipercriticismo no es la minuciosidad, la escrupulosidad y la rigurosidad en el análisis y la valoración críticos de la realidad social, debe ser entonces el grado excesivo de esas cualidades: el que ellas se presenten "en más cantidad que lo necesario o conveniente". O sea, que el criterio de la crítica social correcta no sería la verdad, sino la correspondencia de su grado de minuciosidad, escrúpulo y rigor a cierta medida de lo necesario o conveniente. Sin embargo, ninguna intervención crítica es estigmatizada como "hipocrítica" o "acrítica". No criticar del todo o criticar menos de lo necesario o conveniente no es motivo de condena y exclusión. Esto deja ver que el "cero", la total ausencia, es, en realidad, el grado ideal de crítica social. Ahora bien, una vez más, ¿quién, cómo y según qué criterios decide qué grado de rigurosidad crítica es necesaria o conveniente para la sociedad socialista? o, lo que es lo mismo, ¿cuánta verdad y cuánto silenciamiento de la verdad son necesarios o convenientes? ¿Y cuánto silenciamiento de la verdad da origen a una mentira por omisión?
Un recurso de invalidación similar al anterior, y a menudo asociado a él, es la falaz exigencia gnoseológica real-socialista del reflejo de la totalidad de la sociedad no ya por el conjunto de las obras de una cultura, sino por la obra literaria, artística o científico-social individual. Ésta ha de ser un microcosmos en el que no se puede omitir nada. Así, se condenan tajantamente las intervenciones críticas porque se concentran en revelar lo negativo y no presentan del todo o en su magnitud real (por su proporción estadística o su significación social) lo positivo que existe en la sociedad al lado de lo negativo criticado. Sin embargo, las mayoritarias intervenciones no críticas, o incluso absolutamente apologéticas, no son anatematizadas en modo alguno por concentrarse en lo positivo y no mostrar del todo o en su magnitud real lo negativo que sobrevive o surge en la sociedad al lado de lo positivo ensalzado.
Tal vez el más incapacitador de los ataques es el que se limita a señalar en la intervención crítica del intelectual alguna coincidencia con afirmaciones anteriores de contrarrevolucionarios externos o internos. Tampoco en este caso rige el principio de la correspondencia a la verdad, sino la "lógica" de lo que ya el propio Engels llamó burlonamente "política de Gribul", consistente en la supuesta obligación que tendría todo pensador marxista de afirmar automáticamente lo contrario de lo que haya afirmado cualquier autor no-marxista. Pero esta "lógica" también es aplicada retroactivamente: si algún enemigo declarado de la Revolución afirma públicamente que coincide en algo con una anterior intervención crítica del intelectual, o da alguna muestra directa o indirecta de aprobarla, ésta se convierte automáticamente en contrarrevolucionaria, independientemente del tiempo transcurrido desde su recepción inicial. Si lo políticamente correcto es lo contrario de lo que digan los enemigos, el intelectual revolucionario y su obra se ven sometidos a una azarosa y penosa dependencia intelectual respecto de la iniciativa de aquellos.
Otro modo de descalificar intervenciones críticas de intelectuales es culparlas de "indisciplina", de introducir anarquía y desorden en la vida social. Se llama a desatender el contenido de verdad de una intervención crítica por el mero hecho de que ésta ha violado las reglas pragmáticas no escritas, pero no por ello menos rigurosas, que deciden dónde, cuándo, cómo y ante quién no se debe plantear una crítica sobre determinados temas (e incluso quién no debe plantearla). Basta, por ejemplo, que haya sido realizada fuera del correspondiente círculo de autorizados, fuera de las instituciones o reuniones programadas, o por una persona (principiante o aficionado) no reconocida institucionalmente como una figura intelectual, o sin rodearla de rituales apologéticos "constructivos", o sin ofrecer ya lista la solución del problema planteado, para que se pueda desautorizarla de manera absoluta y declarar innecesaria -y también improcedente- toda respuesta a ella.
Un modo particularmente eficaz y socorrido de descalificar las intervenciones críticas es su presentación, patética y casi siempre melodramática y kitsch, como una "ofensa a la sensibilidad popular", una "herida infligida a las fibras más profundas del corazón de nuestro abnegado pueblo". Del mismo modo que en materia de comprensión de las obras se busca -como bien señala una célebre frase de Che Guevara-, "lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios", en materia moral y política sólo se busca lo que aprueba todo el mundo, que, en realidad, es lo que aprueban los funcionarios. Así, de repente la "sensibilidad popular", a veces desatendida por los mismos funcionarios en otros asuntos sociales, es presentada como la suprema e infalible instancia moral y política, aunque a menudo no es más que un constructo mass-mediático u oratorio que encarna lo que los funcionarios consideran que el pueblo tiene el deber de sentir sobre tal o cual asunto.
Por último, cuando la argumentación crítica del intelectual se realiza, de manera muy visible y consecuente, desde el punto de vista de los principios e intereses de la Revolución y con una impecable lógica marxista, entonces es posible que se recurra a un mecanismo neutralizador de emergencia: en vez de discutir públicamente sus afirmaciones, de impugnarlas con las armas intelectuales del marxismo, se acusa al autor de estar simulando que es revolucionario o marxista, de disfrazarse con una fraseología marxista, con lo cual se da por zanjada la parte intelectual del asunto y se hace el correspondiente daño moral a un verdadero revolucionario o marxista.
Ahora bien, la actividad crítica del intelectual en la esfera pública no sólo es combatida directamente, sino también por vías indirectas. Una de ellas es la administración de la memoria y el olvido. En cada período se trata de borrar (minimizar, velar) de la memoria colectiva cultural todo lo relativo a la actividad crítica del intelectual en el período anterior: ora el recuerdo de las formas que asumió, las vías que utilizó, los espacios en que se desarrolló y las personalidades concretas que la ejercieron, ora el recuerdo de cómo se la combatió, reprimió o suprimió, y quiénes fueron sus antagonistas (lo cual, en la incierta primera mitad de los 90, vino a facilitar el "lavado de biografías", el "travestismo ideológico" y el "reciclaje" de personajes de línea dura).
Así pues, empleando convencionalmente la nada exacta designación de los períodos con números redondos, podemos decir que las intervenciones y espacios críticos de "los 60" (1959-1967) fueron borrados en "los 70" (1968-1983); los "errores" políticoculturales cometidos contra esas intervenciones y espacios en "los 70", fueron superficialmente reconocidos e inmediatamente borrados en "los 80" (1984-1989); y, por último, las nuevas intervenciones y espacios críticos de "los 80" fueron borrados en los 90. Los modos de operación han ido desde la burda exclusión de diccionarios y textos históricos hasta la sutil aceptación inmediata, en "los 80", de la eufemística denominación "quinquenio gris" (1971-1975) para el período de autoritarismo y dogmatismo que, por una parte, se extendió por unos quince años, aproximadamente desde 1968 hasta 1983, y, por otra, fue negro para muchas vidas y obras intelectuales.
No es, pues, casual que las intervenciones críticas de "los 80" hayan realizado un empeño de rescatar la memoria de sus precedentes de "los 60" como una tradición interrumpida. También el rescate de la memoria de la joven plástica y demás manifestaciones críticas de la intelectualidad de "los 80" deberá formar parte de la tan necesaria anamnesis histórica de la intelectualidad cubana, frente a aquellos que se esmeran en hacer realidad lo que proclamaba desde su título aquel viejo libro de Aldo Baroni: Cuba, país de poca memoria.
Idéntico sentido que esa administración de la memoria y el olvido tiene el hecho de que, del corpus de la producción intelectual de la Europa oriental socialista que se ha presentado al público cubano, se han excluido a priori o expulsado a posteriori las obras que encarnan una tradición intelectual socialista de crítica de la realidad social del socialismo realmente existente: desde los textos satíricos de Maiakovski hasta los de Stratíev, desde los ensayos políticos de Trotzki hasta los de Adam Schaff o el primer Rudolf Bahro.
Otra vía indirecta, pero sumamente efectiva, de lucha contra la intervención crítica de la intelectualidad es el atizamiento y propagación del antiintelectualismo, ya preexistente en la cultura cubana, pero avivado y difundido con fines políticos.
En efecto, ya en 1925, en su ensayo "La crisis de la alta cultura en Cuba", el destacado pensador cubano Jorge Mañach, al enumerar los factores responsables de aquella crisis en la joven República, señalaba que en el pueblo, en "todas las clases no intelectuales de la Nación", existía "una sorda antipatía, un irónico recelo", una "actitud de displicencia y hasta de menosprecio hacia las inquietudes intelectuales". Y observaba: "No sólo entre el pueblo bajo, sino hasta entre la burguesía, el ser o parecer ‘intelectual’ es una tacha".(11) En esta temprana "tradición" se manifestaba la influencia del antiintelectualismo, diverso pero profundo, de dos culturas, la española y la estadounidense, que participaron en la génesis y la evolución de la cultura cubana.
Así, en los "70" la imagen del intelectual en la cultura masiva (canciones, telenovelas, espectáculos cómicos, etc.), se tornó más ridícula y antipática, no sólo como tipo no popular, sino, en general, como personaje carente de "cubanía" (ajeno a la realidad social, al pueblo, al trabajo duro; aristocrático, pomposamente retórico y pedante).
Si "las masas", "el pueblo", habían sido construidos alguna vez como el Otro de la élite intelectual -el término definitorio en la oposición-, y, por ende, primitivo, obtuso, irracional, etc., es la "élite" intelectual la que fue construida entonces como el Otro del "pueblo", y, por ende, extravagante, amoral, extranjerizante.
Aprovechando las ideas morales reinantes en amplios sectores populares, la homofobia (más exactamente, la gayfobia) y la hostilidad e intolerancia hacia toda diferencia en el modo de vida (y, por ende, hacia todos los signos de originalidad en el vestir, etc. tan frecuentes entre los intelectuales), se operó una identificación de intelectualidad, homosexualidad, "extravagancia" y no confiabilidad política y moral. Ya Pierre Bourdieu ha llamado la atención sobre "el antiintelectualismo viril" y "la tendencia de las fracciones dirigentes [de la clase dominante] a concebir la oposición entre ‘el hombre de acción’ y ‘el intelectual’ como una variante de la oposición entre lo masculino y lo femenino". (12)
El internacionalmente conocido film cubano Fresa y chocolate [1993] -al que en Cuba le ha sido vedada hasta hoy la difusión nacional televisiva- puede ser visto también como una respuesta artística tardía de la intelligentsia nacional a la gayfobia y, en general, la "alofobia" moral e ideológica realmente existentes en el seno del pueblo, pero atizadas y dirigidas en los 70 contra la intelectualidad como un todo (13) (se recordará el peso de lo intelectual y la cultura en la imagen del protagonista homosexual, así como el carácter de iniciación cultural que reviste su relación de amistad creciente con el joven comunista heterosexual).
Ahora bien, portadores de ese antiintelectualismo son no sólo gran parte de los políticos y de las capas populares: también en nuestro país se ha hallado un buen número de los que Leszek Kolakowski ha llamado "intelectuales contra el intelecto". Sin embargo, la explicación que de su surgimiento ofrece Kolakowski -una sensación de "desarraigo", de no integración, y la derivada necesidad de una sensación de compromiso total o de una conciencia de pertenencia- no parece válida en este caso.(14) Más apropiada parece la explicación que de ese "anti-intelectualismo desde adentro" ha ofrecido Bourdieu: el resentimiento y "la violencia del amor desilusionado" que surge en intelectuales mediocres "cuando el relativo fracaso viene a condenar sus aspiraciones iniciales a propósito de una cultura de la que ellos esperaron todo". (15)Así lo indica el hecho de que el auge del antiintelectualismo en el medio cultural coincide con el período que ya muchos han descrito como el de "la mediocracia", el "ascenso de la mediocridad al poder", etc.
Tan profundo éxito y arraigo tuvieron esas campañas antiintelectuales que todavía en 1992 el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba hubo de emitir un documento dedicado en gran parte a criticar los "prejuicios anticulturales" y a las personas que provocan la hostilidad y desconfianza del pueblo hacia los intelectuales. (16)
Ahora bien, en sus respectivos momentos de incidencia en la esfera pública la mayoría de los intelectuales críticos cubanos ha creído más que muchos políticos en la capacidad del socialismo para soportar la crítica abierta. Más aún, la han considerado, no una amenaza para el socialismo, sino su "oxígeno", su "motor": una necesidad para la supervivencia y salud del proceso revolucionario. En su convicción, la crítica social sólo puede ser una amenaza cuando se la silencia o incluso se la desalienta con represalias administrativas o de otra índole, cuando se la confina a un enclave gremial o institucional cerrado, cuando se la coloca en un vacío comunicacional bajo una campana de vidrio, y, sobre todo, cuando no se le responde, o cuando, incluso reconocida como acertada, no es tenida en cuenta en la práctica política. Para ellos, lo que confirmaron los procesos que llevaron al derrumbe del campo socialista no fue -como piensan muchos políticos, burócratas, tecnócratas y econócratas- que la crítica social de los intelectuales determina la erosión y caída del socialismo realmente existente, sino que el silenciamiento, confinamiento y desdeñamiento de la crítica social realizada por la intelectualidad y el pueblo en general permite que los problemas sociales y los correspondientes malestares crezcan, se multipliquen y se acumulen más allá de lo que una tardía apertura del debate crítico público podría enfrentar.
La suerte del socialismo después de la caída del campo socialista está dada, más que nunca antes, por su capacidad de sustentar en la teoría y en la práctica aquella idea inicial de que la adhesión del intelectual a la Revolución -como, por lo demás, la de cualquier otro ciudadano ordinario- "si de veras quiere ser útil, no puede ser sino una adhesión crítica"; por su capacidad de tolerar y responder públicamente la crítica social que se le dirige desde otras posiciones ideológicas -las de aquellos "no revolucionarios dentro de la Revolución" a quienes se refería la célebre máxima de 1966-; por su capacidad, no ya de tolerar, sino de propiciar la crítica social que de su propia gestión se hace desde el punto de vista de los mismos principios, ideales y valores que proclama como propios, esto es, de ser el mecenas de la crítica socialista de su propia gestión; en fin, por su capacidad de asegurar que el intelectual, para publicar la verdad, no tenga que apelar al "samizdat" o al "tamizdat" (17), esferas públicas diaspóricas y otros espacios culturales y mecenazgos extraterritoriales, ni vencer las "dificultades al escribir la verdad" señaladas por Brecht en su célebre artículo de 1935. (18) Pero mientras esta capacidad se vea dañada por la acción de las fuerzas políticas hostiles a la crítica social, el intelectual, para vencer esas dificultades, tendrá que dar muestras de las correspondientes cinco virtudes brechtianas: el valor de expresar la verdad, la perspicacia de reconocerla, el arte de hacerla manejable como un arma, el criterio para escoger a aquellos en cuyas manos ella se haga eficaz, y la astucia para difundirla ampliamente.


Notas
(1). The role of the intellectual in the public sphere, Beirut, Lebanon, 24, 25 February 2000: Reader, Prince Claus Fund, The Hague, Holanda, p. 3.
(2). Fidel Castro, Palabras a los intelectuales, Ediciones del Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1961, p. 11.
(3). En octubre de 1977, en su discurso de clausura del Segundo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (desde el primer congreso habían pasado ya dieciséis años), Armando Hart, entonces Ministro de Cultura, observaba lo siguiente: "Las deficiencias, dificultades y los logros que han existido durante el período comprendido entre el Primer y el Segundo Congresos de la UNEAC, están en parte relacionados con la mayor o menos comprensión que cada cual ha tenido de la esencia más profunda de las palabras de Fidel cuando, en pensamiento que todo lo sintetiza, proclamó: ‘Dentro de la revolución todo, contra la Revolución nada’, o cuando dijo: ‘El arte es un arma de la Revolución’." (Armando Hart, Del trabajo cultural. Selección de discursos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, pp. 142.
(4). "Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba", en: R. Fernández Retamar, Ensayo de otro mundo, Instituto del Libro, La Habana, Cuba, 1967, p. 186.
(5). Ob. cit., pp. 178-179.
(6). Ob. cit., p. 179.
(7). "Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura", en: Casa de las Américas, La Habana, núm. 65-66, pp. 17.
(8). Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba, Ediciones R, La Habana, 1965, p. 49.
(9). Gerardo Mosquera, "Crítica y consignas", La Gaceta de Cuba, La Habana, noviembre de 1988, p. 26.
(10). Gerardo Mosquera, "Trece criterios sobre el nuevo arte cubano", La Gaceta de Cuba, junio de 1989, p. 24.
(11). Jorge Mañach, Ensayos, Letras Cubanas, La Habana, 1999, pp. 32 y 33.
(12). Pierre Bourdieu, La distinction: Critique social du jugement, Éditions du Minuit, París, 1979, pp. 361-362.
(13). "Los medios culturales no pueden servir de marco a la proliferación de falsos intelectuales que pretenden convertir el esnobismo, la extravagancia, el homosexualismo y demás aberraciones sociales, en expresiones del arte revolucionario, alejados de las masas y del espíritu de nuestra Revolución." "Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura", en: Casa de las Américas, La Habana, núm. 65-66, pp. 16.
(14). Leszek Kolakowski, Intelectuales contra el intelecto, Tusquets Editores, Barcelona, 1986, p. 112.
(15). Pierre Bourdieu, Les règles de l’art: Genèse et structure du champ littéraire, Éditions du Seuil, París, 1992, p. 388.
(16). La cultura cubana de hoy: temas para un debate, documento aprobado por el Consejo Nacional de la UNEAC el 26 de mayo de 1992, pp. 5-8.
(17). "Tamizdat", neologismo ruso, construido por analogía con "samizdat" a partir de "tam" ("allá") e "izdat" (apócope de "izdatelstvo", "editorial"). Designa las ediciones norteamericanas, euroccidentales, etc. de textos de autores soviéticos y de otros países del bloque socialista que, por decisiones gubernamentales, no podían ser publicados en sus respectivos países de origen.
(18). Bertolt Brecht, "Fünf Schwierigkeiten beim Schreiben der Wahrheit" (1935), Schriften zur Literatur und Kunst, Aufbau-Verlag, Berlín y Weimar, 1966, tomo I, pp. 265-290.

martes, 24 de abril de 2007

“Sentidos y fronteras: notas sobre un debate impostergable”

Por Armando Chaguaceda

Varios amigos me han compulsado a escribir estas líneas. Ellas condensan ciertas ideas planteadas por mí en los debates realizados, durante las semanas pasadas, en sendas instituciones habaneras, en torno al mentado “caso Pavón”. Algunas de estas reflexiones abarcan asuntos globales -como la necesidad de un análisis estructural de nuestra sociedad y sus procesos-, otras abordan temas puntuales que ejemplifican los fenómenos de opinión, información y participación que en nuestro entorno nacional se desarrollan. Por ello este texto, que carece de la bella prosa y el personal sello anecdótico de los de otros compañeros, pretende mantener cierto equilibrio entre la extensión, la profundidad y la comprensión. De tal suerte, ejemplo aludidos por mí (el acotado y falso sentido crítico de alguna producción televisiva, la publicación o censura de ciertos libros, entre otros) se reflejan con más vivacidad en las grabaciones que, como una bendición, ya pasan de mano en mano en estos momentos y a las que este autor espera, paciente y agradecido, tener acceso.

Comenzaré por un tema que parecer ha provocado cierto interés en los auditorios: mi alusión a lo estructural dentro del debate. Cuando refiero la urgencia de analizar asuntos como el que nos ocupa en un sentido estructural apunto la necesidad de comprender que elementos institucionales, normativos, culturales e ideológicos, entre otros, definen esencialmente al tipo de sociedad en el cual vivimos, la distinguen de otras y hacen posible que, amén los matices de los tiempos y personalidades, fenómenos como los aludidos en el debate se reproduzcan periódicamente. Por ello, definamos cómo lo coyuntural y contingente solo pone en movimiento todas las dinámicas de la estructura, para luego poder entretenernos en el estudio de casos puntuales. No importa que comencemos por la anécdota o el suceso y no temamos aludir a las desgarraduras y trances personales, porque estos son los que expresan, de forma vívida y concreta, las historias personales que dan carne, otorgan sentido y compulsan la acción, desterrando el silencio, en los involucrados en este debate. Pero solo si no nos quedemos allí, si desentrañamos la esencia del asunto, podremos conseguir tres metas a mi juicio fundamentales: la definitiva compensación de los agraviados, el justo emplazamiento de los culpables y la superación del orden de cosas que permite estas afrentas.
En ese sentido en nuestro país algunos continúan desconociendo que el modelo extendido durante la segunda mitad en el siglo XX (el socialismo de estado) compartió elementos centrales -y no meramente coyunturales - en todas sus experiencias particulares, los que se concretaban como los provectos históricos de cada pueblo y país. Estos, en su maduración, tendieron a hacerse más semejantes entre sí, introduciendo dinámicas evolutivas similares sin obviar que cada los rasgos de cultura e historia particulares impiden prefigurar plazos y destinos idénticos en todos los casos. Entre las características de este modelo encontramos un predominio (y en ocasiones casi absolutización) de lo estatal, algo muy visible en los predios económicos, y su confusión con lo público, el virtual ensamblaje partido-estado, el papel central de la burocracia como agente (grupo, clase o capa?) dominante en el entramado institucional, el control gubernamental de las instancias fundamentales de participación, información y expresión ciudadanas, una tendencia a la protección social y la igualación material de los sectores trabajadores, la generalización de estándares educativos y sanitarios decorosos, la promoción oficial de un tipo de personalidad formalmente ajena al lucro mercantil y guiada por principios colectivistas, entre otras. Si no entendemos esto no comprenderemos el tipo de relación existente entre nuestra prensa y el aparato ideológico partidista, las relaciones de subordinación y el rol instrumental que se le asigna la primera en el ordenamiento social encuadrado por el segundo.
Otro asunto que debiéramos valorar (y que me inquieta) es la idea de cuales son los debates pertinentes – en que tiempo, forma y lugar- y cuales no lo son. Porque según creo nadie tiene el monopolio del debate, de los sentidos y alcances de este, y mucho menos si ese monopolio de su usufructo y administración no ha sido definido de manera democrática. Convengamos que sea posible consensuar la pertinencia de ciertos espacios, temas y enfoques en coyunturas puntuales. Pero eso es muy distinto a acotar, indefinidamente y sin mandato expreso, que cosa es “conveniente” o “legítimo” sin haber definido (o relegitimado periódicamente) de manera colectiva las reglas del juego y los actores encargados de hacerlas cumplir.
Así todos aquellos que, poseyendo un mínimo de posibilidades de información y expresión sobre el tema, actuamos en la llamada “esfera pública”[1], tenemos responsabilidad tanto en los cauces previsibles de este debate como en las determinaciones que dieron origen y reproducen a los problemas que plantea. En un sistema social como el nuestro, con una lógica de integración y ordenamiento tan centralizadora, vertical y sistemática, resulta cuando menos ingenuo suponer que alguna política en el campo de la cultura (como en los otros) responde exclusivamente a la impronta de los ejecutores. En cuestión de diseño y conducción sociales se es responsable por acción o por omisión. Lo cual no equivale a decir todas las instituciones y dirigentes, en todos los niveles, deben conocer los excesos o desatinos puntualmente producidos en el último rincón del país pero si las “anomalías” (represiones legal y moralmente injustificables, acotamiento del disenso sistémico, etc) que, en su reiteración, apuntan a convertirse en tendencia o regularidad.
Pero no se trata de decir, simple y oportunistamente, que los “pobres intelectuales” hemos sido solo víctimas de los “pavonatos”, y no también, en muchos casos, cómplices mediante el silencio, la cooptación o lo que resulta más perverso, la represión de nuestros propios colegas. Siempre he creído que quien, conociendo las especificidades y potencial de nuestro grupo social, congela las demandas, alertas o sentires (que a veces son suyos) de sus colegas e impide la articulación de un diálogo con los centros decisores, y hace todo ello por preservar un carro, una casa y un viaje al extranjero, es peor que el funcionario, hijo de una tradición antiintelectualista,[2] que recela de nosotros. Actitudes como esta pululan entre quienes formamos parte de la intelectualidad[3] y, en muchos casos, de los tan famosos Aparatos Ideológicos del Estado.
Sin embargo se pudiera argumentar que resulta injusto y desproporcionado cargar culpa de “su ignorancia” a la mayoría de los trabajadores que entregaban lo mejor de su vida a la construcción de un proyecto socialista sin conocer lo que pasaba a su alrededor y a los cuales nadie informó que estaba pasando. Precisamente por eso y para que ello no ocurra más se necesita socializar, en lenguaje claro y preciso, la esencia de este debate y sus implicaciones, en los medios de prensa impresa, los únicos accesibles a la inmensa mayoría de la población. Si no lo hacemos se corren varios riesgos de enormes consecuencias para el futuro del proyecto socialista. Entro estos se encuentran la posibilidad de que la memoria histórica siga siendo periódicamente escamoteada (lo que sienta las bases para una reapropiación casi monopólica desde la derecha, perfectamente previsible), que la integridad gremial sea siempre precaria (en difícil balance entre la valentía de algunos, el silencio de otros y la tolerancia institucional) y que las responsabilidades sean definidas no solo en pretérito.
Para ello este pueblo parece estar preparado, como lo demuestran las sucesivas y exitosas ediciones de la Feria del Libro, nuestros paradigmáticos festivales de Cine, Teatro y tantos otros foros de intercambio entre la gente y sus creadores. Lo que no es sostenible, por hipócrita, es que al mismo tiempo que se proclama nuestra apuesta por tener el “pueblo más culto del mundo”, aseveración que en ocasiones se asume convenientemente como realidad, se escamotee a esos ciudadanos el derecho a la información de asuntos que suceden alrededor de nuestros barrios y en el corazón mismo de la nación, no en Miami ni Estocolmo.
Un programa mínimo, modestísimo, que evidenciase que esta no es otra escaramuza estéril en la larga contienda entre dogmatismo y revolución en los últimos 50 años, implicaría acabar de dar cuenta de este debate por ejemplo, en Hurón Azul, en las culturales del Noticiero y/o en las páginas afines de Juventud Rebelde o Granma[4], por solo mencionar unos ejemplos. No necesitamos ni que estas convocatorias sean un espacio de catarsis y/o monitoreo, prudentemente segmentado, ni que sea la prensa extranjera o radio-bemba la que de cuenta en nuestros barrios y al mundo de la existencia de este debate, introduciendo distorsiones tan estrambóticas como nocivas.[5] Y si las instituciones correspondientes no informaran al pueblo de esta discusión que respondan bajo que directiva, autoridad y argumento escamotean estos acontecimientos y que asuman (en la figura de sus directivos) la responsabilidad política y moral de dejar la única versión disponible en manos de las emisoras foráneas y, lo que es peor, de las contrarrevolucionarias.
Esta discusión evidencia que hoy se confrontan, dentro del campo revolucionario, al menos dos culturas políticas de la participación y discusión colectivas, enmarcadas en referentes generacionales, territoriales y organizacionales de diverso signo. Una reduce el participar a la movilización y el debate a la recepción pasiva de información previamente dosificada y filtrada, identifica al sujeto como masa y subordina la acción colectiva al pasivo cumplimiento de tareas y planes emanados de la institucionalidad estatal. Otra apuesta por expandir espacios y comportamientos autónomos (muy diferentes a la ruptura o subordinación) y al diálogo responsable y simétrico, nos reconoce como ciudadano(a)s y promueve una lógica de cooperación entre las diferentes comunidades y el estado. Tendencia esta última que ni trata de circunscribir la función de las organizaciones sociales a meras “correas de trasmisión” ni promueve una falsa idea liberal de dicotomía y enfrentamiento entre una sociedad civil, supuestamente homogénea, democrática y virtuosa, y un estado per-se ineficaz, inútil e intrínsecamente perverso.
Si alguien piensa que dispone un cheque en blanco, ilimitado, para postergar la solución entuertos una y otra vez repetidos, denunciados y sufridos, se equivoca. La maravillosa oportunidad que nos ofrece el hecho de que todavía el imaginario revolucionario, esto es la simbiosis de libertad[6], justicia social, independencia y desarrollo autóctonos, convoque a lo mejor de nuestra juventud culta no debe desaprovecharse. De hecho ya son constatables transformaciones dentro de la cultura política de ciertos estratos poblacionales que hacen temer por la proliferación de una filosofía de liberalismo cotidiano (silvestre como el romerillo, diría el colega y amigo Julio Antonio. Fernández), hermanada con las prácticas de resuelve y déjame a mi, vive y deja vivir, aparenta y sube, etc. Torceduras que en nuestro panorama intelectual se concretan en las hornadas de jovencitos cínicos, empresariales y asépticos que no pocos escenarios y colegas parecen estar, contrario sensus a lo declaratorio, aupando eficazmente.
En esencia creo que debemos congratularnos por esta activación del debate entre los creadores artísticos y que este reivindique la posibilidad de pensar y hacer un proyecto de país diferente dentro de nuestra mejor tradición socialista. Ello rescata una vieja tendencia de civismo, de compromiso con la cosa pública que rebasa las autodefensas gremiales y las poses ilustradas. Herencia que, como recordé en mis intervenciones de Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte, ha estado bastante ausente en los reiterados avatares (supresión de colectivos y publicaciones, silenciamiento de algunos autores) sufridos por las ciencias sociales cubanas y ante los cuales la proyección solidaria ha sido eludida en nuestros espacios institucionales y poco visible en las redes de colegas. A esa actitud, hija de la mejor eticidad vareliana, martiana y republicana, creo que debemos rendir homenaje precisamente con nuestro involucramiento, decidido y responsable, en este debate. Después de todo las fronteras de lo posible, aun si no alcanzamos a ampliarlas, se mantienen donde precariamente están gracias a nuestro empuje, por débil e ineficaz que este parezca ser. Si abandonamos este empeño el que nos garantiza que el espacio ganado no comience a sufrir un perverso y paulatino estrechamiento….
Un ejemplo: el “caso Telesur.”
En los escenarios del actual debate aludí a un ejemplo que ha suscitado no pocas interrogantes, previas incluso a mi intervención, en espacios en que he podido compartir con mis estudiantes, colegas y vecinos. Es un asunto que revela, a mi juicio, las estrecheces derivadas de una noción instrumental y sesgada de la información, el daño de los silencios, las censuras y las omisiones.
Desde hace casi dos años las audiencias progresistas de América Latina están de fiesta. La posibilidad de conocer (y difundir) las verdades del subcontinente, los esfuerzos, dificultades y acechanzas de nuestras luchas por “otro mundo posible” se han visto coronadas con la existencia de una señal televisiva alternativa a los discursos light y manipuladores de los grandes medios. Telesur llegó para ser, de alguna manera, la Al Jazeera de pobres y progres. En Cuba, unida por razones profundas al destino del movimiento revolucionario mundial, el compromiso con este proyecto se tradujo en un involucramiento activo mediante el soporte técnico, al apoyo con personal calificado y el diseño de las líneas de trabajo. De tal suerte era lógico que los cubanos nos creyésemos privilegiados para acceder a la señal telesureña y ansiáramos disfrutarla cuanto antes, pero.....
No ocurrió así. Desde el principio (y sin señales de cambio en la tónica) Telesur entra en nuestros hogares poco menos de dos horas al día, mediante una selección hecha
no sabemos por quien. Para colmo y como insulto a nuestra capacidad de escoger y discernir, todos los anuncios de programación nos presentan este espacio como “lo mejor de Telesur”. A raíz de esto varios compañeros realizamos, desde el comienzo, indagaciones para conocer el porque de asunto.[7]
Podemos intentar hacernos algunas preguntas. No asistiremos a aquello que refiriese una vez el Che sobre la entronización de una visión burocrática de lo cultural que resulta, al final, lo que ciertos funcionarios entienden por tal? Acaso presenciamos otro síntoma de heterofobia, de miedo a lo diverso (aunque sea de izquierda), de rechazo a lo otro, a todo lo que no sea previsto, diseñado, controlado y difundido en los grises cauces del pensamiento dogmático?

Si persiste el argumento de la imposibilidad técnica entonces tenemos algunas otras interrogantes. Si está el espectro radioeléctrico cubano regido por el estado, lejos del control de esas mafias corporativas interesadas en difundir una cultura del consumo y enfrentadas a cuanto actor de izquierda exista o despunte, si no sufrimos el monopolio mediático de CNN, Fox News o ABC, si no tenemos dentro del país a una burguesía capaz de inundarnos las estaciones y las conciencias con sus discursos, qué nos amenaza? Y cuando la voluntad estatal ha estado presente no se han hecho importantes erogaciones para, por ejemplo, trasmitir una Olimpíada desde el otro lado del mundo?
No es acaso lícito, saludable y hermoso que la gente conozca que existen diferentes discursos de izquierda, que nadie tenga el monopolio de la “verdad”, y que todos disfrutemos del derecho a conocernos mejor y aprender de las practicas y sentires del compañero quiteño, chiapaneco o bonaerense? Será tan subversivo que nuestros adolescentes conozcan de las marchas estudiantiles, nuestros trabajadores de la autogestión obrera, nuestras mujeres de la lucha contra la discriminación patriarcal y nuestros ciudadanos del ecologismo de izquierda?
Quién considera problemática o cuestionable el difundir las plurales experiencias de resistencia y autoorganización populares? Será más aséptica e inofensiva la carga que difunden no pocas de nuestras Películas del Sábado, la influencia que recibe la nutrida concurrencia a los bancos clandestinos de video (donde precisamente no abundan las excelencias del Canal Educativo) o la difusión de las tendederas de TV cableada, realidades que se han tratado de revertir con arremetidas tan periódicas como ineficaces?

Esta Revolución nació diciendo a la gente lee y no cree. Si queremos mantener vivo ese espíritu, si confiamos en las inmensas capacidades que este proceso anticapitalista de transformación colectiva ha potenciado en nuestra gente, si reservamos algún espacio para el compromiso y no la resignación, la libertad y no el recelo, la verdad y no la simulación, la frescura de soñar con un mundo mejor y no la entronización del dogmatismo burocrático, debe exigirse el derecho a ver realmente Telesur. El propio Chávez, en reiteradas intervenciones, ha convocado reiteradamente a los pueblos a que exigiesen a sus gobernantes la transmisión de sus espacios, lo que nos inspira a perseverar, muy lejos del temor y del cansancio.
Siempre he defendido, ante la crítica de algunos conocidos, la idea de que la televisión cubana es, en términos generales, clasificable como aceptable. Porque es una televisión no mercantil con marcado sentido educativo y variedad temática (de ciencia y técnica, historia, culturales, de orientación social, etc.), que procura equilibrar cuidadosamente disímiles intereses. Y que presenta (a pesar de frecuentes y no siempre añoradas repeticiones) una factura nacional bastante decorosa en cantidad y calidad, lo cual es mérito de creadores y actores decididos a entregar lo mejor de si en un contexto triplemente presionado por las restricciones, materiales y ciertas, del bloqueo, por nuestras propias inercias y limitaciones burocráticas, así como por las tentaciones de acceder al éxito individual allende el Estrecho de la Florida.
Pero no tenemos todavía una televisión pública. Porque el empleo preciso y acertado de este término presupondría una televisión donde no estén presentes ni la dominación de la propaganda mercantil ni la hegemonía estatal absoluta, un espacio donde los ciudadanos, a través de sus múltiples comunidades laborales, territoriales y/o asociativas intervienen de forma activa y protagónica en la elaboración, selección, control y discusión de los contenidos y, en un plano más general, de la política del medio, en conjunción con los entes estatales encargados de tales actividades.
Postscriptum
Ofrezco por ahora estas líneas aunque no (al menos eso espero) mis contribuciones a esta auténtica tribuna abierta y sus implicaciones. Cuando acometía su revisión el canal Educativo estrenaba en TV Páginas del Diario de Mauricio, un filme a mi juicio profundo y estremecedor, suerte de homenaje a la épica y el compromiso que sin concesiones al facilismo y el teque, rescata el lugar de los que decidieron defender una Cuba distinta al contagio neoliberal, una nación donde los proyectos personales y los colectivos sean copulen alegremente, donde la consecuencia y la solidaridad no destierren la creatividad, el respeto al otro y la capacidad de adaptarse (no pasiva ni acríticamente) a los cambios de época. Bienvenida esta decisión, que solo espero se acompañe con la demandada puesta en pantalla de Fresa y Chocolate, Madagascar, Alicia... y tantos otras crónicas de nuestro pasado-presente.
Lo que subyace de fondo en la polémica de hoy es la necesidad de un debate social que redefina, de forma madura y responsable, el carácter auténticamente público de nuestros órganos y políticas de información y la capacidad de los ciudadanos (y no de lobbys empresariales ni burocracias) para incidir participativamente en el diseño y control de las agendas temáticas. Aún necesitamos, a casi 50 años del inicio del proceso revolucionario, de una definición más exacta y completa de una política de producción y difusión colectiva de ideas, alternativa a las fallidas experiencias históricas del capitalismo o del socialismo de estado. Esto va más allá de un reclamo intelectual o político, es un asunto de mera decencia pública. Y en el socialismo los medios y los fines no pueden separarse ni siquiera una pulgada.
Alamar, la Habana, marzo de 2007.
[1] Concepto tan manido y que merecerá un debate en nuestro contexto, para el cual algunos compañeros estamos compartiendo y elaborando algunas reflexiones.
[2] Consultar al respecto el ilustrativo texto de Zygmunt Barman Los intelectuales en el mundo postmoderno, insertado en la obra El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica en Criterios, compilación a cargo de Desiderio Navarro, publicada por el Centro Criterios en el 2007.
[3] Entendida como “[...] una capa social caracterizada por dimanar de la división social del trabajo y reunir al conjunto de posiciones socioestructurales donde predominan los gastos mentales en la realización del contenido de trabajo”. Ver “Reajuste económico y cambios estructurales”, revista Cuba Socialista, n. 21, “Un debate cambios en la estructura socioclasista en Cuba”, 2001.
[4] No es sostenible el argumento de la falta de papel y espacios cuando, por ejemplo, el magazín de la UJC ofrece excelentes coberturas a agudos problemas de nuestra realidad y el diario oficial de nuestro PCC dedica extensos espacios a reproducir fragmentos de textos publicados sobre temas harto conocidos de nuestra historia reciente.
[5] Resulta ilustrativo el comentario que me hizo un vecino de mi barrio, personaje digno de figurar en el elenco del cortometraje Utopía el cual, días después de leer la críptica nota de la UNEAC, me dijo “oye asere, es verdad que hay tremenda jodedera ahí con unos correos que los intelectuales están pasándose y criticando cosas”. O el de un amigo residente en el exterior “dime si es cierto que comenzó una perestroika en la isla”. A ambos he tenido que explicarles mis visiones acerca de las verdaderas motivaciones y alcances del presente debate.
[6] En ese sentido Karl Polanyi nos recuerda que “Las instituciones encarnan las significaciones y los proyectos humanos; no podemos hacer efectiva la libertad que deseamos a menos que comprendamos lo que significa verdaderamente la libertad en una sociedad compleja. Desde este punto de vista institucional la reglamentación extiende y restringe a la vez la libertad; lo único que tiene sentido es la evaluación de las libertades perdidas y de las libertades ganadas, y esto tanto para las libertades jurídicas como para las libertades efectivas”. Consultar “La gran transformación. Critica al liberalismo económico”, Ediciones La Piqueta, Madrid, 1989, Pág. 396-397.



[7] En agosto del 2005 nos comunicamos con la Dirección de Opinión Pública de la televisión cubana (entonces teléfono 55 40 41) donde se nos dijo que Telesur se transmitía íntegramente, evidenciando una falta elemental de información que nos encargamos de enmendar. Seguidamente contactamos con la Vicepresidencia de Programación (teléfono 55 40 59), donde se nos explicó que la dificultad residía en la capacidad de los transmisores de cubrir el área del Caribe y no en un tiempo o contenidos limitados exprofeso. Con posterioridad hemos recabado información adicional sin éxito alguno.

lunes, 23 de abril de 2007

Si de injertar valores se trata somos una juventud diferente

Por Marileisy Castillo Garcia
Si de injertar valores se trata somos una juventud diferente. Algo así como varios factores obstruyendo la aspiración de convertirnos en la continuidad revolucionaria. Diría que existen varios puntos esenciales que llaman al porqué de la marcada diferencia, si bien es comprendido que cada generación tiene atributos específicos la nuestra en especial lleva a cuestas muchas de estas particularidades.
Jóvenes que no conocieron -como bien nos comentaba Lage – los momentos de considerable fecundidad económica del socialismo cubano, que nacieron y les tocó vivir en pleno periodo especial muchas veces pueden preguntarse el por qué de un sin número de conceptos que a diario merodean, dígase socialismo, comunismo, independencia. Para nosotros la revolución siempre ha estado hecha, siempre hemos tenido a un líder y una escuela. Para nosotros un gobierno dependiente de la política norteamericana, una huelga o frases como “Muero por la Revolución” son solamente reales a través de los libros de historia de Cuba, sin más recursos para saber si hubiéramos sido un Mella o un José Antonio que los valores en los que nos hemos formado y dictan arrojo, explosión muchas veces alejada de verdadera conciencia.

Hablar de juventud sin paralelizar cognición revolucionaria en estos tiempos es una causa de antemano perdida y no queda ahí, ¿Como demostrar a un joven que hoy pertenezca a la UJC (incluso a los que comparten la edad pero no la organización) que el socialismo es la opción más inteligente? Hay que estar convencidos de tener los argumentos necesarios para demostrárnoslo a cada instante, esa no es tarea ocasional, sino más bien cotidiana. El joven que en este momento la historia necesita debe reunir más fuerza en las ideas que cualquier otro que le haya precedido, para saber enfrentarse a guerras mediática, a incertidumbres poderosas, convencido de la doctrina en que vive, no solamente con un puñado de conceptos filosóficos. El joven que se reclama en nosotros no solo responde a un interés de la revolución, responde a un interés del ser humano y sus necesidades para lograr de la sociedad un espacio armónico.
Lage nos hace un llamado a la reflexión, no solo a jóvenes sino a todo el que en un momento determinado ha cuestionado o interiorizado la necesidad de formar con la sabia las nuevas generaciones, disponerlas para vernos por dentro, para tirar de nuestros problemas que están lejos de inexistir. Esta juventud no puede ser facilista, creer -como se tiende- que todo está hecho, que todo está dicho, no se equivocaba nuestro comandante cuando alcanzando enero de 1959 aseguraba “Nadie se llame a engaño: la Revolución comienza ahora. Es en estos días por venir, cuando la tarea revolucionaria es más dura y difícil”. Demostrado está, lo difícil no ha concluido ni concluirá mientras quede una generación posterior que integrar. Una revolución es un sistema y como todos los demás necesita reposición de sus unidades estructurales y funcionales, un organismo está llamado a sustituir sus células, veamos a la revolución como un gran organismo, presto a renovarse cada día, contando con nosotros, las células encargadas de tejer el futuro.

Apuntes para una reflexión necesaria

Por Alpidio Alonso

Cualquier acercamiento a la dimensión cultural de nuestra realidad y a los desafíos que asociado a ello enfrentamos en el presente, tiene que partir de considerar un hecho irrefutable: a pesar de la hostilidad imperialista, del bloqueo y las carencias materiales afrontadas por nuestro pueblo durante los últimos quince años , del retroceso de las ideas y la desmoralización casi generalizada, experimentados tras la caída de la Unión Soviética y el derrumbe del Campo Socialista, con el consiguiente ascenso y establecimiento del pensamiento único a escala global, en Cuba hemos logrado salvar, y aún sacar adelante, una cultura propia.

Pocas veces somos suficientemente objetivos al ponderar una labor que, evaluada a la luz de circunstancias tan adversas, cobra perfiles de auténtica proeza. Frente a la estampida y el desconcierto prácticamente unánimes provocados por la debacle, y ante la euforia triunfalista de quienes entonces se adelantaron a decretar el fin de la Historia, la Revolución cubana se reafirmó en su propósito de defender para sí un proyecto humanista que ubicaba a la cultura en el centro mismo de su estrategia de resistencia. Para los cubanos, afirmarnos en la defensa de la cultura ha significado, ni más ni menos, salvar nuestra independencia y nuestro destino como pueblo. La experiencia vivida en estos años da cuentas de esa voluntad, enriquecida con el concurso de muy diversos factores y recursos y para cuya realización ha resultado decisivo el papel de nuestra vanguardia artística.
Los múltiples programas sociales que han transformado al país en esta última etapa, fueron concebidos con esa visión que asocia nuestra capacidad de resistencia y nuestras posibilidades de desarrollo al desarrollo integral de la cultura. En la raíz de este enfoque están aquellas palabras de Fidel que afirman que “sin cultura no hay libertad posible”; expresión que sintetiza el significado profundo que se le atribuye a la cultura en la defensa y perdurabilidad de un proyecto socialista como el que construimos los cubanos. Al modo en cómo estas ideas han ido abriéndose paso, se debe no solo el impulso y la prioridad percibidos por la cultura en este período, sino también el gran prestigio social que ha alcanzado.
Basados precisamente en esa enorme responsabilidad, es que asumimos esta convocatoria a una reflexión crítica sobre nuestra realidad sociocultural que, desde los puntos de vista de la cultura y arreglada a nuestras condiciones, ayude a vencer desaciertos y obstáculos, y en un debate colectivo, sume nuevas ideas, perspectivas e interrogantes, acerca de las vías que nos aseguren un avance real hacia el socialismo que defendemos para los cubanos.
Sabemos de antemano que en un análisis como este surgirán muchas preguntas y que algunas de ellas no encontrarán respuesta; aflorarán problemas para los cuales tal vez no aparezca de inmediato la solución; se esbozarán contradicciones que, más de una vez, acaso resultarán insalvables. Pero vale la pena. Asumir la defensa de nuestra identidad nacional y de nuestros valores frente a la gran operación de recolonización cultural promovida por quienes se han autoproclamado dueños del mundo, supone poner en tensión todas nuestras capacidades, dentro de lo cual, fomentar el debate honesto y comprometido se evidencia, cada vez más, como una condición necesaria.
No ignoramos que este debate se enmarca en aquel otro mayor abierto por Fidel con su discurso a los jóvenes el 17 de noviembre del pasado año en el Aula Magna de la Universidad de la Habana. Extraídas de allí, aquellas preocupaciones subyacen en el espíritu del análisis que proponemos. A esa misma coherencia y pasión aspiramos para un examen que, desde la cultura, encare con valentía y profundidad los complejísimos retos a los que estamos sometidos en el presente los revolucionarios cubanos.
No es únicamente a través de la vía militar, o mediante las más severas e inimaginables presiones económicas, que se expresan la hegemonía y los apetitos yanquis sobre las ideas de emancipación y justicia que encarna la Revolución cubana. Hay otro plan, tan macabro como aquellos, pero mucho más sutil y probablemente más eficaz. Del mismo modo en que hemos comprendido que combatir la corrupción en Cuba va más allá de enfrentar un hecho puntual, sino que forma parte de nuestra lucha contra el capitalismo, cuya naturaleza inmoral se revela en deformaciones y vicios como este que, de no ser detenidos a tiempo, irían poco a poco minando el tejido social; es impostergable que denunciemos la esencia reaccionaria de la frivolidad y el consumismo, su profunda agresión al espíritu, su saldo (aunque encubierto) también desmovilizador y paralizante y, a la larga, igualmente letal para la Revolución.
Los esfuerzos que en los terrenos social y económico viene haciendo el país por elevar la calidad de vida de nuestro pueblo servirían de bien poco si, al mismo tiempo, no son acompañados por un trabajo inteligente y hondo en el campo ideológico y cultural, que fije y proteja los mejores valores y principios en la actitud de nuestros jóvenes. Relacionar la calidad de vida únicamente con parámetros de tipo económico, que no tomen en cuenta el componente espiritual, es un gravísimo error sobre el que hay que alertar permanentemente; criterio que está muy lejos de la misión estratégica seguida por la Revolución aún en sus años más difíciles; así como de la propia plataforma que propone la batalla de ideas a la que más recientemente hemos sido convocados.
¿Cómo convencer y ganar esa batalla en el interior, en las convicciones de nuestra gente? ¿Qué métodos usamos para (sin retórica) hacer creíbles nuestras posiciones a la hora del razonamiento entre los más jóvenes? Tal como no lo son el dinero y la frívola seducción de lo material, tampoco pueden ser el teque, el exceso de ceremonia, la solemnidad injustificada y la chapucería, las vías que utilicemos para propiciar un diálogo fecundo con esas masas de jóvenes que entre todos debemos formar. La desventaja que objetivamente padecemos en cuanto a disponibilidad de tecnología y recursos para la información, estamos obligados a borrarla a base de creatividad y talento. Tenemos que llegar a las reservas morales de las personas y cautivar con verdades sus sentimientos y su nobleza. La Revolución es, por encima de todo, una obra de justicia y amor, de allí emanan su sentido y su belleza, y esos son nuestros mejores argumentos cuando sabemos fundamentarlo y explicarlo.
Es indispensable que tanto las instituciones y los medios de difusión, como la vanguardia artística, conjuguen esfuerzos en un aporte que propicie continuar ampliando y democratizando el acceso a la cultura; de tal forma que su disfrute se convierta en parte de la vida cotidiana de nuestro pueblo, al tiempo que en alternativa al consumismo y las imitaciones del modelo de vida capitalista.
Ese culto a lo yanqui, presente no solo en patrones de gusto, sino en posturas y expresiones de grupos no pequeños de jóvenes, donde el éxito es asociado con frecuencia a las marcas de moda y a la posibilidad de acceso a fetiches de la sociedad de consumo, y donde uno siente que ha ido ganando espacio cierto mito del emigrante triunfador, tiene que encontrar una barrera y un contrapeso en modelos culturales propios, en los que mediante el uso de códigos atractivos y actualizados primen las jerarquías culturales y el alto valor estético, unidos al rico sustrato identitario que define nuestras esencias. De aquí se desprende no solo el papel fundamental que en ello desempeñan el lenguaje del arte y los resortes de la ficción, sino también, al propio tiempo, la imprescindible vigilancia cualitativa que debemos mantener sobre cada cosa que hagamos, sin lo cual pueden llegar a deformarse y fracasar, incluso, las mejores ideas.
Para eso contamos con ustedes. Una vanguardia vigilante, responsable y conciente de su papel, peleadora, activa, es la que necesitamos en la discusión del aquí y ahora de nuestra realidad sociocultural; debate que por demás solo nos corresponde hacer a nosotros, quienes desde Cuba construimos cada jornada el presente y el futuro de este país, y que de ninguna manera vamos a consentir que hagan otros, anexionistas confesos o colonizados más o menos encubiertos que, desde hace rato ya, han perdido toda posibilidad moral de compartir este derecho, alistados entre los mercenarios como vulgares asalariados del imperio. No quiere esto decir que pasemos ahora, de pronto, a una filosofía de la exclusión, que no ha sido, ni puede ser, una práctica en nuestro trabajo, cuando por el contrario lo que este ha buscado siempre ha sido —sin renunciar a los principios— sumar, y salvar a todo aquel que pueda ser salvado. Estamos conscientes de que la diversidad es nuestra mayor riqueza y en eso debe continuar fundándose en lo adelante nuestra política.
Un enfoque similar, que tome en cuenta las complejas dinámicas sociales y políticas en medio de las cuales se desenvuelve en estos momentos la vida en Cuba, es el que debemos seguir a la hora de respondernos qué podemos hacer desde la cultura para facilitar que los jóvenes encuentren aquí sus metas de realización personal. Fomentar el conocimiento de nuestra historia y el amor por lo que somos, unido a la sistematización de nuevas formas de participación que incentiven esos intereses, se convierte en una prioridad estratégica de primer orden, en la que estamos llamados a concentrar toda nuestra voluntad e imaginación. Analizado de cara al futuro, este es un tema en el que tendría que estar pensando permanentemente todo el mundo, donde sin ingenuidades, pero al mismo tiempo sin prejuicios, es imprescindible que ensayemos alternativas novedosas y frescas, tanto de recreación como de diálogo que, libres de concesiones y facilismos, nos acerquen de otra manera a la sensibilidad y los intereses de nuestros jóvenes. No existe ahora mismo, en el campo ideológico-cultural, un fenómeno que demande mayor atención que este; por eso es hacia allí que debe orientarse el caudal de nuestros esfuerzos.
De acuerdo con ello, no podemos ser incoherentes hasta el punto de decirnos convencidos de esa prioridad mientras, por otra parte, permanecemos impasibles frente a la vulgaridad y la tontería (en dos palabras: gran irresponsabilidad) de varios de nuestros programas estelares de radio y televisión, cuyas factura y contenido —cada vez más alejados de lo que necesitamos— los convierte en remedos patéticos de los peores momentos de la programación comercial al uso en el mundo. Implacable igualmente debe ser nuestra crítica a aquellos promotores y empresarios que, en un supuesto cumplimiento de sus funciones, utilizan irresponsablemente sus espacios respectivos para legitimar y expandir propuestas artísticas de muy baja calidad, convirtiendo de hecho a nuestras instituciones, en cajas de resonancia de ese mercado uniformador y banalizante al que, por el contrario, atenidas a sus funciones, están explícitamente llamadas a combatir en la práctica. No se puede pretender impulsar una cultura de la emancipación desde el tributo y la subordinación obediente del vasallo; reproduciendo, más o menos conscientemente, criterios y mecanismos que en lo más profundo son portadores de la visión colonizadora y hegemónica legitimada por los grandes medios. Conscientes de la importancia de pasar a la ofensiva con hechos concretos, por orientación del Partido se elaboró, y recientemente se aprobó, el documento conjunto MINCULT-ICRT, suscrito por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de Radio y Televisión, que se plantea, como su propio título lo indica, poner en práctica “Acciones de resistencia frente a la colonización cultural y en defensa de la identidad nacional y de nuestros valores”. Elaborado con un verdadero espíritu de cooperación, y aprovechando la experiencia acumulada por las distintas partes en largos años de trabajo por la cultura, el documento se encuentra ya en fase de aplicación y se está discutiendo con realizadores y colectivos en un clima muy positivo. Consideramos que con este documento, muy claro en sus planteamientos ideológicos y al propio tiempo concebido para una inequívoca aplicación práctica, se ha dado un paso muy importante en la integración de conceptos y acciones por parte de quienes tenemos la altísima responsabilidad de trabajar en un frente vital de nuestra batalla de ideas y de nuestra resistencia. Fruto también de la labor desplegada desde un inicio por nuestra organización, es justo decir que están contenidos allí muchos de los puntos de vista defendidos por nuestros artistas jóvenes en sus francos e intensos debates durante estos años.
Unas líneas de Ignacio Ramonet avisan a nuestra capacidad de discernimiento sobre la trampa que nos tiende la apariencia inocua de esos medios, cuya sutileza y poder fabrica y presenta, del modo más convincente, una imagen benigna y moderna del capitalismo: “el sistema ha instaurado la teología de la sumisión, impuesta por un enemigo sonriente, y no por un adversario que inspira terror y odio”; advertencia esta que nos previene, no ya contra el manifiesto entusiasmo por lo yanqui del irremediablemente colonizado, sino también contra cierta tendencia reciente a la permisibilidad acrítica de una frivolidad dosificada dentro de nuestros medios y espacios institucionales. Esta postura suele casi siempre justificarse a nombre de la tolerancia y el desprejuicio; e invocando un concepto equivocado de defensa a ultranza de una diversidad que no toma en cuenta la responsabilidad que debe acompañar a una verdadera labor intelectual. No podemos caer en el error de pensar que la alternativa a nuestros desaciertos, y a la frecuente sobresaturación y falta de imaginación de que adolece muchas veces nuestra programación en los medios y espacios culturales, está en condescender a la introducción de cierta dosis “refrescante” de mimetismo y frivolidad made in USA , abastecida en cualquiera de las rutilantes vitrinas del mercado y la llamada industria del entretenimiento. La negligencia de esta postura salomónica no es menor que la que comporta la actitud de los primeros. Y no se trata ahora de sobredimensionar peligros ni de ver fantasmas por donde quiera, pero sobre la base de ese canon, situado supuestamente por encima o al margen de ideologías y de consideraciones políticas, se crean las condiciones para la confusión y la más absoluta falta de jerarquías, y se le hace el juego perfecto al mercado capitalista y a la ideología que lo sustenta. Ni la ingenuidad, ni el temor al bandazo, pueden justificar una actitud que nos lleve a renunciar al rigor y al ejercicio del discurso crítico consustancial al arte; concesión esta que, por demás, significaría un lamentable retroceso en un camino hace mucho ganado en nuestro país, donde a partir de un verdadero concepto democratizador de la cultura, se han creado las condiciones que permiten garantizar el más pleno ejercicio y disfrute de una genuina experiencia estética. Renunciar a la intencionalidad que nos corresponde ejercer desde nuestros espacios (medios, instituciones, organizaciones de creadores, etc) en la programación y promoción del producto cultural que brindamos, es dejar el camino libre a la iniciativa de quienes, contando con el favor de millonarios recursos, la ejercen implacablemente con objetivos e intereses exactamente contrarios a los nuestros; confiando justamente al atractivo y eficacia de ese “inofensivo” lenguaje indirecto, una labor de vaciado y erosión cultural e ideológica que a la larga nos dejaría sin defensas. Ejemplos sobran para demostrar el daño (a veces irreversible) que pueden llegar a causar concesiones de esta naturaleza.
Con seguridad, en ningún otro lugar existen las condiciones que tiene hoy Cuba para salvarse del drama que representa esa confusión para una gran mayoría en el mundo. Como en tantos otros frentes, la unidad vuelve a ser aquí imprescindible. Tenemos que aprender a colegiar puntos de vista y acciones, contenidos y métodos (el qué y el cómo) en una batalla que nos concierne a todos. Tenemos que aprender a dialogar y a discutir en un clima constructivo cuestiones que, de otra manera, sencillamente no podríamos a resolver. Qué y cómo hacerlo: de eso se trata. Contamos con una gran fortaleza que radica en la posibilidad real que tenemos de convocar y poner a funcionar nuestra experiencia y nuestro talento y de propiciar un análisis a fondo y una discusión, capaces de enriquecernos. Tenemos que aprovechar esa fortaleza, posible solo en el marco de una política cultural socialista. Como afirmara Fidel en su discurso de hace apenas un año en el Aula Magna: “toda la vida es un aprendizaje, hasta el último segundo”. Es precisamente en ese ejercicio de permanente intercambio y apropiación de conocimientos y experiencias, donde, y desde una absoluta fidelidad a los principios, tenemos que lograr que sean la creatividad, la imaginación, la inteligencia y el talento, quienes le cierren el paso a la mediocridad y la simplificación dogmática y empobrecedora derivadas del pensamiento burocrático; que sea el trabajo y la laboriosidad callada y profunda quienes triunfen sobre la pereza y la superficialidad triunfalista. Esos conceptos, presentes en las ideas de Fidel, son los que debemos continuar defendiendo para nuestra organización y para cada cosa que hagamos en nuestro trabajo por llevar adelante los extraordinarios programas que impulsa hoy la Revolución.
En el área que nos ocupa, nuestras posibilidades de éxito comienzan precisamente cuando partimos de reconocer que asistimos a un momento nuevo, diferente, de una confrontación en la que cada día adquieren más peso los matices y donde suele resultar de muy poca utilidad repetir viejas recetas. Necesitamos producir un pensamiento que desmonte y desenmascare esa gran maquinaria de manipulación y mentira y nos permita responder a los múltiples emplazamientos del presente. Tal como ha señalado Noam Chomsky, “hay que dotar de conceptos a la ira”; recomendación que alude a la inteligencia con que debemos encauzar nuestra rebeldía en la era donde, junto al microprocesador y el celular, se globalizan el hambre y el lenguaje prepotente de los dueños de los misiles.
Esta certidumbre debe llevarnos a no perder de vista la dimensión internacional de nuestra resistencia. Examinados a la luz del nuevo momento de cambio que vive el mundo (en particular América Latina), nuestros esfuerzos se inscriben dentro de los más recientes intentos de los pueblos por construir una modernidad diferente; son parte de esa lucha que frente a la guerra, la tortura, el individualismo, la mentira y el dinero, opone las razones de la poesía y la cultura, la justicia, la dignidad, la ética y la solidaridad entre los seres humanos. Venciendo infinitas dificultades, el proyecto revolucionario cubano anticipa en la práctica, con realizaciones que nadie podría negarle, muchos de los rasgos de ese otro mundo mejor al que aspiran hoy las grandes mayorías en el planeta; utopía (“posible imposibilitado”, según la definición de Alfonso Sastre) aquí hecha realidad, en la que creemos y a la que no vamos a renunciar. Hacia esa misma dirección se orienta el llamado que hemos hecho a fortalecer nuestro trabajo en la red e integrarnos, de un modo cada vez más activo y eficaz, a las labores de la red de redes “En defensa de la Humanidad”. Ha sido esa irrenunciable vocación de lucha y de defensa de los valores auténticamente revolucionarios, la que ha expresado nuestro movimiento artístico joven y su organización a lo largo de estos veinte años; compromiso que desde aquí ratificamos también para los años que vendrán.
Cierro estos apuntes que intentan enrumbar nuestro debate, con unas palabras de Graziella Pogolotti, maestra entrañable de todos nosotros, pronunciadas durante un análisis muy similar a este organizado a propósito del 40 Aniversario de la Revolución: “En la reflexión que ahora se impone, tocará lo suyo a los economistas, a los politólogos, a los especialistas en ciencias sociales. Para la cultura, el estremecimiento llega hasta su punto centro palpitante, hasta su raíz y su sentido último, hasta su vocación humanista. El arte se sumerge en el espectáculo transnacionalizado, los medios enmascarados tras su aparente diversidad invasiva y sobreabundante, hipnotizan al sujeto con su mensaje único, simplista y banalizador. Una misma máscara amenaza con encubrir el rostro múltiple del hombre, esa, su verdadera riqueza. El aprendiz de brujo no puede aplastar las imágenes que ha engendrado. Hay que reconquistar la auténtica dimensión de lo imaginario, reivindicar los sueños que algunos llaman utopía, porque el sueño nos ilumina e impulsa a la acción. Para que un día, a la vuelta del milenio, restaurado el orden del universo, el hombre, recuperadas la líneas de su rostro, construya su casa en la tierra.”