Por Miguel Sancho
Qué debemos entender por pensamiento crítico. «Crítica» ha sido una palabra maltratada en el argot popular, para muchos califica como algo peyorativo, para la práctica revolucionaria se hace necesario en cambio, rescatarla y entenderla como un valor esencial, como un elemento propio y consustancial, sin el cual pierde su significado ya que en su ausencia se hace imposible transformar la realidad.
Parto por entender la «crítica» como el ejerció del criterio, de donde se deduce que el pensamiento «verdadero» es crítico o no es pensamiento, mantengo el adjetivo con la sola intención de subrayar su finalidad. El pensamiento crítico pretende superar criterios que solemos asumir en la vida cotidiana, por lo que intenta ir más allá de las opiniones, impresiones o la propia experiencia, tratando de buscar exactitud, profundidad, precisión. De ante mano toma distancia de la especulación, la superficialidad y procura una manera efectiva para superar, dogmas, prejuicios, sesgos, doctrinas, todo lo que pueda nublar la búsqueda de lo más razonable o lo más verdadero en un sentido práctico.
Cuando nos referimos a pensamiento crítico asumimos como base un método racional, capaz de analizar un problema de manera coherente y rigurosa, donde se logra una clara distinción entre causa y fenómeno, permitiendo de ese modo negar otros supuestos.
Mientras que algunas limitaciones tiene una causa natural debido a características humanas propias del cada cual, otras son dependencia claramente calculadas y manipuladas. Algunas son obvias pero la mayoría de éstas son sutiles y capciosas. En muchas ocasiones estos obstáculos están entronizados en formas de la cultura, y se expresan en el lenguaje, o incluso por medios de limitaciones sicológicas o sociales, presiones sociales como la estandarización y el conformismo pueden conducirnos a la comodidad y hacernos convivir de manera natural con elementos de dominación, enajenación, sujeción, manipulación que aceptamos sin cuestionamientos.
El filosofó y revolucionario Italiano Antonio Gramsci nos planteó el problema de la siguiente manera:
¿Es preferible «pensar» sin tener conciencia crítica, en forma disgregada y ocasional, o sea participar en una concepción del mundo «impuesta» mecánicamente por el ambiente externo, y por lo tanto por uno de los tantos grupos sociales en los cuales cada cual se encuentra automáticamente incluido desde su entrada al mundo consiente […] o es preferible la propia concepción del mundo consciente y críticamente y por lo tanto, en conexión con tal esfuerzo del propio cerebro, elegir la propia esfera de actividad, participar activamente en la producción de la historia del mundo, ser guía de si mismo y no ya aceptar pasivamente y supinamente desde el exterior el sello de la propia personalidad?
En el mismo artículo agrega: El inicio de la elaboración crítica es la conciencia de lo que se es realmente, o sea un «conócete a ti mismo» como producto del proceso histórico desarrollado hasta ahora que ha dejado en ti mismo una infinidad de huellas recibidas sin beneficio de inventarlo. Hay que hacer inicialmente ese inventario.
Nuestro canciller de la dignidad Raúl Roa refiriéndose a la crítica en relación a las ciencias sociales planteó: « El espíritu científico y la intolerancia son incompatibles. El espíritu científico se nutre y enraíza en la libertad de investigación y de crítica. La intolerancia -esa extensión hacia fuera del dominio exclusivo ejercido por la fe dogmática- intoxica la inteligencia, deforma la sensibilidad y frustra la actividad científica, que es impulso libérrimo hacia la conquista y la posesión de la verdad. »
En el ánimo constante de persuadir, se utilizan muchas veces resortes que no propician un pensamiento crítico, sino que buscan tocar «las fibras más sensibles », otras veces se abusa de emociones básicas como el miedo, el placer, la necesidad más que propiciar el análisis de los hechos objetivos.
El pensamiento critico constituye una herramienta que permite atenuar las consecuencias de muchos de nuestros errores, la posibilidad de cometerlos es inherente a la existencia de un proceso revolucionario, a propósito de ello Retamar mencionó: «No temo evocar las dificultades y equivocaciones de la Revolución [...], porque el proceso del aprendizaje, y hasta el del crecimiento, implica lo que se ha llamado ensayo y error. Y además,- porque solo el ejercicio franco y valiente de la autocrítica (no el regodeo, que puede ser interesado, en las mataduras) nos permite volver a encontrar la ruta correcta. »
Solo añadir que para poder corregir los errores no es suficiente con un pensamiento crítico y de su ejercicio franco y valiente como advierte Retamar, también son necesarios los espacios, así como una adecuada cultura de tomarlos en consideración.
Para ejercer la crítica se necesita de una amplia cultura que nos permita enriquecer nuestros criterios. Algunas muestras de «anquilosamiento» han estado precisamente en la incapacidad que hemos tenido para mirar a los lados, asimilar desarrollos específicos de la ciencia, aplicables a los modos de hacer política, vías más eficaces para llegar a la gente, problemas que en su mayoría han sido abordados desde diferentes perspectivas, ya sea por el mundo comunicacional, la pedagogía, la psicología, la sociología, la semiótica, etc., resultados que han servido más bien a sostener al capitalismo siendo usados como medios de dominación. Debemos conocer estos resultados para poderlos superar a partir de su comprensión, nunca desconociéndolos
El propio Engel dijo de su amigo:
«No hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. »
Hemos permanecidos en no pocos aspectos congelados en el tiempo, siendo nuestras maneras las mismas. Lo cierto es que hay estudios relevantes sobre las organizaciones, las comunidades, la participación, etc., y seguimos prácticamente con los mismos cánones, reproduciendo en muchos casos los mismos estilos y formas.
A veces, el asunto de la diversidad de opiniones y de juicios suele convertirse en tema tabú, porque supone para algunos, falta de unidad y hemos aprendido bien en nuestra historia que la unidad es condition sine qua non de la Revolución.
Sucede en cambio, que esa visión reduccionista lejos de ayudarnos, introduce no pocos problemas que pueden de igual manera comprometer el proyecto socialista. Hay que romper estereotipos y diferenciar correctamente las categorías y conceptos que debemos defender, tal como dijo Sócrates «pensar es distinguir», dilucidando la diferencia que existe entre unidad, unanimidad y unanismo , entre unidad y pensamiento único, entre unidad y lenguaje único. Precisamente, uno de los principales legados de proceso revolucionario cubano es poner en el centro una profunda transformación cultural, que empieza por reconocer la diversidad, lo autóctono, lo nacional.
El marxismo parte de la conciencia plena de las contradicciones, su praxis busca una unidad moral, que haya su fuerza en la capacidad de construir sistemáticamente el consenso, por medio del reconocimiento y la superación de los conflictos.
Retamar en lo que llamó un diálogo inconcluso con el Che reflexiona :
« ¿Que hay muchos conflictos en nosotros? Por supuesto. Los hay en todo el pueblo de Cuba. No puede ser de otra manera. […] ¿Quién negará que hay contradicciones en Cuba? ¿Quién negará que hay conflictos en nosotros? La contradicción es el motor de la vida histórica tanto como de la vida personal. […] que en algunos casos esos conflictos llevan a resultados catastróficos, ¿no pueden ser vistos otros en sentido positivo, como testimonios de esa evolución dinámica, y de la inserción en la vasta problemática de nuestra revolución? Los que están de espaldas a ella, los que se niegan a esa experiencia dramática, hermosa, cancelan o sustituyen esos conflictos: sólo los que la viven entrañablemente los conocen. Intentar prescindir de ellos no puede sino llevar a esa falsa evaporación de conflictos que se dio en el realismo socialista»
Se trata entonces, de aceptar de buena gana la discrepancia, promover la discusión abierta, propiciar la confrontación de ideas, no solo porque sea un derecho, sino porque entendamos realmente que resulta una necesidad del desarrollo, contar con puntos de vista diversos nos permite una mayor amplitud de análisis y por ende deja menos espacio al error, a la vez que ejercitamos nuestro pensamiento y nos entrena para enfrentar futuros escenarios posibles y probables.
Cuando a partir de criterios variados llegamos a un consenso, constituye una expresión superior de la unidad, lograda a partir de la asimilación crítica, unidad verdaderamente genuina. Eduardo Galeano al ser distinguido como Doctor Honoris Causa de la Universidad de la Habana, con su proverbial modo de decir, reflexionó: la convergencia que nace de las divergencias es el único amor digno de fe.
« La unidad, sobre todas las cosas debe ser, unidad de acción. La unidad estratégica se articula sobre una plataforma común. --así se refiere la intelectual cubana Graziella Pogolotti --El deber ser se construye sobre las arenas movedizas del ser. Los revolucionarios cubanos tenían procedencias diversas, eran portadores vivientes de múltiples contradicciones, fuentes de vitalidad, porque la homogeneidad es signo de muerte. Siempre compleja, la realidad no se produce en un laboratorio estéril. La sacudida revolucionaria dinamiza fuerzas dormidas, donde el grano se entremezcla con la mala yerba. »
La propia abundancia de los errores y su difícil corrección no debe ser motivo de desanimo, sino de mayor convicción y aliento en la necesidad de superarlos.
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